Capítulo XXV
—¿Esa soy yo? —preguntó Bea.
—Sí.
—Y aquí estás tú, con mi abuelo al lado.
Asentí.
—Esto fue en tu cumpleaños.
—Sí.
—¿Quién dibujó esto?
—Lucas.
Levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Dónde lo encontraste?
—En el ático.
Volvió a mirar el papel.
—Puede haberlo hecho Sofi.
—Este es un dibujo profesional al lado de los de Sofi.
Pensó un rato.
—Eso es verdad.
—Además estaba con los otros dibujos que encontré en el ático.
—¿De Lucas?
Asentí.
Bea se sentó en mi cama.
—Cuéntame todo.
—Eso tomaría tiempo.
—Tenemos tiempo.
Le conté.
No todo desde el comienzo.
Eso habría tomado horas.
Le hablé de la mujer embarazada.
De la abuela.
—La manta tenía un nombre tejido.
Bea me miró y casi de inmediato dijo:
—Lucas.
—Sí
—¿Y tu mamá también lo vio?
—Sí.
Le conté también que mi mamá había visto otras escenas.
El poema.
La cama auto.
—Bea, creo que sé dónde está.
—¿Qué cosa?
—La manta.
Bea me miró.
—¿Dónde?
—En casa de tu abuelo.
Su expresión cambió.
—¿Dónde?
—Los reclinables estaban frente al televisor.
—¿La manta que tenía encima mientras dormía?
Asentí.
—Yo la he visto toda mi vida.
—¿Sabes de quién era?
Negó con la cabeza.
—Mi abuelo guarda muchas cosas.
Nos quedamos callados.
Miré nuevamente el dibujo y me puse a pensar en los anteojos, el cárdigan, la cama auto, el caballito de madera, la fuente, el Volkswagen, la abuela, don Santiago mirando hacia el cuarto de juegos.
—Bea.
—¿Qué?
—A diferencia mía, don Santiago no estaba tratando de entender lo que vio.
—Entonces…
—Estaba tratando de recordar.
—¿Qué?
La miré.
—¿Confías en mí?
—A veces.
—Necesito preguntarle algo a tu abuelo.
—¿Cuándo?
Traté desesperadamente de parecer casual, aunque la curiosidad me carcomía las entrañas.
—No sé, algún día de esta semana.
Nos vimos obligados a esperar un par de días a que don Santiago se recuperara y tocaba aprovechar los últimos días de las vacaciones.
Bea y yo fuimos al club. Ella quería ver dónde dejamos los pájaros de su abuela. No logramos verlos, pero quiero pensar que agradecieron la visita: los escuchamos cantar.
Luego volvimos a los entrenamientos de tenis.
Coqui nos recibió con cariño y nos masacró con un duro entrenamiento.
También quedamos para ir al cine. Esta vez, me puse menos perfume.
Para mi sorpresa, nos llevó la mamá de Bea porque la señorita estaba castigada.
Por desgracia mis hermanas se acoplaron al plan y nos acompañaron. Sospecho que mi madre fue la promotora de aquella intromisión.
Yo quería ver la película de acción. Un solo cromosoma Y frente a todos los X presentes no tuvo ninguna oportunidad: veríamos otra comedia romántica.
En el cine la cosa fue de mal en peor: Bea sentada en un extremo, mis hermanas juntas y yo en el otro, que se sentía al otro lado del planeta.
—Genial.
Al día siguiente por la tarde nos fuimos a caminar por la zona. Mis hermanas, naturalmente, también vinieron. Caminamos un buen rato. Compramos helados. Nos sentamos en las bancas de un parque a disfrutarlos.
Yo buscaba un vendedor de mayonesa.
Ninguno.
Lo único rescatable fue que, al regreso, debíamos cruzar una pista.
Sofi tomó de la mano a Keti, Keti a Bea y Bea a mí.
Mi corazón empezó a latir como si estuviera jugando el último punto de un partido.
Cruzamos la pista sin incidentes, pero ni ella ni yo hicimos el intento de soltarnos, hasta que lo hizo después de dos cuadras.
—¿Estás nervioso? —me preguntó Bea al oído.
—No.
—Tus manos dicen lo contrario.
Don Santiago seguía un poco congestionado, pero ya estaba de pie y, según Bea, suficientemente recuperado para que alguien lo fastidiara. O sea, yo.
Fuimos a su casa por la tarde y lo encontramos en la biblioteca, leyendo plácidamente.
Moka dormía junto a la mecedora. Latte estaba boca arriba en medio de la alfombra, completamente entregado a una vida sin responsabilidades.
Sentí un poco de envidia.
Don Santiago dejó el libro.
—Qué visita tan formal.
—Abuelito, necesitamos preguntarte algo —dijo Bea.
—Eso suena peor.
Nos sentamos. Yo llevaba el dibujo dentro de una carpeta y se la entregué.
Don Santiago se puso los anteojos, lo miró, no dijo nada.
Pasaron varios segundos.
Bea me miró.
Yo seguí mirando a don Santiago.
Finalmente levantó los ojos.
—¿Dónde encontraste esto?
—En el ático.
Volvió al dibujo.
—Pensé que esas cosas se habían perdido.
Sentí que Bea se enderezaba.
—¿Lo recuerda? —pregunté.
—¿El dibujo?
—Sí.
—¿Usted sabe quién lo dibujó?
—Sí.
Don Santiago se quedó callado mirando el dibujo.
Pasaron unos segundos.
—Yo. Lo hice yo.
Silencio.
Bea soltó una pequeña risa nerviosa.
—Abuelo...
Don Santiago levantó la mirada.
—¿Qué?
—Eso pasó hace unos días.
—Lo sé.
No entendí cómo podía responder con tanta tranquilidad.
Me incliné hacia adelante.
—Don Santiago.
—¿Sí?
—¿Esa manta que tenía el otro día era suya?
Por primera vez pareció sorprenderse.
—¿Qué manta?
—La que estaba usando cuando estaba enfermo.
Pensó.
—Era de mi casa.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre, supongo.
—¿La hizo su abuela?
Don Santiago no respondió inmediatamente.
—Sí.
Bea me miró.
Yo seguí.
—¿Para quién?
Don Santiago dejó el dibujo sobre las piernas.
Algo cambió en su expresión.
Muy poco.
Pero cambió.
—¿Por qué preguntas?
—Porque creo que tenía un nombre tejido.
Silencio.
—Lucas.
Don Santiago cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, me estaba mirando de otra manera.
No como a un vecino.
Ni como al muchacho que cuidaba sus perros.
—¿Quién te habló de Lucas?
—Nadie.
Señalé el dibujo.
—Lo he visto.
Don Santiago no respondió.
—¿Viste a Lucas?
—Sí, en nuestra casa.
Nada.
—¿Cuándo?
—Desde que llegamos.
Bea se acercó a su abuelo.
—Abuelo.
Miró el dibujo.
Después a mí.
La idea había sido absurda cuando apareció.
Seguía siéndolo.
Pero todas las piezas terminaban en el mismo lugar.
Finalmente reuní el valor de decirle:
—Creo que Lucas era usted.
Don Santiago respiró lentamente.
—Mi nombre es Santiago.
Sentí que algo dentro de mí se caía. Entonces continuó:
—Siempre lo fue.
Apartó la mirada.
—Pero mi abuela siempre me llamó Lucas. Era la única que lo hizo.
No escuché nada durante unos segundos.
Ni a Bea.
Ni a los perros.
Nada.
Solo aquella frase: Mi abuela siempre me llamó Lucas.
—¿Por qué? —preguntó Bea.
Don Santiago sonrió apenas.
—Era cosa de ella. Siempre quiso tener un médico en la familia y desde que se enteró de que mi madre estaba embarazada, me llamaba Lucas, por San Lucas, el médico.
—Entonces, ¿por qué le pusieron Santiago?
—La decisión final la tomó mi padre frente al registrador civil. Mi abuela se puso en pie de guerra hasta que unos días después él decidió llevarme a la casa para que me conociera. Según contaba mi madre, ahí firmaron la paz.
Volvió a mirar el dibujo.
Don Santiago se quitó los anteojos.
—En la casa, ¿usted también veía cosas?
Don Santiago asintió.
—Personas. Recuerdos de alguien más. No sé. Cuando era niño, al principio pensaba que eran visitas, después me di cuenta de que no lo eran o tal vez sí. Nunca lo entendí, solo los viví.
Sentí un escalofrío.
—Mi abuela también veía cosas.
—¿Personas que no conocía?
Asintió.
—A veces.
Me señaló.
—Después te vi a ti.
Me quedé inmóvil.
Bea giró hacia mí.
—¿A él?
Don Santiago siguió mirándome.
—La primera vez pensé que eras una visita, después un chico que entró a la casa, con el tiempo pensé que eras un reflejo.
—¿Dónde?
—En la ventana del cuarto de juegos.
Recordé el dibujo.
El niño corriendo.
Entonces, sí me había visto.
La mujer detrás.
La figura con la mano levantada.
—¿Usted me dibujó?
—Creo que sí.
—Hace sesenta años.
—Más o menos.
Me apoyé contra el respaldo.
Don Santiago sonrió.
—Durante mucho tiempo pensé que te había inventado.
—Yo no sabía qué pensar.
Se rio suavemente.
Bea no.
Seguía tratando de entender.
—También te vi en la fuente. Yo estaba con mi abuelo.
—Entonces... —dijo Bea, pero no completó la frase.
—El chico que ha estado viendo... era yo —intervine.
Don Santiago la miró.
—Sí.
La frase cayó suavemente.
Sin dramatismo.
Como si hubiera estado esperando sesenta años para decirla.
Miré el dibujo otra vez.
—¿Y esto?
Señalé el dibujo del almuerzo.
Don Santiago lo estudió.
—Recuerdo haber mirado por la ventana del ático y haber visto gente que no conocía en el jardín.
—Entonces, ¿nos vio?
—En ese momento no sabía quiénes eran.
Señaló la figura mayor junto al columpio.
—Mucho menos quién era ese viejo.
Bea sonrió.
—Eras tú.
Don Santiago también sonrió.
—Ahora parece obvio.
—No lo era —dije.
—No. En esa casa pocas cosas lo eran.
—¿Alguna vez entendió qué pasaba?
Negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Nunca?
—No todo tiene que entenderse para ser cierto.
Odiaba cuando los adultos respondían así.
Esta vez no tanto.
Bea tomó nuevamente el dibujo.
—Entonces mi abuelo fue Lucas.
—No —dijo él.
Lo miramos.
Sonrió.
—Yo también fui Lucas. Al menos para mi abuela.
—Don Santiago…
No dije nada.
Quise preguntarle cómo funcionaba la casa.
Tenía mil preguntas y después mil más.
¿Por qué veíamos el pasado?
¿Por qué él había visto el futuro?
¿Por qué unas personas podían ver y otras no?
¿Por qué la luz cambiaba?
Pero me di cuenta de que don Santiago había aprendido a vivir con aquello sin entenderlo. Probablemente se había hecho muchas de las mismas preguntas.
Tal vez no necesitaba todas las respuestas.
Yo tampoco.
No esta vez.
Eso sí tenía sentido.
Mucho más.