La casa de las cubas 43. El panadero
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43. El panadero

CUARENTA Y TRES

El panadero

A Vidal no se le ocurrió sospechar de Toni hasta que vio sus manos.

Fue por la mañana, a las seis y media, cuando el panadero llegó a la finca con su furgoneta cargada de sacos de harina de su propio almacén, esos que Pilar había mandado traer para sustituir los que habían aparecido abiertos.

Vidal estaba junto al abrevadero, con una taza de café en la mano y la vara de avellano bajo el brazo, mirando cómo descargaban.

Toni saludó con un cabeceo, sin sonreír, con una expresión ausente que Vidal, por desgracia, conocía muy bien.

La había tenido él mismo durante cuarenta años. Y entonces le vio las manos.

Tenía las uñas sucias de algo pardo.

No de harina. No de barro. Un polvillo fino, oscuro, pegado a la piel en los bordes de los dedos, con una textura que Vidal habría reconocido con los ojos cerrados: la misma que se le había quedado a él bajo las uñas la noche del frasquito, cuando hurgó en la caja de latón.

Higo seco.

—Toni —dijo, muy suavemente.

—¿Qué?

—Enséñame las manos.

*   *   *

No lo negó. Ni siquiera protestó.

Se quedó de pie junto a la furgoneta con las manos extendidas delante de él, y las miró largamente, con una expresión de incredulidad tan sincera que a Vidal se le encogió el corazón. Después le empezaron a temblar los labios.

—No —dijo—. No, yo... Yo no he...

—Ayer noche, ¿dónde estabas?

—En casa. En la cama. Con mi mujer. Me acosté a las diez, después de la cena de la finca, y no me levanté hasta las... —Se detuvo. Hizo un gesto de duda con la cabeza—. Me levanté a las cuatro. Como siempre. Para encender el horno.

—¿Y antes?

—Antes... —Tragó saliva—. No sé. Mi mujer dice que a las dos y pico me oyó bajar la escalera.

Pero yo no me acuerdo. Me dijo que estaba durmiendo, con los ojos abiertos.

Que fui hasta el almacén, abrí la puerta con la llave y volví a subir.

Me lo contó esta mañana, y me reí. —La voz se le rompió—. Me reí, Vidal.

Vidal le puso una mano en el hombro.

—Vamos a hablar con el notario.

*   *   *

Encontraron a Ernest en el comedor de la finca, con cuarenta y cuatro folios de testimonios extendidos sobre la mesa y una taza de café que había dejado de humear hacía horas.

Escuchó el relato de Vidal sin interrumpir, con los dedos entrelazados delante de la boca, y cuando terminó se quedó unos segundos callado.

—¿Desde cuándo trabaja para la finca? —preguntó por fin.

—Yo no trabajo para la finca —dijo Toni.

—Entrega pan.

—Sí. Los sábados. Un pan grande, de kilo y medio, que dejo en la puerta de servicio a las seis de la mañana. Sin cobrar.

Ernest levantó una ceja.

—¿Sin cobrar?

—Me lo pagaban en especie. —Toni se encogió de hombros, incómodo—.

Una garrafa de vino, cada mes. Del bueno, de los Rovira.

Es lo que hacía mi padre. Y mi abuelo, y su padre antes que él.

—Se pasó la mano por la nuca, mirando al suelo—.

Es una tradición de la panadería. Me lo dijo mi padre cuando me pasó el horno, hace veintitrés años.

«Los sábados, un pan para la finca. No preguntes».

Vidal sintió que se le cortaba la respiración.

Había estado toda la vida bajo aquel techo.

Cuarenta y un años recogiendo hogazas de la puerta de servicio los sábados por la mañana, calientes todavía, envueltas en un paño de lino, y llevándolas a la cocina, y a la mesa.

Y jamás le había preguntado a nadie quién las hacía.

Porque no se lo habían dicho. Porque no había hecho falta.

Porque la mesa, la de abajo, la larga, la de las sillas de respaldo alto, siempre había tenido pan tibio.

—Dios mío —susurró—. El pan de la mesa.

Ernest le miró.

—El pan que comí yo —dijo Vidal— hace cuarenta y un años. El que me supo a la cocina de mi madre. —Le temblaba la voz—. Lo hizo su padre, Toni. Lo amasó en su horno. Y lo dejó en la puerta.

El panadero se había quedado blanco como un papel.

—Yo no sabía...

—Ninguno sabíamos —dijo Ernest, con suavidad—.

Es lo que tienen estas cosas, señor Ribes.

Las hacen muchas manos, cada una haciendo un trozo pequeño, sin ver el conjunto.

Un guarda. Un notario. Un vinatero. Un panadero.

—Sonrió, con una tristeza infinita—. Ninguno es culpable de todo. Pero nadie está libre.

*   *   *

Fue Ernest quien encontró la forma.

Llevaba media hora en silencio, con la mirada perdida en la pared, tamborileando con los dedos sobre el tablero de la mesa, cuando se le iluminó la cara de golpe con una expresión que Vidal conocía ya: la del hombre a quien se le acaba de ocurrir algo ridículamente sencillo.

—Es un contrato —dijo.

—¿Qué?

—El pan. El suministro. —Se puso de pie, con los folios en la mano—.

Señor Ribes: usted entrega un producto de forma periódica, a cambio de una contraprestación.

No hay documento escrito, pero hay costumbre, hay reiteración, hay reciprocidad.

Es un contrato verbal de suministro. Con la finca.

Con... —Se detuvo, miró a Vidal—. Con quien esté al otro lado de la finca.

—¿Y qué?

—Que los contratos de suministro se pueden resolver.

—Ernest se quitó las gafas, las limpió con el pañuelo, se las puso otra vez, con una expresión casi feliz—.

Con quince días de preaviso, según el Código Civil de Cataluña.

O de mutuo acuerdo, de forma inmediata, si las dos partes comparecen y firman.

—Pero la otra parte... —empezó Toni.

—La otra parte es la finca. Y la finca, ahora mismo, tiene un heredero. —Ernest abrió la puerta del comedor y gritó—: ¡JULIÁN!

*   *   *

Se hizo en el patio, a las nueve de la mañana, ante ciento cincuenta testigos.

No había otro sitio. No había mesa, ni escritorio, ni sello.

Ernest había sacado de su maletín un modelo de escritura pública, lo había fotocopiado por delante y por detrás en la impresora del despacho de Montse, y lo había rellenado a mano, con una letra pequeña y decidida, sobre el capó de la furgoneta de Toni.

Pilar Roca, con el abrigo puesto y las gafas de cerca, actuaba como testigo.

Mosén Ramon, con las mangas de la sotana arremangadas, como fedatario religioso.

Y Vidal, un poco apartado, con la vara de avellano en las manos, como quien asiste a un bautizo del que no está seguro de ser el padrino.

Toni y Julián se pusieron uno frente al otro.

—Por una parte —leyó Ernest, con la voz grave de las lecturas solemnes—, don Antoni Ribes Camps, panadero, mayor de edad, con domicilio en la plaza Major de Sant Martí dels Vinyers, en su propio nombre y derecho.

—Presente —dijo Toni.

—Y por otra parte, don Julián Rovira Ferrer, mayor de edad, heredero de la finca conocida como «La casa de las cubas», en su propio nombre y en el de la citada propiedad.

—Aquí —dijo Julián, con una risa nerviosa.

—Intervienen y dicen: que existe entre las partes, desde tiempo inmemorial, un contrato verbal de suministro de pan, consistente en la entrega semanal de una hogaza de un kilo y medio en la puerta de servicio de la finca, a cambio de una garrafa de vino mensual; que ambas partes, de mutuo acuerdo, y sin presión ni engaño alguno...

—Ojo con lo del engaño —murmuró Julián.

—...sin presión ni engaño alguno, otorgan la presente escritura de resolución total e inmediata del referido contrato, con efectos desde este momento, y liberándose recíprocamente de cuantas obligaciones pudieran derivarse del mismo, presentes o futuras, conocidas o desconocidas, directas o indirectas.

Se detuvo.

—«Desconocidas» —repitió Vidal, con un hilo de voz—. Eso es lo que importa.

—Eso es lo único que importa —dijo Ernest.

Toni cogió la pluma. Le temblaba tanto la mano que necesitó dos intentos para trazar la primera letra.

Firmó despacio, con una caligrafía infantil, redondeada, la de un hombre que había escrito muchos albaranes y pocas escrituras.

Julián firmó a continuación. Pilar Roca firmó como testigo, y mosén Ramon después.

Y por último Ernest, con la pluma estilográfica que había usado en tres mil escrituras, estampó su rúbrica, su sello y una fecha, y dijo, con la voz clara y firme que le salía de muy adentro:

—Doy fe.

*   *   *

Fue sutil.

Tan sutil que ninguno de los presentes habría podido decir, un minuto más tarde, cuál había sido exactamente el momento.

Un cambio en la textura del aire. Un aflojamiento, como el de un nudo que alguien desata en algún lugar muy lejano.

Toni, que estaba sosteniendo la pluma con la mano temblorosa, la dejó caer sobre la escritura.

Dio dos pasos hacia atrás. Y se sentó en el suelo, de golpe, con los ojos cerrados y la cara llena de lágrimas.

—Ya está —dijo, en un susurro—. Se ha ido.

—¿El qué? —preguntó Pilar.

—La cosa. La... La cosa que tenía aquí. —Se tocó la sien—.

Una especie de presión. Una vocecita que me decía a qué hora.

Que me decía «ahora». Llevaba veintitrés años ahí y no me había dado cuenta de que estaba.

Como el zumbido de una nevera. Y de repente...

—Se echó a reír, un poco histérico—. De repente hay silencio.

Se llevó las manos a la cara. Y a su alrededor, uno tras otro, los vecinos, que habían guardado un silencio respetuoso durante toda la ceremonia, se acercaron y le pusieron las manos en los hombros, en la cabeza, en la espalda. Sin decir nada. Sin dar explicaciones. Simplemente estando ahí.

Vidal los miró.

Y entendió, con una claridad que le atravesó el pecho, lo que había ido mal durante trescientos años.

No era solo que nadie hubiera preguntado.

Era que cada uno de los que sabían un pedacito se lo había guardado para sí, con la vergüenza de quien sospecha algo terrible y prefiere no comprobarlo.

Y aquella mañana, en un patio, con un papel firmado y una pluma, un panadero acababa de descubrir que lo peor de todo aquello se podía deshacer con una firma. Y con la mano de sus vecinos.

*   *   *

Cuando la gente empezó a dispersarse hacia las cocinas, Vidal se quedó un rato junto a la furgoneta de Toni, mirando cómo el sol subía por encima de la ladera.

Fue entonces cuando lo vio.

Sobre el capó, junto a la escritura firmada, olvidado por alguien, había un pedazo de pan. Una hogaza pequeña, redonda, dorada, con una cruz marcada en la corteza. Todavía humeaba. Vidal frunció el ceño. No recordaba que nadie la hubiera traído. Se acercó, con desconfianza, y la olió.

Anís.

No higo. No ceniza. Anís y harina y sal. Un pan sencillo, honesto, que olía exactamente a lo que decía el niño que había olido una vez. Y debajo, doblado en cuatro, un trozo de papel viejo, amarillento, escrito con una letra de muchacha, con caligrafía redonda y trazos temblorosos.

Lo desdobló.

«Per al noi. De part de tots. —Elisenda.»

Vidal se lo quedó mirando mucho rato.

Después, con un gesto muy lento, con una ternura que no sabía que le quedaba, envolvió la hogaza en el pañuelo que llevaba en el bolsillo y se la guardó junto al pecho, como quien guarda una carta que ha llegado desde muy lejos.

Y a sus espaldas, del fondo del pozo, muy hondo, con una voz cansada y por una vez sin rencor, alguien dijo despacio:

—Se nos ha acabado el panadero.

Y después, ya casi en un suspiro:

—Dos noches.