48. Ció
CUARENTA Y OCHO
Ció
Vidal tardó cuarenta y un años en cruzar los últimos quince pasos de la sala.
Lo pensó después, cuando ya había terminado todo, y no supo decir si le habían parecido muchos o pocos.
Recordaba con nitidez el suelo de piedra pulida bajo las suelas, la luz amarillenta de los farolillos, el olor a pan y a tierra húmeda.
Recordaba la voz de Ernest a su espalda, diciendo algo que no entendió.
Y recordaba, sobre todo, la cara de la niña, tercera silla desde la puerta, que se iba haciendo más grande a medida que él se acercaba, hasta llenarle el campo de visión entero.
Era exactamente igual que en la fotografía de la caja de latón.
Las dos trenzas, una más floja que la otra.
La blusa de cuello cerrado, la falda de cuadros.
La barbilla puntiaguda de la familia de su madre.
Los mismos ojos, grandes y oscuros y algo separados, con una manera de mirar que él había visto miles de veces en un patio de colegio, en una cocina, en una escalera.
Llevaba el pelo peinado con esmero. Alguien, con paciencia infinita, la había peinado esa mañana.
—Miquel —repitió ella.
—Ció.
Le salió sin pensar. Era el nombre que le daba de pequeña, cuando aún no sabía decir «Concepció» y le salía una cosa corta, redonda, como un hipo.
Ció. Ció, ven aquí. Ció, no toques eso. Ció, que se te enfría la sopa.
Llevaba cuarenta y un años sin pronunciarlo, y le salió entero, sin esfuerzo, como si lo hubiera dicho la noche anterior.
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas.
—Estás muy viejo —dijo, y se rio, con una risa entrecortada, mojada, la risa de una niña que llora—. ¡Estás muy viejo, Miquel!
—Sesenta y seis.
—¡Sesenta y seis! —Se llevó las manos a la cara—. Yo tengo trece.
—Ya lo sé.
—Siempre voy a tener trece.
—Ya lo sé, Ció.
Y Vidal, que llevaba cuarenta y un años sin llorar delante de nadie, se sentó en el suelo, junto a su silla, con la espalda contra la pata de la mesa y el pañuelo con la hogaza sobre las rodillas, y se echó a llorar como un niño.
* * *
Nadie se acercó.
Lo agradeció después, con una gratitud que no supo expresar.
La sala entera, trescientas personas de pie y veintitrés figuras encadenadas, se había quedado quieta, a cierta distancia, con esa discreción respetuosa de los pueblos cuando alguien tiene un dolor demasiado íntimo para compartirlo.
Alguien había bajado la luz de los farolillos.
Mosén Ramon había dejado de rezar. Solo Pilar Roca, arrodillada al otro lado de la silla, sostenía una de las manos de la niña entre las suyas, sin decir nada, con la cabeza apoyada en el brazo de su antigua alumna.
—Cuéntame —dijo Vidal, cuando pudo hablar—. Lo que pasó. Yo no... Yo no sé nada, Ció. Me lo quitaron todo.
—Ya lo sé. —Concepció se enjugó la cara con el dorso de la mano—. Te lo cuento. Pero prométeme que no te vas a enfadar.
—No me enfado.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
La niña respiró hondo.
—Vine a buscarte —dijo—. Un año después de que te fueras.
Mamá lloraba todas las noches. Papá no decía nada, pero tenía cara de estar enfermo.
Y tú no volvías. Te habían escrito una carta diciendo que trabajabas en una finca muy buena, con un señor muy amable.
Pero no escribías. Y yo dije: voy a buscarlo.
Cogí una mochila. Y la foto que teníamos en el aparador, la de ti con el traje de la boda de tía Anna.
—La de la corbata.
—La de la corbata. —Sonrió, con los ojos húmedos—. Anduve toda la tarde. Veinte kilómetros. Me dolían los pies, y llovía, y llegué a la puerta de la casa ya de noche, con el pelo pegado a la cara. Llamé. Salió un hombre muy serio, muy triste, con un pañuelo en la cabeza...
—El Gori.
—Ese. Le enseñé la foto. Le dije: «¿Conoce a mi hermano?
». Y me miró mucho rato. Y me dijo: «Sí.
Está abajo. Ven, que te llevo». —Se le quebró la voz—.
No me mintió. Es lo que más me acuerdo. No me dijo que no estabas.
No me dijo que te habías ido. Me llevó por unas escaleras muy largas, y yo iba contando los escalones...
—Setenta y dos.
—Setenta y dos. —Asintió—. Y al final había una sala muy grande, con una mesa, y mucha gente sentada. Y una señora vestida de gris, con un pañuelo negro, que me dijo que no comiera nada. Que no bebiera. Que no dijera ningún nombre. Y yo dije que sí. Y me senté. Y esperé.
Se calló. Las trenzas le temblaban un poco. A Vidal le pareció que el corazón le iba a estallar.
—Y te vino el hambre.
—No fue el hambre. —Concepció bajó los ojos—. Eso lo dicen todos, pero no fue eso. Yo había comido un bocadillo en el camino. No tenía tanta hambre. Fue otra cosa. Vino una voz. Muy dulce. Era la tuya.
Vidal cerró los ojos.
—Me decía: «Ció, ven, estoy aquí». Me decía: «Ció, come un poquito, que has andado mucho».
Me decía que me había estado esperando. Que estaba muy contento de verme.
—Se pasó el dorso de la mano por la nariz, a la manera de una niña—.
Y yo sabía que no eras tú, Miquel. Lo sabía.
Pero hacía un año que no oía tu voz. Y quise...
Quise una vez más. Solo una. Y me pusieron un higo delante.
Se hizo un silencio. Vidal notó que Pilar, a su lado, apretaba con fuerza la mano de la niña.
—Solo era un higo —susurró Concepció—. Yo pensé: es un higo. No es nada. Y me lo comí.
* * *
—No fue tu culpa —dijo Vidal.
Se lo dijo con la voz baja, ronca, la voz con que se dicen las verdades que uno ha repetido tantas veces en silencio que ya no necesitan convencer a nadie. Se puso de rodillas, para quedar a la altura de la niña. Le cogió las dos manos, frías, ligeras, con un tacto de papel mojado.
—No fue tu culpa. Fue mía. Yo soy el que se fue. Yo soy el que no escribió. El que dejó que me convirtieran en una cosa que ni siquiera sabía su nombre. —Le temblaba la barbilla—. Tú eras una niña de trece años. Nadie te dijo que ese higo era una trampa. Nadie te avisó.
—La Mercè me avisó.
—Y tú la escuchaste. Y aguantaste un año. Un año entero, Ció. Los que llevan aquí trescientos años no aguantan tanto.
La niña lo miró.
—Yo quería volver a casa —dijo—. Me acuerdo de eso. Todos los días. Quería volver y comer los macarrones de mamá.
—Yo también.
—Ya no me acuerdo de cómo son.
—Con salsa de tomate. Y un poco de queso por encima. Y los hacía siempre los jueves.
—Los jueves. —Sonrió, y una lágrima le resbaló hasta la barbilla—. Es verdad. Los jueves.
Y Vidal, con la hogaza en las rodillas y las manos de su hermana entre las suyas, comprendió que había llegado el momento.
Que no podía retrasarlo más. Que llevaba cuarenta y un años esperándolo y que ahora, cuando por fin lo tenía delante, lo único que quería era aplazarlo un minuto más.
Un minuto más de oír su voz. De verle las trenzas.
—Ció —dijo.
—Dime.
—Tengo un pan. Es de anís. Lo ha hecho... una muchacha que se fue esta noche. —Le tembló la voz—. Iba para el niño. Para el que se sienta a la cabecera. Pero él ha dicho que te lo dé a ti.
La niña miró la cabecera de la mesa. Y allí, de pie junto a la silla de respaldo tallado, con la mano de una mujer de pelo blanco en el hombro, un crío de siete años la saludó con la mano.
—Yo tengo lentejas —dijo, con su voz clara—. Cómetelo, Concepció.
* * *
Vidal desenvolvió el pañuelo.
Estaba tibio todavía. La corteza dorada, con una cruz marcada a cuchillo.
La miga blanda, esponjosa, con ese olor a anís y a horno y a domingo que llevaba cuarenta y un años sin poder oler de verdad.
Lo partió por la mitad, con las dos manos, con una lentitud de sacerdote.
Sacó un pedazo pequeño. Lo sostuvo un momento entre los dedos.
Y entonces le vino el pensamiento.
Fue rápido, feroz, casi una náusea. Un pensamiento que no era de los mayores, ni de la mesa, ni de ninguna voz de fuera. Era suyo. Solo suyo. Le subió por dentro como un animal que llevara mucho tiempo encerrado.
«Quédate».
Eso era. Lo único que quería. Que su hermana no se fuera.
Que se quedara sentada allí, con sus trenzas y su blusa, tres sillas más allá de la puerta, otros cuarenta años.
Otros cien. Que él pudiera bajar cada noche a mirarla, a hablarle, a peinarla.
Que no volviera a pasar lo que había pasado hacía cuarenta y un años, cuando dejó de tener a una niña de trece que le tirara de la manga.
La cláusula lo decía. «Sin demanar res». Sin pedir nada.
Vidal cerró los ojos. Y con un esfuerzo del que ni siquiera se creía capaz, sintió cómo se le deshacía por dentro, muy despacio, el nudo del egoísmo, del miedo, de la soledad de cuarenta y un años. Lo soltó. Lo dejó caer, como se deja caer una piedra que se ha llevado mucho tiempo a cuestas.
Abrió los ojos.
—No te pido nada —dijo—. Solo que comas.
Y le puso el pedazo de pan en los labios.
* * *
Concepció comió.
Masticó despacio, con los ojos muy abiertos, fijos en él, con una expresión que Vidal no habría sabido describir.
Tragó. Se quedó un instante quieta. Después, con una sonrisa que le nació desde muy adentro, se le iluminó la cara entera, como si por dentro alguien acabara de encender una lámpara de aceite.
Las cadenas plateadas de sus muñecas, más brillantes que todas las demás, se estremecieron.
Se aflojaron. Y cayeron, una tras otra, sobre el mantel, con un tintineo suave, casi alegre.
—Sabe a casa —dijo.
—Sí.
—Sabe a mamá. Sabe a... —Se echó a reír, y el corazón de Vidal se detuvo—. ¡Sabe a nuestra cocina!
—Es de anís.
—Yo no tengo anís en casa.
—Ahora sí.
Ella se levantó.
Lo hizo con una lentitud dulce, con las dos manos apoyadas en el borde de la mesa.
Estaba un poco más alta. O eso le pareció a Vidal.
Un poco más nítida, más real, con las mejillas coloradas y los ojos brillantes.
Miró a su alrededor. Miró a la gente que la contemplaba en silencio.
Miró a la anciana que le apretaba la mano, con la cara bañada en lágrimas.
—Señorita Pilar —dijo—. ¿Aprobé las matemáticas?
Pilar Roca abrió la boca. La cerró. Se le cayeron las gafas colgadas del cordón, y se le escapó un sollozo tan profundo que se dobló sobre sí misma.
—Un ocho —consiguió decir—. Sacaste un ocho, hija. Un ocho y medio.
—Me lo imaginaba. —Sonrió—. Dígale a mamá que no se preocupe.
Se giró hacia su hermano.
Se miraron un momento largo, sin hablar.
Sesenta y seis años y trece, frente a frente, con el mismo lunar junto a la ceja izquierda y la misma barbilla.
Después ella se inclinó, con las trenzas colgando, y le puso las manos en las mejillas.
Le dio un beso, uno solo, en la frente. Un beso ligero, húmedo, torpe, de niña.
—No vengas por mí —dijo—. Ya no hace falta. Vive, Miquel. Por los dos.
—Ció...
—Estoy bien.
Y se fue.
* * *
No fue nada espectacular. Vidal pensó después que le habría gustado que fuera de otra manera: con luz, con música, con algún signo que le sirviera de consuelo.
Pero no hubo nada. La niña de las trenzas, en un momento, estaba de pie delante de él, con las manos sobre su cara.
Y en el siguiente, sin transición, sin ruido, como se va el calor de una habitación cuando se abre una ventana, no estaba.
Sobre la silla quedó una goma de pelo, azul, con una bolita de plástico. Y en el plato de barro, un montoncito de tierra.
Vidal se quedó de rodillas mucho tiempo.
Nadie se movió. Nadie dijo nada. En algún momento sintió la mano de Pilar sobre su hombro, cálida, pequeña, temblorosa.
Después otra, la de Julián. Después la de Ernest. Y Vidal, con la cabeza gacha, con la goma azul apretada en la palma, respiró hondo, y se dio cuenta de que tenía todavía en los labios una miga.
Una miga pequeña, de la hogaza. Se le había quedado pegada cuando se acercó a besar a su hermana, sin darse cuenta, o cuando ella le acarició la cara con los dedos manchados. Una miga de pan de anís, tibia, blanda.
Se la llevó a la boca sin pensar. Como se hace con todo lo que uno ha visto desde niño. Cerró los labios.
Y en ese momento, por primera vez en cuarenta y un años, algo estalló en su lengua.
Sabía a pan.
A pan de verdad. A masa y a sal y a levadura y a corteza dorada.
A harina de trigo molida en piedra. A horno de leña.
A domingo, a lluvia contra el cristal de una cocina, a manos de mujer, a azúcar quemada, a anís.
Sabía a casa. A la cocina de su madre, exactamente igual que aquella noche de octubre de mil novecientos ochenta y cinco, cuando lo comió por primera vez. Pero esta vez no se lo llevaban.
Esta vez se lo devolvían.
Vidal se echó las dos manos a la cara. Y lloró como no había llorado nunca, con sollozos que le sacudían el cuerpo entero, con una alegría tan grande y tan dolorosa que apenas podía respirar.
—Sabe a pan —repetía, una y otra vez, entre lágrimas, con una risa temblorosa—. Sabe a pan. Sabe a pan.
Y Pilar Roca, arrodillada a su lado, con las gafas en el suelo y la cara empapada, lo abrazó con todas sus fuerzas.