La casa de las cubas 40. El pueblo
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40. El pueblo

CUARENTA

El pueblo

Julián los vio llegar desde la ventana del piso de arriba, con los codos apoyados en el alféizar y una taza de café frío olvidada en la mano.

Primero fueron las luces. Una hilera larga, amarilla, que serpenteaba por la pista de tierra desde la carretera comarcal, con ese vaivén perezoso de los faros que se acercan sin ninguna prisa.

Después, el ruido: un rumor bajo, sordo, de motores y de pisadas, que fue creciendo hasta llenar todo el aire de la tarde.

La luz del sol ya se había retirado de la ladera, y el cielo sobre las colinas era de un rojo oscuro, casi violeta, del color exacto de una herida que empieza a cerrarse.

Julián contó los coches. Dieciséis. Diecisiete. Después dejó de contar, porque detrás de los coches venía gente andando.

Mucha. Se agrupaban en el camino, a doscientos metros de la tapia, y avanzaban despacio, en una masa compacta, silenciosa, como una procesión.

Llevaban algo en las manos. Julián entrecerró los ojos, tratando de distinguirlo en la penumbra.

Pequeñas luces. Farolillos. Faroles de papel, de esos que se cuelgan en las verbenas de agosto, con una vela dentro, que iban oscilando a medida que caminaban y proyectaban sobre las caras una claridad temblorosa y cálida.

Y todos, todos sin excepción, tenían la misma cara.

*   *   *

—Son los del pueblo —dijo Pau, a su lado.

Se había acercado sin que Julián lo oyera, con el cuaderno de dibujo bajo el brazo y una expresión de desconcierto tan honda que parecía la de un niño perdido.

Estaba pálido. Tenía los ojos muy abiertos, y de vez en cuando movía los labios, como buscando en su memoria una palabra que ya no encontraba.

—¿Los conoces?

—A casi todos. Nací en Sant Martí. —Levantó la mano y señaló—.

Ese es Toni, el del horno. Y aquella del abrigo largo, la señora Pilar, la del segundo piso de la plaza.

Me daba galletas cuando iba al colegio. Y ese...

—La voz se le quebró—. Ese es el chico que me vendió el helado. El de la gasolinera.

Julián miró hacia donde señalaba. Un muchacho rubio, de pelo teñido, caminaba entre la gente con una linterna de papel en la mano y la mirada fija en el frente.

—Están dormidos —dijo Marc, desde la escalera.

Subía despacio, con una mano en la barandilla, apoyándose en la pared.

Ya no llevaba la manta. Llevaba un jersey de Julián, y unos vaqueros que le quedaban grandes, y tenía la cara casi transparente, con un cansancio profundo bajo los ojos.

Pero se movía con una determinación tranquila que Julián le había visto ya un par de veces.

—No los veas como enemigos —añadió—. No lo son.

Los han llamado, y han venido. Es todo. Como cuando suena el teléfono y uno lo coge sin pensar.

—Se asomó a la ventana, y a Julián le pareció que estudiaba los rostros uno por uno—.

Me acuerdo de esto. Es lo que hacía la cosa, cuando yo estaba en la celda: llamaba a alguien de arriba.

Al viejo Gori, a la primera noche. A Vidal, al principio. Y venían.

—¿Y qué hacían?

—Lo que les decía. —Marc tragó saliva—. Y luego se olvidaban.

*   *   *

Se llegaron a la puerta de la casa a las siete y cuarenta.

No golpearon. No gritaron. Se dispusieron, con una lentitud sobrecogedora, formando un círculo grande alrededor del patio, unos treinta pasos más allá de las paredes, y allí se quedaron, con los farolillos en alto, quietos.

Iluminaban las fachadas de piedra, las contraventanas torcidas, la higuera, el abrevadero, el pozo negro abierto en mitad del empedrado.

Los cientos de luces dibujaban sobre las paredes un mosaico de sombras temblorosas.

El silencio duró casi un minuto.

Y entonces alguien dijo, con una voz suave, sin ninguna emoción:

—Este.

Julián sintió que se le erizaba la piel.

—Este —repitió otra voz, y otra, y otra, sumándose una tras otra, cada vez más fuertes, hasta que fueron cientos de gargantas diciendo lo mismo, con la misma entonación educada y neutra, como una letanía sin fin—. Este. Este. Este.

—Dios mío —susurró Carme.

Había subido con el niño de la mano. Lo llevaba pegado a su costado, con un brazo alrededor de los hombros, y el niño miraba por la ventana con los ojos muy abiertos, temblando. Se le había puesto la cara del color de la cera.

—Es como aquella vez —dijo, en un susurro—. Como la vez de los farolillos.

Carme lo apretó con más fuerza.

—Esta vez no.

*   *   *

El sol se puso a las ocho menos diez.

Julián lo sintió en el aire antes de verlo: una especie de tirón sutil, como si todo el patio hubiera contenido la respiración y de pronto la soltara.

La última franja roja se apagó tras las colinas.

En el cielo, las primeras estrellas. Y en la muñeca del niño, muy despacio, empezó a dibujarse otra vez una línea plateada.

—No —dijo Carme—. No, no, no. Ven aquí.

Pero el niño ya no la oía. Estaba de pie en mitad de la habitación, rígido, con la mirada perdida y la boca ligeramente abierta, y la cadena de su muñeca se tensaba hacia la escalera, hacia la puerta, hacia el patio donde el círculo de faroles se había puesto en movimiento.

Avanzaban. Un paso, luego otro. Cientos de personas caminando muy despacio hacia la casa, sin dejar de decir la misma palabra.

—Este.

—¡Ernest! —gritó Julián—. ¡Necesitamos a Ernest! ¡Marc, ¿tienes el teléfono?!

—Sin cobertura. Otra vez.

Julián se pasó las manos por el pelo. Tenía la mente en blanco.

Toda la semana había tenido un plan, un sitio adonde ir, una cuerda de la que tirar, un notario al que recurrir.

Y de pronto, por primera vez, no había nada.

Solo cientos de vecinos dormidos, y un niño de siete años con una cadena en la muñeca, y una casa que ya no era un refugio.

Fue entonces cuando Pau echó a correr escaleras abajo.

*   *   *

—¡Pau! —gritó Marc—. ¡Pau, espera!

Lo siguieron. Bajaron de dos en dos, con el corazón en la boca, cruzaron la cocina a oscuras, y llegaron a la puerta de servicio justo a tiempo de verlo salir al patio.

Estaba de pie en mitad del empedrado, sin cuaderno, sin chaqueta, con una linterna de queroseno en la mano y la cara alzada hacia el círculo de faroles que se estrechaba.

A treinta pasos. A veinte. La primera fila, con el sargento de la Guardia Civil a la cabeza, el uniforme arrugado y los ojos vacíos, estaba ya a punto de tocar el brocal del pozo.

Pau abrió la boca.

—¡Jordi!

Su voz sonó ronca, casi rota, con una nota aguda que Julián no le conocía. El sargento se detuvo. Tenía un paso a medias, con un pie en el aire.

—¡Jordi Vallès! —gritó Pau—. ¡El de los bocadillos de la cantina! ¡El que me dejaba la moto en el patio del cuartel! ¡Te llamas Jordi! ¡Tienes una hija que se llama Marta y hace la primera comunión en mayo!

El sargento parpadeó.

Una vez. Dos. En sus ojos, fijos hasta entonces en algún punto lejano, algo se movió. Fue un parpadeo, un estremecimiento leve, la sombra de una nube cruzando una superficie de agua quieta.

—Marta —murmuró—. Marta... tiene el vestido... —Se llevó una mano a la frente, con una expresión de desconcierto infinito—. ¿Qué hago yo aquí?

Y se echó a llorar.

*   *   *

Pau siguió.

Julián lo vio hacerlo, desde la puerta, con la mano de Marc apretándole el hombro y la garganta cerrada.

Ese muchacho de veintitrés años, con el pelo revuelto, la camisa de cuadros manchada de tierra y una voz que ya empezaba a quebrársele, fue recorriendo el círculo de rostros, uno por uno, con una precisión que a Julián le pareció casi sobrenatural.

—¡Toni! ¡Toni Ribes, el del horno! ¡Que en agosto me regalaste un pan de nueces porque me habías visto llorar detrás de la iglesia!

—¡Señora Pilar! ¡La de las galletas de anís! ¡Que en el colegio, cuando se murió mi abuelo, fue usted la única que me abrazó!

—¡Àlex! ¡Àlex, el de la gasolinera, que me vendiste el helado! ¡Que cantabas siempre en la cafetería!

Cada vez, el mismo milagro. Alguien se detenía.

Alguien parpadeaba. Alguien miraba a su alrededor, con la boca ligeramente abierta, sin entender por qué llevaba en la mano un farolillo de verbena, ni por qué había ciento cincuenta personas a su alrededor mirando una casa vieja, ni por qué de pronto se le llenaban los ojos de lágrimas.

Y ese alguien, al despertarse, hacía algo que Julián no esperaba: se volvía hacia su vecino más próximo y le decía su nombre.

—¡Mercè! —oyó gritar a un hombre corpulento, sacudiendo a una mujer que llevaba un abrigo de lana—. ¡Mercè, despierta, soy yo, Ramon!

—¡Pere! ¡Pere, que estamos en la finca de los Rovira! ¿Qué hacemos aquí?

Y la ola fue creciendo. De un lado del círculo al otro, rápida como el fuego en un rastrojo seco, se fueron encendiendo caras.

Farolillos que se caían al suelo. Gente que se llevaba las manos a la cabeza, que se tambaleaba, que lloraba sin saber por qué.

La letanía —«este, este, este»— se fue apagando, deshilachándose en voces sueltas, murmullos de desconcierto, exclamaciones de miedo.

Y de pronto, en medio de aquel caos, una voz ronca y firme, que Julián conocía, gritó desde detrás de él:

—¡Pilar!

*   *   *

Era Vidal.

Había llegado corriendo desde la ladera, jadeando, con la vara de avellano en la mano y la cara desencajada.

Se abrió paso entre los recién despertados hasta plantarse ante una mujer de setenta años, con abrigo largo y zapatillas de andar por casa, que miraba a su alrededor con los ojos húmedos y una expresión de sonámbula que aún no se había ido del todo.

—Pilar Roca —dijo Vidal, con la voz temblorosa—. Pilar. Soy Miquel. Miquel Vidal, el de la casa del molino. El hijo de la Teresa.

La mujer se quedó mirándolo.

—Miquel —repitió, con un hilo de voz.

—Sí.

—Miquel Vidal. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Si tú... Si tú te fuiste a la finca de los Rovira, hace... hace mucho. Y tu hermana...

Se llevó las dos manos a la boca.

—La Concepció —susurró—. Dios mío, la Concepció.

La buscamos durante un año. Yo iba con la policía.

Recorrimos los campos, los pozos... nos dijeron que se había ido a Francia con un hombre, y yo...

Yo siempre dije que no. Que ella nunca...

—Se puso a llorar, con los hombros temblando, y Vidal, sin soltar la vara de avellano, la abrazó.

Y por la cara arrugada del viejo guarda, que llevaba cuarenta y un años sin decir el nombre de su hermana a nadie que la hubiera conocido, resbaló una lágrima larga y silenciosa.

*   *   *

No todos despertaron.

Julián lo comprendió al cabo de unos minutos, cuando el tumulto empezó a apagarse y el patio fue llenándose de gente confundida, aturdida, asustada, que se apiñaba en pequeños grupos, hablando en voz baja, mirando con desconfianza las paredes de piedra.

Cerca de ciento cincuenta personas se habían quedado atrás, de pie, al fondo del círculo, con los farolillos en alto y los ojos vacíos.

Diez. Quince. Veinte más, que seguían murmurando la misma palabra, cada vez más bajo, casi sin voz.

—Este.

Los que habían despertado no los dejaban solos.

Julián lo vio con una sensación que no supo nombrar: hombres y mujeres que hacía cinco minutos no sabían dónde estaban, cogiéndose de las manos, formando una cadena humana que fue cerrándose alrededor de los que aún no despertaban, sin violencia, sin prisa, con una ternura torpe y a la vez inquebrantable.

Diciendo nombres. Llamando. Sacudiendo con cuidado a los que seguían dormidos.

—¡Anna! ¡Anna, soy yo, tu marido!

—¡Pepet! ¡Venga, Pepet, que te vas a resfriar!

Y otra vez la ola. Más lenta esta vez, más costosa, como despertar a alguien de un sueño muy profundo. Pero avanzaba.

Fue entonces cuando Julián notó a su lado un movimiento leve.

El niño.

Había salido de la casa, sin que nadie lo viera.

Estaba de pie en el umbral, con la mano de Carme en la suya, mirando el patio con los ojos enormes.

La cadena plateada seguía en su muñeca, pero había dejado de tensarse.

Colgaba floja, casi inofensiva, como un lazo olvidado.

Y el niño, con los labios entreabiertos, miraba a aquella gente, a aquellos cientos de rostros asustados y llorosos, que por primera vez en trescientos años, sin saber por qué, se habían puesto a defenderlo.

—¿Quiénes son? —susurró.

—Son el pueblo —dijo Carme.

—¿Y qué hacen?

—No lo sé, cariño. —Le apretó la mano, con una sonrisa temblorosa—. Creo que te están invitando.

*   *   *

Del pozo, en mitad del empedrado, subió un susurro.

Era un murmullo bajo, quebrado, distinto al de las noches anteriores. No había ira en él. Había otra cosa: una extrañeza infinita, casi humana, la de alguien que acaba de ver desplomarse una construcción en la que llevaba trescientos años trabajando.

—Cuatro noches —dijo la voz de las voces—. Cuatro.

Y después, muy bajito, para nadie en particular, un último suspiro que Julián sintió cómo se le clavaba en el pecho:

—Creíamos que se habrían olvidado.