46. El capataz
CUARENTA Y SEIS
El capataz
—Antoni Bosch —dijo Bernadí Vilaseca—. Así se llamaba el vuestro.
Ernest se quedó quieto. Detrás de él, a diez pasos, los primeros vecinos de Sant Martí seguían bajando por la escalera en silencio, formando un semicírculo cada vez más denso alrededor de la sala.
Los farolillos temblaban en sus manos. Nadie hablaba.
Todo el mundo miraba al hombre de la barba, de pie a la cabecera de una mesa que ya no tenía huecos, y al notario de gafas y chaqueta arrugada que había avanzado tres pasos hacia él, con un sobre apretado contra el pecho.
—Era mi antepasado —dijo Ernest.
—Lo sé. Tenéis su misma manera de plantaros.
—Bernadí lo miró de arriba abajo, sin hostilidad, con la lentitud de un capataz que evalúa a un jornalero nuevo—.
Vino aquí una vez. Con una lámpara y un papel.
Se paró justo donde estáis vos. Yo estaba sentado a esta mesa, en el sitio de siempre, y lo vi llegar.
Un hombre joven, flaco, con los ojos muy abiertos. Traía una lista.
—Los nombres.
—Los nuestros. —Bernadí sonrió sin alegría—.
Empezó a leerlos. Con una voz temblorosa, muy bonita.
«Joan Pujol, pagès». «Maria Pujol, sa muller».
Cuatro, cinco. Y a la sexta, se le cayó el papel.
Y se quedó mirando esta sala como se mira un pozo sin fondo.
Y salió corriendo. Subió las escaleras a tropezones. Lo oímos llorar hasta arriba.
Ernest sintió que se le secaba la boca.
—Los Bosch siempre se van, notario —dijo Bernadí, sin crueldad, con la voz llana de quien constata—.
Bajan, miran, y se van. Vuestro abuelo llegó hasta el descansillo de los treinta peldaños, una noche de invierno, y se dio la vuelta.
Vuestro padre se quedó en el sesenta, con una linterna y una carta en el bolsillo; lo oímos respirar desde aquí abajo, un buen rato, y luego subió.
Cada uno con su papel, con la misma cara y la misma frase: «Ya volveré». Y no volvió ninguno.
* * *
Nadie se movió.
Julián, a su espalda, había dado un paso adelante. Ernest lo detuvo con un gesto de la mano sin volverse. Notó, más que vio, que Vidal le agarraba a Julián por el brazo. Notó el silencio absoluto de trescientas personas que contienen el aliento.
Era verdad. Ese era el problema. Le había dolido tanto porque era verdad, o porque podía serlo, porque en el fondo de todos sus años de despacho, entre las escrituras y los testamentos y las particiones y las firmas, siempre había sabido que su casa entera estaba construida sobre una huida.
Su padre había roto las cartas. Su abuelo había callado.
Y Antoni, el primero, había vuelto la espalda a esta mesa con un papel en la mano y un sollozo en la garganta.
Ernest se quitó las gafas.
Las plegó despacio, las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al bloc de notas. Y por primera vez desde que había llegado a aquella sala, se dio cuenta de que ya no le temblaban las manos.
—Tiene razón —dijo.
Bernadí arqueó una ceja.
—Se fueron. Todos. Y yo, si me dan la ocasión, me iré también.
—Ernest sonrió, con una sonrisa pequeña y cansada—.
Pero hoy no se me da. Porque esta noche, señor Vilaseca, no he venido solo.
He traído trescientos vecinos. Un cura. Una doctora.
Una maestra de escuela que lleva dos días sin dormir.
Y una campana. —Levantó la barbilla—. Yo puedo huir. Pero ellos no me dejan.
Se oyó un murmullo a su espalda. Alguien soltó una risa breve, nerviosa. Bernadí, sin dejar de mirarlo, torció la comisura de los labios.
—Me gustáis, notario —dijo—. Sois más listo que el otro.
* * *
Se sentaron juntos.
No había otra manera. Ernest lo comprendió mientras cruzaba los últimos metros hasta la cabecera, esquivando el pie de una silla y la sombra de una mano encadenada.
No podía leer una lista de nombres a doscientos veintiuno de personas que lo miraban con hostilidad.
No podía dar fe de nada en aquella sala si Bernadí, el que tenía la voz, el que mandaba sin haber sido nombrado nunca, no se lo permitía.
Y para que se lo permitiera, había que hacer lo que había hecho con Toni, con los vecinos, con los que llegaban a su despacho a firmar cosas que no entendían.
Había que sentarse a escuchar.
Se quitó la chaqueta. La dejó doblada sobre el respaldo de una silla.
Cogió el bloc, la pluma, y se sentó a la derecha de Bernadí, en la única silla que quedaba libre, la de la cabecera, tallada con racimos y hojas, más alta que las demás.
La silla del niño. Un murmullo recorrió la sala. Bernadí no dijo nada.
—Cuénteme quién era —dijo Ernest.
—¿Cómo?
—Usted. Antes de esto. —Abrió el bloc—. Voy a levantar un acta. No de los muertos. De los vivos que fueron. Y quiero empezar por usted.
Bernadí se quedó mirándolo.
—Yo no soy nadie —dijo—. Un capataz de vendimia. Mandaba una cuadrilla de veinte hombres. Se me daba bien.
—Tenía nombre.
—Bernadí Vilaseca.
—Tenía mujer.
Bernadí no contestó enseguida. Bajó los ojos hasta las manos atadas, con las cadenas plateadas apretadas contra las muñecas. Cuando volvió a hablar, lo hizo tan bajo que Ernest tuvo que inclinarse para oírlo.
—Isabel. —La voz le tembló—. Se llamaba Isabel.
Era pequeña. Le gustaba cantar mientras hacía la colada, en el río, con las mujeres.
Yo la oía desde el campo, y me distraía, y el capataz de al lado me gritaba: «¡Bernadí, que se te cae el cesto!
». —Sonrió sin querer—. Tenía la risa más fea del mundo.
Como un graznido. Pero era la única risa que yo oía en toda la comarca.
Ernest escribía.
—¿Tuvieron hijos?
—Tres. Dos niñas y un niño. Elionor, la mayor, que tenía doce años.
Marta, de nueve. Y el pequeño, Jaume, que había cumplido tres en abril.
Murieron primero ellos. Los tres. En una semana.
—Se le apagó la voz—. Yo los enterré en el huerto, con las manos, porque no dejaban entrar al cura. Y luego a Isabel. Y luego...
—Luego usted.
—Luego yo. —Se encogió de hombros con una lentitud terrible—. Me tocó el último de mi casa. Me eché en la cama, junto a la ventana, y esperé. Y cuando vinieron con la cal, me llevaron. Y aquí estoy.
Ernest dejó la pluma un momento sobre el papel.
—Lo siento mucho —dijo.
—No lo sintáis. —Bernadí levantó la vista, con los ojos húmedos y una expresión extrañamente serena—. Es lo primero que me preguntan en trescientos años. Cómo se llamaba mi mujer.
* * *
Hablaron durante casi una hora.
Ernest no supo nunca cuánto tiempo pasó.
Lo recordaría después como un tiempo extraño, elástico, hecho de silencios largos, de frases interrumpidas, de risas cortas y de lágrimas contenidas.
Bernadí le contó lo que era el trabajo en la vendimia, la hora exacta a la que había que cortar la uva, el olor a mosto en las cubas, la forma de atar un cesto para que no se derramara.
Le contó cómo se llamaba el perro que tenía cuando era niño.
Cómo cantaba su madre. Lo mal que le sentaba el aguardiente.
Ernest escribía sin parar, con la letra grande y apretada, sin levantar la vista, y de vez en cuando, sin darse cuenta, hacía una pregunta.
Y cada pregunta abría una puerta, y detrás había una habitación entera de vida guardada.
En algún momento, sin que nadie lo notara, un murmullo distinto empezó a recorrer la mesa.
Los que estaban sentados cerca de la cabecera se habían ido inclinando hacia ellos.
Escuchaban. Alguien murmuró: «Bernadí, ¿te acuerdas de la fiesta de San Miquel?
». Otro respondió: «Yo tocaba el laúd». Una mujer: «Y mi hermana bailaba».
Y de pronto, sin planearlo, sin permiso, la mesa entera se había puesto a hablar.
Todos a la vez. Bajito. Con frases cortas y risas ahogadas. Hablaban de los tiempos anteriores a la fosa, de las casas que habían tenido, de los hijos que habían criado, de las cosas que echaban de menos. Ernest, sin dejar de escribir, sintió un nudo en la garganta que le impedía tragar.
Se había pasado la vida redactando actas de defunción. Había escrito cientos. Y nunca, jamás, había hecho una que fuera al mismo tiempo un acta de nacimiento.
* * *
—Hay una cosa que no os he dicho —dijo Bernadí.
Ya casi no quedaba tinta en la pluma. Ernest la sacudió, por instinto, contra el borde del bloc.
—Dígala.
—No tengo miedo solo por mí. —Bernadí bajó la voz—.
Tengo miedo por los otros. Por los que no vinieron con nosotros.
—Señaló con la barbilla hacia el tercer puesto de la mesa, donde una niña de trece años con dos trenzas lloraba en silencio mientras una anciana de abrigo largo, arrodillada a su lado, le cogía las dos manos—.
Por la pequeña. Por la Mercè, la de mil ochocientos doce, que lleva dos siglos sentada al final de la mesa.
Por los guardas que comieron y se quedaron.
Por todos los que llegaron después de la peste, con hambre y con amor, y se sentaron con nosotros para no dejarnos solos.
Ernest lo miraba.
—Nosotros los quisimos —dijo Bernadí—. No los llamamos, pero los quisimos.
Los cuidamos, los abrigamos con lo poco que teníamos.
Les dijimos cómo sentarse. Y ellos... —Se le rompió la voz—.
Ellos comieron un higo. Un higo. Es lo que pasa aquí con quien come.
Quedan atados. Ya no hay forma de que vuelvan a subir.
Solo se puede quedar uno en su lugar, y ninguno de nosotros ha querido nunca pedírselo a nadie.
Se le quebró del todo.
—¿Qué hacemos con ellos, notario? Si nos vamos, ¿quién los deja ir?
* * *
Se hizo un silencio como Ernest no había conocido nunca.
Era el silencio de una sala llena. Trescientas personas de pie, doscientas veintiuna sentadas, todos con los ojos fijos en el notario, esperando.
Y él, con la pluma seca en la mano y un bloc lleno de vidas, comprendió de golpe que aquella era la pregunta.
La única. La que nadie se había atrevido a hacer.
Y que no tenía respuesta en ningún código.
Se puso de pie.
Miró a Bernadí. Miró al niño, que había venido a colocarse discretamente al lado de Carme, agarrado a su falda, con los ojos muy abiertos.
Miró a Vidal, que tenía la vista clavada en una niña de trece años.
Miró a Pilar Roca, que lloraba sin disimulo, con las manos de su alumna entre las suyas.
Miró al sobre lacrado que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta.
Y entonces, con una voz que casi no era suya, dijo:
—No lo sé.
Nadie respiró.
—No lo sé, señor Vilaseca. Le prometo que no lo sé.
—Se pasó una mano por la cara—. Pero le digo lo que sí sé.
Sé que los que se quedaron por hambre y por amor lo hicieron porque nadie les había explicado la salida.
Y que si hay una entrada, hay una salida.
Es lo único que aprende un notario en treinta años: que toda escritura tiene su cláusula de extinción.
Y que, aunque cueste encontrarla, existe.
Bernadí lo miraba fijamente.
—No la conocemos. Pero la vamos a buscar. Juntos. Esta noche. Con los nombres, con la comida, con el niño, con el pueblo. —Ernest levantó la barbilla—. Y quiero pedirle una cosa.
—¿Qué?
—Que me deje empezar.
* * *
Bernadí tardó mucho en contestar.
Se miró las manos atadas. Miró la sala, el techo alto, las paredes lisas. Miró a su gente, sentada en su sitio de siempre, con los platos vacíos y las copas sin llenar. Y por último miró a Ernest, con los ojos hundidos y la barba gris y una expresión de infinita fatiga.
—Con una condición.
—La que sea.
—Que me leáis el último.
Ernest parpadeó.
—¿El último?
—Soy capataz. —Bernadí sonrió, por primera vez con franqueza, una sonrisa ancha y desgastada que le quitó veinte años de encima—.
Es una regla del oficio. En el campo, el capataz es el último que sale.
Cuando se acaba la jornada, se cuenta a la gente.
Se comprueba que no falta nadie. Se apagan los fuegos.
Y solo entonces, con la cuadrilla en casa, se cierra el portón y se vuelve uno.
—Se le humedecieron los ojos—. Yo no sé cómo se hace lo que vais a hacer.
Pero si va a haber una salida, quiero ser yo el que se asegure de que todos salen.
Uno por uno. Hasta la niña. Hasta la Mercè.
—Hecho —dijo Ernest.
—Y una más.
—Dígala.
Bernadí miró al niño.
Y el niño, que llevaba todo aquel tiempo callado, con los ojos muy abiertos, dio un paso adelante.
Después otro. Cruzó los últimos metros de la sala con la mano de Carme apretada en la suya, hasta plantarse ante la cabecera de la mesa, delante del hombre de barba, con la cabeza echada hacia atrás para poder mirarlo.
—Hola, Bernadí —dijo.
El capataz se puso de rodillas. Con las manos atadas, con la barba sobre el pecho, con la lentitud de quien se arrodilla ante una cosa mucho más grande que él. Y dijo, en un susurro tan bajo que solo lo oyeron los que estaban más cerca:
—Perdóname, hijo.
El niño lo miró un buen rato.
—Ya te he perdonado —dijo—. Hace mucho. Pero puedes decírmelo otra vez, si te hace falta.
Y Bernadí Vilaseca, capataz de vendimia, trescientos años muerto, se echó a llorar.