La casa de las cubas 35. El dedo
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35. El dedo

TREINTA Y CINCO

El dedo

Setenta y dos escalones, y el último me pareció más ancho que todos los otros.

No sé por qué me fijé en eso. Llevaba cinco años bajando esa escalera cada noche, con las piernas cansadas y el corazón helado, y jamás me había parado a mirar el último peldaño.

Aquella vez lo hice. Me quedé un momento con el pie en el aire, la lámpara de queroseno temblando en la mano, el jersey de Pau bajo el brazo, y pensé: «Estás volviendo».

Pero no lo pensé con miedo. Lo pensé como se piensa la palabra «casa» cuando llevas mucho tiempo fuera de la tuya y ya no sabes si aún te queda alguna.

Y crucé.

*   *   *

La sala estaba distinta.

Lo noté antes de ver nada: en el olor, primero.

Antes olía a pan tibio, a vino, a algo dulzón y espeso que te llenaba la boca de saliva contra tu voluntad.

Ahora olía a otra cosa. A piedra mojada.

A hierba. A esa frescura limpia que queda en el aire cuando alguien ha abierto una ventana en una habitación cerrada desde hace mucho tiempo.

Después vi la mesa.

Seguía siendo larguísima, de roble oscuro, con los manteles blancos y los platos de barro puestos con su precisión maniática.

Pero había huecos. Sillas vacías, muchas, repartidas por toda la longitud de la mesa, cada una con su plato intacto y su copa sin llenar.

Ciento veinte, calculé, sin contar. Ciento veinte sillas de respaldo alto, con la madera ligeramente hundida en el asiento, y en cada una, sobre el mantel, una pequeña luz apagándose lentamente, una llama del tamaño de un dedal que ardía un instante y se extinguía.

Ernest había leído sus nombres. Y ellos se habían levantado. Por primera vez en trescientos años, ciento veinte personas se habían levantado de la mesa y se habían ido.

Me acerqué a una de las sillas vacías, sin poder evitarlo, y pasé la mano por el respaldo.

Estaba tibio. Sobre el mantel, el plato de barro había cambiado: ya no había pan, ni higos, ni nada de lo que se ofrece para retener a alguien.

Solo un poco de tierra seca, ordenada en un montoncito, como la que se deja sobre una tumba.

—Gràcies —susurré, sin saber a quién.

*   *   *

Estaban los otros, claro.

Los que quedaban. Doscientos y pico, calculé, todavía sentados, todavía inmóviles, con las manos sobre el mantel y las cadenas plateadas en la muñeca.

Pero ya no me miraban igual. Al entrar, cuando dejé caer un momento la luz sobre sus caras, vi que muchos apartaban los ojos, incómodos, como los que se dan cuenta de que los han visto llorando.

Y otros, unos pocos, los que estaban más cerca de las sillas vacías, me miraron fijamente, con una atención distinta, casi ansiosa, la de quien espera una noticia.

Los demás, los que más callaban, tenían los labios apretados en una línea dura.

—Los que quedan son los que no quieren irse —dije en voz baja, para mí.

Y una voz de mujer, cerca de la puerta, contestó sin mirarme:

—O los que no saben cómo.

Me giré.

Sentada en la tercera silla, con las manos sobre el mantel y una expresión de cansancio infinito, había una niña.

Tenía trece años. Dos trenzas castañas, una un poco más floja que otra.

Una blusa blanca con el cuello cerrado y una falda de cuadros, de esas de colegio.

Y unos ojos que reconocí antes de que ella dijera nada, porque los había visto hacía tres días, en una fotografía en blanco y negro de una cajita de latón, cuando Vidal me la enseñó, temblando, en la casita del guarda.

—Tú eres el que me habla —dijo la niña, con una voz de niña, sin la resonancia de los otros—. El que se sentaba al fondo. El que nunca comía.

—Yo soy Marc.

—Yo soy Concepció. —Bajó los ojos—. Tengo una pregunta, si no te importa. Aunque llevo tanto tiempo preguntándolo que ya no sé si tiene sentido.

—Dime.

—¿Sabes si mi hermano está bien?

*   *   *

No sé cuánto tiempo estuve callado.

Sé que se me llenaron los ojos de lágrimas, y que ella no se sorprendió. Debía de estar acostumbrada. Debía de haber visto llorar a mucha gente delante de aquella pregunta.

—Se llama Miquel —dije al fin—. Vidal. Ha estado cuarenta años sin acordarse de su nombre. Pero esta semana se lo han devuelto. Y me ha pedido que te diga una cosa.

Ella levantó los ojos.

—Que su hermano no se ha olvidado —dije—. Y que va a venir a buscarte.

Concepció se quedó inmóvil. Después, muy despacio, con una sonrisa que le fue naciendo desde la comisura de los labios como algo que no supiera por dónde empezar, se llevó las dos manos a la boca.

—Cuarenta años —murmuró—. Yo creía que... —Y se echó a llorar, sin ruido, con los hombros muy quietos, con las lágrimas resbalándole por los dedos.

Me agaché a su lado. No me atreví a tocarla. Las cadenas plateadas de su muñeca brillaban un poco más que las de los demás, como si fueran más recientes.

—Y dice que no llevas lazo, porque te picaba.

Ella soltó una risa entre sollozos.

—Eso solo lo sabía él —dijo—. Es un secreto nuestro.

*   *   *

Pau estaba al fondo.

Sentado en una de las sillas más cercanas a la cabecera, en un lugar que yo conocía muy bien porque durante cinco años había sido el mío.

Tenía las manos en las rodillas, la cabeza baja, la espalda muy erguida, con el pelo alborotado y aquella camisa a cuadros que se ponía siempre para las cenas.

Delante, sobre el mantel, un plato de barro con un pedazo de pan. Aún humeaba.

Y a su lado, inclinada hacia él con una ternura tan exacta que me detuve en seco, una mujer.

Era pequeña, morena, de unos cincuenta años, con las manos gastadas de fregar. Llevaba un delantal de flores. Le acariciaba el pelo a Pau con la palma abierta, con un gesto lento, automático, de madre que lleva veintitrés años haciéndolo.

—Come, cariño —decía—. Come un poquito. Lo he hecho yo. Es del bueno.

Pau había levantado la mano. Tenía el pedazo de pan entre los dedos, a un palmo de la boca. Le temblaban los labios. Me miró sin verme, con los ojos muy abiertos, empañados, la cara de un niño al que llevan mucho tiempo esperando.

Grité.

—¡Pau! ¡No comas! ¡No comas eso! ¡PAU!

*   *   *

Lo demás fue muy deprisa.

Me lancé entre las sillas, tirando una copa, tropezando con el borde del mantel.

El pan seguía subiendo hacia la boca de Pau, despacio, como en un sueño.

La mujer del delantal levantó la cabeza.

Tenía los ojos de Pau, exactamente. Y me sonrió con una calma feroz, sin ningún gesto, con la boca apenas curvada.

—Marc —dijo—. Qué alegría verte otra vez.

Era la voz de la cosa. Debajo de la de la mujer, con esa resonancia húmeda de los mayores, pero con un timbre nuevo, más suave, la voz de alguien que sabe que ha ganado.

Llegué a Pau y le agarré la muñeca con las dos manos.

—Pau. —Me temblaba la voz—. Mírame. Soy Marc. Soy yo. No comas eso.

Él parpadeó. Giró la cabeza, despacio, como un hombre al que despiertan de un sueño muy profundo. Y en sus ojos, por un segundo, vi una cosa terrible: no miedo, ni confusión, sino alivio. Un alivio inmenso, agotado, de quien ha aguantado demasiado tiempo con demasiada pena.

—Es mi madre —susurró—. Marc, es mi madre. Está aquí.

—Ya lo sé.

—Me ha dicho que me perdona.

—Pau...

—Por no haber estado con ella. Cuando... el último día. Yo estaba en el trabajo, y ella... —Se le quebró la voz—. Me dijo que no importaba. Que me quería igual.

La mujer del delantal sonreía.

*   *   *

Tenía el cuaderno de dibujo bajo el brazo, junto al jersey.

Lo saqué sin pensarlo. No sé por qué lo hice.

Después, cuando me lo preguntaron, dije que fue un instinto, que en un momento de pánico el cuerpo sabe cosas que la cabeza ignora.

Pero creo que fue otra cosa. Creo que lo hice por la manera en que Pau apretaba los dedos sobre el pan, como quien se agarra a lo único que le queda.

Lo abrí por una página cualquiera. Un dibujo a lápiz, hecho con paciencia, con la cara ladeada y una expresión de cansancio dulce: una mujer morena, de unos cincuenta años, sentada en una silla de cocina con un delantal de flores. Debajo, con la letra cuidada de Pau, una fecha. Y dos palabras.

«Mamá. Domingos.»

—Pau —dije, y le puse el cuaderno delante de los ojos—. Míralo. Tú la dibujaste. Cuéntame cómo la dibujaste.

Él parpadeó. Miró la página. Y durante un momento largo no hizo nada, solo la contempló con esa atención lenta de quien se ve a sí mismo en un espejo que no esperaba encontrar.

—Le faltaba... —murmuró.

—¿Qué?

—Le faltaba un trozo de dedo. —Levantó la mano izquierda, con dificultad—. Aquí. Se lo cortó con una máquina, cuando era joven, en la fábrica. Le faltaba la punta del índice. Yo lo dibujé porque... porque era lo que la hacía... —Tragó saliva—. Era ella.

Los dos, a la vez, miramos la mano izquierda de la mujer del delantal, que seguía acariciando el pelo de Pau.

Cinco dedos completos. Bien formados. Con las uñas cortas y limpias.

Pau dejó caer el pan.

Cayó sobre el mantel sin ruido, rebotó una vez, y rodó despacio hasta detenerse junto a un plato de barro vacío. El silencio que se hizo en la sala fue tan grande que oí cómo se me paraba el corazón.

—No eres ella —dijo Pau, con una voz que no le conocía, muy baja, muy dura—. No eres mi madre.

La mujer del delantal dejó de sonreír. Pero no se movió.

Se quedó ahí, con la mano todavía sobre el pelo de Pau, mirándolo con una expresión nueva, más antigua, en la que ya no había ternura, ni cariño, ni siquiera ira.

Solo una paciencia inmensa y cansada. La de algo que lleva trescientos años esperando y que sabe, con una certeza casi humana, que puede esperar otros trescientos.

—Casi —dijo, con la voz de las voces—. Casi lo conseguí.

*   *   *

Pasamos el resto de la noche sentados uno junto al otro.

Yo le agarraba la muñeca. Él, con los ojos cerrados, respiraba despacio, temblando de vez en cuando, murmurando el nombre de su madre en voz baja, como quien reza.

Delante teníamos platos llenos de comida perfecta que olía a pan de casa, a guiso de abuela, a fruta madura. Ninguno de los dos los miró.

Vinieron muchas caras. La de mi padre, con los ojos hundidos, pidiéndome perdón.

La de mi madre, con la mano tendida. La de un compañero de colegio al que hacía veinte años que no veía.

Cada vez que una cara se acercaba, yo apretaba un poco más la muñeca de Pau y él apretaba la mía.

No decíamos nada. No preguntábamos. Y en algún momento, desde muy lejos, por encima de nuestras cabezas, a través de setenta y dos escalones de piedra, oímos una canción.

Era una voz de mujer. Baja, ronca, algo desafinada. Y detrás de ella otras, otras más, en un coro torpe y valiente que fue creciendo poco a poco hasta llenar la sala.

«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga...»

Pau abrió los ojos.

Y al fondo de la mesa, en una silla más alta que las demás, tallada con motivos de racimos y hojas de vid, algo se movió.

No la cosa. Otra cosa. Algo pequeñísimo, encogido en el respaldo, con una camisa de lana sin teñir y las piernas colgando sin llegar al suelo.

Un niño de siete años, sentado a la cabecera de la mesa, tapándose los oídos con las dos manos, con la cabeza gacha, escuchando aquella canción con los ojos muy abiertos y las mejillas mojadas.

Por primera vez en cinco años y medio lo vi entero.

Y él, sin dejar de escuchar, levantó la vista y me miró.

*   *   *

Amaneció, aunque allí abajo no hay amaneceres.

Lo noté por el frío, que cedió de golpe, y por ese alivio de presión en los oídos que ya conocía.

Las lámparas se apagaron. Las figuras de la mesa se fueron disolviendo, una tras otra, con la suavidad de un aliento sobre un cristal, y Concepció, la última, me apretó la mano un segundo con dedos fríos antes de desaparecer.

«Dile a Miquel que lo espero», dijo. «Pero que no venga solo por mí. Que venga por todos.»

Pau se levantó despacio, como quien despierta de una enfermedad. Tenía la cara gris, los labios agrietados, el pelo pegado a la frente. Se quedó mirando el mantel, los platos intactos, la silla vacía de su lado.

—Me han quitado algo —dijo.

—Lo sé.

—No sé qué. —Se llevó una mano a la sien, con una mueca de desconcierto—. Está... es como cuando entras en una habitación y sabes que falta un mueble, pero no sabes cuál.

Abrí el cuaderno de dibujo. Le puse delante el retrato de la mujer del delantal, con su índice mutilado y su sonrisa cansada. Lo miró un buen rato. Después, muy despacio, empezó a llorar.

—La cara —dijo—. Me acuerdo de la cara. De la forma en que la dibujé. Pero no... —Se le quebró la voz—. No me acuerdo de cómo sonaba. La voz. No me acuerdo de su voz.

Lo abracé. Lo apreté contra el pecho, con la barbilla sobre su pelo despeinado, sin decir nada, mientras a nuestra espalda, en lo alto de la mesa vacía, una silla de respaldo alto crujía muy despacio, como si alguien pequeñísimo acabara de bajarse de ella para acercarse a mirar.

Pero no me giré. Todavía no. Setenta y dos escalones nos separaban del cielo, y tenía que subir a Pau antes de que sonara ninguna otra voz.