39. Nosotros
TREINTA Y NUEVE
Nosotros
Estamos aquí desde antes de que nadie nos llamara mayores.
Eso es lo primero que hay que entender, si se quiere entendernos.
No nacimos siendo lo que ahora parece que somos.
Fuimos gente. Fuimos Joan y Antònia, Bernadí, Elisenda, Guillem el del molino, la viuda Ferrer, el pastor de las cabras que nunca dijo su nombre.
Trabajábamos la tierra, teníamos hijos, pagábamos el diezmo.
Nos morimos de una fiebre negra en un verano de calor enorme, de la que nadie quiso curarnos porque nadie se atrevía a tocarnos.
Nos echaron a un pozo con cal. Nos cubrieron de tierra.
Y sobre la tierra, meses después, un hombre que se llamaba Pere Rovira plantó una viña.
No tenemos rencor contra Pere. Hace mucho que no.
Nos oyó, que ya es más de lo que hizo nadie.
Bajó una noche con un candil, se sentó al borde de la fosa y nos preguntó qué queríamos.
Y nosotros, que llevábamos meses sin que nadie nos preguntara nada, no supimos qué contestar.
Dijimos lo primero que se nos ocurrió: que teníamos frío.
Que teníamos hambre. Que nos sentíamos solos.
Y él, que era un hombre práctico, nos trajo compañía.
* * *
Ahora estamos hablando de esto porque han pasado cosas.
Han pasado desde hace seis días, contando a la manera de los vivos, que es una manera muy estrecha de contar.
Desde que un hombre alto, delgado, de gafas, se sentó en una carretera y leyó nuestros nombres en voz alta.
No todos. Ciento veinte. Uno tras otro, con esa voz que tienen los notarios cuando dan fe de algo y no quieren que les tiemble.
Se levantaron.
Eso es lo que no habíamos previsto. Que nombrarnos era tan sencillo.
Que bastaba con decirlo bien, con el apellido y la edad y el oficio, sin cantarlo, sin pedirnos nada.
Un hombre leyó «Joan Pujol, pagès, cuarenta y un años» y Joan Pujol, que llevaba trescientos años sentado a nuestra derecha, con las manos sobre el mantel y el mismo semblante gris, se puso en pie, y sonrió, y dijo «gràcies», y se fue.
No se fue lejos. Lo sentimos moverse por las raíces de la cepa, con su mujer y con la pequeña, con el chiquillo más pequeño de todos, como quien se muda a una habitación contigua.
Pero no volvió a la mesa. Y las sillas se quedaron vacías, con un poco de tierra en los platos, y el olor cambió.
Ciento veinte sillas vacías. Doscientas veintiuna todavía ocupadas.
Los que nos quedamos no nos hemos puesto de acuerdo sobre lo que sentimos.
* * *
Hay quien se alegra.
Es una minoría, pero existe. Elisenda Puig, por ejemplo, la de la casa del puente, que tenía veintitrés años cuando se apagó y todavía conserva el gesto de arreglarse el pañuelo.
Elisenda dice que ya está bien. Que trescientos años son muchos años.
Que ella habría dado cualquier cosa por oír su nombre, y que se alegra de que otros lo hayan oído, aunque sea antes que ella.
Lo dice bajito, sin mirar a nadie, con las manos muy juntas, y hay que reconocerle valor.
Y hay quien tiene miedo.
Bernadí Vilaseca es el que más. Un hombre grande, de espaldas anchas, con una barba que nunca se le cayó, que en vida fue capataz de una cuadrilla de vendimiadores y sabía mandar.
Bernadí se levanta en mitad de la sala, sin hacer ruido, y hace algo que no habíamos visto hacer a nadie desde la primera noche: habla con voz propia, no con la voz de todos.
—Sin la mesa no somos nada —dice.
Nos volvemos a mirarlo. Las cadenas plateadas de nuestras muñecas se estremecen al mismo tiempo.
—Nada. —Recorre la sala con los ojos, con una lentitud terrible—.
Lo que somos, lo somos porque hay una mesa.
Porque hay sillas, y platos, y un sitio donde sentarse.
Lo que nos da forma es el hambre. Si dejamos de tener hambre, si nos dejamos convencer de que ya está bien, de que ya podemos irnos, se acabó.
Volvemos a ser lo que fuimos en el pozo.
Huesos con cal. —Se le quiebra la voz—. Yo no quiero volver al pozo.
Nadie contesta.
—Y sin el niño —dice— ya no hay cabeza.
Todos miramos la silla de la cabecera. Tallada con racimos y hojas, más alta que las otras. Vacía. Sobre el mantel, delante de ella, un platito de barro pequeño con un helado que lleva veintiséis años sin derretirse del todo.
* * *
Habría que explicar lo del niño.
No tenemos ningún derecho a hablar por él.
Lo sabemos. Pero él es el que nos mantiene en pie.
Cuando nos bajaron, a nosotros, a los primeros, ya estaba allí.
Un crío sucio, callado, sentado en el fondo del pozo, con los ojos abiertos, sin llorar.
Vivo, entre los muertos. Dicen que fue el único al que la peste no se llevó, y que lo echaron con los demás porque nadie quiso tocar a un niño que había sobrevivido a lo que mataba a todos.
Nosotros, que ya no éramos nada, que ya no teníamos ni voz, lo vimos allí, tan pequeño, y le hicimos sitio. Y él nos miró y dijo su nombre.
Y cuando dijo su nombre, otros hombres, con farolillos, dijeron «Este», y lo bajaron más.
Lo sabemos. Lo hemos sabido siempre. Es lo que nadie quiere decir en voz alta, ni siquiera nosotros.
Porque si se dice en voz alta, entonces hay que reconocer que lo que nos ha mantenido todos estos años no es un pacto, ni un trato, ni una cepa.
Es un niño. Un niño al que le pedimos, sin pedírselo, que fuera nuestro fuego.
Y ahora se ha ido.
—Se lo ha llevado una mujer —murmura Elisenda—. La del pelo blanco.
—Ha entrado en una casa —dice otro.
—Ha visto el sol.
La última frase la pronuncia una voz que no habíamos oído, en el tercer puesto desde la puerta.
Una niña de trece años, de trenzas, que ha estado callada durante cuarenta años, con las manos sobre el mantel y los ojos bajos.
No dice nada más. Pero se le nota, en la manera de sonreír casi sin querer, que lo que ha visto en la cara del muchacho que bajó a buscar a otro le ha hecho más bien que todos los años anteriores.
* * *
Bernadí golpea la mesa con el puño.
—Basta. —Su voz retumba entre las paredes de la sala—.
Basta de lamentos. Lo que hay que decidir es qué hacemos.
Los vivos tienen el nombre, o están a punto de tenerlo.
Les quedan cinco noches. El notario ya sabe dónde está la campana, y ha tapado con su papel lo único que podía protegernos.
Tienen a la mujer. Tienen al que tiene la marca.
Tienen incluso al guarda, que se ha vuelto contra nosotros, después de cuarenta años.
—Aprieta los dientes—. No podemos esperar a que todo se cumpla. Hay que actuar.
—¿Cómo? —pregunta alguien—. Ya no podemos llegar a ellos. Se han hecho fuertes. Tienen la casa. Tienen la cepa.
—Tenemos algo más.
Bernadí sonríe, y esa sonrisa la sentimos todos, como se siente una corriente de aire frío en una habitación cerrada.
—Tenemos al pueblo.
* * *
Hay que decir que no siempre fue así.
Al principio no teníamos más que el pozo, y la cepa que nos sostuvo, y la mano dura de Pere.
Pero las viñas dieron vino. Y el vino, que nacía de nosotros, de lo que quedaba de nosotros en la tierra, tenía una propiedad.
No la habíamos buscado. La encontramos con el tiempo, como se encuentra el sabor de una fruta desconocida: quien bebía de aquel vino olvidaba.
No lo malo, no lo terrible. Lo pequeño. Lo que sobra.
El nombre de una calle, la cara de un visitante, un mal rato. Un olvido suave, casi cariñoso.
Los Rovira lo vendían. A la comarca entera.
En las bodas, en los entierros, en las fiestas mayores.
Trescientos años de botellas en trescientos años de mesas.
No hay casa en veinte kilómetros a la redonda que no tenga una en la bodega, para los días importantes.
No hay un hombre en el pueblo que no haya bebido de nosotros al menos una vez en la vida.
Y quien bebe de nosotros, de una manera muy pequeña, muy limpia, sin darse cuenta, se queda con una puerta abierta.
—Los de fuera —dice Bernadí, en un susurro casi tierno—.
Ellos no lo saben. Pero llevan trescientos años esperando que alguien los llame.
Al panadero. Al cura. Al sargento de la Guardia Civil, que se acordó anoche de todo lo que tenía que olvidar y se pasó la noche en vela, sin entender por qué.
Al chico de la gasolinera. A la viuda del segundo piso.
—Levanta los brazos, y sus cadenas brillan—.
No necesitamos cruzar la piedra del umbral. Solo necesitamos que vengan.
Un murmullo recorre la mesa. Alguien dice que es una crueldad.
Alguien más, que es lo único que nos queda.
Elisenda se tapa la boca con las manos. La niña de las trenzas levanta los ojos, por primera vez, con una expresión de horror que se parece mucho a la de otra niña que hubo hace tiempo, en otro sitio, delante de una casa a oscuras.
Pero no hay votación. Nunca la hubo.
* * *
Se levantó primero el viento.
Lo sentimos subir por las grietas de las piedras, por las raíces de la cepa, por las cañerías del pueblo.
Un viento muy tenue, sin fuerza, que no movía una hoja, pero que entraba por las ventanas de las casas dormidas y les susurraba al oído a los que no dormían.
En la panadería de la plaza, el hombre que amasaba a las cuatro dejó de amasar.
En el cuartel, un sargento se incorporó sobre la cama con los ojos abiertos y una expresión de calma insomne.
En una cocina de una casita de las afueras, una viuda de setenta años se puso el abrigo sobre el camisón y salió a la calle con las zapatillas puestas.
En una gasolinera de la nacional, un muchacho de pelo teñido de rubio soltó la revista que estaba leyendo y se quedó mirando la puerta.
Y a la caída de la tarde, cuando el sol ya había dejado de dar sobre la ladera y las sombras se estiraban sobre el empedrado del patio como dedos, empezaron a llegar.
Primero una luz, lejos. Después dos. Después una fila larga de faros amarillos serpenteando por la pista de tierra, sin prisa, sin ruido, con el ronroneo bajo de motores que llevaban muchas millas rodando sin saber adónde iban.
Coches. Furgonetas. Un tractor. Y a pie, detrás de los vehículos, hombres, mujeres, un par de adolescentes con las manos en los bolsillos. Cientos.
Todos con la misma cara. Una cara plana, educada, tranquila, la cara de quien acude a una cita a la que no recuerda haberse comprometido.
Desde el fondo de la sala, sentados a una mesa a la que le falta una cabeza, doscientos veintiuno de nosotros contuvimos el aliento.
Elisenda lloraba en silencio. Bernadí sonreía.
La niña de las trenzas se tapaba los oídos con las manos, exactamente como lo había hecho otro niño, hace mucho, escuchando una nana.
Y muy arriba, a través de setenta y dos escalones, a través del suelo de una cocina, alguien pronunció dos palabras en voz baja, con una calma que nos hizo callar a todos:
—Hasta que se ponga el sol.