La casa de las cubas 47. Requiem
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47. Requiem

CUARENTA Y SIETE

Requiem

Ernest empezó a leer a las diez y veinte de la noche.

No hubo señal. No hubo campana. Se puso de pie junto a la cabecera de la mesa, con el bloc abierto en la mano izquierda y la lista subrayada por Marc en la derecha, y esperó un momento a que el silencio de la sala se posara sobre todos como una manta.

Trescientos vecinos de pie. Doscientos veintiuno sentados.

Un niño de siete años a su derecha, agarrado a la falda de una mujer de pelo blanco.

Y a su izquierda, con las manos atadas y la barba sobre el pecho, un capataz que había pedido ser el último.

Mosén Ramon se adelantó dos pasos. Llevaba la estola morada sobre los hombros y un misal en las manos, y a pesar de que le temblaba el mentón, la voz le salió clara y grave:

—«Requiem aeternam dona eis, Domine.»

—«Et lux perpetua luceat eis» —respondió el coro, en un susurro, desde el fondo de la sala.

Ernest respiró hondo. Bajó los ojos a la lista.

—«Elisenda Puig —leyó—, minyona, vint-i-tres anys.»

*   *   *

Fue la primera en levantarse.

Lo hizo despacio, sin ninguna prisa, con las manos juntas y el gesto de arreglarse el pañuelo, y en su cara joven, cansada y hermosa, se dibujó una sonrisa tan leve que Ernest tuvo que mirarla dos veces para asegurarse de que era real.

No dijo nada. Se quedó de pie junto a su silla, en el sitio exacto donde había estado sentada trescientos años, y miró a su alrededor, a la sala, a la gente, como quien mira por primera vez un paisaje que ya conocía.

—Yo me siento contigo —dijo una voz.

Era la doctora Marquès. Se había separado de Marc, con la bolsa de suero colgada del hombro y los ojos brillantes tras las gafas, y avanzaba entre los vecinos con un pan de anís en las manos. Se lo tendió a Elisenda. Sin decir nada más. Sin fórmula ninguna.

La muchacha lo cogió. Lo miró largamente. Después lo partió por la mitad, con una delicadeza infinita, y se llevó un pedacito a la boca.

Masticó. Cerró los ojos.

Y su cara, muy despacio, se fue iluminando desde dentro, como una lámpara a la que se sube la mecha. Las cadenas plateadas de sus muñecas se aflojaron. Se desprendieron. Cayeron sobre el mantel con un tintineo dulce, y se disolvieron.

—Gràcies —susurró.

Y se fue.

No hubo humo, ni luz, ni sonido. Elisenda Puig, veintitrés años, se fue como se va un aliento de un cristal: dejando por un instante una forma tenue en el aire y después nada.

Sobre la silla vacía quedó un pañuelo de lino, doblado con esmero, y un montoncito de tierra en el plato de barro.

Y la doctora Marquès, con los ojos llenos de lágrimas, se sentó en el hueco que había dejado.

—Siguiente —dijo mosén Ramon, con la voz quebrada.

Ernest volvió a la lista.

*   *   *

Leyó durante casi cuatro horas.

Después recordaría aquellas horas como una sola tarde muy larga, de esas que se estiran en agosto cuando no hay prisa por nada.

Los nombres iban saliéndole de la boca uno tras otro, con la voz clara y firme que había aprendido a fabricar en treinta y un años de despacho, y a cada nombre, en algún punto de la mesa, alguien se levantaba.

Alguien recibía un trozo de pan. Alguien sonreía. Alguien se iba.

—«Guillem Ferrer, moliner, trenta-dos anys.»

Un hombre flaco, de manos anchas, con harina fósil en los pliegues de la ropa.

Se levantó con una sonrisa desconcertada, como si esperara que en cualquier momento alguien le dijera que se había equivocado.

El sargento Jordi Vallès, sin uniforme, con los ojos rojos, se sentó a su lado y le puso un mendrugo en la mano.

—Sé hacer un pan mejor que este —dijo el molinero, tras un mordisco, con una risa extraña.

—Seguro.

—Pero está muy bueno. —Se quedó mirando el mendrugo—. Está muy bueno, sargento.

Y se fue, todavía sonriendo.

—«Antònia Ribes, sa muller.»

—«Jaume Ribes, boter.»

Una pareja de cincuenta años, sentada uno junto a otro, cogidos de la mano bajo el mantel.

Se levantaron a la vez. Toni, el panadero, y su mujer se sentaron frente a ellos.

Nadie habló. Jaume miró la cara de Toni, ancha, colorada, honrada, con una expresión de infinita vergüenza, y dijo en voz muy baja:

—Tenéis mi apellido.

—Es muy común —murmuró Toni.

—No tanto. —El barrilero sonrió—. Hacéis buen pan, hijo. Se nota en las manos.

Y a Toni, que aquella misma mañana se había echado a llorar delante de todo el pueblo, se le llenaron otra vez los ojos.

*   *   *

No todos se fueron sonriendo.

Hubo quien se levantó con miedo, y necesitó que alguien le sostuviera la mano hasta que terminó de masticar.

Hubo quien lloró. Una mujer se aferró a la manga de Pilar Roca, a la que había cogido por el brazo cuando iba pasando, y no la soltó hasta el último bocado.

Un anciano se negó a comer, con un gesto terco, con la barbilla temblorosa, y estuvo diez minutos mirando el mendrugo que un adolescente le tendía con manos temblorosas, hasta que por fin, con un suspiro, lo cogió.

Y hubo alguien, una sola vez, que no quiso levantarse.

—«Rosa Sala, minyona, dèsset anys.»

La había leído ya en la carretera, una tarde, en un puente de piedra. Había llorado al oír su nombre. Pero esta noche, sentada en su silla, con la cabeza gacha, no se movía.

—Rosa —dijo Ernest, con suavidad—. ¿Rosa?

—No sé si quiero —dijo ella, muy bajo.

Ernest bajó la pluma. Alrededor, la sala se quedó quieta.

—Tengo diecisiete años —dijo la muchacha—. Diecisiete. No he besado a nadie. No he salido nunca del pueblo. No sé cómo es el mar. —Le temblaban los hombros—. Si me voy, se acabó. Ya no habrá nada más.

Ernest estaba a punto de contestar cuando una silla crujió a su espalda.

Era Àlex. El muchacho de la gasolinera, con el pelo teñido de rubio y una sudadera con capucha que le venía grande, se había separado de la multitud sin que nadie se lo pidiera y avanzaba entre los bancos con los ojos muy abiertos y un bollo de pan en las manos.

Se plantó delante de la joven. Se sentó, sin ceremonias, en el suelo, con las piernas cruzadas.

—Yo tampoco he visto el mar —dijo—. Tengo diecinueve años y no he salido del pueblo. Trabajo en una gasolinera. Todo el día. —Se encogió de hombros—. No sé si hay algo más. Pero creo que sí. Y me da un poco de miedo. Y a ti también.

Rosa lo miró.

—Lo que te digo es que nos podemos dar miedo juntos —añadió Àlex, con una sonrisa torpe—. Un rato. Hasta que se pase.

Y le tendió el pan.

Rosa Sala tardó mucho en cogerlo. Lo cogió por fin con las dos manos, temblando. Se lo llevó a la boca. Masticó despacio, con los ojos fijos en el muchacho, que no apartaba la mirada, y cuando terminó, con una sonrisa mojada y desconcertada, le dijo:

—Sabe a casa.

—Sí —dijo Àlex—. Es de Toni.

Y ella se rió, una risa breve, sorprendida, que le hizo brillar los ojos, y se fue con esa risa todavía en la boca.

*   *   *

A las once y media, mosén Ramon hizo sonar la campana.

Fue un golpe solo, con un mazo de madera que le había prestado Pere Sala.

Un tañido grave, profundo, largo, que llenó la sala entera y subió por la escalera de piedra hasta la boca del pozo y se derramó por el patio de la finca, por la ladera, por el pueblo dormido, por el cielo estrellado.

Un toque de difuntos. El toque que trescientos años atrás nadie se había atrevido a dar.

En el bronce, la raíz blanquecina que rodeaba el borde vibró. Pero no se movió.

Ernest continuó leyendo.

*   *   *

El pastor no tenía nombre.

Estaba en la lista desde el principio. Marc lo había subrayado con una raya doble, con un signo de interrogación al margen.

«Un pastor de cabres, sense nom, uns cinquanta anys.

» Un hombre sin nombre. Que había llegado a la fosa por casualidad, una noche, con su rebaño, y que nadie había sabido identificar.

Ernest lo leyó con un nudo en la garganta.

—«Un pastor de cabres —dijo—, sense nom.»

Nadie se levantó.

Al fondo de la mesa, casi pegado a la pared, un hombre delgado, curtido, de piel del color del cuero, seguía con las manos sobre el mantel y la cabeza gacha. No levantó la vista. No se movió.

—No sabe cómo se llama —dijo Bernadí, a media voz—. Nunca lo dijo. Nunca lo supimos. Dicen que era mudo, de nacimiento. O que llevaba tanto tiempo con las cabras que se le había olvidado.

Ernest se quedó con la pluma en el aire. Miró a la sala. Miró al hombre.

Y fue Pilar Roca quien habló.

—Póngale uno, notario.

—¿Cómo?

—Un nombre. Se lo damos entre todos. —Levantó la barbilla, con la voz seca y clara de maestra que ha resuelto mil pequeñas crisis de aula—. Cuando nace un niño y no se sabe cómo llamarlo, se le pone el del abuelo, o el del santo del día. Hoy es cuatro de octubre. Es San Francesc.

—Francesc —dijo mosén Ramon, con una sonrisa temblorosa.

—Francesc el Pastor —dijo Toni.

Y de pronto, en toda la sala, decenas de voces, todas a la vez, cada una a su manera, empezaron a decir un nombre. «Francesc». «Francesc». Bajito. Con cariño. Como se dice el nombre de alguien a quien se acaba de conocer y ya se quiere.

El hombre levantó la cabeza.

Tenía unos ojos claros, enormes, desconcertados, con la mirada de quien oye un idioma que había olvidado. Movió los labios. Repitió, sin voz, la palabra que le llegaba de todas partes.

—Francesc —articuló.

Y sonrió.

Sonrió como sonríe un niño al que le acaban de dar algo que llevaba mucho tiempo pidiendo sin saber cómo.

Se puso de pie. Una niña del pueblo, de unos diez años, se le acercó con un pedazo de pan en la mano y lo puso en la suya.

Él lo miró. Lo olió. Y en su cara, en aquella cara tostada y arrugada, se abrió una sonrisa tan ancha que Ernest tuvo que apartar la vista.

*   *   *

A las dos de la madrugada, quedaban muy pocas sillas ocupadas.

La mesa larguísima se había ido vaciando de punta a punta.

Donde antes había figuras inmóviles, hombro con hombro, ahora había un rosario de platos de barro con un poco de tierra, pañuelos doblados, sombreros, una cuchara de madera, una rosca de esparto.

Y los vecinos del pueblo, sentados en los huecos, en los bancos, en el suelo, hablaban entre ellos en voz baja, con las manos llenas de migas, a la luz amarilla y tibia de los farolillos.

Ernest leyó el último nombre de la relación a las dos y diez.

—«Bernadí Vilaseca, capatàs, quaranta-quatre anys.»

Pero Bernadí no se levantó.

—Todavía no —dijo—. Dijimos que el último.

Ernest asintió. Cerró el bloc. Miró a su alrededor, con las piernas temblando, el cuello agarrotado y la garganta como si le hubieran pasado una lija.

Quedaban veintitrés sillas ocupadas. Veintitrés figuras que no habían sido nombradas, sentadas a lo largo de la mesa con las manos atadas y las cadenas plateadas brillando con un resplandor más vivo que el de todas las demás.

Al fondo, en el tercer puesto desde la puerta, una niña de trece años con trenzas, cogida de la mano de una anciana.

Cerca de la cabecera, una mujer de cuello alto y pañuelo negro.

Y un poco más allá, hombres y mujeres con ropas de todas las épocas.

Rovira. Guardas. Gente que había llegado por hambre o por amor, siglos después de la peste.

—Los que comieron —dijo Bernadí.

Nadie respondió.

—Ellos no están en vuestra lista. —Bernadí bajó la voz—. Y no se van con pan.

*   *   *

Ernest sacó del bolsillo interior de la chaqueta la fotocopia del manual de Antoni Bosch.

Llevaba cuatro días sin mirar la última página.

Se había dicho que ya la conocía. Que era solo el anexo, la relación, la carta.

Pero ahora, con el bloc cerrado y la sala en silencio, la desplegó bajo la luz del farolillo, y le pasó los ojos, despacio, por la parte de abajo.

Una línea que no había notado. Una nota escrita al margen, en la letra pequeña y clara de su antepasado, con una tinta más pálida que la del resto.

Ernest la leyó dos veces.

—«Els qui mengen de la taula per necessitat —tradujo, con la voz ronca—, seran alliberats quan un viu els doni de menjar per amor, sense demanar res.»

—¿Qué dice? —preguntó Julián.

—Dice... —Ernest levantó la vista. Le brillaban los ojos—. Que los que comieron por necesidad, por hambre, por miedo, por amor, quedan libres cuando un vivo les da de comer por amor, sin pedir nada a cambio.

Se hizo un silencio absoluto.

—Sin engaño —dijo Carme, en un susurro.

—Sin condición.

—Como en la casa.

Y entonces, muy despacio, desde el fondo de la mesa, con un movimiento que casi nadie vio, Vidal se puso de pie.

Llevaba en las manos un pañuelo. Lo desdobló con dedos que no le obedecían. Dentro había una hogaza pequeña, redonda, con una cruz en la corteza. Todavía estaba tibia.

Miró a la niña de trece años con trenzas. Y ella lo miró a él.

—Miquel —dijo Concepció.