51. Bertomeu
CINCUENTA Y UNO
Bertomeu
Ernest se puso las gafas.
Lo hizo con una lentitud deliberada, con las dos manos, como se pone uno una prenda que solo se usa en las grandes ocasiones.
Las había limpiado con el pañuelo un minuto antes.
Estaban perfectas. Y sin embargo, cuando levantó los ojos y vio la campana frente a él, con su lecho de sacos de arena, con la raíz blanca aferrada a su borde, con la llamita del candil rojo temblando a sus pies, le pareció que todo el bronce se había vuelto de repente muy borroso, y comprendió que las lágrimas no eran del cristal.
—Tres testigos —dijo, con la voz ronca—. Necesito tres testigos vivos.
Julián dio un paso al frente sin decir nada.
Después Carme, con las manos entrelazadas sobre el pecho y una expresión de serenidad que no le había visto nunca.
Después Pilar Roca, con el bastón bajo el brazo y las gafas colgando otra vez del cordón.
Y detrás de ellos, uno por uno, sin que nadie lo hubiera pedido, casi trescientos vecinos se fueron acercando, formando un semicírculo lento alrededor de la cabecera de la mesa, hasta que no quedó ni un hueco.
—Con tres bastan —murmuró Ernest, y sonrió—. Pero no voy a decirles que se vayan.
* * *
El niño tocó la raíz.
Fue lo último que hizo antes de que empezara todo.
Se acercó a la campana, se puso de rodillas junto al borde, y extendió la mano sobre los cinco dedos blanquecinos que llevaban trescientos años cubriendo la inscripción.
No los apartó. Simplemente los acarició, con la yema del índice, con una ternura de hermano mayor.
—Ya puedes —dijo.
Nada.
—No pasa nada. —Se inclinó hasta acercar la cara a la madera—. Van a decirlo todos juntos. Muy bajito. Nadie te va a bajar. Ni a elegirte. Es solo para que lo oigas.
La raíz se estremeció.
Después, con un crujido muy suave, como el de una puerta antigua al abrirse, los cinco dedos empezaron a separarse del bronce.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Y el último, el más corto, el meñique, se quedó un instante en el aire, dudando.
Como un niño que tiene que decidir si suelta la mano de su madre para cruzar la calle.
Y se soltó.
* * *
Ernest se acercó.
Le temblaban las rodillas. Se agachó junto al niño, y alguien, Pere Sala, el mecánico, con dos hombres más, levantó con mucho cuidado el borde de la campana para inclinarla un poco, lo justo, y dejar a la luz de los farolillos la línea de letras en relieve que rodeaba la boca del bronce.
Mayúsculas antiguas, sobrias. Y en mitad de la inscripción, exactamente donde durante trescientos años una raíz negra había tapado una palabra, un espacio de bronce desnudo, cubierto de un cardenillo verde.
Ernest lo limpió con el pulgar.
Fue una operación sencilla, casi mecánica. Frotó una vez, dos. Y las letras fueron saliendo, una tras otra, con la nitidez extraña de las cosas que han esperado mucho.
—Yo, Ernest Bosch Vila —dijo, y la voz le salió limpia, grave, sin ningún temblor, la voz de treinta y un años de escrituras—, notario del Colegio Notarial de Cataluña, en representación de la casa Bosch, fundada en mil seiscientos setenta y uno, y a instancias de la cláusula de liquidación del contrato de mil seiscientos noventa y ocho, doy fe de que en el lugar donde se sentó el primero, en presencia de tres testigos vivos y de cuantos concurren, procedo a leer el nombre del que no lo dijo.
Miró a los testigos.
—«Aquesta campana fou batejada l'any de Nostre Senyor mil sis-cents cinquanta-u, en memòria de...»
Se detuvo.
Había un silencio tan grande que oyó cómo le latía el pulso en las sienes. A su lado, el niño, arrodillado, con las manos apretadas sobre las rodillas y los ojos fijos en las letras, respiraba muy despacio, muy hondo, como quien se prepara para tirarse a un río.
—«...Bertomeu Pujol —leyó Ernest—, fill de Joan i de Maria, set anys, qui fou el primer que baixà viu.»
* * *
La campana sonó.
Nadie la había tocado. Mosén Ramon, con el mazo todavía en la mano, la miraba con la boca abierta.
Pere Sala y sus hombres habían retrocedido un paso.
Pero de aquel bronce oscuro, quieto, cubierto de tierra y cardenillo, salió una nota.
Una sola. Larga, profunda, limpia, que llenó la sala entera y subió por la escalera de piedra hasta el brocal del pozo y se derramó por el patio de la finca y por la ladera y por el pueblo dormido.
Una nota que a los que la oyeron, después, les costó describir.
Unos dijeron que sonaba a campana. Otros, a voz.
Alguno, que sonaba a una madre llamando a un hijo desde la puerta de casa.
Y en la cara del niño, de rodillas junto a la campana, pasaron todas las cosas a la vez.
Primero incredulidad. Después un asombro inmenso, como el de quien oye por primera vez su propia voz grabada. Después algo que se le fue abriendo desde dentro, muy despacio, con una luz que le subió desde el pecho hasta las mejillas. Y por último, la risa.
Fue una risa pequeña. Una risa de sorpresa, de alegría, de alivio, que le salió sin permiso, entrecortada, y que se fue haciendo más grande. Se llevó las manos a la boca. Se echó hacia atrás, sentado sobre los talones, con los ojos brillantes.
—Bertomeu —dijo. Y lo repitió, saboreando cada sílaba, como se prueba un caramelo—. Bertomeu. ¡Bertomeu!
—Sí —susurró Ernest.
—Me llamo Bertomeu. —Miró a su alrededor, a las caras, a las luces, a los ojos húmedos de trescientas personas que lo contemplaban—. ¡Me llamo Bertomeu Pujol!
—Sí, hijo.
—¡Y Lali me decía Meu!
Y en ese momento, desde algún punto muy lejano, desde la escalera, desde las paredes, desde las raíces del árbol más viejo de Cataluña, una voz de mujer gritó, con una potencia que hizo temblar los farolillos, y con un amor tan brutal que a Carme se le doblaron las rodillas:
—¡Bertomeu! ¡A sopar!
* * *
Salieron de la escalera.
Lo hicieron con toda naturalidad, sin luz, sin música, como quien vuelve a casa después de un día de trabajo.
Primero un hombre de cuarenta y un años, ancho de espaldas, con las manos callosas y una camisa de lino remendada.
Después una mujer de treinta y ocho, pequeña, con el delantal blanco de harina hasta los codos.
Una niña de seis años, con dos trenzas negras y los ojos llenos de lágrimas.
Y en brazos de su madre, con la boca entreabierta y un dedo en la boca, un crío de dos años.
Joan. Maria. Eulàlia. Rafel.
El niño se puso de pie.
No corrió. Durante un segundo no se movió. Se quedó quieto, con la boca abierta y las manos a los costados, mirando aquellas cuatro figuras que avanzaban hacia él por el suelo de piedra. Después, con un gemido que fue un grito, echó a correr.
Cruzó la sala. Se estrelló contra las piernas de su madre, y ella soltó al pequeño en brazos de su marido y se dejó caer de rodillas, con los brazos abiertos, y lo apretó contra sí con una fuerza feroz, hundiendo la cara en su pelo, meciéndolo, murmurando en voz baja una y otra vez una sola palabra que nadie fue capaz de entender y que todos comprendieron.
—Meu. Meu. Meu. Meu.
Lali le agarraba por la camisa. Joan se había arrodillado a su lado, con una mano sobre la cabeza del niño y la otra sobre los hombros de su mujer, y lloraba sin ruido, con la mandíbula apretada.
Y el pequeño Rafel, entre los brazos de su padre, miraba a todos con unos ojos redondos y una expresión de desconcertado placer.
Nadie en la sala se movió. Nadie habló. Se oían solo los sollozos ahogados de los vecinos, y el chisporroteo de los farolillos, y el silencio inmenso de las cosas que están sucediendo por fin.
* * *
Fue Carme quien rompió el silencio.
Se acercó despacio, con las manos juntas, con el pelo blanco iluminado por las luces. Se detuvo a unos pasos. Y con una voz tímida, temblorosa, dijo:
—Le prometí una cosa al niño.
La madre del niño levantó la cara, empapada de llanto.
—Le prometí que si recordaba su nombre, le cantaría la nana entera. Con el nombre puesto. —Sonrió—. ¿Me dejáis?
Maria Pujol la miró. Después miró a su hijo, que estaba apretado contra su pecho. Y con un gesto muy pequeño, casi imperceptible, asintió.
Carme respiró hondo.
Y cantó.
Cantó con su voz baja, ronca, ligeramente desafinada.
Cantó despacio, verso a verso, sin prisa.
Las dos primeras estrofas, las de siempre, las que había aprendido de una abuela que ya no existía.
«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga.
Que el vent no et trobi, que la lluna et guardi».
Y después, mirando al niño, con los ojos brillantes y la voz a punto de quebrarse, la tercera.
La que nadie había cantado en trescientos años.
—«Dorm, dorm, Bertomeu, que la mare et cuida.»
En la sala, alguien empezó a llorar en voz alta.
—«Que demà serà dia, i el sol et crida. Dorm, dorm, Bertomeu. Meu. Dorm.»
Terminó.
Maria Pujol se levantó con su hijo en brazos y se acercó a Carme. Las dos mujeres se miraron un buen rato. Después, sin decir nada, Maria le puso una mano en la mejilla. Una mano áspera, de mujer que ha amasado pan toda su vida. Y le dio un beso en la frente.
—Gràcies —dijo.
—A ti.
* * *
El niño se soltó de su madre.
Tenía la cara mojada y una sonrisa que no le cabía.
Caminó hasta la cabecera de la mesa, donde en una silla alta, tallada con racimos y hojas, seguía olvidado desde hacía días, tan pequeño, tan modesto, un plato de barro.
Un platito con un helado de vainilla que llevaba veintiséis años sin acabar de derretirse.
Lo cogió con las dos manos.
—Me llevé una cosa —dijo—. Sin querer. Me dio pena que se perdiera.
Carme lo miró.
—Era tuya. La cogí de tu cabeza, esa noche, cuando bajaste, porque estaba muy dulce y hacía mucho que no comía nada dulce. Y luego no supe cómo devolvértela. —Se puso muy colorado—. Perdóname, mamá.
—Bertomeu...
—Cómetela.
Se la tendió. Carme cogió el plato con manos que no eran capaces de sostenerlo, y se quedó mirándolo.
Un helado pequeño, de un blanco marfil, con una textura ligeramente arenosa.
Un helado de plaza de pueblo, de los de cucurucho, de los de cincuenta pesetas.
Cogió la cucharilla de plástico que Julián le puso en la mano, sin decir nada.
Comió un poco.
Sabía a leche fría. A vainilla. A azúcar y a domingo. A un día de octubre de hacía veintiséis años, con una plaza llena de gente, un señor con un carrito, y su cuñada Empar entregando un cucurucho a un niño de siete años que sonreía con la boca manchada.
Y de pronto se acordó.
No fue un recuerdo. Fue una avalancha. Julián a los cuatro años, con fiebre, dormido sobre su pecho.
Julián a los diez, con el uniforme del colegio y el flequillo pegado a la frente, mintiéndole sobre unas notas.
Julián a los dieciséis, la primera novia.
A los veintidós, la carrera a medias. A los veintiocho, el piso de alquiler, la primera vez que la llamó por teléfono para decirle que estaba bien.
Y a los treinta y tres, esa misma semana, entrando por la puerta de aquella casa con una linterna en la mano.
Se llevó las manos a la boca.
—Julián —susurró.
Él estaba a un metro. Con los ojos llenos de lágrimas y la boca abierta. Ella lo miró. Lo miró de verdad, con los ojos del que recuerda, y se le iluminó la cara entera.
—Mi niño —dijo—. Mi niño. Te acuerdas de que odio los helados, ¿verdad?
Y Julián, con una risa que era un sollozo, se echó en sus brazos.
* * *
Se despidieron uno por uno.
No fue largo. No hacía falta. Bertomeu, con su hermana de la mano y su madre a la espalda, fue pasando por delante de todos.
Le dio un abrazo torpe a Ernest, que se agachó para recibirlo y le susurró algo que solo el niño oyó.
Le tocó la mano a Vidal, sin decir nada, con una sonrisa de infinita gratitud.
Le dijo a Marc «tú silbas muy bien», y Marc soltó una risa ahogada.
Le dijo a Pau, con mucha seriedad: «Dibújame.
Pero con los pies, que no me los has hecho».
Y a Pilar Roca, con una reverencia de crío bien educado: «Gracias por las galletas, señorita».
Y por último, se detuvo delante de Julián.
Se miraron un momento. Un hombre de treinta y tres años, con la marca de una cadena rosada en la muñeca. Un niño de siete, con un helado derretido en la memoria.
—Adiós, Meu —dijo Julián, con la voz rota.
—No es adiós. —El niño sonrió—. Es hasta luego. Cuando me quieras ver, dices hola.
—¿Dónde?
—Donde sea. —Se encogió de hombros—. Yo te oigo.
Se puso de puntillas. Le dio un beso en la mejilla.
Y después, con la mano de Lali apretada en la suya y la de su padre en el hombro, el niño de la mesa se dio la vuelta y echó a andar hacia la escalera, sin mirar atrás, con una risa suelta y libre que se fue haciendo más pequeña a medida que se alejaba.
En el último peldaño se volvió.
Y levantó una mano.
* * *
La sala se quedó en silencio.
Sobre la silla de la cabecera, el candil rojo se apagó con un parpadeo. La campana enmudeció. Los farolillos, uno tras otro, fueron menguando hasta convertirse en brasas de un color naranja apagado.
Y en mitad de la penumbra, de rodillas junto al último sitio vacío de la mesa, con las manos atadas y la barba mojada de lágrimas, Bernadí Vilaseca, capataz de vendimia, trescientos años muerto, se puso lentamente de pie.
—Bueno —dijo, con una voz que era casi un susurro—. Ya está toda la cuadrilla en casa.
Miró a Ernest.
—Ahora me toca a mí.