La casa de las cubas 34. La vigilia
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34. La vigilia

TREINTA Y CUATRO

La vigilia

Julián no dejaba de mirar el jersey.

Estaba doblado con esmero sobre la primera piedra del brocal, con las mangas cruzadas hacia dentro y el cuello bien alisado, tal como lo dejaría alguien que tiene un poco de vergüenza de dejar las cosas desordenadas en casa ajena.

Encima, el cuaderno de dibujo, con las tapas de cartón azul rozadas por las esquinas.

Julián había visto a Pau con ese cuaderno un par de veces, sentado en el abrevadero por las tardes, con un lápiz corto entre los dientes, y nunca le había preguntado qué dibujaba.

No le pareció asunto suyo. Ahora se le hacía inconcebible no habérselo preguntado.

—Yo dije «vale» —murmuró.

Nadie contestó. Estaban todos en el patio, formando un semicírculo irregular alrededor del pozo, iluminados por tres lámparas de queroseno que alguien había ido sacando de la casa.

Ernest, con la chaqueta arrugada y la cara gris de agotamiento.

Marc, muy quieto, envuelto en su manta. Vidal, con el cuaderno de hule apretado contra el pecho.

Empar y Joaquim, cogidos de la mano, con una expresión de pavor que no intentaban disimular.

Y Carme, un poco apartada, de pie junto a la silla de cocina, con los ojos fijos en la boca negra del pozo y la foto de un niño de siete años entre los dedos.

—Dijo «voy a ver una cosa» —siguió Julián—, y yo dije «vale».

Como quien dice «hasta luego». Estaba tan cansado que no...

—Se pasó las dos manos por la cara—. Me lo dijeron.

Con o sin engaño, bajarás. O bajará quien más te duela.

Y yo pensé que se referían a la familia. A ti, mamá. A Marc. No pensé...

—No habrías podido saber que sería él —dijo Ernest.

—Se pasó una semana ayudándome con las cuerdas. Trajo el helado. —Julián tragó saliva—. Jamás le pregunté cómo se sentía por lo de su madre.

—Yo tampoco —dijo Vidal, en voz baja.

Y ese pequeño reconocimiento, dicho en voz tan baja, con tanta sencillez, fue lo que rompió el hechizo de horror que los tenía a todos atrapados. Alguien respiró hondo. Alguien se movió. Y Marc, sin levantar la voz, dijo:

—Voy a bajar yo.

*   *   *

Se armó, naturalmente. No un escándalo, no gritos: algo más sordo, más callado, la clase de conmoción que ocurre cuando muchas personas abren la boca a la vez y ninguna se atreve a hablar primero.

Empar soltó un sonido ahogado. Joaquim se adelantó un paso.

Julián, con el corazón en la garganta, dijo «no» antes de saber por qué.

—Marc.

—Escuchadme un momento. —Marc levantó una mano, y el gesto, en aquel cuerpo consumido, en aquella cara de fantasma, tuvo una autoridad que nadie había esperado—.

Solo un momento, y luego decidís. Pau está sentado a esa mesa.

Ahora mismo. Con su madre a un lado, seguramente, o lo que tiene su cara.

Le habrán puesto pan delante. Le habrán ofrecido vino.

Y Pau tiene veintitrés años y una vida entera de cosas que echa de menos.

Aguantará una hora. Puede que dos. Pero no tiene a nadie a su lado que le diga cómo hay que sentarse.

—Yo iré —dijo Julián.

—No.

—Es mi sitio.

—Ya no. —Marc lo miró, con sus ojos grandes, sin dureza—.

Lo fue durante treinta años, y yo lo ocupé cinco.

Esta noche no es el tuyo. Si bajas tú, bajas como elegido, y ellos lo saben.

Se les nota. Llevan una semana esperando que vayas.

En cuanto pises el primer peldaño, se acabaron los tecnicismos de Ernest, las cuerdas y las noches de plazo.

—Sacudió la cabeza—. Yo no soy nadie para ellos.

Un suplente. Un tipo al que dejaron sentarse cinco años en una silla que no era suya.

Puedo bajar, sentarme a su lado y quedarme quieto. Y a mí no me pueden pedir nada nuevo.

—Baja como testigo —dijo Ernest.

Todos se volvieron hacia él.

El notario se había sentado en el borde del abrevadero. Tenía sobre las rodillas un bloc de notas y un bolígrafo, y escribía con una rapidez extraña, con la punta de la lengua entre los dientes, como cuando redactaba un acta importante.

—Una diligencia —explicó, sin levantar la vista—.

Tiene que constar. Que un tercero, no parte, no elegido, no del linaje llamado a bajar, desciende a la mesa en calidad de testigo de los hechos, con el único objeto de asistir a otra persona.

Y que ese tercero no come, no bebe, no dice nombres y no firma nada.

—Levantó los ojos—. Con la firma de tres vivos. Tenemos más.

—¿Y eso los va a detener? —preguntó Empar, con la voz rota.

—Lo dudo. Pero los obliga a considerarlo. Y todo lo que los obliga a considerar algo es una forma de retraso. —Se le escapó una sonrisa amarga—. Mi padre siempre decía que un notario no salva a nadie. Solo consigue que la ley tarde un poco más en hacerse el ciego.

*   *   *

Hubo un largo silencio.

Joaquim dio un paso hacia delante, con las manos temblando a los lados.

—Iré yo —dijo.

—Papá —dijo Marc.

—Iré yo. —Tenía la cara descompuesta, la voz seca de quien lleva demasiadas semanas sin comer—. Tenía que haber sido yo hace treinta años. Tenía que haber sido yo hace cinco. Deja que sea hoy. Que baje un padre a sentarse con un chico que no es suyo, aunque sea una vez, aunque sea tarde.

Marc le sostuvo la mirada durante lo que a Julián le pareció un siglo.

—No sabes callar, papá —dijo por fin, con una ternura que casi dolía—.

Nunca has sabido. En cuanto la cosa se ponga la cara de mamá, o la mía, o la de tu padre, te pones a hablar.

A pedir perdón, a explicar. Y ellos escuchan todo lo que dices.

Cada palabra. —Le puso una mano en el brazo—. Te necesito aquí arriba.

—¿Para qué?

—Para cantar.

Y Marc, con su voz baja, ronca, todavía frágil, se dirigió a todos:

—Hay una cosa que aprendí en la mesa, y es lo más importante que sé.

Cuando alguien se sienta ahí, sin nadie que lo llame, se pierde.

Se pierde en cuestión de horas. No es solo el hambre.

Es que allá abajo no hay tiempo, y la voz de quien te quiere se convierte en algo que ya no reconoces.

Pero hay una cosa que llega. Una sola, que llega desde arriba.

—Miró a Carme—. Lo que se canta en el patio.

Carme lo miraba fijamente.

—Cuando ella cantó en el umbral —dijo Marc—, esa noche, con el niño... yo estaba en la cocina, y lo oí. Pero también lo oí, de otra manera, allá abajo, cuando volvió a la mesa. El niño se puso a cantar a la vez. Bajito. Y los mayores dejaron de hablar.

Se hizo un silencio muy hondo.

—Una cuerda no llega tan lejos —dijo Marc—. Una canción, sí.

*   *   *

Vidal fue el último en acercarse.

Se puso delante de Marc con la cuerda enrollada al brazo, y sin decir palabra se la ató a la cintura con los mismos nudos de siempre, apretando mucho, con los dedos callosos moviéndose despacio, con una atención de artesano.

Al terminar, se quedó un momento así, con las manos sobre los hombros del muchacho, mirándolo a la cara.

—Marc —dijo—. Si la ves...

—¿A quién?

—En la tercera silla desde la puerta. Con dos trenzas. —La voz de Vidal se hizo un hilo—. Tiene trece años. No lleva lazo, porque le picaba. Dile... —Se detuvo. Volvió a empezar—. Dile que su hermano Miquel no se ha olvidado. Que va a ir a buscarla.

Marc puso una mano sobre las suyas, encallecidas, y asintió.

—Se lo diré.

Vidal dejó caer los brazos. Retrocedió un paso. Y Julián comprendió, viéndolos, que aquel muchacho de piel transparente, con los huesos a flor de piel y una manta sobre los hombros, se había convertido, sin que nadie se diera cuenta, en la persona más fuerte de todo el patio.

*   *   *

Marc se acercó al pozo.

Miró un momento el primer peldaño, la piedra gastada por siglos de pasos que ya no estaban, y el jersey doblado que Pau había dejado con tanto cuidado.

Lo cogió. Se lo metió bajo el brazo, junto con el cuaderno de dibujo.

Después se volvió hacia Julián, y sonrió con esa sonrisa pequeña, torcida, vergonzosa, la misma que le había visto una tarde de domingo, hacía veinte años, enseñándole un cómic.

—Cuida de tu madre —dijo—. Y no dejes que se calle.

—Marc...

—Hasta el amanecer, primo. No llores todavía.

Y se metió en el pozo.

Bajó despacio, peldaño a peldaño, con una mano en la pared y la otra sujetando el jersey de Pau.

La lámpara que llevaba iba iluminando un trozo cada vez más pequeño de piedra oscura, hasta que solo fue un punto amarillo, una brasa, una estrella diminuta que se perdía hacia lo hondo.

Vidal iba soltando cuerda entre las manos.

Diez metros. Veinte. Cuarenta. Setenta y dos peldaños.

La cuerda se detuvo.

Y de pronto, sin que nadie lo hubiera dicho, sin que hubiera una señal, una voz empezó a cantar.

*   *   *

Era Carme.

Se había sentado en el borde del brocal, con las piernas colgando sobre el vacío, la foto en el regazo y las manos sobre la piedra fría. Tenía el pelo blanco iluminado por las lámparas y el rostro sereno de quien ha decidido algo hace mucho y solo ha tardado un momento en entenderlo.

—«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga...»

Empar se sentó a su lado. Después Joaquim, con la voz cascada, desafinada, avergonzada, pero firme.

Ernest se quitó las gafas y se unió a ellos, con su barítono grave de notario de coro parroquial.

Vidal, con los ojos cerrados y la cuerda todavía enrollada entre los dedos.

Julián se sentó en el último hueco, en el lado del pozo, con el hombro pegado al de su madre y una vocecita entrecortada saliéndole de algún sitio que no supo identificar.

Cantaron la nana entera. La cantaron dos veces, tres, cuatro.

Cantaron hasta que la luna cruzó el cielo del patio y las lámparas empezaron a consumirse.

Cantaron a través del frío, del cansancio, del miedo.

Cantaron mientras, allá abajo, muy lejos, más allá del último peldaño, una vocecita aguda se unía tímidamente al coro y una voz de muchacho, ronca y firme, marcaba el compás.

Y hacia las tres de la madrugada, cuando ya nadie recordaba cuántas veces habían repetido el mismo verso, por el pozo subió un grito.

Era la voz de Marc. Lejana, deformada por la piedra, pero inconfundible. Tenía un pánico que ninguno de ellos le había oído nunca, un terror puro, sin adornos, el de quien acaba de ver desplegarse ante sus ojos lo que más teme.

—¡Pau! —gritaba—. ¡Pau, no comas! ¡No comas eso! ¡PAU!

Y después, solo el silencio.