42. Ochocientas raciones
CUARENTA Y DOS
Ochocientas raciones
Pilar Roca organizó el ejército a las siete de la mañana, desde la mesa de la cocina de la finca, con un lápiz en la oreja y un cuaderno de cuadros abierto delante de ella.
Había dormido dos horas en un sillón. Se había lavado la cara con agua fría, se había recogido el pelo en un moño severo y se había puesto un delantal que alguien le había prestado, blanco, con una mancha de aceite en el bolsillo.
Y ahora, sentada a la cabecera de aquella mesa inmensa de roble, con setenta años y una energía que ninguno de los presentes habría sabido explicar, repartía órdenes con la voz de una directora de colegio a quien nadie ha llevado nunca la contraria.
—Toni: pan. Quinientas hogazas. Las que puedas hacer con el horno del pueblo y con el del bar de la plaza.
Sin harina de la finca, ¿entendido? Harina de tu almacén.
—El panadero asintió, con una expresión medio dormida y medio emocionada—.
Carme, el guiso. Lentejas con butifarra, que es lo que se hace en estos casos, y que aguantan.
Necesitaremos veinte ollas grandes. Y el caldo. Mucho caldo.
—¿Veinte? —preguntó Carme, con las manos ya metidas en un cesto de cebollas.
—Treinta, si las encontramos. —Pilar levantó la vista de su cuaderno y sonrió—. Y todas las ollas del pueblo están de camino. Mientras hablamos, hay veinte coches cargando cacharros.
Nadie le preguntó cómo lo sabía.
* * *
Al mediodía, la cocina de la finca era una fábrica.
Había mujeres pelando patatas en corros alrededor de las mesas.
Había hombres en mangas de camisa acarreando sacos de legumbres.
Había una hilera de hornillos de gas conectados a bombonas, y encima de cada uno una olla enorme humeando, con un olor que llenaba la casa entera y se colaba por las ventanas rotas hasta el patio.
En una esquina, un grupo de niños del pueblo se habían apoderado de una montaña de zanahorias y competían por ver quién las pelaba más deprisa.
En otra, dos ancianos jugaban al dominó sobre un barril, discutiendo a voz en cuello sobre la peste de mil novecientos dieciocho, que uno decía haber oído contar a su abuelo.
Carme lo miraba todo con una sonrisa dulce y ausente.
Era la segunda vez en su vida que estaba en una casa tan llena de gente, y se sentía como una náufraga a la que un barco recoge en mitad del mar y le pone una manta sobre los hombros.
Sentía, sobre todo, una curiosa ausencia de miedo.
La ausencia del miedo que había estado pegado a ella durante toda su vida, el de que algo se estropeara, el de tener que decidir.
—¿Sabes qué es lo raro? —dijo, a nadie en particular, mientras removía una olla—. Que no me acuerdo de haber hecho esto nunca. Y sin embargo, mis manos saben perfectamente cómo se hace.
—Es que eres su madre —dijo una voz a su lado.
Se volvió. El niño estaba junto a ella, de pie sobre un taburete, con una cuchara de madera casi tan grande como su brazo. Llevaba puesto un delantal de Pilar Roca, atado dos veces por la cintura, y tenía la cara manchada de harina. Sonreía.
—Yo tampoco me acuerdo de haber cocinado nunca —dijo—. Pero me sale muy bien.
Carme se echó a reír. Y se dio cuenta de que hacía días, quizás semanas, que no se reía así.
* * *
Mosén Ramon había pedido cuatro días de vacaciones al obispado.
Se lo había dicho a la secretaria del obispo con una voz temblorosa y una excusa vaga, «un asunto pastoral de cierta complejidad», y la mujer, al otro lado del hilo, se había quedado callada un largo rato antes de contestar: «Mosén, ¿está usted bien?
». Él le había respondido que no estaba seguro.
Después había colgado, se había sentado en un banco de la iglesia del pueblo, con las manos sobre las rodillas, y se había quedado un buen rato mirando el retablo. Y después se había puesto a trabajar.
Ahora, sentado a una mesa de campo en un rincón del patio, con las gafas en la punta de la nariz y los dedos manchados de tinta, redactaba un texto.
Había traído de la parroquia un misal antiguo, un ritual de exequias, un cuaderno de partituras del coro.
Tenía delante un montón de papeles llenos de correcciones y, a su lado, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la barbilla en la mano, Vidal.
—Lo que pasa —dijo mosén Ramon, con la voz de quien confiesa una vergüenza— es que no hay ningún rito para esto.
Para un funeral colectivo de víctimas de peste, sí; en la Edad Media se hacían.
Pero para trescientos cuarenta y un difuntos que llevan tres siglos sentados a una mesa, con la mitad ya levantada...
—Se rascó la nuca—. No hay precedentes, señor Vidal. No sé ni por dónde empezar.
—Por el principio —dijo Vidal.
—¿Qué principio?
—El de los que se murieron. —El viejo guarda miraba al frente, con los ojos brillantes—. Una misa por los difuntos. Lo que sea que se diga. Los nombres uno por uno, sin cantar. Un responso. Y después, la comida. —Se encogió de hombros—. Lo demás, mosén, se lo van a dar ellos.
Mosén Ramon lo miró largamente.
—¿Usted cree en esto?
—Yo he visto la mesa. —Vidal sonrió, con una tristeza infinita—. Creo que la gente sabe lo que necesita. Lo único que hace falta es que alguien les pregunte.
* * *
La campana fue lo más difícil.
Toda la tarde estuvieron trabajando en el agujero de la ladera, bajo el árbol más viejo de Cataluña.
Eran veinte hombres del pueblo, con sus cuerdas y sus poleas y sus sacos de arena, dirigidos por un mecánico de manos negras, Pere Sala, que había traído de su taller una cabria de tres patas y un aparejo de cadenas que llevaba veinte años sin usar.
Vidal, con su vara de avellano, controlaba cada movimiento.
Y Julián, tumbado en el fondo de la galería reabierta con una linterna frontal, observaba la mano de la raíz.
Los cinco dedos seguían apretados sobre el bronce. Pero ya no parecían crispados. Más bien descansaban, como los de un niño dormido que se ha quedado agarrado a un juguete.
—Hay que preguntarle —dijo Julián, en voz alta.
—¿A quién? —preguntó Pere Sala.
—Al que sostiene la campana.
Nadie se rió. En dos días, todos los hombres del pueblo habían aprendido a no reírse de ciertas cosas.
Fueron a buscar al niño.
Llegó en brazos de Marc, con las mejillas coloradas y una galleta a medio comer en la mano, y se quedó un rato quieto en la boca de la galería, mirando aquel agujero en la tierra con los ojos muy abiertos. Después bajó despacio, agarrado a la pared, y se sentó junto a Julián, delante de la campana.
—Hola —dijo.
La raíz no se movió.
—Vamos a llevarte con los demás —dijo el niño, muy bajito, en un susurro que Julián no habría oído de no estar a un palmo—. Tu mamá está esperándote. Y Lali. Y todos. Van a leer tu nombre entre muchos, no solo Julián. Y nadie te va a bajar más. Lo prometo.
Se quedó callado. Después, con una pequeña sonrisa, añadió:
—Y hay lentejas.
Los cinco dedos se abrieron.
Lentamente, uno tras otro, se despegaron del bronce, y toda la raíz, aquel brazo negro y retorcido que llevaba tres siglos aferrado a la campana, se relajó con un crujido suave, como de una rama que cede al viento. Y la campana, liberada, se hundió un poquito en la tierra.
—¡Ahora! —gritó Vidal, desde arriba.
* * *
Al atardecer, el niño detectó el sabotaje.
Había estado toda la tarde en la cocina, con Carme y las mujeres, ayudando como podía: removiendo caldos, pesando harina, repartiendo cucharadas de sopa a los que iban pasando.
Era una tarea que nadie le había asignado, pero que se había ido convirtiendo en costumbre: cada plato que salía de una olla pasaba antes por sus manos, y el niño lo miraba, lo olía y decía «sí» con la cabeza, o «no».
Nadie había dicho por qué. Pero Pilar lo había entendido a la primera.
—Una prueba de pan —había murmurado—. Como la que hacía Vidal.
Y ahora, delante de una hilera de hogazas recién sacadas del horno, con un olor a masa caliente que hacía la boca agua, el niño se detuvo. Miró la de la derecha. La de la izquierda. Estiró la mano, tocó la corteza de la tercera.
Y la retiró como si quemara.
—Esta no.
Toni, el panadero, se quedó con una pala en la mano.
—¿Qué le pasa?
—Está atada. —El niño se había puesto muy pálido—. Huele a higo.
Toni cogió la hogaza. La partió por la mitad, con las dos manos. Se la llevó a la nariz.
Nada. Olía a pan. A harina, a masa, a horno de leña.
—No huele a nada.
—Sí. —El niño retrocedió un paso, con la voz temblando—. Es un higo. Es muy pequeño. Está dentro. Lo han puesto mientras dormías. Lo han puesto con la harina.
Se hizo un silencio muy grande en la cocina. Pilar cogió el trozo de pan que le tendía Toni, lo desmigó despacio entre los dedos, con los ojos entornados, y se quedó mirando algo en la palma de la mano. Una hebra minúscula, casi invisible, de color pardo. Una fibra de higo seco.
—La harina —susurró Toni—. Esta mañana, por la mañana temprano, abrí el saco del almacén que tenía cerrado con llave... —Se le quebró la voz—. Y estaba abierto. Y yo no...
Nadie dijo nada. Fuera, el sol se ponía sobre la ladera, y las cigarras habían dejado de cantar.
—Tirad todo el pan del horno —ordenó Pilar, con la voz seca y firme—.
Todo. Empezad de cero. Y a partir de ahora, cada saco, cada barril, cada garrafa de aceite, pasa primero por este niño.
—Le puso una mano en el hombro, con firmeza cariñosa—.
Y nadie come nada que no haya cocinado él delante de todos.
* * *
Trabajaron hasta bien entrada la noche.
Cuando por fin la finca quedó en silencio, con las cocinas apagadas y las ollas tapadas y las doscientas hogazas nuevas —las que el niño había aprobado una a una— colocadas sobre las mesas del patio en hileras perfectas, Julián se sentó en el brocal del pozo, con las piernas colgando sobre el vacío, y respiró hondo.
Le dolía todo el cuerpo. Tenía las manos llenas de ampollas, el pelo apelmazado de sudor, y en la cara una sonrisa que no sabía de dónde le salía.
Carme se sentó a su lado.
Llevaba un vaso de leche caliente en cada mano.
Le dio uno a él, y se quedó con el otro.
Estuvieron un rato sin hablar, los dos, mirando el patio: los farolillos apagados, los bancos vacíos, la higuera oscura recortada contra las estrellas.
En algún lugar, cerca, alguien se reía en voz baja. Un perro ladró.
—Hoy me ha llamado «Julián» —dijo Carme, sin mirarlo.
—¿Quién?
—El niño. Le he preguntado cómo se llamaba mi hijo, para saber cómo era.
Y me ha dicho: «Julián. Se llama Julián.
Y lo quiero mucho». —Sonrió, con los ojos brillantes—.
No me lo ha contado nadie más. Me lo ha dicho él, sin que se lo pidiera.
Con esa manera que tiene de hablar, tan seria.
Y lo he entendido de otra manera. De una manera que no estaba en ningún libro.
Julián dejó el vaso sobre la piedra.
—Mamá.
—No sé cuándo me voy a acordar de ti —dijo Carme, y le puso una mano en la mejilla—. Puede que nunca. Pero ya no me duele tanto. Porque lo que me quitaron no se ha perdido. Está en otras manos. Y está muy bien cuidado.
Julián le cogió la mano. Le besó la palma, como cuando era pequeño y todavía no sabía que aquella mujer que le hacía la merienda tenía una vida entera de silencios que él no había preguntado nunca.
Del fondo del pozo, muy hondo, subió un tarareo.
Bajo, suave, desafinado. No la nana. Otra melodía. Una que ninguno de ellos conocía. Un canto lento, rítmico, casi ceremonial, entonado por muchas voces, con un dejo antiguo y solemne. Un canto que sonaba a preparativos.
—Se están preparando —murmuró Julián.
—Nosotros también.
Y arriba, en la ventana de la cocina, envuelto en una manta y con el cuaderno de dibujo sobre las rodillas, Pau dibujaba con lápiz, por la luz de una vela, un retrato de trescientas personas sentadas a una mesa muy larga.
Con sus platos. Con sus nombres. Con las sillas todas ocupadas, hasta la última.
Dos noches.