45. El descenso
CUARENTA Y CINCO
El descenso
Pilar Roca había contado a sus alumnos durante cuarenta y dos años, y no pensaba dejar de hacerlo a la puerta del infierno.
Trescientos doce. Los había ido apuntando en el cuaderno de cuadros a medida que se ponían en fila, junto al brocal del pozo, bajo un cielo que se oscurecía deprisa: hombres con las ollas a la espalda, mujeres con los cestos de pan, adolescentes cargando bancos plegables, ancianos con el rosario en la mano y la boca apretada.
Trescientos doce vecinos de Sant Martí dels Vinyers, más los de la finca, más los que habían llegado de los pueblos de al lado cuando se corrió la voz, esa mañana, de que iba a ocurrir algo importante.
Y ella, en el sitio que le correspondía, a la cabeza de la fila, con su bastón, su abrigo largo y las gafas de cerca prendidas del cuello con un cordón, mirando el pozo abierto en mitad del patio.
Setenta y dos escalones. Ya se los sabía de memoria.
—De diez en diez —dijo, con la voz que usaba para los pasillos del colegio—. Sin correr. Sin empujar. Cada grupo espera a que el de delante llegue al descansillo de los veinte peldaños. Y el que tenga miedo, que lo diga, que aquí nadie se va a reír.
Nadie se rió. Pero una mujer, al fondo, levantó la mano con timidez.
—Tengo miedo, señorita Pilar.
—Yo también, hija. —Le sonrió—. Ven aquí, a mi lado.
* * *
La campana bajó primero.
Había sido idea de Pere Sala, el mecánico, con su cabria de tres patas y su aparejo de poleas.
La habían colgado sobre el eje del pozo, en el hueco del centro, y la iban soltando cuerda a cuerda, con una lentitud que a Pilar le pareció casi litúrgica.
Doce hombres sujetaban la maroma. Otros cuatro, en la boca del pozo, la guiaban con varas de madera para que no rozara la piedra.
Cuando el bronce ennegrecido, envuelto en lonas, con la raíz blanca de la mano pegada al borde, desapareció en la oscuridad, se hizo un silencio tan hondo que alguien tosió, y todo el patio se estremeció.
—Que Dios le dé sitio —murmuró mosén Ramon, y se persignó.
Después empezaron a bajar ellos.
* * *
El primer grupo lo formaban Ernest y Julián, Vidal, Marc, la doctora, Pau, Carme y el niño.
Pilar los miró desde arriba, con las manos apoyadas en el bastón, mientras iban sumiéndose en la boca del pozo, iluminados por los faroles de queroseno que cada uno sostenía.
Ernest, en cabeza, con la chaqueta impecable y un sobre grande apretado contra el pecho.
Julián, detrás, muy serio, con la marca de la muñeca izquierda brillando un poco más de lo debido.
Marc, pálido como un cirio, apoyado en el brazo de la doctora Marquès, que llevaba en la otra mano una bolsa de suero y en los labios una expresión de rabia contenida.
Pau, con el cuaderno de dibujo bajo el brazo. Carme, con el niño de la mano.
El niño se volvió una vez, en el tercer escalón, y le hizo un gesto con la mano.
Pilar le devolvió el saludo. Y sintió, por primera vez en muchos años, un nudo en la garganta que no venía de la vejez.
* * *
Bajó en el cuarto grupo, con la mujer del miedo agarrada a su brazo.
No era difícil. Eso era lo que no se esperaba: que una escalera de piedra, estrecha, húmeda, tallada por manos de hace tres siglos, pudiera descenderse con tanta facilidad.
Los peldaños estaban gastados en el centro, con una hendidura suave donde miles de pies invisibles habían dejado su marca.
El aire, a medida que bajaban, iba enfriándose, primero de forma casi agradable, después con una humedad que se les metía en los huesos.
Cada diez escalones, alguien había colgado un farolillo de papel de la pared.
Sus lucecitas amarillas dibujaban un camino en zigzag hacia abajo, y a Pilar le pareció que la escalera entera respiraba.
Detrás de ella, un murmullo. Al principio se lo tomó por rezos. Después distinguió la melodía.
—«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga...»
Alguien había empezado a cantar. Una voz de hombre, grave, poco afinada.
A los pocos peldaños se le unió otra, de mujer, y otra, y otra.
El coro de la parroquia, que llevaba una semana ensayando en el salón de la iglesia, iba cantando bajito, sin director, sin instrumentos, con las cabezas gachas y los ojos húmedos, mientras el descenso continuaba.
La nana llenaba la escalera como un agua tibia.
Subía por las paredes, bajaba por la garganta del pozo, se perdía por debajo de las suelas.
Setenta y dos escalones. Pilar los fue contando en voz baja. Los treinta. Los cuarenta. Los cincuenta.
En el sesenta, el olor cambió.
* * *
Era pan.
Pan caliente, esponjoso, de miga blanda y corteza dorada, con un fondo dulce de anís y de vino y de algo más antiguo que ninguno de ellos supo identificar.
La mujer del miedo se detuvo en seco y se llevó la mano a la boca.
Detrás, alguien murmuró «Dios mío». El coro dejó de cantar durante un compás.
Después, con más fuerza, con más ganas, con la rabia dulce de quien decide no dejarse tentar, volvió a empezar.
Pilar apretó el bastón.
—Nadie come nada —dijo, sin volverse—. Nadie bebe nada. Nadie contesta si le hablan. Lo hemos hablado veinte veces y lo vamos a cumplir. —Le temblaba la voz, pero no se quebró—. Yo tampoco. Y a mí me encantan las lentejas.
Alguien se rió. Una risa breve, nerviosa, que aflojó la tensión de la fila entera. Y los pasos siguieron bajando.
En el setenta y uno, la escalera se abrió.
* * *
Pilar se detuvo en el último peldaño y miró.
Era una sala inmensa. Excavada en la roca viva, con un techo tan alto que las luces de los farolillos no llegaban a tocarlo, y las paredes lisas, pulidas, sin una sola grieta.
Estaba iluminada por una claridad indefinible, amarillenta y tibia, que no salía de ninguna parte.
Y en el centro, ocupándolo todo de punta a punta, atravesándolo con una longitud imposible de calcular, una mesa.
Una mesa de roble oscuro. Con manteles blancos. Con platos de barro colocados a distancias exactas, con copas, con jarras, con panes redondos humeantes. Y sentados a ella, todavía, inmóviles, con las manos sobre el mantel y las cadenas plateadas brillando en las muñecas...
Pilar dejó de contar.
Porque de repente había algo que no cuadraba. Y ella, que había aprendido en cuarenta y dos años a detectar a un niño que falta en una fila con solo pasar la vista, lo vio de inmediato.
Las sillas vacías habían desaparecido.
* * *
Lo comprendió por partes.
Marc les había hablado de ellas. De las ciento veinte sillas de respaldo alto que se habían ido vaciando cuando Ernest leyó los primeros nombres.
De la mesa con huecos, de los montoncitos de tierra, de las lucecitas del tamaño de un dedal.
Ese era el sitio que había pensado ocupar la gente del pueblo: los huecos.
Un lugar para cada vivo junto a cada muerto, sentados codo con codo, con sus propios platos y su propio pan.
Pero los huecos ya no estaban.
Alguien había juntado las sillas. Había arrastrado los respaldos, uno tras otro, cerrando cada hueco, apretando a los que quedaban, hasta que la mesa entera, de un extremo a otro, era una sola hilera ininterrumpida de figuras hombro con hombro, sin un centímetro libre.
Doscientas veintiuna personas sentadas tan apretadas que parecían una sola criatura.
Y las ciento veinte sillas sobrantes, apiladas sin ningún miramiento a lo largo de una pared, formaban una barrera oscura y absurda de madera.
—No hay sitio —dijo alguien, a su espalda, en un susurro.
El primer grupo se había detenido junto a la escalera.
Pilar los vio, a diez pasos, alineados en un semicírculo.
Ernest, con el sobre apretado contra el pecho.
Julián, con los puños cerrados. Marc, sostenido por la doctora, con los ojos muy abiertos.
El niño, aferrado a la mano de Carme, temblando de la cabeza a los pies. Ninguno se movía.
En mitad de la sala, frente a ellos, a la cabecera de la mesa, había un hombre de pie.
* * *
Era grande. Ancho de espaldas, con una barba densa y descuidada que le cubría medio pecho, y unas manos como palas, atadas a la altura de las muñecas con cadenas plateadas.
Vestía ropas de otra época: un jubón de cuero curtido, una camisa de lino, pantalones de paño basto.
Y tenía la cara marcada por las arrugas de un hombre que ha pasado mucho tiempo mandando, con una mirada dura, cansada, sin ninguna crueldad.
—Bienvenidos —dijo.
Pilar sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos. La voz llenó la sala sin necesidad de levantarse. Una voz de bajo, oscura, sonora, con el acento cerrado y antiguo de los campesinos del Penedès de hace tres siglos.
—Bernadí Vilaseca —dijo Ernest, y su voz, aunque quebrada, no vaciló—. Capataz de vendimiadores. Cuarenta y cuatro años. —Dio un paso adelante—. Vengo a leer los nombres.
—Lo sé.
—Y a rezar por ustedes. Y a darles de comer.
—Ya lo sé. —El hombre sonrió, una sonrisa cansada y sin rastro de burla—. Los hemos oído bajar durante media hora. Cantando. Con las ollas. Con el pan de anís. —Dejó caer la vista sobre el sobre que Ernest llevaba contra el pecho—. Y con un papel donde está el nombre del niño.
Nadie dijo nada.
—No es que no queramos irnos, notario —dijo Bernadí, y por primera vez su voz se rompió, apenas un poco, como una cuerda muy tensa que cede un hilo—.
Es que no sabemos cómo. Llevamos tres siglos aquí.
Tres siglos sentados a una mesa, con el mismo frío y el mismo hambre.
Y en todo este tiempo ha habido una sola cosa que nos ha mantenido enteros.
Miró a su alrededor, a los doscientos veinte rostros que lo seguían con la mirada.
—El hambre. —Su voz ya era un susurro—. Si nos la quitáis, no queda nada de nosotros.
Y en el silencio que siguió, desde el fondo de la mesa, tres sillas más allá de la escalera, una niña de trece años con dos trenzas castañas levantó por fin la cabeza. Miró a Pilar. Abrió mucho los ojos.
—¿Señorita Pilar? —dijo, muy bajito.
Y Pilar Roca, setenta años, cuarenta y dos de escuela, sintió cómo se le caía el bastón de la mano.