La casa de las cubas 50. El candil
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50. El candil

CINCUENTA

El candil

El niño soltó la mano de Carme.

No lo hizo de golpe. Fue abriendo los dedos uno a uno, con la misma lentitud con que se suelta una cuerda a la que se ha estado agarrado mucho tiempo, y ella, que había notado la decisión antes de que él la tomara, no intentó retenerlo.

Se limitó a apretarle el hombro una sola vez, con el pulgar, un apretón corto que quería decir todo lo que hacía falta.

—Voy a ir yo —dijo el niño.

—Sí.

—¿Y si me da miedo?

—Te vas a asustar seguro —dijo Carme—. Pero vas a ir igual.

Él asintió. Se pasó la manga por la nariz. Y echó a andar hacia el final de la mesa.

*   *   *

Era la mesa más larga que había visto nunca, y la había visto durante trescientos años.

La conocía de memoria. Sabía cuántas sillas había a cada lado, cuántos platos, dónde estaba la mancha oscura de la madera junto a la sexta silla de la izquierda, donde una noche de mil setecientos cuarenta se había derramado un cántaro de vino.

Sabía el sonido exacto que hacían los pies de los mayores al arrastrarse.

Sabía qué olor tenía cada hora. Pero nunca la había recorrido andando, de punta a punta, con las piernas de un niño de verdad, bajo la luz de unos farolillos que se iban apagando.

Las sillas pasaban a los lados.

Vacías, casi todas, con su plato de barro y su montoncito de tierra.

En una había un pañuelo de lino. En otra un sombrero de paja.

En otra, una goma de pelo azul que alguien había dejado con mucho cuidado sobre el respaldo.

Cada cosa le hablaba de alguien. Cada plato le decía un nombre.

Y él los iba saludando por dentro, uno por uno, como se saluda a los vecinos cuando se sale a la calle un domingo por la mañana.

Detrás de él, sin ruido, la gente del pueblo se iba apartando para dejarle pasar.

Al final de la mesa, en el último puesto, apartado del resto, un hombre estaba sentado con los brazos cruzados y la cabeza baja.

El niño se detuvo a dos pasos.

*   *   *

No lo había mirado a la cara desde aquella noche.

Trescientos setenta y seis años. Los había contado.

No sabía cómo se hace eso, pero los había contado, uno a uno, con los dedos de una mano que ya no tenía.

Y en todo ese tiempo, cada vez que los mayores lo llevaban a la cabecera de la mesa y él veía a un hombre del final, con los brazos cruzados y la cabeza baja, había mirado hacia otra parte.

Había mirado el techo, o las manos, o las lucecitas de las velas. Cualquier cosa.

Porque sabía quién era. Lo supo desde la primera noche.

Un hombre joven. Veinticinco años. Un candil rojo en la mano izquierda. El pelo negro, revuelto, pegado a la frente por el sudor. Y una cara que el niño había visto el último día de su vida, desde el fondo de un pozo, mientras a su alrededor caía la cal: la cara de alguien que tenía miedo.

—Hola —dijo el niño.

El hombre no levantó la cabeza.

—Sé quién eres —dijo—. No hace falta que me hables.

—Tú eres Pere.

—Sí.

—Tenías un candil rojo.

Los hombros del hombre se estremecieron.

—Y olías a vino. —El niño lo dijo despacio, con la voz muy clara, sin ninguna crueldad—. Y tenías las manos muy sucias de tierra. Y temblabas. Me acuerdo de que temblabas mucho.

—Basta.

—Yo también temblaba.

Pere Rovira alzó por fin la cabeza.

Tenía la cara devastada. Los ojos hundidos, rojos, con círculos oscuros alrededor. La barba corta manchada de lágrimas que no se había limpiado. Y una expresión de dolor tan antigua, tan gastada por el uso, que el niño sintió que algo se le rompía por dentro, y se le llenaron los ojos.

*   *   *

—No quiero que me perdones —dijo Pere.

—No te lo he ofrecido todavía.

—No quiero. No me lo merezco. —Le temblaba la voz—. Tú tenías siete años. Estabas vivo. Te miraba desde arriba y pensé: es un niño. Y dije la palabra igual. Para no bajar yo. —Se pasó las manos por la cara—. He tenido trescientos años para buscar una excusa, y no he encontrado ninguna. No la hay.

—Lo sé.

—Entonces déjame aquí.

—No.

El niño lo dijo sin levantar la voz. Se acercó un paso más, y se subió a la silla de al lado, la que había ocupado la Mercè, para quedar casi a la misma altura que el hombre. Se sentó con las piernas colgando, los pies descalzos balanceándose sobre el suelo de piedra.

—Yo también tuve miedo —dijo.

Pere lo miró.

—Cuando me sacaron de entre los muertos.

Cuando vino la luz de los farolillos y todos me miraron, y preguntaron quién hablaba.

—Se rascó la nariz—. Yo no quería que me eligieran.

Pero me daba más miedo quedarme allí, entre ellos, con los ojos abiertos.

Y dije mi nombre. Para que me sacaran. Y me eligieron.

—Niño...

—Tú dijiste «este» para no bajar tú. Yo dije mi nombre para no quedarme. —Se encogió de hombros con una gravedad que no era de su edad—. Los dos teníamos miedo. Lo único que pasa es que a mí me tocó abajo.

*   *   *

Hubo un silencio.

Un silencio que a Ernest, a Julián, a Carme, a todos los que miraban desde lejos, con las manos apretadas y los ojos brillantes, les pareció el más largo del mundo.

Pere Rovira seguía sentado, con las manos abiertas sobre la mesa, mirando al niño con una expresión de incredulidad.

Y el niño, sentado en su silla con las piernas colgando, esperaba.

—Tú me hiciste una silla —dijo por fin.

—¿Qué?

—La de la cabecera. Con las uvas y las hojas. La que es mía. —Sonrió con timidez—. La mandaste tallar tú. Se lo dijiste a un carpintero de la comarca, una noche. Vino a esta sala, y no pudo verme, pero tú le dijiste: aquí, en este sitio, pon una silla para el niño. Que tenga donde sentarse.

Pere abrió la boca. La cerró.

—Y me traías gente —siguió el niño—. Cada tantos años. Gente que se sentaba conmigo. Que me hablaba. Que me traía cosas de arriba. —Bajó los ojos—. Yo no sabía que eso era malo. Que era una cosa que estaba mal. Yo solo sabía que ya no estaba solo. Y eso era lo que más quería.

—Yo os condené a todos.

—Sí. —El niño levantó la vista—. Y también nos cuidaste. No sé si las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Pero lo son.

Y entonces, con una vocecita muy pequeña, casi para sí mismo, empezó a cantar.

*   *   *

—«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga...»

Pere se quedó rígido.

—«...que el vent no et trobi, que la lluna et guardi.»

Cantaba mal. Cantaba con la voz de un niño que no ha cantado nunca en público, desafinada, con los finales de frase tragados.

Pero la melodía era exacta, la de siempre, la que había atravesado trescientos años de la familia Rovira como un hilo de agua bajo una casa.

Y en la sala, junto a la escalera, Carme se llevó la mano al pecho.

—Esa canción no es tuya —murmuró Pere, con un hilo de voz.

—Era de mi madre.

—Yo la oía cantar. —Se le quebró la voz—.

En el pueblo. Cuando pasaba por el río. Ella cantaba mientras hacía la colada, y yo me paraba a escucharla, detrás de una tapia.

Nunca se lo dije a nadie. Y después... —Se pasó una mano por los ojos—.

Cuando todos murieron, me la aprendí. Para no olvidarla.

Y venía cada noche a sentarme junto al pozo, con el candil, y la cantaba yo.

Muy bajito. Por si abajo... por si alguien la oía.

El niño lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Yo la oía —dijo.

—¿Sí?

—Todas las noches. —Sonrió, y le resbaló una lágrima por la mejilla, sin que él hiciera nada por detenerla—. Cantabas muy mal.

Pere Rovira soltó una carcajada. Una carcajada corta, húmeda, incrédula, que se le convirtió en sollozo a mitad de camino. Se dobló sobre sí mismo, con la frente pegada a la mesa. Y sus hombros, anchos y torpes, empezaron a temblar sin control.

—Pero la cantabas —dijo el niño, muy bajito, con la mano apoyada en su espalda—. Y yo no tenía miedo cuando te oía.

*   *   *

Fue Carme quien se acercó con el cuenco.

Caminó los últimos pasos con la sopa humeando entre las manos, con esa lentitud tímida de quien interrumpe algo sagrado. Se detuvo detrás de la silla del niño. No dijo nada. Le puso una cuchara en la mano, muy suavemente, y el niño la cogió. La miró un momento. Después se giró hacia Pere.

—Yo no puedo darte de comer —dijo.

Pere levantó la cabeza, con la cara devastada.

—La regla dice que tiene que ser un vivo. —El niño sonrió, con los ojos húmedos—. Pero yo bajé vivo. Lo pone en la campana. «El primero que bajó vivo». —Se encogió de hombros—. Igual sirve.

A lo lejos, Ernest, con las manos en la boca, susurró: «La cláusula no dice "que esté vivo". Dice "un viu". Es exactamente el mismo término». Y a su lado Julián, sin apartar los ojos de la escena, le apretó el brazo con fuerza.

—Yo no te pido nada —dijo el niño.

—No puedo...

—Solo que comas.

Llenó la cuchara de sopa. Se la acercó a los labios con las dos manos, con una concentración feroz, sin derramar una gota.

Pere Rovira lo miró. Miró la cuchara. Miró los ojos del niño, esos ojos enormes, oscuros, sin ninguna acusación. Y por primera vez en trescientos años abrió la boca.

*   *   *

Comió.

Masticó despacio. Cerró los ojos. Una expresión que nadie había visto nunca en aquella cara se fue extendiendo poco a poco por sus rasgos: no era alegría, ni alivio, ni siquiera paz.

Era algo más simple, más humilde. La cara de un hombre que ha llegado, después de mucho tiempo, a un sitio en el que no esperaba ser recibido.

Las cadenas plateadas de sus muñecas se aflojaron. Se deshicieron. Cayeron sobre el mantel sin un solo sonido.

Se puso de pie.

Era alto, más de lo que parecía sentado. Se quedó un momento con las manos abiertas ante sí, mirándose las palmas, como si las viera por primera vez. Después se agachó, se arrodilló ante el niño, sobre las losas de piedra, con la cabeza inclinada.

—Dime cómo te llamas —susurró—. Para que lo lleve conmigo.

El niño se quedó callado.

—No me acuerdo —dijo al fin, con una sonrisa triste—. Pero lo sabrás dentro de un rato. Ernest lo va a leer.

—Yo no lo oí —murmuró Pere—. Aquella noche. Estabas tan bajo... Solo vi tus ojos. —Se le humedecieron—. Son los mismos.

Y el niño, sin dudar, se inclinó hacia delante y le dio un beso en la frente. Un beso rápido, torpe, de crío. Y susurró tres palabras que solo Pere oyó, y que nadie de los que estaban en aquella sala supo nunca.

Pere Rovira cerró los ojos.

Y se fue, como se va el humo de una vela cuando alguien la apaga con los dedos: sin ruido, sin luz, dejando en el aire un olor dulce a cera y a sopa caliente.

*   *   *

Sobre la silla quedó un candil.

Era pequeño, de hojalata roja, con las asas dobladas y el cristal empañado por siglos de humedad. Alguien lo había dejado allí con mucho cuidado, encendido todavía, con una llamita amarilla y tranquila que titilaba sin hacer sombra.

El niño lo cogió con las dos manos. Lo miró largamente.

Luego lo llevó, sin prisa, con los pies descalzos sobre la piedra fría, hasta la cabecera de la mesa. Y allí, junto a la campana, apoyada en su lecho de sacos de arena, con la raíz blanca aferrada todavía al borde, lo dejó en el suelo.

Se quedó de pie, con las manos en los costados, mirando la luz.

Detrás de él, de rodillas junto a la silla más alta, con las manos atadas y la barba mojada de lágrimas, Bernadí Vilaseca dijo en voz muy baja:

—Ya solo quedamos tú y yo, hijo.

El niño se volvió.

—No —dijo, con una sonrisa que le cambió la cara—. También está la campana.