36. La campana
TREINTA Y SEIS
La campana
A media mañana, cuando por fin dejó de temblarle el cuerpo, Julián subió a la ladera con una pala al hombro y una idea muy clara de lo que no quería pensar.
Marc y Pau habían salido del pozo poco después del amanecer, agarrados el uno al otro como dos supervivientes de un naufragio, con la ropa pegada a la piel y la cara de quien ha estado mucho tiempo sin respirar.
El patio entero se había echado encima de ellos: Empar, con un grito ahogado; Joaquim, de rodillas, incapaz de hablar; Ernest, con los ojos brillantes tras las gafas empañadas; Carme, que lo abrazó a él, a Marc, a Pau, a los tres a la vez, con el pelo blanco pegado a la cara y las lágrimas cayéndole sin pudor.
Después Vidal, apartado, había escuchado el mensaje de Concepció con las manos cruzadas sobre la cuerda, sin moverse, sin que le temblara un músculo, y al terminar Marc, había dicho solo tres palabras: «Lo haré todo».
Y se había ido a su casita a dormir dos horas.
Pau dormía todavía. Le habían acostado en el sofá de la cocina, con una manta y el cuaderno de dibujo abrazado contra el pecho, y de vez en cuando movía los labios sin hacer ruido, como si intentara pronunciar algo que ya no encontraba.
Siete noches.
* * *
La cepa madre estaba detrás del altar de piedra.
Julián la había pasado de largo aquella noche, corriendo entre los árboles con los pulmones en llamas, sin verla.
Ahora, a la luz de la mañana, con el sol apoyado sobre el hombro de la ladera y las cigarras empezando a chirriar, comprendió cómo había sido posible.
No parecía una planta. Parecía una roca.
Un tronco negro, retorcido como una cuerda de marinero, del grosor de un hombre adulto, que salía del suelo con una inclinación extraña y se enroscaba sobre sí mismo tres, cuatro veces, antes de abrirse en una docena de brazos gruesos que se apoyaban, cansados, sobre una estructura de vigas y postes de madera clavados en la tierra desde hacía mucho, muchos años.
La corteza era una placa gris, resquebrajada, con brillos plateados.
Las hojas, pocas, de un verde amarillento, colgaban de los sarmientos con la desgana de las cosas viejas.
Y entre ellas, medio ocultos, pequeños racimos de uvas de un blanco casi translúcido, con la piel tan fina que se les veían las pepitas por dentro.
—Es la más vieja de Cataluña —dijo Vidal, a su lado, con voz baja y reverente—. Eso decían los mayores. Yo nunca he sabido si era verdad. Pero es la única que no ha cambiado nunca de sitio. Ni una vez. Desde antes de que se fundara la finca.
Había dormido dos horas, y se le notaba. Los ojos hundidos, las manos temblorosas, la cara descolgada. Pero llevaba en el hombro un rollo de cuerda nuevo, y en la otra mano un cubo de zinc, y se movía por el terreno con la seguridad de quien conoce cada piedra.
—Está enferma —añadió.
Julián se volvió hacia él.
—Las hojas —dijo Vidal, señalando con la barbilla—.
Ese amarillo. No es normal en septiembre.
Y las uvas no engordan. Hace tres años que apenas da fruta, y este año...
—Se encogió de hombros—. Nadie ha querido decirlo, pero se está muriendo, Julián.
Poco a poco. Como se mueren las cosas cuando llevan demasiado tiempo sosteniendo algo.
Julián sintió que se le encogía el estómago.
—Ernest dice que si muere...
—Lo sé. Lo he oído. —Vidal apretó el asa del cubo—. Por eso hay que cavar con mucho cuidado.
* * *
Fue Ernest, con sus tratados de derecho civil y sus treinta y un años de escrituras, quien tuvo que rendirse primero.
—Yo de esto no sé nada —confesó, sentado sobre una piedra, con las gafas colgando de la nariz y un pañuelo húmedo sobre la nuca—. Sé de contratos, de linderos, de particiones. Pero nadie me ha explicado nunca cómo se excava una cosa sin que se caiga lo que está encima.
Vidal sonrió, por primera vez en muchos días, con una sonrisa cansada.
—Se hace como una mina —dijo—. Mi abuelo cavaba galerías así, para pasar el agua a los bancales.
No se ataca por arriba: se ataca por un lado, a una distancia prudente, y se avanza en horizontal, poco a poco, apuntalando cada palmo con troncos, sin tocar las raíces.
Nos llevará todo el día. Puede que también parte de la noche.
Pero la cepa no sentirá nada. —Se pasó una mano por la barba—. Mientras no la despertemos.
—¿Despertarla?
Vidal no contestó. Se quedó mirando el tronco negro, con una expresión que Julián no había visto en su cara y que solo pudo describirse a sí mismo, más tarde, como un temor reverencial.
La mirada de un hombre que ha pasado cuarenta años recogiendo las uvas de un árbol sin haberse atrevido nunca a preguntarle si tenía ganas de que se las recogieran.
* * *
Trabajaron hasta la tarde.
Al principio fue fácil. Joaquim y Julián abrieron la zanja en el flanco sur, a metro y medio del tronco, con azadones y palas, extendiendo la tierra pedregosa sobre lonas viejas para que no se mezclara con el suelo.
Vidal medía cada palmo con una vara de avellano, sin decir nada, y de vez en cuando levantaba una mano para que pararan.
Ernest, tras un par de horas, se ofreció a acarrear agua.
Volvía cada veinte minutos del abrevadero con los dos cubos, sudando, con los pantalones manchados de barro hasta las rodillas, y regaba con cuidado la base de la cepa, como Vidal le enseñaba: un poco cada vez, sin encharcar, con la lentitud de quien da de beber a un enfermo.
A las cuatro de la tarde llegaron a un metro cincuenta de profundidad y empezaron a abrir la galería.
Julián se metió el primero.
Era estrecha y baja, un túnel de apenas ochenta centímetros de altura, apuntalado con troncos que Joaquim iba colocando cada palmo con los golpes secos de un mazo.
La tierra olía a humedad, a raíces, a minerales.
A esa hora la luz de la tarde entraba por la boca de la zanja en una franja oblicua, y en ella se veía flotar, silencioso, un polvo dorado.
Julián avanzaba a gatas, con una linterna frontal y una pala pequeña de mano, apartando la tierra con cuidado, notando cómo las raíces finas, blancas, se le enredaban en los dedos.
En algún momento, sin darse cuenta, empezó a hablarle a la cepa.
—Perdona —murmuró—. Solo voy a mirar. No voy a hacerte daño.
No esperaba respuesta. Y sin embargo, cuando pasó junto a una raíz especialmente gruesa, del grosor de su antebrazo, que cruzaba el techo de la galería como una viga viva, sintió que algo respondía.
No una voz. No una palabra. Un pulso. Un latido lento, casi imperceptible, que le subió por la palma de la mano, por el brazo, hasta el hombro, y que se detuvo justo en la marca de la muñeca izquierda, donde una línea rosada pareció brillar un instante bajo la piel.
Se quedó inmóvil.
—¿Julián? —Era la voz de Ernest, muy lejana, en la boca del túnel—. ¿Va todo bien?
—Sí. —Le salió un hilo de voz—. Sí, todo bien.
Pero no lo estaba. Porque sobre su cabeza, en la penumbra de la galería, entre los troncos que sostenían el techo y las raíces que lo atravesaban, algo empezaba a susurrar.
* * *
Era tan bajo que al principio lo confundió con el roce de la tierra al caer.
Un murmullo, un crujido de hojas secas, un filamento de sonido que se movía entre las raíces como el aire entre las cuerdas de un instrumento.
Pero a medida que se acostumbraba, fue distinguiendo palabras.
Una voz de niña. Muy pequeña. Muy aguda.
Cantaba.
Julián dejó de respirar. Se quedó quieto, a gatas en la tierra, con la linterna iluminando un trozo de raíz blanca y el corazón golpeándole en las costillas, escuchando.
Era la nana. La tercera estrofa, la que la familia había perdido, la que solo se sabían los mayores.
Cantada con una vocecita de seis años, desafinada, dulce, tan cerca de él que le habría bastado extender la mano para tocarla.
Un nombre. Una sílaba, dos, tres.
Y se le fue de la cabeza en el mismo instante en que la oyó, como si alguien se la hubiera arrancado.
—No —susurró, con el pecho hundido—. No, no, no. Repítelo. Por favor.
La voz calló. La tierra sobre su cabeza tembló un instante, y una lluvia fina de polvo cayó sobre su nuca.
Julián apretó los dientes. Comprendió que aquello era otra defensa.
No de los mayores. De la cepa. Un olvido tejido en las raíces, en el mismo árbol que había sostenido durante trescientos años la deuda entera.
Siguió cavando.
* * *
La pala golpeó algo a las seis y veinte de la tarde.
Fue un ruido sordo, metálico, hueco, distinto a cualquier sonido de piedra o de raíz, que resonó por toda la galería como un latido. Julián se quedó helado, con la pala en el aire. Después, muy despacio, empezó a apartar la tierra con las manos.
Primero fue una superficie curva. Fría. De un verde grisáceo, cubierta de una pátina áspera de cardenillo.
Un trozo de metal, del tamaño de un plato, que se hundía en la tierra con una inclinación suave.
Luego otro. Otro. Julián fue descubriendo, con dedos temblorosos, una forma que su cabeza tardó en aceptar, porque no encajaba con lo que había esperado: una pared enorme, abombada, que se ensanchaba a medida que bajaba.
—Ernest —llamó, con la voz rota—. Ernest. Trae la lámpara.
Las piernas del notario aparecieron primero, luego el torso, luego la cabeza con el pañuelo empapado y las gafas empañadas de polvo.
Se arrastró por la galería hasta quedar junto a Julián, con la lámpara de queroseno en la mano.
Y los dos se quedaron mirando lo que había aparecido en el fondo del agujero.
Una campana.
Grande. Enorme. Casi un metro de altura, por lo que se adivinaba entre la tierra, de un bronce oscuro con manchas verdes, boca abajo, hundida en el suelo como un animal dormido. Tenía el asa rota, o eso pensó, hasta que la luz de la lámpara le mostró lo que estaba pasando en realidad.
No estaba rota. Estaba enterrada en raíces.
Una maraña densa, negra, retorcida, como los dedos de una mano enorme que la hubiera agarrado por la cabeza y no pensara soltarla.
Las raíces gruesas de la cepa madre, las que Julián había sentido latir sobre su cabeza, descendían por los lados de la campana y se hundían en el suelo, abrazándola, envolviéndola, fundidas al bronce en algunos puntos, como si la campana y el árbol hubieran crecido juntos a lo largo de trescientos años.
—Dios mío —susurró Ernest.
* * *
Fueron necesarias otras dos horas para desenterrar el borde.
Se turnaron con el cepillo, con las manos, con un trapo humedecido, quitando la tierra con una delicadeza de restauradores.
Joaquim bajó a ayudar. Después Vidal, con su vara de avellano, controlando cada raíz, cada apuntalamiento, con la mirada fija en el techo.
Fuera se hizo de noche. En la boca de la zanja alguien encendió un fuego pequeño, y las sombras de los troncos de la cepa bailaron sobre las paredes de tierra.
Al fin, a las ocho y cuarto, Ernest limpió con el pulgar el último trozo de cardenillo y dejó al descubierto, en el borde inferior de la campana, un friso de letras en relieve.
Una inscripción. Mayúsculas antiguas, sobrias, con las serifas ligeramente desgastadas, dispuestas en una sola línea que rodeaba toda la boca del bronce.
Se quedó mirando en silencio.
—Léela —dijo Julián.
Ernest se quitó las gafas. Se las puso otra vez. Se acercó tanto que su nariz casi tocaba el metal, y empezó a leer, con la voz baja, cada palabra pesándole como una piedra en la boca.
—«Aquesta campana fou batejada l'any de Nostre Senyor mil sis-cents cinquanta-u...» —Su dedo recorría las letras—. «...en memòria de...»
Se detuvo.
—¿Qué?
—Aquí. —Señaló con una mano que temblaba—. Justo aquí. Hay una raíz. Le da la vuelta a la campana y pasa por encima de la inscripción, tapando... —Se le apagó la voz—. Tapando una palabra. Una sola. Por lo menos ocho o diez letras. El nombre.
Julián se acercó. La luz de la lámpara temblaba sobre el bronce.
Y allí estaba: una raíz gruesa, negra, del grosor de un brazo, que se enroscaba alrededor del borde y se hundía en el metal, como si hubiera crecido precisamente en ese punto, con esa precisión terrible, para que nadie pudiera leer lo que había debajo.
—Sigue —dijo, con la boca seca—. Lo demás, sigue.
Ernest respiró hondo.
—«...en memòria de _______, qui fou el primer que baixà viu.» —Se le rompió la voz—. «Padrí: Antoni Bosch, notari.»
Se hizo un silencio muy largo.
—«El primer que baixà viu» —repitió Vidal, con un susurro helado, desde el fondo de la galería—. El primero que bajó vivo.
Julián notó que le fallaban las piernas. Se dejó caer contra la pared de la galería, con la tierra fría pegada a la espalda y la lámpara temblando a un lado, y miró la campana, el bronce ennegrecido, el hueco donde debía estar el nombre.
—No murió de la peste —dijo, con una voz que no reconoció—. Ernest. El niño no murió de la peste.
Ernest no contestó. Tenía la mano sobre la inscripción, las gafas empañadas, la cara pálida y tensa. Pero Julián vio en sus ojos la respuesta antes de que la dijera. La vio con la claridad terrible de las cosas que uno ya sabía y no se había atrevido a saber.
—Lo bajaron —dijo el notario, por fin, en un murmullo—. Vivo. Al principio de todo. Antes que a ninguno de los otros.
Y sobre sus cabezas, entre los troncos de la galería, en el corazón de las raíces, con una lentitud infinita, una savia oscura empezó a brotar de las heridas de la corteza y a resbalar por la madera como una lágrima muy antigua.