La casa de las cubas 49. Veintidós sillas
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49. Veintidós sillas

CUARENTA Y NUEVE

Veintidós sillas

Quedaban veintidós sillas ocupadas, y nadie sabía por dónde empezar.

Fue Pilar Roca quien lo resolvió, como resolvía todo lo que tenía que ver con colas y turnos.

Se puso de pie con el bastón en una mano y las gafas colgadas del cordón, todavía con la cara lavada de llanto, y recorrió la sala con la mirada de una maestra de escuela que está a punto de repartir un trabajo en grupo.

—No hay que hacer una lista —dijo—. No hay que asignar nada. Cada uno que se siente donde sienta que le toca. —Miró a los vecinos, a los doscientos y pico que seguían de pie con los mendrugos en las manos—. Ya lo sabéis. Cuando el corazón dice «esa», es esa.

Y se hizo un silencio. Y después, poco a poco, con la lentitud de un pueblo que se acostumbra a una idea nueva, la sala entera empezó a moverse.

*   *   *

Carme fue derecha hacia la Mercè.

No lo decidió. Ni siquiera se lo planteó.

Estaba de pie junto al niño, con la mano en su hombro, y de pronto ya caminaba hacia el otro lado de la mesa, esquivando sillas, con un cuenco de lentejas caliente que alguien le había puesto en las manos.

La mujer del vestido gris y del pañuelo negro anudado bajo la barbilla la miraba venir con los ojos oscuros muy abiertos, sentada en su silla, sin moverse, con las manos atadas sobre el mantel.

—Hija —dijo.

—Mercè.

—Has vuelto.

—He vuelto. —Carme se sentó a su lado, con el cuenco entre las manos—. Traigo comida.

—No hace falta.

—Sí que hace falta.

Se miraron. Dos madres, separadas por doscientos catorce años, con el mismo temblor en la barbilla.

La Mercè había bajado por su Jaume. Carme había bajado por su Julián.

Una se había quedado. La otra había subido, con el pelo blanco y un hueco en la memoria.

Y de todas las cosas que podían haberse dicho, Carme escogió la más sencilla:

—Tu hijo vivió hasta los ochenta.

La Mercè se llevó la mano a la boca.

—Me lo dijeron. En el libro está. —Carme sonrió, con los ojos húmedos—. Ochenta años. Se casó. Tuvo nietos. Se murió en la cama, en esta misma casa, un invierno. Tú lo hiciste posible.

—No lo sabía —susurró la Mercè—. Nunca lo supe.

Y Carme cogió la cuchara, la llenó de lentejas, y se la acercó a los labios.

*   *   *

Vidal, con la goma azul de su hermana apretada en el puño y el sabor del pan todavía en la boca, se detuvo ante una silla del fondo.

Un hombre seco, de mirada triste, con un pañuelo atado a la cabeza a la manera de los campesinos de antes. Tenía cincuenta años. O sesenta. Siempre había tenido esa edad indefinida de la gente que no se queja.

—Gori —dijo Vidal.

—Miquel. —Asintió—. Has tardado.

—Ya lo sé.

—Me alegro.

Era todo lo que el viejo guarda le había dicho jamás en seis meses de trabajo.

Nunca una palabra cariñosa, ni una explicación, ni un consejo.

Pero ahora, mirándolo, Vidal comprendió que en esas dos palabras cabía todo.

Que aquel hombre que se había muerto de un infarto en un establo, una mañana de invierno, sin haber dicho a nadie que también él tuvo una hermana, llevaba cuarenta años esperando exactamente esto.

Sacó del bolsillo lo que le quedaba de la hogaza de anís, una corteza pequeña, dura, y se la tendió.

—Yo no te pido nada, Gori —dijo—. Solo que comas.

El viejo la miró. Y por primera vez desde que Vidal lo conocía, sonrió.

*   *   *

El sargento Jordi Vallès se sentó frente a un hombre con casaca azul y polainas de cuero.

Era un soldado. Lo supo enseguida, por el porte, por la espalda recta, por esa mirada extrañamente educada de quien lleva muchos años acostumbrado a obedecer.

Un muchacho de veintipocos años, con un mosquete apoyado en el respaldo de la silla y un uniforme de otra época, deshilachado en las mangas.

Un soldado de mil setecientos catorce, de la guerra de Sucesión, que había pasado por la finca en retirada, hambriento, y había comido un higo antes de saber lo que hacía.

—Martí Pou —dijo el soldado, con voz ronca—. Regimiento de la Coronela. —Y en un susurro—: Me han dicho que ya se ha acabado.

—Ha acabado —dijo Vallès, que no sabía qué guerra era esa pero conocía el tono—. Puedes descansar, soldado.

Y con una torpeza conmovedora, con las manos de policía acostumbradas a esposar y no a servir, le puso un pedazo de pan en la palma.

*   *   *

Al otro lado de la mesa, Dolors Casals llevaba un rato sin poder levantarse.

Tenía ochenta y dos años, una cadera de plata y un bastón que le habían prestado esa mañana.

Había bajado los setenta y dos escalones agarrada al brazo de un nieto, con la lengua entre los dientes, sin quejarse.

Y ahora estaba sentada en un banco, con un cuenco de sopa enfriándose en el regazo, mirando a una muchacha.

Veinte años. Cara ovalada, ojos castaños, un delantal de criada bien planchado y un moño muy tirante. Estaba sentada en su silla, con las manos atadas sobre el mantel, y miraba a la anciana con una expresión de incrédula ternura, como quien reconoce una cara detrás de mil arrugas.

—Dolors —dijo.

—Mamá.

Nadie dijo nada. Ninguno de los que estaban cerca se atrevió a respirar.

—Yo nunca supe adónde habías ido —dijo Dolors, con la voz quebrada, en un catalán de campo que llevaba décadas sin usar—. Me dijeron que te habías muerto de fiebres. Yo tenía seis años. Y el abuelo no hablaba. Nunca dijo dónde te habían enterrado.

—Fue la fiebre. —La muchacha sonrió, con los ojos llenos de lágrimas—. Después vine aquí. A ver una cosa que había oído. Y me quedé.

—¿Por qué?

—Porque tenía hambre. Y porque no quería irme sin despedirme de ti. —Bajó la vista—. Eres muy vieja, hija mía.

Dolors soltó una carcajada. Una risa de anciana, ronca, húmeda, gozosa, que la sacudió entera. Se levantó como pudo, se acercó a su madre con el cuenco de sopa, y se sentó a su lado, con una dificultad enorme, tan cerca que le rozaba el hombro.

—Abre la boca —dijo—. Como hacías tú conmigo.

*   *   *

Marc se sentó con un chico de dieciséis años.

Casi lo había elegido por la ropa: una camisa de lino sin teñir, los pantalones cortos de campesino, un chaleco de lana vieja. Pero eran los ojos. Los ojos de la familia. Los mismos que Marc había visto en el espejo cada mañana durante años, cuando todavía podía mirarse en uno.

—Anselm Rovira —dijo el chico, en un murmullo—. Mil ochocientos setenta y uno. Mi padre me trajo una noche. Dijo que era por el bien de la familia.

—Lo sé —dijo Marc.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque a mí me lo dijeron igual. —Sonrió, con su sonrisa pequeña y torcida—. Cinco años y medio. Sin comer. Por si acaso.

El chico lo miró, atónito.

—Yo aguanté dos meses. Y comí. —Bajó los ojos—. Me daba vergüenza. Que todos aguantaran tanto, y yo...

—No te dé vergüenza. —Marc buscó su mano bajo la mesa, y la encontró fría, temblando—. Ninguno fuimos valientes. Solo tuvimos suerte de que alguien nos dijera cómo sentarnos. A ti no te lo dijeron. Y ese es un delito de otro, no tuyo.

Sacó del bolsillo un trocito de pan. Se lo puso en la palma del muchacho, y cerró sus dedos sobre él.

—Es de anís —dijo—. Te va a gustar.

*   *   *

Pau dibujó a un niño.

Un niño de ocho años, con los ojos muy grandes y un jersey de punto remendado en los codos, sentado al final de la mesa con las manos atadas.

No sabía cómo se llamaba. No lo había preguntado.

Le había dado un pedazo de pan, cuando se sentó a su lado, y el niño lo había comido con avidez, sin decir nada, sin mirarlo.

Y ahora, mientras esperaba, con el cuaderno sobre las rodillas y el lápiz corto entre los dientes, Pau lo iba dibujando a medida que se iba desvaneciendo.

Un retrato rápido, de trazos limpios. Un niño con las orejas grandes y una sonrisa muy tímida.

Cuando terminó, el niño ya no estaba. Solo quedaba el plato de barro con un montoncito de tierra, y el lápiz de Pau moviéndose todavía sobre el papel.

Pau firmó el dibujo. Escribió debajo, con su letra cuidada, una sola palabra: «Visto».

*   *   *

A las cuatro y cuarto de la madrugada, quedaba una silla ocupada.

Los demás se habían ido. Uno tras otro, por los caminos más diversos, con una mueca o una sonrisa, con un beso o un suspiro.

La Mercè había sido la última en levantarse: había apretado con las dos manos la de Carme, y le había dicho algo al oído que nadie más oyó, y después, con una expresión de infinita paz, había desaparecido con las lentejas todavía tibias en los labios.

La sala, casi vacía, con sus platos de barro y sus montoncitos de tierra, olía a pan, a sopa, a cera de vela y a algo más suave, más limpio, más tierno, que Ernest no habría sabido nombrar.

Las llamas de los farolillos se habían ido consumiendo.

Un murmullo tranquilo, de conversación de sobremesa, recorría la sala.

Pero al final de la mesa, en el extremo más alejado de la escalera, apartado de todo, con los brazos cruzados sobre el mantel y la cabeza hundida entre los hombros, un hombre seguía sentado.

Nadie se le había acercado.

Ernest lo había visto desde el principio, y se había dicho que era un hombre de otra época, de esos que llevan gorra y chaleco y no se quitan la chaqueta ni para comer.

Cuarenta y tantos años. Cara ancha, huesuda, tostada por el sol.

Barba corta. Una mirada sombría que no se levantaba del mantel.

Y sobre la mesa, delante de él, un plato de barro vacío, y en el plato ni una miga.

Se acercó despacio.

—Buenas noches —dijo.

El hombre no contestó.

—Soy Ernest Bosch. Notario.

—Sé quién sois —dijo el hombre, sin levantar la cabeza—. Lo sé desde que os he visto bajar. Tenéis su misma cara. La del que me firmó el papel.

Ernest sintió un vuelco.

—¿Antoni?

—El vuestro. Sí. —El hombre alzó por fin la cabeza. Tenía los ojos rojos, hundidos, con la expresión de quien hace mucho que no duerme y no espera hacerlo—. Yo soy Pere Rovira.

El silencio que se hizo en toda la sala fue casi físico.

Julián, que estaba a diez pasos con un plato vacío en la mano, se quedó helado. Marc levantó la vista. El niño, que dormitaba en el regazo de Carme con la cabeza apoyada en su pecho, abrió los ojos.

—Pere Rovira, pagès —dijo el hombre, lentamente—.

El que os pidió que escribierais el trato.

El que plantó la viña. El que se sentó al borde del pozo con un candil y preguntó qué queríais.

—Se pasó la mano por la cara—. Y antes de todo eso, hace cuarenta y ocho años, en un verano de peste, uno de los que fue con farolillos a una fosa, y dijo una palabra.

—¿Qué palabra? —preguntó Ernest, aunque ya lo sabía.

—«Este».

Nadie se movió. Nadie respiró.

—Yo tenía veinticinco años —dijo Pere Rovira, con una voz tan baja que casi no se oía—.

Y todos me miraban, porque el año anterior había muerto mi padre, y ahora el mas era mío, y las viñas, y la casa.

Y el cura decía que hacía falta un vivo que bajara al pozo a rezar por los muertos.

Y yo miré la fosa, y vi un niño que me miraba.

Solo uno. Con los ojos muy abiertos. Y tuve miedo.

Miedo de que se muriera. Y dije... —Se le quebró la voz—. Dije: «Este». Para que no fuera yo.

Se hizo un silencio como un cristal a punto de romperse.

—Comí un higo hace trescientos años —dijo, con una serenidad desolada—. No por hambre. Por castigo. Porque me pareció justo. —Miró a Ernest—. Y no quiero que nadie me dé de comer.

Y bajó otra vez la cabeza sobre el mantel, con los brazos cruzados, como quien ha decidido esperar allí, sin nadie, hasta el final de los tiempos.