La Casa de Lucas Capítulo V
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Capítulo V

De regreso a casa ignoré los cambios de estación de radio de Sofi. También ignoré que empezara a cantar en inglés sin tener la menor idea de lo que estaba diciendo.

Normalmente habría sido motivo suficiente para molestarla durante todo el camino. Esta vez tenía otras cosas en la cabeza.

Cuando entramos, guardé las llaves donde correspondían y decidí aplicar una técnica que había perfeccionado durante años para enfrentar problemas difíciles: pensar en otra cosa.

Estaba cansado de la casa. Quería ir al club.

—Mamá, ¿me llevas?

—Vamos.

No tuve que insistir.

Eso debió parecerme sospechoso.

Mi madre cogió el auto y, apenas salimos, confirmé algo que hasta entonces solo había sospechado: había algunas cosas que mi padre podía enseñar con bastante solvencia y mi mamá no. Una de ellas era manejar un auto mecánico.

El motor se apagó en la primera esquina.

Mi madre volvió a encenderlo.

Avanzamos.

Dos cuadras después, se apagó otra vez.

—Odio manejar mecánico.

—Papá dice que quien aprende a manejar mecánico puede manejar cualquier...

Me miró.

—Entonces regresamos a la casa y que te lleve tu papá.

Evalué rápidamente mis opciones.

—Solo iba a decir que a mí también me parece mejor el automático.

Sonrió.

Había sobrevivido.

Llegamos al club y creo que ni siquiera me despedí correctamente.

Bajé con mi raqueta y fui prácticamente corriendo hacia las canchas.

Ahí estaban los muchachos, formando un semicírculo frente al profesor Coqui.

Me vio llegar.

—Bienvenido. Ya era hora de volver a los entrenamientos.

El reproche probablemente era necesario. Tal vez no delante de todos.

—Nos hemos mudado. Ahora vivimos más cerca del club.

No respondió.

Eso significaba que mi explicación le daba lo mismo.

—Estiramiento. Diez vueltas a la cancha y regresan.

Diez vueltas alrededor de una cancha bajo el sol.

Lo había extrañado muchísimo.

El entrenamiento fue intenso, aunque después de varios días subiendo muebles, cargando cajas, lijando paredes y trabajando como obrero no remunerado, físicamente me sentía bastante bien.

El problema apareció cuando cogí la raqueta.

Mi saque estaba más fuerte. Mucho más.

No sabía si debía atribuírselo al entrenamiento anterior o a haber transportado media casa durante una semana, pero la pelota salía con una potencia que antes no tenía.

Todo lo demás era otra historia.

Las voleas se me quedaban en la red.

Los drops parecían globos aerostáticos.

El revés llegaba tarde.

Después de mandar una pelota directamente contra la malla lateral, decidí simplificar mi estrategia.

Sacar fuerte y golpear fuerte.

Y esperar que el otro cometiera el error antes que yo.

Era un plan técnicamente pobre.

Pero era un plan.

Naturalmente, perdí varios juegos contra muchachos con quienes estábamos más o menos parejos.

El profesor Coqui esperó hasta que terminé el último.

—Ahí tienes el resultado de la falta de constancia.

Me senté y empecé a frotarme el hombro.

—Supongo.

—Regresa por la tarde. Vamos a trabajar precisión.

—Mi hombro...

—Hielo.

Mensaje recibido.

Decidí no aplicar estrictamente sus indicaciones.

Fui a la piscina. Que el agua fría haga lo suyo. Los muchachos ya estaban ahí, nadando, empujándose al agua y haciendo saltos desde el trampolín. Me senté en el borde y metí los pies.

Entonces dos manos me cubrieron los ojos.

—¿Quién soy?

Reconocí la voz inmediatamente.

—¿Bea?

Las manos desaparecieron.

—Muy rápido.

Giré.

Beatriz estaba en cuclillas detrás de mí. Alta para su edad. O quizá yo era quien todavía no había terminado de crecer. Linda. Buen drive. Preciso.

Me gustaba.

Mucho.

Ella.

El drive no porque me hacía correr de un lado al otro cuando nos tocaba jugar.

El problema era que también practicaba karate y yo había considerado seriamente la posibilidad de que, si decía algo incorrecto, pudiera partirme la cabeza con la raqueta o con las manos.

Se sentó a mi lado y metió los pies en el agua.

—Te extrañamos.

La frase me interesó inmediatamente.

—¿Tú me extrañaste?

Intenté que sonara casual.

Sonó exactamente como lo que era: un muchacho tratando desesperadamente de parecer casual.

—Un poco.

Decidí aceptar la victoria.

—Estuve ayudando a mis padres con la mudanza.

—Mi madre me contó que ahora vamos a ser vecinos.

—Sí.

Hubo un silencio.

Necesitaba decir algo interesante.

Algo inteligente.

Algo memorable.

Algo.

—Tenemos una fuente muy graciosa.

Perfecto.

De todas las cosas posibles que podía decirle a una chica que me gustaba, había elegido hablarle de una fuente.

Bea levantó una ceja.

—¿Una fuente?

Ya estaba ahí.

No había vuelta atrás.

—Tiene un angelito.

—¿Y qué tiene de gracioso?

Pensé en el chorro de agua.

—Tendrías que verla.

Sonrió.

—Tal vez vaya.

Funcionó. Contra toda lógica, había funcionado.

Por la tarde regresé a entrenar. El profesor Coqui cumplió su amenaza. Precisión.

Todo lo que hice mal en los partidos de práctica.

Énfasis en el revés.

Primero a dos manos.

Después con una.

Yo era ambidiestro.

Mi derecha era mejor, principalmente porque siempre había entrenado de ese lado, pero podía escribir, lanzar y hacer varias cosas con cualquiera de las dos manos.

Así que mientras practicábamos el revés se me ocurrió una solución perfectamente lógica.

Al menos para mí.

—Profe.

—¿Qué?

—¿Por qué tengo que aprender revés?

Me miró.

—Porque juegas tenis.

—No, me refiero a por qué no puedo usar dos drives.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

Cambié la raqueta de mano.

—Si la pelota viene a mi derecha, golpeo con la derecha.

Volví a cambiarla.

—Si viene a mi izquierda, golpeo con la izquierda.

Hice un movimiento de drive imaginario.

—Dos drives. Sin revés.

El profesor Coqui me observó durante unos segundos. Yo esperaba que reconociera la elegancia de mi solución.

—Primero aprende a jugar bien con una mano.

—Pero puedo usar las dos.

—Eso ya lo veo.

—Entonces...

—Entonces vas a ser malo con la derecha y malo con la izquierda.

—No necesariamente.

—Fuera de bromas —continuó—, yo te enseño las técnicas. Después, cuando sepas hacerlas, tú decidirás cómo quieres jugar.

Eso me pareció razonable.

Aunque mi idea seguía pareciéndome mejor.

—Terminamos por hoy. Mañana a las diez.

Guardé la raqueta.

El revés seguiría existiendo por lo menos un día más.

Mis padres me esperaban en el auto.

Apenas abrí la puerta sentí olor a eucalipto.

—¿Sauna?

—Sí —dijo mi mamá—. Ya necesitábamos relajarnos un poco antes de volver al trabajo.

Mis hermanas llegaron poco después, cada una con un helado.

Mi padre las miró.

—¿Cómo pagaron eso?

Sofocleta sonrió.

—Cortesía de mi hermanito.

Me guiñó un ojo.

Tardé un segundo.

Después entendí.

Los billetes que don Santiago me había dejado de propina.

Las miré.

Ellas siguieron comiendo.

No dije nada.

De regreso paramos a echar combustible cerca de casa. Cuando terminó de llenar el tanque, mi padre me dio las llaves.

—Tú manejas.

Las cogí.

—Despacio. No quiero problemas.

—Sí, papá.

Esta vez manejé con mucho más cuidado. El auto protestó un poco al salir de la estación, pero conseguí evitar que se apagara.

Llegamos sin incidentes.

Entonces apareció la última prueba.

—Guárdalo en la cochera. Ya despejé las cajas.

Mi confianza estaba bastante más alta que esa mañana y creo que ese fue el problema.

Entré demasiado pegado al lado derecho.

Escuché el sonido. Ese sonido.

Frené.

Mi padre cerró los ojos y se llevó la palma de la mano a la frente.

—¿Qué fue eso?

Yo sabía exactamente qué había sido.

—Creo que...

Bajamos.

Había varias líneas sobre el guardafango.

Mi padre pasó un dedo.

Después me miró.

—Lava el auto. Sécalo bien y pásale pulidor. Si está abollado, el arreglo sale de tu propina.

Pensé en mis hermanas comiéndose los helados.

—Perfecto.

Pasé bastante tiempo lavando.

Secando.

Frotando.

Puliendo.

Imaginaba que era Daniel-san y mi papá el señor Miyagi.

Y, en determinados momentos, rezando entre capa y capa de pulidor.

Por suerte el daño parecía superficial.

Después de insistir bastante, la marca desapareció por completo. Casi.

Me alejé unos pasos.

Nada mal.

Ya que estaba condenado a seguir allí, como penitencia decidí encerar el resto del auto.

Desde la cochera podía ver parte del jardín posterior y la fuente que encendíamos casi todos los días.

El angelito seguía cubriéndose pudorosamente mientras el agua caía.

Seguí trabajando.

Entonces escuché unas risas.

Me detuve.

Otras.

No reconocí las voces.

Dejé el paño sobre el capó.

Avancé por el jardín lateral, intentando no hacer ruido.

Las risas venían de la fuente.

Esquivé una caja.

Después otra.

Me acerqué. Vi dos personas.

Un niño y un hombre mayor.

Miré otra vez.

Lucas.

Estaba junto a la fuente.

Reía.

Señalaba al angelito.

El hombre que estaba a su lado también se reía. Tendría unos sesenta años.

Después cruzó las manos frente al cuerpo, imitando la postura de la estatua.

Lucas soltó una carcajada.

Mientras me acercaba, noté la luz.

La misma claridad tibia.

La misma tarde que no estaba ocurriendo.

Miré alrededor.

El jardín tenía la luz normal del final del día.

Ellos no.

Sobre Lucas y el hombre caía aquella otra luz.

El mismo atardecer imposible.

Pero había algo más.

Lucas estaba diferente.

Parecía un poco mayor. No mucho. Uno o dos años, quizá. Sus anteojos tampoco eran los mismos. Los marcos eran distintos. Su ropa había cambiado.

Me quedé mirándolo.

Hasta ese momento, alguna parte de mí había intentado convencerse de que lo que había visto aquella mañana podía haber sido cualquier cosa. Una confusión. Un reflejo. Cansancio. Incluso el olor del pulidor y la cera.

Aquello era diferente, no estaba viendo otra vez la misma escena.

Estaba viendo a Lucas.

En otro momento.

Intenté acercarme.

Mi pie golpeó una de las cajas.

Lucas volteó hacia donde provenía el sonido.

Me quedé quieto.

Por un instante pensé que me había visto.

No sé si me vio.

Ambos giraron hacia la derecha.

El hombre tomó a Lucas de la mano y empezó a caminar hacia la puerta posterior del comedor.

Lucas a su lado dando pequeños saltos, como hacen los niños cuando están demasiado contentos para limitarse a correr.

Salté sobre la última caja y corrí hacia ellos.

Ellos llegaron a la puerta del comedor antes que yo.

Entraron.

Casi de inmediato, mi padre salió por esa misma puerta.

Me detuve.

Miré detrás de él.

No había nadie.

—¿Terminaste?

Asentí.

Mi padre señaló hacia la cochera.

—¿Abolladuras?

Volví a mirar hacia el comedor.

Nada.

—No. Quedó como nuevo. Le puse cera.

—Era lo mínimo que podías hacer.

Entró nuevamente.

—A cenar. Mañana yo te llevo al club.

Me quedé unos segundos en el jardín. Entendí que mis clases prácticas de manejo se suspendían hasta nuevo aviso.

Después miré la fuente. El angelito seguía exactamente en la misma posición, como si nada hubiera pasado.

Lo señalé.

—Tú sabes algo.

El angelito no respondió.

Tampoco esperaba demasiado de él.