La Casa de Lucas
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Capítulo I
Estaba por cumplir quince años y, para entonces, ya sabía bastante de mudanzas. Aquella sería la cuarta.
Salvo por reventar una por una las bolitas del plástico de burbujas, las anteriores habían tenido poco de memorable: cajas, muebles desarmados, cosas que desaparecían durante semanas y reaparecían justo cuando ya nadie las buscaba.
Pero esta vez era diferente.
Mi padre había sido trasladado por su trabajo algunos meses antes y, mientras decidíamos si la mudanza sería definitiva, vivimos en un departamento alquilado cerca del centro empresarial de la ciudad.
El departamento era pequeño y estaba rodeado de mucho movimiento: una sala-comedor que funcionaba para jugar, hacer las tareas del colegio y cuanto se nos ocurriera, excepto jugar a las escondidas; dos habitaciones medianas, una de ellas compartida por mis hermanas; y un estudio-biblioteca acondicionado como mi habitación.
No teníamos mascota.
Un día, mis hermanas y yo hicimos fuerza común y pedimos permiso para adoptar un perrito. Mi padre fue tajante: decía que, si entraba una mascota, uno de nosotros tenía que irse.
Por ratos parecíamos sardinas enlatadas. Desde hacía algún tiempo, mis padres estaban buscando un lugar más grande. La idea era encontrar una zona residencial alejada del ruido, con casas grandes, jardines todavía más grandes y árboles tan antiguos que sus ramas se encontraran sobre el camino.
Encontramos la casa por casualidad.
Buscábamos una dirección para ver una casa en venta y luego almorzar por la zona cuando mi padre dobló antes —o después— de donde debía. Conducía despacio porque no conocíamos bien el lugar; las casas aparecían y desaparecían detrás de cercos vivos, muros bajos y árboles enormes.
Fue mi padre quien vio el cartel y detuvo el auto.
—¿Dice «Se vende»?
Giré la cabeza.
—¿Dónde?
Entre unas plantas que habían crecido junto al camino había un rectángulo de madera torcido sobre un poste. La pintura estaba descolorida y una gruesa capa de polvo hacía difícil distinguir las letras.
Apenas si se notaba que había un cartel.
—Vamos a ver.
Nos bajamos.
La casa estaba retirada unos metros de la calle. A la izquierda había un portón doble que, supuse, daba a la cochera. En el centro, una pared que alguna vez había sido blanca estaba casi cubierta por enredaderas. A la derecha había una puerta de madera, ancha, vieja y maciza.
Era bonita.
O, mejor dicho, se notaba que lo había sido.
La casa parecía haber pasado años defendiéndose de las plantas. O quizá las plantas simplemente se la estaban apropiando.
Si terminaba siendo nuestra casa, mi principal preocupación era otra: pasarme todo el verano arrancando maleza, lijando y pintando paredes, puliendo pisos y sacándome astillas de los dedos, en lugar de estar en el club entrenando tenis, nadando y preparándome para mi último año de colegio.
Mi padre contempló la casa en silencio.
Yo conocía esa mirada.
Él no estaba viendo pintura descascarada, humedad ni maleza.
Estaba viendo cómo podía quedar.
—A ver el número.
Volvimos al cartel.
No se distinguía nada.
Mi padre regresó al auto, sacó una botella de agua y vertió un poco sobre la madera. Yo pasé la mano para retirar el barro que se formó.
—Más agua.
Repetimos la operación hasta que finalmente pudimos leerlo.
No había ningún número de teléfono.
—¿Qué clase de inadaptado trata de vender una casa sin poner un número de teléfono?
Solo había una dirección.
Mi padre la leyó dos veces.
—No debe estar lejos.
—¿Y el almuerzo?
Miró su reloj.
—Cinco minutos.
—Nunca son cinco minutos.
Subimos nuevamente al auto.
Esta vez, para mi sorpresa, sí fueron cinco minutos.
Nos internamos por un camino de tierra afirmada, flanqueado por árboles enormes, hasta encontrar otra residencia antigua detrás de un cerco vivo.
Una reja doble batiente cerraba la entrada. A un lado había un pequeño timbre.
Mi padre bajó y lo presionó una vez.
Esperamos.
Nada.
Volvió a tocar.
Pasó casi un minuto.
—No hay nadie —dije desde el auto.
Mi padre regresó.
Ya estaba abriendo la puerta del conductor cuando escuchamos el mecanismo de la reja.
Las dos hojas comenzaron a separarse lentamente.
Más allá apareció un sendero de piedras que atravesaba el jardín hasta una casa parcialmente escondida entre los árboles. En la entrada esperaba un hombre mayor, canoso, con anteojos que levantó una mano para saludarnos y nos invitó a pasar.
Mi padre volvió a cerrar la puerta del auto.
—Espérame acá.
Cruzó la reja y empezó a caminar por el sendero.
El hombre lo recibió como si lo hubiera estado esperando. Se dieron la mano, intercambiaron unas palabras y entraron juntos a la casa.
Los perdí de vista.
Esperé un rato.
Luego me bajé.
No tenía intención de seguirlos, pero tampoco de quedarme encerrado en el auto.
La zona era bonita. Mucho más de lo que había notado mientras conducíamos.
El camino no estaba asfaltado, pero tampoco parecía necesitarlo. La tierra estaba compactada y las copas de los árboles de ambos lados se inclinaban unas hacia otras hasta formar un techo irregular.
Había pájaros por todas partes.
No los veía, pero los escuchaba.
Me apoyé contra el auto y entonces descubrí un colibrí.
Revoloteaba alrededor de unas flores junto al cerco. Por momentos quedaba inmóvil y, de pronto, aparecía en otro punto.
Me quedé mirándolo.
Siempre me había parecido imposible que algo pudiera mover las alas tan rápido y conservar, al mismo tiempo, semejante precisión.
El colibrí entró entre las flores, salió, ascendió casi verticalmente y volvió a quedarse suspendido en el aire.
No sé cuánto tiempo estuve observándolo.
—Vamos, que tengo hambre.
La voz de mi padre me sobresaltó.
Ya estaba sentado detrás del volante.
Miré hacia la casa mientras la reja comenzaba a cerrarse. No vi al hombre mayor.
—¿Y?
—¿Y qué?
—La casa.
Encendió el motor.
—Vamos a almorzar.
Eso fue todo.
Regresamos a la vía principal y durante el almuerzo hablamos de cualquier cosa menos de la casa. Yo tampoco insistí. Ni siquiera pregunté por qué no fuimos a ver la otra casa.
Si había algo que contar, supuse que terminaría contándomelo.
Esa noche, después de cenar, lo encontré haciendo cálculos.
Tenía una calculadora, unas hojas y un lapicero sobre la mesa. Sumaba, tachaba, volvía a sumar. En algún momento llamó a un amigo que trabajaba en un banco y conversaron largo rato.
No pregunté nada.
Casi dos semanas después, estaba sentado nuevamente a su lado, frente a aquella casa, con el auto tan cargado que apenas podía ver por la ventana posterior.
Mi temor de pasar el verano como ayudante empezaba a hacerse realidad.
Mi padre sabía hacer de todo o al menos eso creía yo. Su padrastro le había enseñado carpintería, mecánica, gasfitería, electricidad, pintura y hasta fútbol. Él, aparentemente, había decidido continuar la tradición conmigo.
Yo no tenía mucho interés en ello o, mejor dicho, ninguno.
Desde que tuve edad suficiente para cargar el maletín de herramientas era su asistente oficial. Mis mayores habilidades consistían en reconocer casi todas las herramientas y sostener una linterna sin proyectar la sombra de mi cabeza justo sobre aquello que él intentaba reparar.
—Prueba ahora.
Sostenía la puerta de madera mientras yo giraba la llave.
No se movió.
—Otra vez.
Habíamos echado aceite en la cerradura y llevaba varios minutos intentando convencer a una llave vieja de que todavía servía para algo.
—Papá, parece que estamos robando la casa.
—Por cómo estás vestido, fácil que sí. Empuja la llave, mientras yo sostengo aquí.
La empujé.
—Ahora.
Giré.
Algo cedió en el interior.
—Ahí está.
La cerradura giró con un golpe seco.
Empujamos la puerta entre los dos.
Las bisagras protestaron y la madera arrastró consigo parte de las plantas que habían crecido delante, pero finalmente conseguimos abrirla.
Entramos.
Desde dentro, el jardín delantero parecía todavía más abandonado. Las plantas habían invadido parte del camino de la cochera y casi toda la entrada principal. Tuvimos que apartar ramas y pisar con cuidado para llegar hasta la casa.
La segunda cerradura ofreció casi la misma resistencia que la primera.
Pero al menos ya no parecía que estábamos tratando de robar la casa.
Cuando finalmente cedió, mi padre empujó la puerta.
El aire de la casa era distinto.
No olía mal.
Olía a cerrado.
A madera, polvo y habitaciones que llevaban demasiado tiempo sin ventanas abiertas.
Mi padre encontró un interruptor.
Nada.
—Debe estar cortada la luz.
No hacía falta.
La mañana entraba generosamente por las ventanas.
La sala era amplia y de techo alto. En el centro colgaba una enorme lámpara de araña cubierta de polvo. Debajo habían dejado una mesa auxiliar, dos sillones y varias cajas, casi todo cubierto por sábanas viejas.
También había cuadros apoyados contra las paredes, una alfombra enrollada, libros y un aparador abierto.
Parecía más una remodelación o mudanza interrumpida que una casa vacía.
Pasamos al comedor.
Otra lámpara de araña colgaba sobre una mesa larga. Estaba en mejores condiciones y algunos cristales devolvían pequeños puntos de luz sobre las paredes.
Al fondo había una puerta que daba al jardín posterior.
Mi padre intentó abrirla.
No cedió.
—Después.
Seguimos.
La cocina era amplia, luminosa y se encontraba a medio remodelar.
Tenía tres puertas: una comunicaba con el comedor, otra con la sala y la tercera daba a una escalera corta que, debido a la inclinación del terreno, descendía hasta el jardín lateral, junto a la cochera, pero simplemente se negaba a abrir.
La grifería era moderna y los muebles todavía conservaban parte de los adhesivos protectores. En el centro había una isla con una cocina nueva y varios cajones pendientes de armar.
En medio de todo aquello sobrevivían dos objetos de otra época: una refrigeradora antigua y una enorme alacena de madera.
Objetos que alguien había usado y, por alguna razón, había decidido no llevarse.
En el segundo piso estaban las habitaciones, techo alto, bien iluminado. Más muebles.