Capítulo I #2
Una cama sin colchón. Un escritorio. Cómodas. Cajas. Cortinas. Un espejo demasiado grande apoyado contra una pared.
Mi padre abría puertas y ventanas mientras yo lo seguía.
—Hay trabajo —dijo.
—Para una cuadrilla de hombres.
Me miró.
—Pero entre los dos terminaremos en unos días.
—Meses.
—Bueno. Algunas semanas.
—Mi propina mejorará, supongo.
—Te pagaré con techo y comida.
Desde la ventana de la habitación principal pude ver casi toda la propiedad: el jardín delantero, el camino de la entrada principal, parte del techo de la cochera y el jardín lateral con un columpio que colgaba de la rama de un árbol.
Por primera vez tuve una impresión bastante clara del tamaño real de la casa.
Bajamos.
Durante las siguientes horas hicimos viajes entre el auto y la casa.
Cajas, bolsas, maletines, mochilas. Más cajas.
Mi padre decidió usar provisionalmente la cocina como centro de operaciones: tenía acceso rápido a la entrada y superficies donde apoyar cosas.
—Déjalas donde no estorben. Después vemos qué hacemos con eso.
Encontrar un lugar donde nada estorbara era más difícil de lo que parecía.
Entre la refrigeradora, la isla, nuestras cosas y lo que habían dejado los antiguos propietarios, apenas quedaba espacio para caminar.
Apoyé dos cajas junto a la alacena antigua.
Desde allí podía ver parte de la sala, la entrada de la cocina y la escalera.
Miré alrededor.
Después hacia la cocina.
No sé qué llamó mi atención. Quizá ya había recorrido tantas veces el mismo trayecto que mi cabeza había empezado a construir un plano sin que yo lo notara.
Recordé la vista desde el segundo piso.
Volví a mirar el pasillo.
Algo no me cuadraba.
Dejé la última caja en el suelo.
Entré a la cocina.
Miré la ventana.
Desde afuera recordaba haberla visto casi en el centro de aquella pared, pero desde adentro estaba demasiado cerca de la esquina. Me acerqué y miré hacia afuera.
La pared exterior continuaba varios metros en dirección a la cochera.
Retrocedí.
Miré la pared interior. Raro. Terminaba varios metros detrás de la alacena.
Salí nuevamente al pasillo y reconstruí el recorrido.
La casa era grande, pero por dentro era más pequeña de lo que debía ser.
—Papá —llamé.
—¿Qué?
—¿Qué hay detrás de esto?
Mi padre apareció en la puerta y miró la alacena.
—Una pared.
—Ya sé que hay una pared.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
Señalé la ventana.
—Porque esa alacena debería estar varios metros más allá.
Mi padre miró la ventana.
Luego la alacena.
Después me miró a mí.
—¿No tienes cajas que desempacar?
Sí tenía.
Cogí la que había dejado en el pasillo y continué trabajando.
Pero durante el resto de la mañana, cada vez que atravesaba la cocina, miraba aquella alacena.
Y cada vez la cocina me parecía más pequeña.
Por la tarde, aprovechamos una vieja manguera abandonada en el jardín para refrescarnos antes de salir a almorzar.
Al regreso, empezamos a limpiar las habitaciones. Mi padre movía muebles; yo subía y bajaba escaleras con baldes con agua limpia para trapear y dejar aquello más o menos habitable.
Cuando finalmente terminamos por ese día, mi padre miró alrededor.
—Vamos al departamento. Aún hay cosas por traer.
En el camino de regreso estaba tan cansado que simplemente me dormí. Por la noche nos dedicamos a cargar el auto con más cosas. La empresa de mudanza se llevaría los artículos grandes y pesados.
A la mañana siguiente volvimos temprano. Yo seguía agotado y el auto estaba otra vez lleno; algunas cosas incluso iban amarradas al techo.
Alrededor del mediodía reconectaron la electricidad y ya teníamos agua. Mi padre sacó una radio vieja para alegrar un poco el trabajo.
Nada mejor que música del recuerdo para limpiar baños y refregar mayólicas.
En la radio sonaba New York, New York . Mi padre acompañaba a Frankie mientras trabajaba, perfectamente afinado con su voz de barítono.
Por otro lado, desde que noté que estaba cambiando de voz, procuraba no cantar.
Tenía vergüenza.
Poco antes del almuerzo apareció una Hilux antigua de cabina simple con un hombre de unos cincuenta años y tres muchachos más o menos de mi edad.
Bajaron herramientas y se pusieron a trabajar en el jardín. Dos de los muchachos eran sus hijos; el tercero, supuse, algún amigo que buscaba ganarse unos centavos.
Cortaron el pasto, podaron árboles, arrancaron plantas y retiraron buena parte de las enredaderas.
Al final de la tarde, el jardinero se acercó.
—Señor, por hoy terminamos. Continuaremos mañana.
Mi padre contempló el jardín y vio que faltaba mucho trabajo.
—Pero...
—Primero compre fertilizantes y alquile un camión pequeño. Vamos a sacar bastante.
—Pero...
—Y mañana le traigo a un muchacho para limpiar la cisterna.
Mi padre lo miró unos segundos.
—Está bien.
Di una vuelta por donde ya estaba despejado para conocer mejor la propiedad. La casa estaba casi al centro del terreno, entre jardines laterales, caminitos de piedra, árboles y el viejo columpio. Con las plantas todavía desbordadas, buena parte del jardín posterior seguía oculta.
Al anochecer fuimos de compras.
Pintura. Brochas. Rodillos. Herramientas. Nada interesante.
Por la noche seguimos limpiando hasta que ninguno de los dos pudo más. Improvisamos un par de camas con las cajas de la mudanza, frazadas y dormimos por primera vez en la casa.
A la mañana siguiente el jardinero y los muchachos siguieron trabajando. Poco después llegó otro muchacho para limpiar la cisterna que estaba bajo el piso de la cochera. Parecía que conocía la propiedad porque encontró las conexiones más rápido de lo que yo me quejaba del trabajo pendiente.
La vació con una motobomba. Luego se puso una mascarilla que lo hacía sonar como Darth Vader y bajó a limpiarla.
Por pura curiosidad me asomé.
Verde, hojas y cosas flotando con lo cual llegué a una conclusión inmediata: nunca más tomaría agua directamente del caño.
Al final de la tarde la cisterna volvía a llenarse. Esta vez, al menos en mi imaginación, con agua verdaderamente limpia.
Mi padre y yo también habíamos avanzado: limpiamos vidrios, arreglamos los baños, sacamos suficientes telarañas como para tejer una chompa y empezamos a acomodar cosas.
Esa noche me dio hambre y fui a la cocina a buscar algo.
En la alacena habíamos colocado nuestras provisiones: sopas instantáneas, latas de frejoles, bebidas, galletas y algunos dulces.
Abrí un paquete de galletas.
Mientras comía, volví a mirar la alacena.
La misma sensación.
Empecé a caminar por la cocina contando mis pasos.
Mi sospecha de que faltaba espacio se hizo más fuerte.
Ordenando las provisiones, una de las latas golpeó la madera de la alacena y escuché un sonido hueco. Me acerqué y empecé a golpear con los nudillos.
Tun, tun.
Me moví unos centímetros.
Tun, tun.
Un poco más.
Toc, toc.
Me quedé quieto.
—¿Qué haces?
La voz de mi padre me hizo girar.
—Nada. Solo comía unas galletas.
—A dormir. Mañana empezamos con el trabajo duro.
Miré alrededor.
—Claro. Porque estos días fueron una cosita de nada.
—Exacto.
Antes del amanecer, mientras mi padre todavía dormía, volví a la cocina.
Calculé el espacio a través de la alacena golpeando con los nudillos.
Era aproximadamente del ancho de una puerta.
La alacena tenía un sistema de rieles y rodaduras.
Obviamente necesitaba mantenimiento.
Era pesada, pero poco a poco se hizo más fácil moverla.
Jalé la alacena hasta el tope de los rieles.
Allí estaba.
Una puerta. El pestillo no abría. Estaba cerrada con llave.
Probé todas las llaves de la casa que nos habían entregado.
Ninguna servía.
—¿Qué haces?
Casi salto.
—¡Qué susto, papá! Nada... acabo de descubrir esto —dije orgulloso elevándome a nivel Magallanes.
Mi padre miró la puerta. Me regresó al puerto con solo cinco palabras.
—Sí. Da a la cava.
—¿Sabías que estaba ahí?
—Claro.
—¿Y para qué esconder una cava detrás de una alacena y, encima, ponerle llave?
Se encogió de hombros.
—No sé. Quizá el dueño anterior tenía un hijo adolescente que se robaba los licores, tal vez el dueño se escondía ahí para evitar preguntas tontas —me dijo con sorna.
Entendí.
—Tenemos trabajo que hacer.
Y se fue.
Me quedé unos segundos frente a la puerta.
Después volví a colocar la alacena en su sitio.
Por el momento.
El segundo piso tenía varias habitaciones. La principal era la más grande, con baño propio y vista al jardín. Las demás miraban hacia la parte posterior de la casa.
Una de ellas, la de la izquierda, me llamó especialmente la atención. Entré.
Estaba en peor estado que las demás.
Tenía un papel mural viejo, pero en algunas zonas se había despegado. Debajo aparecía otro, mucho más viejo, decorado con dibujos infantiles: globos aerostáticos, aviones, barcos suspendidos de globos y animales que ascendían al cielo aferrados a ellos.
En una esquina había una vieja cama de niño.
Alguien había empezado a restaurarla y había abandonado el trabajo a medias. Parte de la madera estaba pulida; otra conservaba la pintura original.
La cama tenía pequeñas ruedas de automóvil a los lados y, a los pies, un espacio para sentarse y jugar con un timón imaginario. No tenía colchón. En el techo todavía quedaban pegadas algunas estrellas fosforescentes —algunas a medio despegar— y una argolla.
—Papá. ¿Qué es eso?
—Una argolla.
—Lo sé, pero ¿para qué sirve?
—No sé, tal vez para colgar algo.
—Gracias, Sherlock.
—Elemental, mi querido Watson. Y no olvides pintar esa parte —dijo señalando el techo.
No había duda.
Aquella había sido la habitación de un niño.
La miré un momento.
La iluminación, la vista al jardín.
Luego recordé que tenía que continuar desempacando.
Decidí que sería mi habitación.