44. La víspera
CUARENTA Y CUATRO
La víspera
La campana llegó al patio a las cinco de la tarde, colgada de una cabria de tres patas, envuelta en lonas viejas y arrastrada por seis hombres y un tractor.
La dejaron en el centro del empedrado, junto al pozo abierto, sobre un lecho de sacos de arena.
Nadie habló mientras la depositaban. Los hombres soltaron las cadenas, se secaron el sudor de la frente, y se quedaron mirándola con las manos en los bolsillos, como quien ha llevado una cosa muy pesada y no sabe si es lícito tocarla.
Era enorme. Casi un metro de altura, de un bronce oscuro cubierto de cardenillo, con la boca hacia abajo y una raíz negra abrazada a su borde como un brazo dormido.
Mosén Ramon se acercó despacio. Tocó el bronce con la yema de un dedo. Después, sin una palabra, se persignó.
—Está fría —dijo.
—No —dijo el niño, a su lado—. Está esperando.
* * *
Al caer la noche, los vecinos montaron la cena.
No estaba prevista. Nadie la había organizado, pero era imposible que no ocurriera.
A las ocho, las mesas de caballetes que habían servido para preparar la comida de difuntos fueron colocándose una tras otra sobre el empedrado, en dos hileras largas, paralelas, con bancos a los lados y faroles colgados de los ganchos de la fachada.
Salieron las primeras ollas de la cocina.
Alguien sacó una guitarra. Alguien más trajo una garrafa de vino, y Pilar Roca, desde su sitio de honor, le puso encima una mirada tan severa que el hombre volvió a llevársela sin decir nada.
—Esta noche, agua —dijo—. Y del pueblo.
Se sentaron trescientos. Ernest, junto a Montse, que había llegado esa misma tarde en el tren de Barcelona con una maleta pequeña, una labor de punto y una expresión de resignada firmeza.
Julián y Marc, con Pau en medio, los tres apretados en un banco demasiado corto.
Vidal, al lado de Pilar, sin decir nada, con una hogaza envuelta en un pañuelo sobre las rodillas.
El sargento Vallès, sin uniforme, con una chaqueta de punto que le quedaba pequeña y la cara todavía hinchada de haber llorado.
Mosén Ramon. Toni y su mujer. Pere Sala y sus hombres.
Y a la cabecera de la mesa, sentado en una silla alta que alguien había traído de la casa, con las piernas colgando y una cuchara de madera en la mano, un niño de siete años.
Nadie se lo había pedido. Simplemente, cuando Carme lo sentó allí, todos comprendieron que era el sitio.
Ernest pensó que era la imagen más hermosa que había visto en su vida. Y la más terrible. Porque era exactamente igual, con otra luz, con otras caras, con otro final posible, a la que estaba esperando a treinta metros bajo tierra.
* * *
—¿Y si no quieren irse?
Fue el niño quien lo preguntó, en mitad de la cena, con la boca llena de lentejas. Se hizo un silencio inmediato en la cabecera de la mesa, y por contagio en el resto. Los que estaban cerca dejaron de comer. Los lejanos se volvieron.
—¿Quiénes? —preguntó Ernest.
—Los que se quedan. —El niño dejó la cuchara—. Bernadí. Y los otros. Los que dicen que sin la mesa no son nada.
Ernest se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo, despacio, ganando tiempo. Cuando las volvió a poner, se dio cuenta de que todo el patio lo miraba.
—No lo sé, hijo. —Y era verdad—. No tengo ninguna manera de saberlo. Puede que cuando oigan sus nombres y vean la comida y escuchen el responso, se levanten como los otros. Y puede que no.
—¿Y entonces?
—Entonces nos sentaremos con ellos. —Sonrió—. Todas las noches que haga falta. Hasta que se cansen de estar solos.
El niño lo miró largo rato, con los ojos muy abiertos.
—Eso es lo que hizo Carme conmigo —dijo.
—Sí.
—Y funcionó.
—Más o menos.
Y se echó a reír, con esa risa suya, corta y cristalina, que en los últimos días había empezado a ganar cuerpo y a parecerse cada vez más a la risa de un crío de verdad.
* * *
Fue Julián quien se dio cuenta de que Marc no comía.
Lo notó a la mitad de la cena, por el rabillo del ojo.
El plato lleno, la cuchara sin tocar, las manos apoyadas en el borde de la mesa con esa rigidez de quien se agarra a algo.
Iba pálido. Muy pálido. Con la piel de la cara casi transparente bajo la luz de los faroles, y los labios secos, y en los ojos una brillantez febril que Julián no había visto desde la primera mañana.
—Marc.
—Estoy bien.
—No lo estás. —Julián le puso una mano en la frente, y la retiró con un respingo—. Estás ardiendo.
—No es nada.
Pau ya se había levantado. Lo agarró por el brazo, con una expresión de pánico contenido, y llamó en voz baja a Pilar, que llamó a su vez a alguien, y cinco minutos después había llegado, con su maletín de cuero y su bata blanca todavía a medio abrochar sobre un vestido de fiesta, la doctora del pueblo.
Se llamaba Sílvia Marquès. Tenía cuarenta y pocos años, gafas de montura fina y una manera de mirar a los enfermos que no admitía réplica. Se llevó a Marc a la cocina, a solas, y estuvo dentro cuarenta minutos. Cuando salió, tenía la boca apretada.
—Desnutrición severa —dijo—. Deshidratación. Anemia. Una infección respiratoria que lleva días en marcha y que él no ha dicho a nadie. Y algo más, que no soy capaz de explicarme. —Se quitó las gafas—. Tiene el cuerpo de una persona de noventa años. Está vivo por pura terquedad.
—¿Puede bajar mañana? —preguntó Ernest.
—No —dijo ella—. Ni mañana ni nunca. Necesita un hospital. Suero. Reposo. Dos semanas, como mínimo, con vigilancia constante.
—Yo voy a bajar —dijo Marc.
Había salido de la cocina sin que nadie lo oyera. Estaba de pie en el umbral, con una manta sobre los hombros, sujetándose el marco con una mano, y hablaba con una serenidad que dejó a todos sin aire.
—Tengo que estar allí. Soy el único que ha visto la mesa entera. El único que sabe cómo se sienta uno. —Miró a la doctora—. Sé lo que me juego. Se lo agradezco. Pero voy a bajar.
—Marc —dijo Julián, con la voz rota.
—Primo.
—Por favor.
Marc sonrió. Era aquella sonrisa pequeña y torcida, la de siempre. Se acercó despacio, arrastrando los pies, y le puso las dos manos en las mejillas, con una ternura que Julián no le había visto nunca.
—Yo no me muero mañana —dijo—. Te lo prometo. Pero si no bajo, me muero de otra manera. Y esa es peor.
Julián cerró los ojos. Le temblaba la barbilla.
—De acuerdo —dijo la doctora Marquès, tras un silencio largo, con una voz seca, casi enfadada—. Entonces bajo yo con usted. Y llevaré una bolsa de suero.
* * *
A medianoche se fue apagando la fiesta.
Los vecinos se marcharon en grupos, unos a sus casas, otros a dormir en los coches y en los pajares, otros a las cocinas, donde había que dejar preparadas las ollas para el amanecer.
Las mesas quedaron vacías. Los faroles fueron apagándose uno a uno, y el patio se sumió en una oscuridad tibia, olorosa a leña y a especias.
Ernest no pudo dormir.
Lo intentó. Se acostó en la cama estrecha que le habían preparado en el comedor, con los zapatos puestos y la chaqueta doblada sobre una silla, y estuvo un buen rato mirando el techo.
Repasó mentalmente la lista de nombres. Ciento veinte ya leídos, doscientos veintiuno por leer.
El orden. La fórmula. El tono. El silencio previo a cada nombre.
Después, al cabo de una hora, se levantó, y sin hacer ruido salió al patio.
La luna era una hoz muy fina. En el centro del empedrado, bajo el resplandor mínimo de las estrellas, la campana seguía en su lecho de sacos, quieta, oscura, con la raíz blanquecina pegada a su borde como una mano.
Se sentó a su lado.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en un saco de arena, y dejó que el silencio de la noche le llenara los oídos.
Tenía sesenta y tres años. Llevaba treinta y uno leyendo escrituras.
Y jamás, en toda su vida, había estado tan seguro de que lo que iba a hacer al día siguiente era lo único que importaba.
—Tengo miedo —dijo, en voz baja.
Nadie contestó.
—Tengo miedo de equivocarme. De que me tiemble la voz.
De leer mal un nombre. De que se levanten los que quieren levantarse y se queden los que no puedan...
—Se pasó una mano por la cara—. Tengo miedo de no ser lo que tú creías que era.
De que la carta dijera que era un buen notario, y yo lo sea solo en los despachos.
Puso una mano sobre el bronce.
Estaba frío. Áspero. Con una pequeña vibración, casi imperceptible, que le subió por el brazo hasta el hombro y le recorrió la espalda como un escalofrío. Ernest cerró los ojos.
Y entonces, muy bajo, con un tono cansado y afectuoso, con un ligero acento de Barcelona y una manera de acortar las vocales que había reconocido desde niño, una voz dijo, desde muy dentro del bronce:
—Ernestet.
Fue una sola palabra. Ni una más. No había en ella la sospecha de una trampa, ni el timbre calculado de las voces de los mayores.
Solo esa palabra, dicha con una ternura tan honda que a Ernest se le llenaron los ojos de lágrimas sin ningún esfuerzo, y una paz inmensa, inexplicable, se le extendió por dentro como agua tibia.
—Papá —susurró.
El bronce vibró un instante. Después calló.
No hubo más. Pero Ernest se quedó ahí mucho rato, con la mano apoyada en la campana, respirando muy despacio, mientras a su alrededor la noche se llenaba de sonidos pequeños: un grillo, una lechuza, el crujido de una rama.
Y comprendió, con una tranquilidad que no había sentido en toda su vida, que el miedo no se había ido.
Solo se había hecho más pequeño. Del tamaño exacto de un hombre que tiene algo importante que hacer.
* * *
Al fondo del patio, junto a la puerta de servicio, sentado en el umbral con las piernas cruzadas y un cuaderno en el regazo, Pau dibujaba a la luz de una vela.
Había dibujado a Ernest junto a la campana, con la mano apoyada en el bronce y la cabeza baja.
Lo había hecho sin que nadie se lo pidiera, sin siquiera decidirlo, con trazos rápidos y seguros.
Después había pasado la página y había empezado otro.
Un retrato de mujer. Morena, cincuenta años, con delantal de flores.
Tenía la boca entreabierta, como a punto de decir algo.
Se detuvo.
Miró el dibujo durante mucho tiempo. Después, con una expresión que Julián, que lo observaba desde la ventana de arriba con el corazón encogido, no habría sabido describir, abrió la boca y, muy bajito, casi sin voz, empezó a tararear.
No la nana. Otra melodía. Sencilla, de dos notas, una que se canta a los niños para que no lloren.
No sabía cómo la sabía. No sabía quién se la había cantado nunca.
Pero sus labios formaban las notas con una precisión que no se aprende, y al terminar el primer compás se quedó muy quieto, con la boca abierta, mirando el retrato.
Y una lágrima le cayó sobre el dibujo, y borró un trazo del delantal.
—Me cantaba esto —susurró—. Antes de dormir. No me acordaba.
* * *
Amaneció sin niebla.
Fue un amanecer limpio, transparente, de un azul muy pálido, con un aire tan frío que picaba en la nariz. El sol subió despacio sobre la ladera. Las mesas del patio, ya vacías, se cubrieron de rocío. En la higuera cantó un mirlo.
Y en la cocina, mientras el pueblo entero se ponía en pie para la última jornada, una mujer de pelo blanco y un niño de siete años se sentaron a desayunar. Ella le sirvió un vaso de leche con un poco de anís. Él se lo bebió despacio, sin decir nada, con los ojos fijos en la ventana.
—Hoy es el día —dijo.
—Sí.
—Tengo un poco de miedo.
—Yo también, cariño. —Carme le puso una mano en el pelo—. Pero vamos a ir todos juntos.
El niño se quedó pensando.
—¿Y si me acuerdo? —preguntó al fin—. De cómo me llamo. ¿Y si me acuerdo y me voy?
Carme no contestó enseguida. Le acarició el pelo, una y otra vez, con el gesto lento y automático de una madre que lleva treinta y tres años haciéndolo.
—Si te acuerdas, te vas —dijo—. Y me dolerá muchísimo. —Sonrió, con los ojos húmedos—. Pero esta noche, antes de que te vayas, voy a cantarte la nana entera. Con el nombre puesto. Y voy a estar contigo hasta el último verso.
El niño la miró.
Y sin decir nada, con esa seriedad suya que tanto se parecía a la de otro niño que ella había perdido, apoyó la cabeza en su hombro.