La Casa de Lucas Capítulo II
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Capítulo II

Durante los días siguientes mi padre y yo seguimos con instalaciones, pintura y cualquier trabajo que apareciera. Yo era, entre otras cosas, el luminotécnico oficial, así que debía sostener la linterna y alcanzar las herramientas.

Mientras arrancaba el papel mural o lijaba una pared, imaginaba que jugaba tenis; mientras pasaba un rodillo, pensaba en la piscina. Extrañaba el club.

Pero bastaba escuchar la voz de mi general para regresar al trabajo.

—Falta una mano aquí.

—Ya voy.

—Y después terminamos esa pared.

—Sí, mi general.

—Te escuché.

El jardinero y su equipo también avanzaban rápido. De la profundidad de la selva emergió por fin el jardín posterior.

En la esquina derecha había una parrilla de ladrillos. Tenía una base de cemento, un espacio abierto debajo para la leña y, a media altura, una rejilla de hierro apoyada entre los ladrillos. La parte superior se estrechaba formando una campana oscurecida por años de humo.

En la esquina izquierda había una fuente ornamental. En la parte más alta tenía un angelito tallado en piedra, con las alas extendidas. Nos hizo gracia que cubriera sus partes pudorosamente con ambas manos.

Durante mucho tiempo estuvo cubierta por plantas, así que teníamos más trabajo. Mi padre decidió que teníamos que hacer funcionar la fuente.

Por supuesto.

—Alumbra aquí.

—Sí, pa.

—Cinta aislante.

—Aquí.

Después de un buen rato e intentos fallidos conseguimos hacer funcionar el motor.

Al principio se escuchaba el sonido del motor, pero nada más. Al rato, el agua comenzó a circular poco a poco. Primero con mucha dificultad; después, con un chorro más uniforme. Poco a poco, la fuente empezó a llenarse y a recircular agua.

Faltaba encender las luces; para mi fortuna, mi padre descubrió que solo hacía falta un poco de limpieza y empalmar algunos cables.

Luego de pocas pruebas logramos encender varias de las pequeñas luces sumergidas.

Las otras necesitaban ser reemplazadas. La fuente cobró vida gracias a mis habilidades con la linterna y la ayuda de mi padre.

Y finalmente vimos de dónde venía el chorro de agua que discurría lentamente por toda la fuente. Venía del angelito.

Mi padre y yo lo miramos.

Nos miramos.

Volvimos a mirar al angelito.

—No puede ser.

El agua brotaba justamente de ahí.

Era tierno y ridículo al mismo tiempo.

Nos reímos de buena gana.

Estábamos cansados, sucios y probablemente olíamos a pintura, pero por primera vez la casa empezaba a parecer una casa.

Mi padre contempló el jardín.

—Mañana, a las siete, aterrizan tu mamá y tus hermanas. Voy a recogerlas.

Asentí.

—Necesito que me ayudes con algo antes. Lleva las cajas de los antiguos propietarios a la cochera. Si los de la mudanza llegan antes de que regrese, recíbelos y diles que vayan dejando todo según las etiquetas: sala, comedor, cocina, habitaciones. ¿Puedes con eso?

—Sí, mi general. Digo... sí, papá.

Se rio.

Después metió la mano en el bolsillo.

—Toma.

Me lanzó algo.

Lo atrapé.

Era una navaja suiza.

Creo que habría preferido una raqueta nueva.

La navaja era antigua y se notaba desgastada, con arañazos y zonas donde el color había desaparecido. Tenía varias herramientas cuya utilidad no pude identificar.

—Me la dio mi padrastro cuando cumplí dieciocho años. Ahora es tuya, si no quieres perderla, no la lleves al aeropuerto.

—Gracias, pa.

Miré el regalo de forma diferente. Se sintió como un premio, como una de esas cosas que uno entiende que tienen historia y se deben conservar.

A las cinco de la mañana mi padre me despertó.

—A la ducha y a trabajar. Me voy al aeropuerto. Cuando regrese traeré el desayuno.

Me tapé hasta la cabeza.

—¿Qué parte de «a la ducha» no quedó clara?

—Cinco minutos, pa.

—Arriba.

Y me jaló la sábana.

Un rato después estaba en la ducha y escuché el auto alejarse.

Hice lo que pude con las cajas.

Casi me caí por las escaleras con una caja demasiado pesada y decidí que morir desnucado durante una mudanza sería una forma particularmente estúpida de terminar mis vacaciones.

Cuando por fin acabé de trasladar las cosas de los antiguos propietarios a la cochera, contemplé mi obra: un desastre.

Las cajas llevaban años acumulando polvo y yo acababa de distribuirlo uniformemente por toda la casa.

Cogí el trapeador.

Otra vez a limpiar.

Cuando terminé eran poco más de las ocho.

Tenía hambre.

Mi padre todavía no regresaba.

Fui a la cocina.

Quedaba poco: una lata de frejoles, unos panes y una Coca-Cola.

Miré la lata.

La lata me miró desafiante.

Robar por hambre no es robar.

Como buena parte de las cosas de la cocina seguían empaquetadas, no encontraba nada con qué abrir la bendita lata que ahora me miraba desafiante.

Estaba considerando seriamente abrirla con los dientes y entonces recordé la navaja.

Fui por ella.

La lata tembló de miedo.

El abrelatas funcionaba perfectamente.

El desayuno sería pan con frejoles.

—¡Qué asco! Diría cualquiera. Yo no.

Me senté en el piso de la cocina, abrí la Coca-Cola y arrasé con los frejoles.

Quedaba el pan.

A buen hambre no hay pan duro, decía mi padre.

Mentira. Parecía tostada.

Pero tenía hambre.

Al primer mordisco miré hacia la alacena.

La puerta.

La cava.

Mi padre no estaba.

—Bueno...

Decidí probar suerte.

Con el pan en la boca, corrí la alacena sobre sus rieles hasta dejar la puerta completamente expuesta.

Observé la cerradura.

Era antigua.

Y yo ya había visto una parecida.

Años antes, una de mis hermanas se había encerrado accidentalmente en su habitación.

Era muy pequeña y probablemente se asustó. Por más que le dimos instrucciones de cómo abrir la puerta, nada.

Mi padre me ordenó traer el maletín de herramientas. Luego se sentó y la hizo jugar a adivinar dónde estaba tocando la puerta, cantando y haciéndola reír con sus ocurrencias, cambiando las letras de las canciones infantiles y poco a poco mi hermana fue olvidando el encierro involuntario.

Mi padre tomó las herramientas y empezó a desmontar la cerradura.

Yo, como siempre, sostenía la linterna.

Lo vi retirar la cubierta e introducir un destornillador en el mecanismo.

Aquel día había aprendido algo sin saber que algún día lo necesitaría.

Miré la navaja.

Miré la cerradura.

—MacGyver estaría orgulloso.

Manos a la obra.

Retiré una pieza. Después otra.

Intenté recordar lo que había hecho mi padre.

Después de varios intentos, algo metálico sonó.

Clic.

Me quedé quieto.

Empujé la puerta.

Abrió.

Decepción.

Mi padre tenía razón.

Era una cava.

O, al menos, alguien había convertido aquel espacio en una.

Un enorme estante de madera ocupaba casi toda la pared. Encontré decenas de botellas cubiertas de polvo: vinos, rones y licores que no reconocí, ordenados con cuidado.

Algunas etiquetas apenas podían leerse.

Entré.

Entonces apareció nuevamente aquella sensación.

Miré el fondo y calculé la distancia.

Mi padre tenía razón: era una cava.

Pero yo también tenía razón: los espacios seguían sin cuadrar.

Ya que había forzado una cerradura, lo mínimo era dejar aquello en mejor estado.

Saqué las botellas una por una.

Mientras limpiaba empecé a notar un olor distinto.

El resto de la casa todavía olía un poco a madera, polvo y encierro.

Allí el aire era más fresco.

Demasiado fresco para un espacio que supuestamente llevaba años cerrado.

Entonces lo escuché.

Un silbido muy suave.

Me detuve.

Nada.

Continué limpiando.

Otra vez.

Un sonido tenue y continuo.

Aire.

Me acerqué a una pared. Después a la otra.

Tampoco.

No conseguía saber de dónde venía. Ni siquiera estaba seguro de si el aire entraba o salía.

Seguí colocando botellas.

Al inclinarme, golpeé sin querer la botella del producto de limpieza.

Rodó.

Intenté detenerla con el pie.

Demasiado tarde.

Desapareció debajo del estante.

—Perfecto.

Me arrodillé.

Estiré el brazo para alcanzarla y mientras palpaba buscando la botella, sobre el piso sentí unas líneas finas que seguí con los dedos. Describían un arco.

Me incorporé lentamente.

Volví a mirar las marcas.

Lo supe.

Todo ese tiempo había tenido razón.

Faltaba casa.

Esta vez tuve más paciencia que con la alacena.

Mover un mueble lleno de botellas sin cuidado era una excelente manera de pasar la mañana recogiendo vidrios y explicándole a mi padre por qué toda la casa olía a licorería.

Me subí a un banco y busqué algún mecanismo.

Entonces vi una bisagra, casi pegada a la pared.

Más abajo había otra.

Y una tercera.

Lógico.

No era corredizo.

Jalé el extremo del estante con cuidado.

El mueble comenzó a girar lentamente sobre las bisagras.

Encontré una parte perdida de la casa.

Me quedé mirándola.

No sé qué esperaba encontrar: otro depósito, herramientas, cualquier cosa.

Cogí el trapeador y lo atravesé entre el mueble y el marco para evitar que se cerrara conmigo dentro.

Es curioso que en las películas de terror lo primero que ocurre es que el acceso se cierra de forma definitiva y obliga a los personajes a continuar explorando, aunque eso signifique su perdición.

No había nada tenebroso. Era una habitación pequeña, bien iluminada que daba al jardín frontal.

Una habitación de juegos. La luz de la mañana entraba por una ventana a la izquierda.

Había cubos, aviones de madera, soldaditos de plomo, dibujos, libros para colorear, latas de crayones y lápices gastados.

Era exactamente el mismo papel mural que había encontrado debajo del revestimiento de mi nueva habitación.

Me acerqué.

Desde allí podía ver la entrada principal y buena parte del jardín delantero, pero no la cochera.

Entendí por qué nunca había visto esa parte desde afuera: había estado cubierta por enredaderas, arbustos y ramas.

Durante los últimos días apenas había tenido oportunidad de contemplar el resultado del trabajo.

El césped estaba cortado y los arbustos volvían a tener forma.

Entonces vi al niño.

Tendría cuatro o cinco años.

Era delgado, de piel clara y cabello castaño. Llevaba anteojos, una chompa de lana abotonada, tipo cárdigan, demasiado gruesa para aquella mañana.

Corría por el jardín frontal haciendo zigzag, abriendo los brazos, tal vez pretendiendo ser un avión.

Miraba brevemente hacia atrás y luego nuevamente hacia donde iba, riéndose de la mujer que venía detrás de él.

Ella tendría unos sesenta años.

Piel clara. Cabello ondulado, suelto, hasta los hombros.

No corría realmente.

Avanzaba con ese trote exagerado de los adultos cuando quieren que un niño crea que está a punto de ser atrapado.

Sonreía.

Yo también sonreí.

Durante un instante pensé que quizá habían entrado mientras trabajaban en el jardín. Instintivamente levanté la mano para saludar y por alguna razón me quedé en esa posición.

Entonces noté que la luz sobre ellos era diferente.

El jardín estaba iluminado por una mañana clara.

Luz blanca sobre las hojas, paredes iluminadas, cielo azul.

Pero sobre ellos parecía estar terminando la tarde.

Una claridad tibia tocaba sus rostros y los bordes de sus ropas desde un lugar donde no había sol. Cada vez que el niño giraba la cabeza, su cabello adquiría destellos cobrizos.

Y entonces la mujer me vio. Estoy seguro de que me vio.

Sus ojos encontraron los míos detrás del vidrio. Fue apenas un instante.

No dejó de sonreír, tampoco pareció sorprendida.

Ni siquiera redujo el paso.

Simplemente me miró y siguió corriendo detrás del niño, jugando, riendo. Felices.

Lucas.

El nombre apareció en mi cabeza con una naturalidad que me inquietó más que cualquier otra cosa. No intenté recordarlo. Simplemente lo sabía.

—Lucas —dije en voz baja.

El niño siguió corriendo.

Ambos doblaron junto al muro y desaparecieron de mi vista.

Me quedé mirando el jardín.

Vacío.

La luz blanca de la mañana seguía exactamente donde debía estar. Entonces escuché algo a mi derecha. El picaporte de la puerta contigua comenzó a moverse.

Una vez. Después otra. La puerta empezó a abrirse con dificultad.

Miré hacia la cava. El trapeador seguía atravesado allí. Lo cogí instintivamente y lo sostuve con ambas manos.

Mi corazón parecía golpearme desde dentro del pecho.

Quise retroceder.

Mis piernas no reaccionaron.

La puerta se abrió un poco más.

—¡Papá! ¡Ya lo encontré! ¡Está jugando con el trapeador!

Bajé el trapeador.

—¿Qué...?

Mi hermana menor me miraba desde la puerta.

—¿Qué haces?

Tardé unos segundos en responder.

—¿Cuándo llegaron?

—Hace un rato.

No había escuchado el auto, la puerta de la cochera ni voces.

Miré detrás de ella. El jardín.

—¿Viste al niño que estaba corriendo y a una señora detrás de él?

Mi hermana frunció el ceño.

—Sí.

Sentí que se me detenía el corazón.

—¿En serio los viste?

—Sí, en el aeropuerto. Seguro para no perder el vuelo. Nosotras también tuvimos que correr.

—No, tonta. Aquí. En el jardín.

Se asomó.

Miró hacia un lado.

Después hacia el otro.

—No.

Volvió a mirarme.

—¿Por qué tienes un trapeador?

No respondí.

Ella perdió inmediatamente el interés y salió corriendo a explorar la nueva casa.

Me quedé solo otra vez.

Miré por la ventana.

La mañana seguía allí. Clara. Normal.

Después miré hacia el lugar por donde había desaparecido el niño.

Lucas.

No sabía quién era, de dónde había sacado su nombre. Pero sabía una cosa.

La mujer me había visto.