41. El àpat
CUARENTA Y UNO
El àpat
Ernest vio el resplandor desde la carretera comarcal, a tres kilómetros de la finca, y por un momento creyó que la casa estaba ardiendo.
Era una claridad naranja, difusa, que teñía el cielo nocturno sobre las colinas con un color de brasa, y que no se parecía a ninguna luz eléctrica que él conociera.
Frenó en un apartadero, con las manos crispadas en el volante y el corazón latiéndole en la garganta.
Llevaba veinte horas sin dormir. Había dejado a Joaquim en el quirófano de Igualada, con Empar sentada junto a la puerta, rezando en voz baja, y había conducido de vuelta sin atreverse a pensar en lo que podría encontrar al final.
Ahora, viendo aquel resplandor, comprendió que llevaba toda la noche esperando encontrar algo peor.
Arrancó de nuevo. Al llegar a la pista de tierra tuvo que detenerse otra vez, porque no había manera de pasar.
Los coches estaban aparcados a ambos lados del camino, en fila doble, con las luces apagadas y las puertas abiertas.
Furgonetas. Turismos. Un tractor con el remolque lleno de mantas.
Y en el suelo, entre los vehículos, en corros, sobre cajas de fruta y bidones y capós, gente.
Mucha gente. Hombres con la chaqueta echada sobre los hombros.
Mujeres con termos. Un par de ancianos con los abrigos abrochados hasta el cuello y una vela dentro de un vaso.
Nadie hablaba alto. Nadie parecía tener prisa.
Ernest bajó del coche. Se abrió paso entre las siluetas, pidiendo perdón en un murmullo, y a cada paso que daba, alguien se volvía, lo miraba a la cara y, con una extraña reverencia, se apartaba para dejarle pasar.
—Es el notario —oyó que susurraba alguien.
—El de las gafas —dijo otra voz—. El que leyó los nombres.
* * *
El patio estaba iluminado por cientos de farolillos.
Los habían colgado de la higuera, del abrevadero, de las contraventanas torcidas, de los ganchos de hierro que sobresalían de la fachada; los habían dispuesto en el suelo, sobre el empedrado, en círculos y hileras, formando dibujos que Ernest, en su agotamiento, tardó un rato en reconocer.
Eran las formas de las mesas de una fiesta mayor.
Largas. Paralelas. Con los bancos a los lados.
Y sentadas en ellas, envueltas en mantas, abrazadas unas a otras, bebiendo café de vasos de plástico, había unas trescientas personas.
Se le hizo un nudo en la garganta.
No eran las caras que había visto en su vida.
No eran clientes, ni herederos, ni testigos de firma.
Eran vecinos de un pueblo, sacados de la cama, en pijama algunos, con las marcas de la almohada todavía en la cara.
Y sin embargo, en cada una de esas caras, Ernest reconoció algo que había visto muy pocas veces en treinta y un años de despacho, y que había llegado a creer casi extinguido: la dignidad cansada de la gente corriente cuando descubre, de golpe, que las cosas que le habían contado no eran ciertas.
—Ernest.
Julián le había salido al paso. Tenía el pelo revuelto, la cara sucia y una sonrisa agotada, la de un hombre que lleva dos noches sin dormir y ha decidido no preguntarse por qué sigue de pie.
—¿Joaquim?
—Vivo. En el quirófano cuando salí. Empar se ha quedado. —Ernest le apretó el brazo—. ¿Qué ha pasado?
—Que Pau los despertó. —Julián señaló con la cabeza hacia el fondo del patio, donde un muchacho de pelo revuelto, ronco y pálido, se dejaba abrazar por una mujer con abrigo largo—. Uno a uno. Con los nombres.
Ernest no dijo nada. Se limitó a mirar a Pau, que en aquel momento, sin saberse observado, se pasaba la mano por la garganta con una mueca de dolor y cogía un vaso de agua que alguien le tendía.
—Vamos —dijo Ernest, por fin—. Tenemos trabajo.
* * *
Hizo lo único que sabía hacer.
Se subió al borde del abrevadero, con las gafas limpias por primera vez en tres días, la chaqueta arrugada, el bloc de notas en una mano y la pluma en la otra.
Carraspeó. El murmullo del patio fue apagándose poco a poco, hasta que solo se oyó el chisporroteo de las velas y el canto lejano de un grillo perezoso.
Trescientos rostros se volvieron hacia él.
—Buenas noches —dijo—. Me llamo Ernest Bosch Vila. Soy notario. Y a ustedes les debo una explicación.
Nadie contestó.
—No puedo dársela completa. Porque no la tengo.
—Respiró hondo—. Lo que sé es que en esta finca, desde hace trescientos años, ha ocurrido algo que ustedes han olvidado.
Y que no lo han olvidado por casualidad.
Alguien los ha ayudado a hacerlo. Con una bebida.
Con una costumbre. Con una amabilidad. —Se le quebró la voz—.
Y que esta noche, por primera vez, lo están recordando.
Un hombre de unos sesenta años, corpulento, con las manos negras de grasa, se puso de pie entre las mesas.
—¿Qué es lo que hay que recordar? —preguntó. No había hostilidad en su tono. Solo una cansada perplejidad.
—Cualquier cosa. Cualquier cosa que les venga.
Cualquier cosa que ahora les parezca rara y que antes no les hubiera importado.
—Ernest levantó el bloc—. Voy a levantar un acta de notoriedad, señores.
Un documento público. En él constarán, sin nombres si lo prefieren, todos los hechos que ustedes recuerden relacionados con esta finca.
Para que quede escrito. Para que nadie pueda volver a decir que no pasó.
Hubo un silencio.
Y entonces, con una lentitud de piedra que se pone en marcha, alguien levantó la mano.
* * *
Fue una noche larga.
Uno tras otro, fueron hablando. Al principio con timidez, con frases entrecortadas, con esa vergüenza propia de quien cuenta algo que teme que le tomen por locura.
Un viejo dijo que en su infancia, cada primer domingo de octubre, la finca cerraba las puertas y los mayores no dejaban salir a ningún niño; que se oía cantar por la noche, allá abajo, una nana.
Una mujer contó que su tía, hacía cuarenta años, había ido a la finca a llevar unos pañuelos y nunca la habían vuelto a ver en el pueblo; que la familia le dijo que se había ido a vivir a Perpiñán.
Una anciana recordó que su madre, de joven, había servido en la casa, y que nunca quiso contar lo que había visto en la bodega, y que murió sin decirlo.
Ernest escribía. Escribía sin detenerse, con la letra grande y apretada que usaba para los documentos importantes, sin levantar la vista del papel, con los dedos entumecidos y las lágrimas cayéndole a veces sobre la tinta sin que él se diera cuenta.
Al lado de cada testimonio anotaba el nombre de quien lo había dado, si lo daba, y la fecha aproximada.
Al cabo de una hora llevaba veintitrés folios. Al cabo de dos, cuarenta.
Y cada vez que una historia terminaba, en el patio se hacía un pequeño silencio. Y después, como una brisa, alguien decía: «Yo también».
* * *
Fue Pilar Roca quien lo dijo.
Llevaba un rato callada, sentada en el borde de un banco, con el abrigo largo sobre las rodillas y una expresión ausente.
Había sostenido durante horas la mano de Vidal, sin decir nada, sin soltarla.
Cuando por fin se puso de pie, con la ayuda de un bastón que alguien le había prestado, el patio entero se volvió hacia ella.
—Yo lo que he estado pensando —dijo, con una voz seca y clara de maestra de escuela— es en cómo hemos enterrado a nuestros muertos.
Ernest levantó la cabeza.
—Perdone, señora...
—Roca. Pilar Roca. —Miró a su alrededor, con los ojos húmedos—.
Lo que ha dicho el notario esta noche, lo de los nombres, lo de que esa gente de abajo se levantó cuando él los leyó...
Lo he oído todo. Y me pregunto qué habría pasado si alguien en este pueblo hubiera hecho, hace trescientos años, lo que se hace siempre.
—¿Qué se hace siempre? —preguntó Julián.
—Lo que se hace cuando muere alguien. —Pilar se encogió de hombros, como quien dice una cosa evidente—. Un funeral. Una misa. Y después el àpat.
Nadie dijo nada.
—El àpat de difunts —insistió—. La comida.
Todos la conocen. Cuando muere alguien, las mujeres de la casa cocinan toda la noche.
Sopa. Pan. Un poco de vino. Y al día siguiente, después del entierro, se sienta la familia a la mesa con los vecinos, y se come, y se cuentan cosas del muerto, y se le deja un sitio.
Un plato para él, aunque no lo pueda comer.
—Se le quebró la voz—. Porque nadie se va bien de este mundo sin que le hayan dado de comer por última vez.
Ernest dejó caer la pluma.
* * *
Lo comprendió de golpe, con una claridad que le hizo tambalearse.
Lo comprendió con el cuerpo, antes que con la cabeza: una lucidez fría y luminosa, como la que se siente al ver por fin cómo encajan las piezas de un contrato larguísimo, escrito en una lengua que uno ha aprendido con esfuerzo.
Los muertos. Doscientos veintiuno todavía sentados a una mesa. Trescientos años esperando.
Hambre. Frío. Soledad. Eso les había dicho Pere Rovira, hacía tres siglos, sentado al borde de una fosa: qué queréis. Y ellos habían contestado. Habían pedido tres cosas. Y en trescientos años nadie les había dado una sola.
Les habían dado de comer. Habían dado una persona cada generación para que se sentara con ellos.
Pero eso no era comida. Era una carnada.
No era compañía: era una condena compartida.
No era calor: era un modo de mantenerlos atados a la mesa, con hambre, con frío, con la boca abierta, sin darles nunca lo que necesitaban.
—Un funeral —dijo Ernest, con un hilo de voz—. Nunca tuvieron un funeral.
—Murieron de peste —dijo Pilar—. Los echaron a un pozo con cal. Sin misa, sin responso, sin campana. —Miró a Vidal, que la escuchaba con los ojos muy abiertos—. Y desde entonces siguen esperando a que alguien les diga adiós.
El silencio que siguió fue tan grande que Ernest oyó, en algún lugar lejano, el zumbido de un mosquito.
—La última noche —murmuró—. «En el lugar donde se sentó el primero, el notario de la casa Bosch deberá leer en voz alta la relación completa de los que reposan». Deberá leer los nombres. En un funeral, señora Roca, se leen los nombres de los difuntos.
—Con el cura —dijo alguien.
—Con mosén Ramon —dijo otra voz.
Un hombre gordo, de pelo cano y sotana arrugada, se puso de pie entre los bancos, con una expresión sonrojada, como quien ha sido sorprendido en una situación embarazosa.
—Yo no sé si... Yo no he hecho nunca un responso a trescientos cuarenta y un difuntos... —Se rascó la nuca—. Pero podría intentarlo.
Y de pronto, en el patio, una mujer se echó a reír.
Una risa nerviosa, entrecortada, que se contagió a la de al lado, y a la siguiente.
No fue una carcajada. Fue algo más suave, más triste, más humano: la risa de trescientas personas que acaban de darse cuenta de que van a hacer algo muy grande, muy absurdo, muy hermoso, y que no tienen ni idea de cómo.
—Hay que cocinar para trescientos cuarenta y un difuntos —dijo Toni, el del horno, con voz temblorosa—. Y para los que van a bajar. Eso son... eso son...
—Ochocientas raciones, como poco —dijo la señora Pilar, con la seguridad de una maestra de escuela que ha organizado mil excursiones—. Empezamos mañana.
* * *
Ernest bajó del abrevadero cuando ya clareaba.
Se sentía como si le hubieran vaciado el pecho y lo hubieran llenado de agua tibia. Le flaqueaban las piernas. Tenía el bloc de notas apretado contra el costado, cuarenta y cuatro folios de testimonio, y en los ojos una sequedad que no tenía nada que ver con el sueño.
Julián lo esperaba junto a la puerta de servicio. A su lado, con las manos en los bolsillos y los ojos brillantes, estaba Marc. Y entre los dos, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y una galleta en la mano, un niño de siete años.
Ernest se detuvo en seco.
El niño no lo miraba. Miraba la galleta con una concentración tan absoluta que parecía que en ella cupiera el mundo entero: una galleta redonda, de un color dorado, con azúcar por encima y un aroma a anís que a Ernest le llegó desde dos metros.
Pilar Roca se la había dado hacía diez minutos, en silencio, sin decir nada, y Julián y Marc no habían tenido corazón para quitársela.
—No está atada —dijo Marc, en voz baja, cuando vio la cara de Ernest—. Lo hemos comprobado. Es de una casa de verdad. De una mujer de verdad. No de la mesa.
El niño mordió un pedacito.
Masticó despacio. Cerró los ojos. Y de pronto, sin ninguna transición, se le llenaron los ojos de lágrimas, y se le escapó un sollozo tan pequeño y tan hondo que a los tres hombres se les encogió el corazón.
—Mi madre —susurró—. Mi madre hacía pan con anís. Así. Igual.
Nadie dijo nada.
—Me llamaba desde la puerta, cuando volvía tarde.
A gritos. Con el delantal lleno de harina.
—Abrió los ojos, húmedos y enormes, y miró a Ernest—.
Decía mi nombre muy fuerte, para que lo oyera todo el pueblo.
Yo me escondía detrás de las cabras para que no me viera, y ella se enfadaba, y luego se reía.
Ernest se agachó frente a él, con las rodillas crujiéndole, y le puso una mano en el hombro.
—Y ¿cómo decía?
El niño abrió la boca.
Pero no le salió nada. La mirada se le apagó, muy despacio, como una vela a la que le retiran el aire. Se llevó la mano a la sien, con un gesto de desconcierto, y una arruga de dolor le cruzó la frente.
—Se ha ido —dijo—. Estaba justo aquí, y se ha ido.
Ernest sonrió. Fue una sonrisa cansada, rota, casi feliz.
—No importa, hijo —dijo—. Dentro de tres noches lo vamos a leer entre todos.