La casa de las cubas 33. Los nombres
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33. Los nombres

TREINTA Y TRES

Los nombres

Fue al cruzar el puente por tercera vez cuando Ernest comprendió que no iba a llegar.

Lo había visto venir. Una hora antes, en las afueras de Igualada, había notado algo raro en el paisaje: una gasolinera con el letrero de una marca que no existía, una pequeña ermita a la derecha, pintada de un blanco muy limpio, que le pareció haber visto ya aquella mañana, en sentido contrario.

Se había dicho que era la fatiga. Que un hombre de sesenta y tres años con cuatro horas de sueño y una carta de su padre en el bolsillo tiene derecho a confundir una ermita con otra.

Después vino el puente.

Era un puente de piedra de tres ojos, sobre un río seco, con el pretil cubierto de líquenes y una placa de hierro con una fecha borrosa.

Lo cruzó a las doce y diez. Volvió a cruzarlo a las doce y treinta y cinco.

Y a la una menos veinte, con el sol justo en lo alto y un sudor frío corriéndole por la espalda, se dio cuenta de que el reloj del salpicadero no había avanzado desde que había pasado por debajo del primer arco.

Frenó en seco, en mitad del asfalto.

No venía nadie. No había venido nadie en veinte kilómetros.

A ambos lados de la carretera, los campos de rastrojo se extendían hasta el horizonte, dorados, silenciosos, perfectamente inmóviles, como pintados sobre un decorado.

Ernest se quedó un momento con las manos en el volante, escuchando el ronroneo del motor.

Después bajó del coche y se acercó al pretil del puente.

Sobre la piedra, al alcance de la mano, alguien había escrito con un trozo de carbón. Una sola línea, con una letra cuidada de niño que acaba de aprender a hacer las eses:

«Bienvenido a casa, notario.»

*   *   *

Trató de pensar como pensaba en el despacho.

Era un ejercicio que había perfeccionado con los años, y que consistía, básicamente, en apartar la emoción a un lado, como se aparta una silla estorbosa, y ver el problema tal como lo vería un tercero: un problema de forma, de plazos, de partes.

Alguien no quería que él llegara a la finca.

Alguien tenía poder para impedirlo. Pero ese alguien, y eso era lo que le parecía fundamental, había esperado hasta que Ernest saliera con la carta en el bolsillo para actuar.

No antes. No cuando estaba en el sótano con Marc, leyendo el manual.

No cuando ellos dos sacaron a la luz, sin querer, casi todo lo que había.

Es decir, que la carta tenía algo que los asustaba.

Sacó del bolsillo las cuatro hojas de su padre y las ojeó.

Nada. Nada que no hubiera leído ya. Pero al fondo de la chaqueta, junto a ellas, había otro papel doblado, más grueso, que casi se le había olvidado: la fotocopia del anexo del manual de mil seiscientos noventa y ocho, con los trescientos cuarenta y un nombres que Marc había ido subrayando a lo largo de todo el día anterior.

Se quedó quieto.

«Deberá leer en voz alta la relación completa de los que reposan.

» Eso decía la cláusula. Pero era la cláusula de la última noche.

Del lugar donde se sentó el primero. De los tres testigos vivos.

Nada de eso se cumplía ahora, en una carretera vacía, a mediodía, con un solo lector y un puente de piedra.

Y sin embargo...

Ernest desplegó la fotocopia sobre el capó del coche, la alisó con la palma de la mano, y buscó con el dedo el primer nombre.

—«Joan Pujol —empezó, con la voz clara y grave que usaba para las escrituras—, pagès, del mas de la Serra, quaranta-un anys.»

El aire se movió.

No fue un viento. Fue algo más sutil, un cambio de presión, como si el mundo entero hubiera contenido la respiración un instante y ahora la soltara.

En el campo de rastrojo, a su derecha, una espiga se inclinó.

Después otra. En el cielo, sin ninguna nube, una sombra rápida cruzó el sol, y Ernest tuvo la certeza física, absurda y absoluta, de que alguien, muy cerca, lo estaba escuchando.

Siguió.

—«Maria Pujol, sa muller, trenta-vuit anys.» —Se le quebró un poco la voz—. «Eulàlia, filla, sis anys. Rafel, fill, dos anys.»

Y entonces, muy cerca, apenas a un metro de su oído, alguien dijo algo.

—Gràcies.

*   *   *

Fue una palabra pequeña, casi inaudible, dicha por una voz de mujer, cansada, con un acento de campo que ya no se oye.

No había ninguna cara. No había nadie, en el puente, más que él.

Pero Ernest se quedó paralizado, con el dedo sobre la lista y el corazón desbocado, comprendiendo de golpe algo que no había esperado comprender.

No todos ellos querían lo mismo.

Había estado pensando en los mayores como una masa.

Un coro de trescientas gargantas que hablaba a la vez, con una sola voluntad hambrienta.

Pero no era así. Bajo aquel coro había personas.

Cada una con su nombre, su oficio, su edad.

Cada una con lo que quería. Y algunas, una al menos, lo que querían era muy sencillo: que alguien dijera su nombre en voz alta, sin cantarlo, sin pedirles nada a cambio.

—«Jaume Ribes, boter, cinquanta anys» —leyó, con más firmeza—. «Antònia Ribes, sa muller. Tomàs, fill, quinze anys. Pere, fill, dotze.»

—Gràcies —dijo otra voz, más grave, de hombre.

—«Ramon Casals, fuster, vint-i-nou anys...»

Con cada nombre, el aire iba aflojándose.

La luz cambió, primero casi imperceptiblemente y después a ojos vistas: el dorado uniforme del rastrojo se rompió en matices, verdes y ocres, y de la orilla del río seco subió un leve olor a tierra húmeda.

Una brisa le agitó el pelo. Y en el pretil del puente, la frase de carbón se fue desvaneciendo, letra a letra, como un dibujo lavado por la lluvia.

Leyó cuarenta y siete nombres.

Se detuvo al llegar a una línea que lo hizo temblar: «Rosa Sala, minyona, dèsset anys».

Alguien, cerca de él, empezó a llorar. Un llanto suave, incrédulo, de muchacha, que no era de miedo.

Ernest esperó, con los ojos cerrados, con la respiración contenida.

Cuando terminó, con una voz apenas audible, la chica dijo:

—Dèsset. No sabia que ja no era la que era.

—Estás en paz —susurró Ernest, sin saber a quién hablaba—. Todos vais a estar en paz.

Y entonces sintió la mano de alguien que no estaba allí posarse sobre su hombro, con una suavidad de plumas, y decirle sin palabras que siguiera.

*   *   *

El resto del trayecto lo hizo leyendo.

Conducía con la fotocopia sujeta al volante con una goma elástica de la guantera, la ventanilla abierta, la voz ya ronca de tanto hablar.

Cada pocos minutos, un pueblo. Cada pueblo, una hilera de nombres.

Y en cada nombre, un poco de luz. Pasó por Vilafranca, por Sant Sadurní, por una serie de rotondas que no había visto nunca. El puente no volvió a aparecer.

De vez en cuando, entre dos nombres, oía otra cosa.

No una voz. Un roce, un ruido de sillas al arrastrarse, un murmullo que se movía por el interior del coche, como si viajara con él un pasajero invisible, más tranquilo cada vez.

En algún momento le pareció oír a un niño diciendo «¡mira, mira, un coche! ». No se giró. Siguió leyendo.

No leyó los trescientos cuarenta y un nombres.

Se guardó, aunque no habría sabido explicar por qué, casi trescientos.

Los que quedaban los reservaba para la última noche, para el lugar del primero, para cuando estuvieran presentes los testigos.

Al llegar a la línea ciento veinte, cerró la fotocopia y la guardó, con una especie de reverencia, en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Los demás, luego —murmuró, en voz alta—. Lo prometo.

Algo, en el interior del coche, pareció asentir.

*   *   *

Llegó a la finca poco antes de medianoche.

La pista de tierra le pareció más larga que nunca.

Los faros barrían el camino con una luz amarilla y fatigada, y en algún momento, por la ventanilla abierta, le llegó un olor a tierra removida y a hierba pisada.

Había luna. Una luna casi llena, que iluminaba de plata las tapias de la finca, los tejados hundidos, la hiedra en la esquina.

No había ninguna luz encendida en la casa.

Eso fue lo primero que le llamó la atención.

La noche anterior, cuando se había ido, todas las ventanas estaban iluminadas.

Ahora, las contraventanas cerradas, la puerta de servicio entornada, ni una rendija de claridad en toda la fachada.

Una casa a oscuras, quieta, con esa expresión de cosa dormida que se le pone a los edificios cuando alguien ha apagado todas las luces al mismo tiempo.

Frenó frente al portón. Apagó los faros.

Marc lo esperaba.

Estaba de pie en mitad del patio, con una linterna de queroseno en una mano y la manta sobre los hombros, solo, muy quieto, mirando hacia el centro del empedrado.

No se movió cuando Ernest bajó del coche.

Tampoco cuando cerró la puerta. Solo cuando el notario estuvo a un par de metros de él, giró la cabeza, despacio, y Ernest vio su cara a la luz de la lámpara.

Estaba blanco como un papel. Los ojos, enormes, tenían el brillo frío de quien lleva horas sin parpadear.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ernest, con un nudo en el estómago.

—Se han llevado a Pau.

El notario se quedó sin aire.

—Lo llamaron desde el patio —dijo Marc, con una voz plana, sin inflexiones, como quien recita una lección que no termina de creerse—.

Hará tres horas. Yo estaba dentro, con Carme, cantándole a...

al niño, ya sabes. Vidal dormía por fin.

Julián había salido a tomar el aire, no sé, a mirar las estrellas.

Y Pau se levantó de la silla. Sin decir nada.

Con una cara... —Le tembló la boca—. Con una cara muy dulce.

Como la de un niño al que llaman a cenar.

—¿Quién lo llamó?

—Su madre.

Ernest lo miró.

—Su madre murió hace dos años —dijo Marc—.

Nos lo contó él mismo, esta mañana, mientras desayunábamos.

Se quedó callado mucho rato después de decirlo.

Y esta noche, a las nueve, ha salido al patio, se ha acercado al charco y ha hablado con ella.

Con su madre. Una conversación larga. Muy tierna.

Todos lo oímos. Yo quise entrar, Ernest, quise agarrarlo, pero ya estaba... —Se quedó callado.

Dio un paso al frente y alzó la lámpara.

En el centro del empedrado hundido, donde durante toda la semana había habido un óvalo de agua turbia mirando al cielo, se abría ahora un círculo perfecto de piedra negra.

Un pozo. Un pozo ancho, de casi dos metros de diámetro, con un brocal de losas antiguas y una escalera de peldaños estrechos que se hundía en la oscuridad.

Y sobre el borde de la primera piedra, dejado con un cuidado que a Ernest le partió el corazón, un jersey gris doblado en cuadrado, con un cuaderno de dibujo encima.

—Ha bajado por su propio pie —dijo Marc—. Sin engaño, sin cadenas. Vino a decirle adiós a Julián antes de irse, y Julián no lo entendió. Dijo: «voy a ver una cosa». Y lo dejó ir.

—Marc...

—Ha bajado voluntariamente, Ernest. Ya no hay tecnicismos. —Levantó los ojos, brillantes, y la voz se le quebró por primera vez—. Tú lo sabes tan bien como yo. Esta noche, Pau va a sentarse a esa mesa. Y va a tener hambre.