La Casa de Lucas Capítulo III
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Capítulo III

Mi padre se sentaba siempre en la cabecera de la mesa. Yo, a su derecha; mi mamá, a su izquierda. Mis hermanas, pese a todo el espacio disponible, se apretaban juntas en el extremo opuesto.

En casa casi siempre ocupábamos los mismos lugares. Mi padre tenía un chiste recurrente, decía que yo me sentaba a su derecha porque era su mano derecha y luego aclaraba que él era zurdo.

Por primera vez, desde que llegamos a la casa, usábamos la mesa para algo más que poner cajas; y la verdad es que ya extrañaba tener a la familia junta.

A los cinco minutos se me quitó ese sentimiento.

—Nos cambiaron de sala de embarque a pocos minutos del abordaje y tuvimos que correr de un extremo al otro del aeropuerto —contó mi mamá.

—Sí, papá —se quejó Sofi, mi hermana menor—. Casi no llegamos.

A Sofía le decía Sofocleta, una deformación de Sofocleto, un escritor peruano, porque siempre andaba escribiendo y dibujando.

La diferencia es que cuando veía los dibujos de Sofocleto me reía con él; cuando veía los dibujos de Sofi, me reía de sus dibujos porque rara vez se parecían a lo que intentaba capturar.

—Fuimos de las últimas en abordar —añadió Catalina, la mayor de mis hermanas—. Y en el avión una señora loca volteó a mirarnos feo porque estábamos jugando. Su hija parecía tener un problema con nosotras.

A Catalina le decía Ketamina, o Keti, porque parecía tener cara de sueño. Le gustaba cocinar y, con alarmante frecuencia, quemar postres.

Mi padre tomó un sorbo de café.

—Bueno, a las cinco de la mañana cualquiera está malhumorado. Más todavía si tiene dos niñas atrás haciendo bulla.

—No —dijo mi madre—. Esa mujer, su marido y la hija tenían pinta de tener problemas de intolerancia.

—A los niños —dijo mi padre.

—A la vida —corrigió mi mamá.

—Yo las bajaba del avión —intervine.

Keti abrió los ojos.

—¿A la señora loca y su familia?

—No. A ustedes dos.

Las protestas fueron inmediatas.

—¡Mamá!

—¡Papá!

Mi padre siguió comiendo.

—Papá —dijo Sofi de pronto, cambiando a ese tono zalamero que utilizaba cada vez que quería algo—, ¿podemos escoger nuestros cuartos?

Sofi era la preferida de mi padre o, al menos, de eso se quejaba Keti. Para mí, era quizá la única que sabía llegar a él de una forma que nosotros no.

—Sí.

—Quiero la más grande porque además tiene baño.

—No.

—Pero él siempre deja la tapa levantada —dijo Keti, señalándome como si acabara de presentar una prueba definitiva en mi contra.

—Ustedes la dejan abajo. ¿Por qué mejor no regresan al orfanato de donde las recogieron? Ahí pueden compartir con más niñas que dejan la tapa abajo.

—¡Mamá!

Mi madre ni siquiera levantó la mirada del plato.

—Los tres me dolieron para parirlos. Mejor coman en paz.

Apenas terminamos de desayunar, empezó la pelea en el segundo piso.

—No, Sofocleta. Tienes dos habitaciones más para escoger. Yo llegué primero, ya pinté, puse mis cosas, llevo días limpiando y cargando tus cajas y...

Volteó a quejarse.

—¡Papá! Mira, ya se cogió la mejor habitación.

Mi padre apareció al pie de la escalera. Tan pronto intuyó que lo estábamos arrastrando a la discusión se dio media vuelta.

—No me metan. Resuélvanlo entre ustedes.

—Pero tú compraste la casa.

—Dije que lo resuelvan.

Desapareció.

Después de un rato de fu man chú y yan ken po seguíamos sin ganador. Convencí a Sofi de escoger la habitación más cercana al baño y le aseguré que su clóset era más grande.

Cogí una wincha, medí mi clóset y le leí la cifra en pulgadas. Medí su clóset y le leí la cifra en centímetros. Ella sonrió.

Mentí. Era exactamente igual.

—Pero si no nos gusta, cambiamos.

—Sí. Si mueves todas las cosas.

—Qué flojera.

Problema resuelto.

En mi habitación quedaban algunas cosas de los antiguos propietarios, entre ellas un escritorio viejo que pedí conservar.

Mi padre insistió en que sacara todos los cajones del escritorio y del clóset antes de la limpieza profunda. En términos menos elegantes: desalojar arañas y polvo acumulado durante años.

Yo estaba renegando, pero obedecí porque mi nariz y su alergia al polvo agradecerían el esfuerzo adicional.

Terminando la faena y al agacharme para acomodar los cajones del escritorio en su lugar encontré, aplastadas contra la parte posterior, varias hojas antiguas.

Las saqué con cuidado. Eran dibujos hechos con crayones, otros con lápices de colores.

Había casas, personas, árboles, una playa con un sol rojo —un atardecer, supuse—, un perro que parecía una vaca, unos niños en un columpio, unos niños en un auto y varias figuras acompañadas de palabras escritas con caligrafía infantil.

Papá.

Mamá.

Abulos y una letra e escrita por encima.

Casa.

Todos estaban firmados con el mismo nombre.

Lucas.

Sentí algo extraño en el estómago.

Les di la vuelta.

En la parte posterior de algunos, alguien había escrito fechas con lapicero.

Hice un cálculo rápido.

Tenían alrededor de sesenta años.

Fui estirando las hojas y ordenando sobre el escritorio.

El último me hizo detenerme.

Era un dibujo de la casa, o de cómo un niño la recordaba: paredes blancas, demasiadas plantas y un jardín enorme.

Frente a ella había cinco personas tomadas de la mano, dibujadas con palitos, en tamaños probablemente no proporcionales con la casa.

Para mí, no había ninguna duda sobre el autor de la obra, porque además de estar en el centro, se tomó la molestia de escribir su nombre y debajo de cada figura, papá, mamá, abelo, abela, agregando una u por encima.

El niño tenía cabello castaño claro y anteojos dibujados con círculos negros, uno más grande que el otro.

La mujer mamá tenía el cabello largo y vestía con pantalones.

El papá tenía algo que parecía una barba y vestía unos shorts con algo que parecía una media blanca larga.

La abuela tenía el cabello un poco más corto, una falda o vestido largo.

El abuelo con bigotes y anteojos era el único que no sonreía y portaba algo en la mano que podía ser una guitarra, una raqueta o una lampa.

Cogí los dibujos, los dejé ordenados sobre el escritorio y fui a buscar a mi papá, pensando que ya había hecho suficiente.

Mi abuela materna siempre contaba una historia de lo dura que era mi madre a mi edad. Hacía muchos años, luego de que el abuelo los abandonara, tenían problemas de dinero y debía tomarse una decisión: comer o tener energía eléctrica. Optaron por lo primero.

A los pocos días llegó un técnico de la compañía para desconectar el servicio y, cuando ya estaba abriendo el medidor, mi madre habló con él y consiguió que les diera veinticuatro horas para pagar la factura.

Al día siguiente, consiguió trabajo en un hospital y un pequeño adelanto; con eso lograron pagarla.

Con los años entendí que aquel día mi madre no solo consiguió trabajo y pagó una factura. También creció antes de tiempo.

La abuela bromeaba diciendo que mi madre había amenazado al técnico con electrocutarlo. Mi madre, por supuesto, sostenía que solo lo había convencido amablemente.

Si mi padre era un general para los arreglos y las decisiones en la casa, mi mamá era la Comandante Suprema de las Fuerzas Armadas.

Los encontré en el jardín. Mi madre tenía ambas manos en la cintura.

—¿Por qué han quitado todas las enredaderas?

—Porque eran demasiadas y no dejaban pintar la casa.

—Pero...

—Además traían muchas arañas.

Mi madre retrocedió un paso.

El miedo a las arañas consiguió lo que ningún argumento sobre pintura había logrado.

Señaló un grupo de plantas.

—¿Y esas? No me gustan.

—Ya estaban aquí.

—Quiero cambiarlas por otras. Hay demasiado verde. Necesitamos algo de color.

—Hay cosas más urgentes.

—Yo hablaré con el jardinero. También hay que arreglar esa parrilla, horno o lo que fuera —dijo, señalando la parrilla en el extremo del jardín.

—Primero nos instalaremos.

Mi madre asintió con esa expresión que significaba exactamente lo contrario.

—Todo se puede cuando hay voluntad.

La Comandante Suprema quería remodelarlo todo. Mi papá sostenía que la casa tenía encanto y que, por ahora, bastaban los arreglos necesarios.

Los acompañé por el recorrido a la casa en silencio buscando el momento adecuado para pedir permiso para ir al club o, mejor todavía, desaparecer.

En la cocina, mi padre se puso a trabajar en el armado de unos cajones mientras mi madre enumeraba todo lo que quería cambiar.

Mi padre me miró y levantó una sola ceja.

—Sácala de aquí, interpreté.

Sospeché que quería escapar de la conversación sobre la casa de revista que mi madre ya imaginaba.

—Mamá, ven.

Salimos de la casa y dimos la vuelta hasta llegar a la habitación de juegos. Aunque allí no había nada tenebroso, me alegró no entrar solo.

—¿Por qué tendrían una cava cerrada y detrás una habitación de juegos para niños? —pregunté.

Dio una vuelta por el cuarto.

—Creo que lo estás viendo al revés.

—¿Cómo?

—Esta parte era para juegos. Después cerraron la conexión con la cocina y pusieron la cava. Seguro para que los niños no estuvieran entrando y saliendo por ahí.

Se acercó a la mecedora y apoyó una mano en el respaldo.

—Además, los niños no jugaban solos.

—No niños, mamá. Un niño.

Señaló la mecedora.

—Aquí venía un adulto a acompañarlos —dijo, ignorando mi comentario de que solo era un niño.

—Ahora podría ser mi estudio. Pero necesita trabajo —añadió.

—Sí, mamá. Mis hermanas pueden ser muy útiles para ayudarte.

Mi cálculo era sencillo: cada idea nueva de mi mamá significaba menos club para mí.

—Primero hay que limpiar y ordenar todo esto.

—Ay, no —protesté.

—Yo también te extrañé.

—Sería mejor si no me extrañaras tanto.

Se llevó ambas manos al abdomen con dramatismo.

—Casi recuerdo los dolores del parto.

—Mamá, eso es chantaje.

—Espera a que te cases y verás.

Empezamos a recoger cosas.

Al levantar un cojín de la mecedora encontré algo metido entre la tela y la madera.

Era un cuaderno. La cubierta estaba gastada y las hojas tenían el color amarillento de las cosas guardadas demasiado tiempo.

Había fechas y anotaciones cortas.

Me costaba entender la caligrafía.

Hoy nació Lucas.

Lucas cumplió seis meses.

Comprar pañales.

Vacunas. Comprar paracetamol en gotas.

Comprar papel tapiz para la habitación.

Utilizar papel tapiz sobrante.

El cuarto de juegos está listo.

Comprar estante para guardar juguetes.

Lucas cumplió un año. Comprar torta.

No debo seguir sentándome en el piso. Comprar sillón.

—Sigue limpiando —dijo mi mamá detrás de mí.

—Sí, mamá.

Entonces, aproveché para preguntarle si me daban permiso de ir al club.

—¿Y cómo vas a ir?

—¿Me llevas? ¿O me prestan el auto?

Hacía dos años que mi tío, hermano de mi mamá, me había enseñado lo básico del manejo y, aunque había practicado poco, creía —iluso yo— que un trayecto de treinta minutos no sería gran problema. Solo tenía que evitar las avenidas y a la policía.

Mi madre se rio.

—Te faltan tres años para obtener licencia.

—No, mamá —dije, imitando su tono de voz de hacía un rato—. Creo que lo estás viendo al revés: son tres años para practicar.

—El sábado iremos todos al club.

—Está bien.

Después del almuerzo volvimos al cuarto de juegos. Habíamos sacado casi todo al jardín, salvo un estante pequeño, la mecedora y el caballito.

El caballito no parecía de tienda, sino uno hecho a mano. Noté que la cabeza y el cuerpo no eran simétricos.

—Pa, ¿mañana temprano puedo ir un rato al club?

—No, necesitamos liberar espacio en la cochera.

—¿Por la tarde?

—Si terminamos, puedes ir después del almuerzo.

Llamé a un amigo del club. Me confirmó que, si quería jugar el interclubes, tenía que volver a entrenar y quedar entre los cinco primeros del ranking clasificatorio. Colgué rápidamente porque escuché golpes en la puerta principal y salí a atender.

Era el señor a quien fuimos a ver antes de comprar la casa.

El timbre tenía un problema. Parecía que tenía tos y apenas se escuchaba. Otra cosa más por reparar.

—Hola, muchacho. Veo que están haciendo un gran trabajo en la casa. De casualidad, ¿puedo conversar con tu papá?

—Sí, claro. Un momento.

Fui a buscar a mi padre y me puse a regar el jardín.

Mi padre salió a conversar con el señor. Me acerqué.

Pero no lo suficiente.

El ruido de la manguera no dejaba escuchar mucho.

Después de algunos minutos, se dieron la mano y mi padre cerró la puerta.

—Sabes que tenemos aspersores, ¿verdad?

—Sí.

—Si querías saber qué estábamos conversando, hay formas menos evidentes que ponerse a regar —dijo mi padre, guiñándome el ojo.

—Esteee…

—Don Santiago vino a darnos la bienvenida. Estará fuera unos días y nos pidió —bueno, te pidió— que alimentes a sus perros y sus aves. Te dejó una propina.

Me entregó las llaves de la casa y unos billetes. No los conté. Solo sabía que tendría más trabajo y menos horas de club.