La Casa de Lucas Capítulo VI
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Capítulo VI

Domingo, por fin. Desperté antes de que sonara la alarma.

Fui a recoger el diario que estaba en el jardín y lo puse en la mesa de comedor.

Todos los domingos, mi padre leía el diario mientras desayunaba. Era tradición. Su tradición.

Después de una ducha bajé a desayunar con la mochila lista y la raqueta sobresaliendo por un extremo. Mis papás ya estaban en el comedor.

Mi papá me pasó el diario.

—Don Santiago aparece en la página 16.

Busqué la página. Empresariales.

Un artículo describía una fusión de empresas y, en la fotografía, había dos hombres en una oficina dándose la mano. Uno de ellos era don Santiago.

Leí con avidez. Muchos términos técnicos después entendí que, concluida la fusión, don Santiago estaba dejando la presidencia de la compañía en manos de un ejecutivo más joven y que finalmente pasaba al retiro.

—A todos nos pasará —dijo mi padre, tal vez intuyendo lo que iba a preguntarle.

No dije nada.

Más entrenamiento. Esta vez fui más preciso en los golpes.

Gané varios partidos.

Probé la técnica del doble drive.

Coqui me reprochó con la mirada, pero como fueron puntos ganados, no dijo nada.

Más piscina.

Admirar a Bea mientras ella nadaba.

Entrenamiento por la tarde.

Al regreso pasamos por la casa de don Santiago y lo encontramos en el jardín.

Nos abrió las rejas y entramos caminando.

Mi padre se acercó a saludarlo y cuando yo pretendía hacer lo mismo, terminé en el piso recibiendo un ataque furtivo de lamidas y movidas de cola. Los perros.

Dos labradores, un macho color hueso y una hembra chocolate, me recibieron con entusiasmo.

—A mí nunca me reciben así —dijo don Santiago.

Sonreí y seguí jugando con los labradores.

La ceja levantada de mi padre me dio a entender que debía esperarlo mientras él entraba a la casa con don Santiago.

No me importó, seguí jugando con los perros.

Unos minutos después salieron de la casa. Mi padre tenía una botella de vino en la mano. Me acerqué a ellos, con los perros aún jugando a mi alrededor.

—Gracias por cuidar de mis muchachos —me dijo.

—De nada, don Santiago. Creo que lo extrañaron bastante.

—No parece.

—Tal vez ahora tenga más tiempo para pasear y jugar con ellos.

Mi bocota y yo. A veces creo que tiene vida propia.

Mi padre me miró, pero no dijo nada.

—Sí, lo bueno del retiro es que ahora podré dedicarme a escribir, leer y trabajar en madera.

—Y al tenis.

—Hace años que no juego. Una lesión en el hombro.

—Mi papá ha tratado de enseñarme, pero sinceramente, no es lo mío.

—¿El tenis?

—No, trabajar en madera.

Ambos se rieron a expensas de mi inocencia.

—Mi abuelo me enseñó. Tenía mucha paciencia y hacía cosas muy bonitas. Cuando falleció, me dejó sus herramientas. Si algún día necesitan algo, me avisan.

—Gracias, don Santiago —dijo mi padre.

—Para esto estamos los vecinos. Y, por cierto, gracias a ustedes.

Nos fuimos a casa.

Mi madre preparaba la cena, mis hermanas jugaban en el jardín.

Mi padre alistaba su maleta.

Otro viaje.

Sus vacaciones ya habían terminado.

Yo tenía algunas semanas más de vacaciones antes de volver al colegio.

Me puse hielo en el hombro.

Alrededor de las seis de la mañana escuché que mi padre se despedía de mis hermanas entre besos y abrazos.

—Papá, déjame dormir —se quejaba una.

Al rato.

—Papá, tráeme algo bonito —pedía la otra.

Entró a mi habitación.

Ya estaba de pie.

—Cuida de tu mamá y tus hermanas. No toques el auto.

—Sí, papá.

Me abrazó.

Mi madre lo esperaba abajo con un termo de café.

Dos toques cortos de bocina.

Era la camioneta de la compañía que venía a recogerlo.

Después de desayunar, mi madre se llevó a mis hermanas a hacer unas compras. Me invitaron, pero preferí ir a entrenar.

—No te preocupes, ma. Voy caminando o en bicicleta; no es tan lejos.

—¿Seguro?

—Totalmente.

Mi plan era tomar la bicicleta y pasar casualmente por la casa de Bea, aunque quedara en dirección contraria al club. Podían ocurrir dos cosas: que nos llevara su papá o que ella tomara su bicicleta y fuéramos juntos al club. De cualquier forma, podría estar con Bea un rato más.

Había avanzado varias cuadras cuando vi a don Santiago caminando con la labradora chocolate.

Los alcancé.

La labradora me detectó y se abalanzó sobre mí.

—Buen día, don Santiago.

—Buen día, hijo. Se nota que Moka te quiere.

Me reí.

—¿Y su otro perrito? No me diga que está castigado.

—Se me escapó hace un rato. Tiró muy fuerte y este es mi brazo malo —dijo, frotándose el hombro—. Es raro en él. Tal vez haya alguna perrita en celo por la zona o simplemente se aburrió de nuestro paseo.

—¿Lo ayudo a buscar? Estando en bicicleta puedo cubrir más terreno.

—Gracias, pero no creo que Latte esté muy lejos, tal vez volvió a la casa.

—¿Moka y Latte?

—Mi esposa los bautizó con esos nombres. Yo habría preferido algo más tradicional.

Me bajé de la bicicleta y caminamos juntos por un rato.

Poco antes de llegar a la casa de don Santiago se escuchaba el ladrido de Latte.

—Parece que llegó antes que nosotros.

Latte estaba rondando la entrada de la casa y no se molestó en venir.

—Ok, don Santiago. Entonces no me necesita. Me voy al club, que se me hace tarde.

—Deja tu bicicleta aquí. Yo te llevo. Hace varios días que quiero ir por allá.

Abrió la reja y entramos hasta la cochera.

—Gracias.

Un precioso BMW coupé color vino, una camioneta negra y un Volkswagen Escarabajo antiguo, amarillo y perfectamente restaurado, estaban en la cochera. Yo rogaba por ir en el BMW.

Don Santiago cogió las llaves del Volkswagen y lo encendió sin dificultad.

¿Me dejará manejar?, pensé. Ni plantearlo. Muy confianzudo.

—Mientras el motor calienta, deja la bicicleta por ahí.

Don Santiago entró a la casa con Moka y Latte.

Apoyé la bicicleta contra una pared.

La cochera era más grande de lo que había imaginado.

Al fondo había un banco de trabajo, varias herramientas colgadas, estantes llenos de tarros, lijas, pedazos de madera, virutas por doquier.

Entonces vi algo cubierto parcialmente con una tela, me acerqué y sostuve la tela con la mano.

Parecía la estructura de una cama para niño.

—¿Qué haces?

—Nada.

Aquello era evidentemente mentira.

Don Santiago sonrió.

Me quedé mirando.

—En la casa hay una muy parecida.

Don Santiago se acercó.

Retiró completamente la tela.

Esta cama todavía estaba a medio construir. Faltaba pulir buena parte de la madera y las ruedas no estaban colocadas, pero la forma era inconfundible. Una estructura alargada, un espacio en la parte delantera. Un auto cama o cama auto.

Sobre la mesa de trabajo había varias fotografías instantáneas antiguas sujetas con chinches como referencia. Algunas estaban amarillentas en los bordes. Me acerqué a verlas mejor.

Una mecedora.

Un escritorio.

Una pequeña mesa con dos sillas.

Un caballo de madera.

Me detuve.

El caballito.

No era igual al que estaba en nuestra casa, pero se parecía demasiado.

Pasé a la siguiente fotografía.

Una cama con forma de automóvil.

Esta sí.

—Es igual a esta —dije.

Don Santiago miró la fotografía por encima de mi hombro.

—Creo que la hizo mi abuelo, con ayuda de mi padre.

—¿La cama?

—Sí.

Volví a observarla.

La fotografía mostraba la cama recién terminada dentro de un taller. No había personas. Solo la cama, algunas herramientas y una pared llena de tablones.

—¿Hizo muchas?

—No sé. Varias, supongo. Le gustaba fabricar cosas para los niños de la familia y para algunos amigos.

Señalé la estructura que tenía delante.

—¿Y usted está haciendo otra?

—Intentándolo.

—¿Para quién?

—Mi nieto.

Volví a mirar la cama.

Después la fotografía.

Don Santiago se dirigió al Volkswagen.

—Sube.

Eso era todo. Lo dijo con la misma naturalidad con la que me pidió que acomode la bicicleta en la pared.