La Casa de Lucas Capítulo IV
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Capítulo IV

Mi padre me dejó manejar el auto. Naturalmente, eso no significaba simplemente entregarme las llaves.

—Primero revisa las llantas, luego el nivel de aceite.

Señaló el auto.

—Ahora sácalo.

Miré la cochera.

Todavía había cajas apiladas a ambos lados.

—¿No sería más fácil que lo saques tú y yo manejo afuera?

—Sería más fácil.

Esperé.

—¿Entonces?

—Entonces sácalo.

Subí.

Mi padre se sentó a mi lado.

—Retrocede lentamente. Mira tus espejos y controla tu espacio.

Encendí el motor.

Reversa.

Empecé a soltar el embrague.

El auto tosió como fumador empedernido y se apagó.

—Despacio con el embrague.

—Sí, papá.

Volví a encenderlo.

El auto tosió otra vez y volvió a apagarse.

Miré a mi padre.

Él seguía mirando hacia adelante.

No dijo nada.

Era peor.

Al tercer intento conseguí que el auto se moviera sin protestar. Retrocedí lentamente, pendiente del espejo izquierdo, después del derecho y otra vez del izquierdo.

—Tienes espacio.

Seguí.

—Endereza.

Giré el timón.

—No tanto.

Corregí.

—Ahora sí.

Después de varias maniobras conseguí salir de la cochera sin atropellar ninguna caja.

Consideré aquello mi primera victoria automovilística. Puse primera y arrancamos hacia la casa de don Santiago.

—¿Por qué no sacaste tú el auto y me lo dabas afuera?

—Porque cualquiera maneja en línea recta. Aprender a calcular el espacio por donde circulas es lo que te va a sacar de apuros. Estacionamientos pequeños, tráfico, calles estrechas.

Miré por el espejo.

La cochera ya quedaba atrás.

—Pero salí.

—Sí.

—Entonces lo hice bien.

—No choques y conversamos cuando regresemos.

Decidí concentrarme en el camino.

La casa de don Santiago estaba a cinco minutos.

Llegamos en quince.

El problema no era la distancia.

Era yo.

Todavía no conseguía coordinar perfectamente embrague y acelerador, así que avanzábamos alternando entre momentos de absoluta normalidad y otros en los que el auto parecía preguntarse qué demonios estaba intentando hacer con él.

Mi padre se mantuvo sorprendentemente paciente.

—No te acerques tanto.

Me alejé del auto de adelante.

—No exageres.

Me acerqué.

—Direccional.

La puse.

—Espejo.

Miré.

—La pista.

Volví a mirar adelante.

Por momentos sentía que conducir requería más ojos de los que la evolución había considerado necesarios.

Las últimas cuadras fueron mejores.

Una recta larga.

Poco tráfico.

Mi única preocupación era mantener el auto aproximadamente en el centro de mi carril.

Vi la casa de don Santiago.

—Frena suavemente hasta detenerte frente a la entrada.

Mi cerebro registró perfectamente la palabra suavemente.

Mi pie tenía otra opinión.

Pisó el freno hasta el emblema de la marca.

El auto patinó un poco en la pista de tierra y quedó ligeramente de lado.

Mi padre se sostuvo del tablero.

Me miró.

—Suavemente significa...

—Sí. Disculpa, papá.

—Espero que el viaje de regreso sea más suave.

Iba a responder cuando el motor tosió.

Y se apagó.

Había olvidado poner neutro.

Mi padre abrió la puerta.

—Vamos. Tenemos trabajo.

Entramos a la casa de don Santiago.

Nuestra misión consistía en alimentar a sus perros y sus aves, limpiar las jaulas y cambiarles el agua.

Los perros fueron fáciles.

Las aves tenían otras ideas.

Cuando terminamos, tenía la camiseta empapada de sudor. No sabía cuánto correspondía al trabajo y cuánto a haber conducido hasta allí.

—Por la tarde regresas para tapar las jaulas con las mantas. Hace frío en la noche.

—Sí, papá.

Mientras él terminaba de revisar unas cosas, recorrí la sala.

La casa de don Santiago era bastante más grande y moderna que la nuestra. Los pisos eran de madera, pero apenas crujían. Una biblioteca ocupaba una pared completa, desde el suelo hasta el techo, y estaba tan llena que algunos libros habían terminado apilados horizontalmente sobre los demás.

Probablemente había cientos.

Derecho.

Historia.

Novelas.

Biografías.

Algunos títulos estaban en otros idiomas.

Junto a la biblioteca había una mecedora.

Me detuve.

Se parecía bastante a la del cuarto de juegos.

No era idéntica. El tapizado era distinto y la madera estaba mucho mejor conservada.

Seguí mirando.

Sobre varios estantes había fotografías, premios, medallas y diplomas.

Así descubrí dos cosas sobre don Santiago.

Era abogado.

Y jugaba al tenis.

Eso último mejoró considerablemente mi opinión sobre él.

El regreso fue bastante menos traumático.

Para el embrague.

El auto solo se apagó una vez al entrar a la cochera.

Para mí aquello representaba una mejora estadística extraordinaria.

Mis hermanas estaban jugando en el jardín y dejaron de hacerlo cuando me vieron bajar del asiento del conductor.

No dijeron nada.

Tampoco hacía falta.

Las dos miraron el auto.

Después me miraron a mí.

Cerré la puerta intentando parecer como si manejar fuera algo que hacía todos los días.

O eso quise creer.

El hermano mayor ya manejaba el auto de papá.

La jerarquía natural de la familia había sido restablecida.

Durante el resto de la mañana cumplí cada encargo que me dieron con una eficiencia que seguramente sorprendió a mis padres.

Moví cajas, bajé la tapa del baño, hice algunas cosas antes de que me las pidieran.

No era una súbita transformación de mi carácter.

Quería volver a manejar.

Y no pensaba proporcionarles ninguna excusa para reconsiderar sus políticas sobre menores de edad al volante.

Por la tarde, mi padre cogió nuevamente las llaves.

—Vamos.

Esta vez sacar el auto de la cochera fue un poco más sencillo.

Mi padre iba de copiloto, pero dio muchas menos instrucciones. Llegamos a la casa de don Santiago casi en los cinco minutos reglamentarios.

Mi padre alimentaba a los perros mientras yo recogía los regalitos que dejaban en el jardín.

Me gustaban los perros, pero solo para pasar el día.

Al principio se limitaron a ladrar; después intentaron jugar con mi papá y, como él no les hizo mucho caso, vinieron a ladrarme a mí y a buscar juego.

Alimentamos nuevamente a las aves, cambiamos el agua y cubrimos las jaulas con las mantas.

Después, mientras mi padre terminaba de revisar a los perros, regresé a la sala. Y entonces reparé en las fotografías.

Había decenas. Algunas antiguas, en blanco y negro. Otras a color, con esos tonos ligeramente apagados que adquieren las fotografías después de muchos años.

Cumpleaños.

Matrimonios.

Viajes.

Personas frente a edificios.

Niños que probablemente ya tenían hijos.

Una fotografía llamó mi atención.

Era antigua. Varias personas reunidas alrededor de una mesa en un jardín. Algunas permanecían sentadas; otras estaban de pie mirando hacia la cámara. Había también un par de personas de espaldas, completamente indiferentes a quien estuviera tomando la foto.

La mesa era larga, mantel de cuadros, comida, una torta de cumpleaños con una sola vela.

En el centro, una pareja sostenía a un bebé.

Su primer cumpleaños.

Observé la fotografía unos segundos más.

Entonces vi algo detrás de ellos.

Una fuente de piedra.

En el centro había una pequeña figura con las alas extendidas.

Entrecerré los ojos.

No podía ser.

El angelito se cubría pudorosamente sus partes con ambas manos.

Era nuestra fuente.

O una muy parecida.

—Vamos.

Volví a colocar la fotografía en su sitio.

—Ya voy.

Durante el camino de regreso pensé varias veces en ella.

Podía ser una coincidencia.

Seguramente lo era.

¿Cuántos angelitos de piedra existirían haciendo exactamente la misma cosa?

Preferí no calcularlo.

A la mañana siguiente mi padre volvió a entregarme las llaves.

—Ve a casa de don Santiago. Ya sabes qué tienes que hacer. Nada de holgazanear. Te quiero de regreso en veinte minutos como máximo.

Cogí las llaves.

Por primera vez iba a manejar solo.

Casi.

Sofi apareció detrás de mí.

—Yo voy.

Miré a mi padre.

—¿Por qué?

—Supervisión.

—¿Ella?

Sofi sonrió.

—Yo te superviso.

Aquello era humillante.

Pero las llaves ya estaban en mi mano.

Había batallas que uno debía saber escoger.

Subimos al auto.

Esta vez conseguí sacarlo sin que el motor se apagara.

Sofi cambió la estación de radio.

—Déjala.

Cambió otra vez.

—Esa estaba bien.

Otra.

—¿Puedes dejar de tocar la radio?

—No me gusta lo que escuchas.

—Tú tienes ocho años.

—¿Y?

Fin de la discusión.

Llegamos.

Repetí la operación del día anterior.

Sofi se quedó entretenida mirando las aves.

Yo regresé a la sala. Quería ver nuevamente la fotografía. La encontré en el mismo lugar.

La fuente seguía allí. El mismo angelito. Posición ridícula. Recorrí lentamente los rostros.

No conocía a ninguno. La pareja. El bebé.

Entonces llegué al extremo izquierdo.

Me detuve.

Una mujer aparecía de perfil, parcialmente oculta detrás de otras personas.

El cabello le llegaba hasta los hombros. Me acerqué un poco más. Había algo familiar en ella.

Recordé el jardín de la casa y el niño corriendo.

Un niño corriendo.

Y una mujer detrás de él.

Sonriendo.

La misma mujer que, durante apenas un instante, había dejado de mirar a Lucas...

para mirarme a mí.