52. Hasta luego
CINCUENTA Y DOS
Hasta luego
Ernest leyó el último nombre a las cuatro y cuarenta de la madrugada.
Lo leyó de pie, sin gafas, sin papel, sin necesidad de bajar la vista. Le sobraba la lista. Le sobraba el bloc. Le sobraba, en aquel momento, casi todo lo que había llevado consigo treinta y un años de despacho. Solo le quedaba la voz, y con ella le bastó.
—Bernadí Vilaseca —dijo—. Capatàs de vendimiadors. Quaranta-quatre anys. Espòs d'Isabel. Pare d'Elionor, de Marta i de Jaume.
El capataz sonrió.
Estaba de pie junto a la cabecera de la mesa, con las manos atadas y la barba gris, mirando la sala vacía.
Los farolillos se habían reducido a ascuas.
Las sillas, de punta a punta, dibujaban una fila larguísima de platos con un poco de tierra, pañuelos doblados, sombreros, cucharas.
Un rosario de vidas. Bernadí las repasó con la vista una por una, moviendo los labios, como quien cuenta las ovejas al cerrar el corral.
—Trescientos cuarenta y uno —murmuró—. Y el niño. Y los veintidós. —Asintió—. No falta nadie.
—No falta nadie —dijo Ernest.
—Entonces ya puedo.
Pilar Roca se acercó con un pedazo de pan de anís en la mano. No dijo nada. No hacía falta. Bernadí lo miró un momento, con la cabeza ladeada, y por fin lo cogió con sus manos enormes, atadas, torpes. Lo partió. Se llevó un trozo a los labios.
Masticó despacio. Cerró los ojos.
Y desde la escalera, desde muy lejos, desde el fondo de setenta y dos peldaños de piedra, subió un ruido que nadie esperaba. Un graznido. Una carcajada tan fea, tan áspera, tan desvergonzada, que trescientas personas, sin saber por qué, se echaron a reír a la vez.
—Isabel —dijo Bernadí, con la cara iluminada.
Y se fue.
* * *
Salieron al amanecer.
No a todos les cupo en la memoria lo que ocurrió en la escalera.
Hubo quien recordaría después el cansancio, las piernas dormidas, el olor a cera y a lentejas.
Hubo quien recordaría la mano de un vecino en la espalda, y el otro vecino delante, y el farolillo balanceándose.
Y hubo quien recordaría, hasta el final de sus días, una sola imagen: la de las paredes de piedra, que durante tres siglos habían sido frías y húmedas y opresivas, volviéndose poco a poco tibias, casi acogedoras, como las de una casa en la que ha habido fiesta.
Setenta y dos escalones. Los subieron sin prisa. Cantando bajito. El coro de la parroquia, que llevaba una semana ensayando la nana, se sabía por fin todas las estrofas.
Cuando salieron por el brocal del pozo, el patio estaba lleno de luz.
Fue una luz limpia, rosada, con una niebla fina que se levantaba del empedrado y unos pájaros que cantaban en la higuera.
Los vecinos fueron saliendo uno tras otro, parpadeando, con las manos ante los ojos, pisando el suelo como quien vuelve de un viaje muy largo.
Y lo primero que notaron, sin saber cómo, fue que el patio ya no estaba hundido.
Las losas del centro, esas que durante semanas habían formado una depresión en forma de ojo, se habían levantado durante la noche.
El empedrado estaba liso, nivelado, sin una grieta.
El charco había desaparecido. El brocal del pozo, el círculo de piedra oscura por donde habían bajado, seguía en su sitio, pero cubierto de una capa de musgo tan espesa y tan antigua que parecía llevar allí siglos.
—Ya no hay agujero —dijo alguien.
Y era verdad. Al asomarse al borde, ya no se veía la escalera. Solo una piedra plana, gris, con una inscripción que nadie había grabado, en letras muy sencillas, en el centro exacto del brocal:
«Aquí reposen. No els oblidis.»
* * *
Julián subió el último.
Se quedó un rato abajo, en el fondo de la escalera, con la mano apoyada en la pared.
Contó por última vez, por costumbre. Setenta y dos.
Y después, sin darse cuenta, empezó a subir con una lentitud extraña, agarrándose a la pared, con la marca de la muñeca izquierda casi borrada, apenas un hilo rosado de piel más fina que el resto.
Marc lo esperaba arriba.
Estaba sentado en el borde del abrevadero, envuelto en una manta, con la doctora Marquès a un lado, sujetándole una bolsa de suero medio vacía, y una expresión de agotamiento feliz.
Tenía la cara casi transparente. Pero los ojos le brillaban, y cuando vio aparecer a Julián, con el pelo apelmazado y la camisa manchada de tierra, levantó una mano.
—Primo —dijo.
—Primo.
—Me ha parecido que te habías quedado a vivir ahí.
—Cinco minutos más y me quedo.
Se echaron a reír. Fue una risa boba, de cansancio y de alivio, de esas que salen sin razón y no se pueden parar, y cuando por fin se calmaron Marc le puso a Julián un vaso de leche en la mano.
—Bebe. Ordena la doctora. —Sonrió—. Y esta vez no lleva anís.
* * *
La cepa amaneció verde.
Lo vieron desde el patio, cuando el sol subió sobre la ladera y tocó las últimas hojas del árbol más viejo de Cataluña.
No eran las mismas hojas mustias y amarillentas de la semana anterior.
Eran hojas de un verde intenso, brillante, casi joven, que se agitaban con la brisa de la mañana.
Y colgando entre ellas, en racimos gruesos, pesados, de un dorado ámbar que a Vidal le cortó la respiración, las uvas.
Blancas ya no. Doradas. Maduras. Con esa piel tensa y translúcida que solo tienen las uvas cuando están a punto de reventar de dulzor.
—No puede ser —susurró Joaquim.
Había llegado de madrugada del hospital, contra todas las órdenes médicas, con la pierna escayolada y un bastón, apoyado en el brazo de Empar. Se quedó mirando la cepa un buen rato, sin decir nada, con la cara desencajada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Empar.
—Lo que tenía que pasar —dijo Vidal, con la voz ronca—. Se ha soltado. —Sonrió—. Llevaba trescientos años sosteniendo una cosa que no era suya.
Nadie le contestó. Se quedaron todos así, mirando el árbol que había mantenido en pie una deuda durante tres siglos, y que ahora, libre, cubierto de uvas, se mecía al sol con una ligereza que a nadie le pareció casual.
* * *
Los días que siguieron fueron extraños.
Ernest los recordaría después como los más ordinarios y los más milagrosos de su vida.
La Guardia Civil, a las órdenes del sargento Vallès, abrió un expediente que nadie supo cómo clasificar, y que acabó archivado bajo el epígrafe «hallazgo de restos históricos en finca privada».
Se cerró el pozo. Se llamó a un arqueólogo, que bajó solo, con una linterna y una libreta, y subió a los dos días con una expresión de estupor y sin ganas de hablar.
Se hizo una misa. Se leyeron los nombres en la iglesia de Sant Martí, esta vez en voz alta y sin sombras, uno por uno, durante tres horas, ante un templo lleno hasta los topes.
Marc pasó dos semanas en un hospital de Barcelona.
Le pusieron suero, le dieron medicación, le prohibieron levantarse.
A la tercera semana ya estaba de vuelta en la finca, con cinco kilos más y una manía nueva: probaba todo.
Se sentaba en el patio, con un plato delante, y comía despacio, mordisco a mordisco, con los ojos cerrados.
«Sabe a algo», decía, cada vez. Y Pau, sentado a su lado, dibujándolo, sonreía sin levantar la vista.
Porque Pau dibujaba.
Dibujaba a todos. En un cuaderno, después en otro, después en las paredes de la sacristía de Sant Martí, por encargo de mosén Ramon, que le había dicho: «Hijo, esto merece un mural».
Un retrato de trescientos cuarenta y dos personas sentadas alrededor de una mesa muy larga, cada una con su nombre, sus manos, su edad.
Con los platos llenos. Con las cadenas rotas.
Y en la cabecera, sentado en una silla alta, con las piernas colgando y los pies —bien hechos, con los cinco dedos de cada uno— descalzos, un niño con una camisa de lana, sonriendo.
Ernest volvió a Barcelona a los quince días.
Encontró la notaría exactamente igual. Con la placa de latón brillando junto a la puerta.
Con Montse esperándolo con una carpeta y una taza de café.
Con la agenda llena de entierros y de particiones.
Se sentó en su despacho, se quitó las gafas, las limpió, se las puso otra vez.
Y cogió, del cajón de arriba a la derecha, el sello de lacre con las iniciales «F.B. ».
Escribió una sola línea en la primera página de un cuaderno nuevo.
«Protocol de Sant Martí dels Vinyers. Volum I.»
Después lo cerró, y lo guardó junto al manual de mil seiscientos noventa y ocho.
Y ya no bajó más veces al sótano a leer papeles antiguos.
Bajaba de vez en cuando a mirar, sin más, a sentarse junto a la vitrina, con las manos entre las rodillas.
Le gustaba el silencio. Y de vez en cuando, muy rara vez, si se quedaba mucho rato, oía una voz que decía su nombre, con un acento de Barcelona y una manera de acortar las vocales, y que nunca decía nada más.
* * *
Julián no vendió la finca.
Se lo dijo a Ernest tres semanas después, en el patio, un atardecer de octubre, sentados los dos en el borde del abrevadero con las piernas colgando.
Le habló de las deudas, que seguían ahí, del piso de alquiler, del banco.
Le habló de las hectáreas y de las ofertas que había recibido, que eran generosas y estaban perfectamente en regla.
Y le habló, con una vergüenza casi infantil, de lo que sentía cuando se quedaba solo en la cocina de la casa, por las noches, escuchando el silencio.
—No es miedo —dijo—. Es otra cosa. No sé cómo llamarlo.
—Casa —dijo Ernest.
Julián lo miró.
—Es lo que se siente en una casa donde has estado bien —dijo el notario—. Me lo dijo mi padre una vez, en un sitio distinto. Que en una casa nunca vive uno solo. Que viven todos los que han pasado.