La Casa de Lucas Capítulo VII
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Capítulo VII

—¿Vamos? —insistió don Santiago.

Dejé las fotos donde estaban.

—Sí.

Mientras caminábamos hacia los autos, miré nuevamente el BMW.

Tan cerca.

Tan inútilmente cerca.

—Bonito auto —dije.

Don Santiago acarició el tablero del Escarabajo.

—Gracias.

—Me refería al BMW.

Se rio.

—Este es mejor.

Observé el Volkswagen.

—¿En qué sentido?

—Tiene más historia.

—El BMW tiene sunroof.

—Este acelera de cero a cien en siete.

—¿Segundos?

—Minutos.

Nos reímos a carcajadas.

Mi apreciación de don Santiago empezó a cambiar.

Ya camino al club observé el interior. Estaba impecable: cuero nuevo con olor a cuero viejo, una nota tenue de jazmín, el pomo original de la palanca y el timón forrado en cuero. Un tablero sencillo. Nada digital.

El motor ronroneaba suavemente. Eso mejoró mi opinión: del auto y de don Santiago.

—¿Lo restauró usted?

—No. Lo llevé a un taller, aunque supervisé el proceso.

—¿Era suyo?

—De mi abuela.

Lo miré.

—¿Su abuela manejaba esto?

—Mucho. Y bastante rápido.

Sonrió.

—¿Se lo dejó?

—Sí.

—Qué suerte.

—Yo no lo llamaría suerte.

Tardé un instante en entenderlo.

Don Santiago siguió mirando el camino.

—Preferiría que ella todavía lo manejara.

Mi bocota y yo. Otra vez.

Me quedé callado.

A veces descubría demasiado tarde que había dicho algo muy tonto.

—Aunque —añadió—, como nunca quiso sacar licencia, probablemente habría tenido que meterse por calles secundarias para esquivar a la policía.

Me reí.

Yo había considerado una estrategia bastante parecida con el auto de mi padre.

El momento incómodo había terminado.

—¿Cuándo aprendió a manejar?

Me miró de reojo.

—Muy joven.

Eso me interesó.

—¿Cuánto?

—Demasiado joven para decírtelo sin que después tu padre venga a reclamarme.

—Yo ya manejo.

—Eso escuché.

—¿Quién le dijo?

—Tu padre.

Perfecto. Mis antecedentes automovilísticos ya eran de conocimiento público.

—Manejo bastante bien —dije, exagerando mis habilidades.

—Eso no fue lo que me dijo.

Lo miré.

—¿Qué le dijo?

—Lo suficiente para saber que no te prestaré ningún auto.

Traidor.

Don Santiago sonrió.

Seguimos hacia el club.

Al entrar al estacionamiento, algunas personas miraron el Volkswagen. Yo habría preferido que miraran el BMW. Pero tenía que admitir que el Escarabajo también llamaba la atención.

Don Santiago estacionó.

—Gracias por traerme.

—Voy a saludar a unos amigos. Luego te alcanzo en las canchas.

—¿Va a jugar?

Instintivamente se tocó el hombro.

—No creo. Pero todavía me gusta mirar.

Cogí mi mochila.

—En pocos días es el clasificatorio. Hoy jugaremos partidos.

—Buena suerte.

Don Santiago se fue por otro camino.

El profesor Coqui estaba haciendo anotaciones en la pizarra.

Me vio.

—¡Oye, doble drive! Estiramiento, diez vueltas a la cancha. Como eres el último en llegar, hoy recoges pelotas.

Asentí.

Cumplí con las instrucciones.

—Pensé que ya no venías. Ahora tengo que rearmar el cuadro de partidos —dijo, renegando un poco.

Sabía que me tenía cariño.

En el fondo.

Antes de empezar, fui al bebedero. Junto a la caseta estaba la vitrina con fotografías de antiguos torneos.

Una de ellas me resultó familiar. Un muchacho vestido de blanco sonreía echado sobre la arcilla roja, haciendo angelitos junto a una copa.

Había visto una fotografía parecida en casa de don Santiago.

Claro.

Tenis.

Coqui empezó a formar parejas.

—Daniel con Andrés. Carlos con Fernando.

Después nos miró.

—Tú con Bea.

Perfecto.

O quizá no.

Bea apareció con la raqueta sobre el hombro.

Me sonrió.

—Hola.

—Hola.

—¿Listo?

—Siempre.

Mentira.

Nunca estaba listo para jugar contra Bea.

Entramos a la cancha.

Mi saque y mi velocidad de reacción me dieron cierta ventaja al comienzo.

Bea tardó poco en corregirlo. Empezó a buscar mi revés.

Mi maravilloso revés contra su preciso drive.

Perdí varios puntos.

Coqui cruzó los brazos. Yo sabía exactamente lo que estaba pensando. Entonces, recurrí a mi idea: Doble drive.

Había practicado algo, pero no mucho y al principio funcionó.

Gané un par de puntos muy buenos.

Sonreí.

Coqui negó lentamente con la cabeza.

Claramente se resistía al progreso.

El partido siguió parejo hasta el desempate.

Durante un cambio de lado vi llegar a don Santiago. Se sentó junto a Coqui y lo saludó como a un viejo amigo. Bea no lo vio pero yo sí.

Ahora tenía público.

Era el momento de demostrar que mi teoría funcionaba.

Eso también era una mala idea porque Bea ya había entendido algo que yo no.

Cambiar la raqueta de mano no me tomaba demasiado tiempo.

Cambiar el cuerpo sí. Tenía que cambiar mis apoyos y el giro de cadera.

Si Bea me obligaba a cambiar de dirección antes de acomodar los pies, yo llegaba mal parado a la siguiente pelota.

Ella lo descubrió rápido.

En el punto decisivo me jugó profundo hacia la izquierda.

Cambié de mano. Buen drive.

La devolución vino rápida hacia mi derecha. La raqueta pasó a mi mano buena sin problema.

Mis piernas no.

Intenté corregir los apoyos cuando ya estaba golpeando.

La pelota tocó el marco y murió en la red.

—¡Buen punto! —gritó don Santiago.

Me quedé quieto. Miré la pelota. Después a don Santiago.

Traición.

No había otra palabra.

Bea recién entonces siguió mi mirada hacia la tribuna.

Sonrió todavía más.

—Buen partido —me dijo mientras caminábamos hacia la red.

Nos dimos la mano.

—La próxima te gano.

—Claro.

—En serio.

—Seguro.

Odiaba cuando sonreía así.

Al salir de la cancha, Coqui me esperaba.

—¿Qué aprendiste?

—Que casi funciona.

Suspiró.

—Eso no es lo que tenías que aprender.

—Funcionó varios puntos.

—Necesitas practicar el revés.

Don Santiago intervino por primera vez.

—El drive de izquierda no está mal.

Lo miré.

Sabio.

Finalmente, alguien con visión.

Coqui lo miró.

—No lo animes.

—Solo digo que el golpe no está mal.

—Gracias, don Santiago.

Bea apareció detrás de nosotros con una botella de agua.

Don Santiago sonrió.

—Ese último punto estuvo excelente.

—Gracias.

La miré.

—¿Lo estabas haciendo a propósito?

—Se llama estrategia.

No solo había perdido, sino que había colaborado activamente en mi propia derrota.

Don Santiago soltó una carcajada.

—Muy bien jugado, Bea.

Ella se tapó la cara.

—Abuelito, me avergüenzas cuando celebras así.

Silencio.

La miré.

Después miré a don Santiago.

Él seguía sonriendo.

Volví a mirar a Bea.

—¿Abuelito?

Bea bajó la botella.

—Sí.

Señaló a don Santiago.

—Mi abuelo.

Y fue directo a abrazarlo.

Después se quitó la gorra y se la puso a él.

—Tienes que cuidarte más la piel.

Su abuelito. Yo no tenía idea.

Y, por alguna razón, me pareció mucho más preocupante que todo lo demás.