52. Hasta luego #2
Firmaron el acuerdo en diciembre. Era un acuerdo modesto, escrito a mano por Ernest en la notaría, con la letra grande y apretada de siempre.
Julián cedía a una cooperativa del pueblo, presidida por Toni el panadero y Pere Sala el mecánico, la explotación de cuarenta hectáreas de viña.
La cooperativa le pagaría una renta modesta.
Con ella, y con un trabajo que Montse le encontró dos días por semana en la notaría, sacaría la cabeza del agua.
No se haría rico. Pero pagaría lo que debía, y se quedaría en la finca, en la habitación grande del piso de arriba, con una madre de pelo blanco que le preparaba el café cada mañana, dos de azúcar, sin preguntarle cómo lo tomaba.
Vidal, Miquel, se instaló en la casa del molino.
Había estado cerrada cuarenta y un años.
Pilar Roca se había ocupado de que un albañil le revisara el tejado, de que unas vecinas le limpiaran la cocina, de que le dejaran en el frigorífico una tortilla y una botella de agua.
Cuando entró por primera vez, con una llave oxidada que había encontrado en el fondo de una caja de latón, se quedó un rato quieto en el umbral.
Después cruzó la cocina, abrió las contraventanas, dejó entrar la luz.
Encima de la mesa, cubierta de polvo, había un plato.
Un plato de sopa, con una cuchara de madera. Lo habían dejado allí, en un jueves de hacía cuarenta y un años, para alguien que no había vuelto a comer.
Miquel lo lavó. Lo secó con un paño. Y esa noche, por primera vez en su vida adulta, cenó en su propia casa, sentado a su propia mesa, un plato de macarrones con salsa de tomate y un poco de queso por encima, que le había traído Pilar en una fiambrera. Le supieron a gloria.
* * *
Llegó el primer domingo de octubre del año siguiente.
En Sant Martí dels Vinyers hubo fiesta mayor.
La primera desde hacía mucho tiempo que nadie recordaba haber celebrado con tantas ganas.
Se colgaron guirnaldas de papel en la plaza.
Se montaron las mesas. Hubo música, butifarra, coca, pan de anís que Toni había amasado durante tres días.
Y al caer la tarde, cuando el sol empezó a hundirse tras la ladera de la finca y las sombras de los tejados se alargaron sobre las piedras, sonó la campana.
No la de siempre. La otra. Una campana grande, oscura, de bronce, con una raíz blanquecina aún incrustada en su borde, que mosén Ramon había mandado colgar el invierno anterior en el campanario de la iglesia.
Sonaba grave, larga, con una voz que nadie era capaz de describir.
Los mayores decían que era de la peste. Los jóvenes, que era la más bonita que habían oído.
Trescientos cuarenta y dos toques. Uno por cada nombre.
La gente los contaba en voz baja, sentada en las mesas de la plaza, con un plato delante y una copa de vino de la cepa vieja, que por primera vez en la historia de la comarca sabía solo a vino.
Al terminar, se hizo un silencio. Después alguien empezó a cantar.
Una nana. Y toda la plaza, poco a poco, con un murmullo que parecía crecer desde la tierra, la fue cantando.
* * *
Julián subió a la ladera al anochecer.
No había planeado hacerlo. Se había levantado de la mesa a media fiesta, con el estómago lleno y la cabeza ligera, y sin decir nada a nadie se había ido caminando por la pista de tierra, con las manos en los bolsillos, bajo un cielo que se oscurecía despacio.
Le costó un rato encontrar el sitio. La luna, casi llena, iluminaba el altar de piedra, el musgo, la vela consumida en su farolillo roto.
Y detrás, enorme, negra, quieta, recortada contra las estrellas, la cepa madre, cargada de hojas verdes.
Se sentó junto al altar.
Llevaba en el bolsillo una tarrina pequeña de helado de vainilla, de esas de plástico con cucharilla incluida, que había comprado en el bar de la plaza.
Abrió la tapa. Cogió un poco con la cucharilla.
Y con mucho cuidado, sin decir nada, la dejó caer sobre la piedra del altar, en una gota blanca que brilló un momento a la luz de la luna.
Plin.
Esperó.
El viento movió las hojas de la cepa. Una lechuza, muy lejos. Los grillos, ya pocos, cansados. Y desde el pueblo, apenas audible, tenue como un recuerdo, la nana.
—Hola —dijo Julián.
Nada.
Se quedó así, con la tarrina entre las manos, mucho tiempo.
No sabía cuánto. Había pasado un año y no había oído nada.
Ni una vez. Se había dicho que era natural, que los muertos no vuelven, que aquel «hasta luego» había sido lo que había sido: una manera bonita de decir adiós a un niño.
Pero cada noche, al acostarse, se le escapaba un «hola» al techo, sin darse cuenta, como quien echa una carta a un buzón vacío.
—Bueno —dijo—. Solo quería que supieras que hoy hay fiesta.
Se levantó. Se sacudió los pantalones. Y ya se daba la vuelta para bajar cuando, a su espalda, en el corazón de las hojas de la cepa, en el susurro de una brisa que no soplaba, algo dijo, con una vocecita fina, esperanzada, ligeramente ronca de tanto reír:
—Hola, Julián.
Se quedó quieto.
—Yo también he oído la fiesta —dijo la voz—. Se oye muy bien desde aquí. Y ese helado me lo he comido entero.
Julián se echó a reír. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se sentó otra vez en el suelo, con la espalda contra el altar, mirando las estrellas por entre las hojas.
—¿Cómo estás, Meu?
—Muy bien. Ya no tengo frío.
Y el viento, que no soplaba, sopló, un momento, muy suave, y movió las hojas verdes de la cepa más vieja de Cataluña, bajo una luna casi llena, mientras a lo lejos, en el pueblo, trescientas personas cantaban la nana entera. Con el nombre puesto.