32. Ernestet
TREINTA Y DOS
Ernestet
Ernest no dijo nada durante casi un minuto.
Estaban los dos de pie en el pasillo de la casa, a las cinco de la madrugada, con la lámpara de aceite de Vidal proyectando sobre las paredes unas sombras enormes y temblorosas.
Ernest, en camiseta y pantalones de pijama, con las gafas todavía en la mano; Vidal, con la caja de latón contra el pecho y el frasco marrón apretado en el puño, como un hombre que ha subido a un patíbulo por su propio pie y espera a que alguien le diga cuándo dejar caer la trampilla.
—Mi padre lo perdonó —dijo Ernest por fin.
—Sí.
—Sin decírselo. Sin permitirse decirlo, quizá.
Pero lo perdonó. —Se pasó la mano por la cara, que le pareció de repente muy vieja—.
Yo no sé hacerlo tan deprisa, señor Vidal.
Ni siquiera sé si voy a querer hacerlo. Lo que usted hizo...
—Se le quebró la voz—. Trescientos años de secreto, y usted tenía en la mano una botella con la que borró lo único que podía ayudarnos.
—Lo sé.
—Pero usted me ha traído el frasco. Y la carta. —Ernest levantó la vista—. Y eso, según mi experiencia de treinta y un años, es lo que distingue a un hombre de un delincuente: que un día venga a confesar.
Vidal cerró los ojos, y una lágrima le resbaló por la mejilla arrugada.
—Me llamo Miquel —dijo.
—Lo sé. —Ernest se puso las gafas—. Pues, Miquel, hágame un favor. Prepare café, mucho, y quédese aquí con Julián y su madre. Si esta noche oyen algo distinto, no sigan un plan: háganlo simple. Yo voy a Barcelona a buscar lo que dejó mi padre.
* * *
Condujo solo.
Marc había insistido en acompañarlo. Ernest le había dicho que no, con más suavidad de la que pensaba tener: que lo necesitaba en la finca, junto al patio, con el oído puesto en aquella vocecita de niña que solo él sabía distinguir.
Marc había asentido. Pero se había quedado mirando cómo se alejaba el coche, en el umbral de la puerta, con la manta sobre los hombros, y Ernest, por el retrovisor, había visto que alzaba la mano en un gesto de despedida un poco absurdo, un poco infantil, el de alguien que ha aprendido tarde que despedirse es una forma de creer que se va a volver.
El sol salía a su izquierda. Ernest bajó la ventanilla y dejó que el aire de septiembre le limpiara la cabeza.
No pensaba en la carta. Pensaba en la cara de su padre, la última vez que lo había visto: un hombre alto y flaco, de sesenta y nueve años, sentado en el sillón de su despacho con un libro abierto sobre las rodillas, dormido, con la boca ligeramente abierta y las gafas resbaladas hasta la punta de la nariz.
Lo había encontrado así una tarde de martes, a las seis, cuando bajó a recoger unos documentos.
Un infarto, dijeron. Sin dolor. En su sillón, con su libro.
Había sido el mejor notario que Ernest había conocido. Y jamás, en treinta y tres años de convivencia, le había contado nada.
* * *
El despacho del fundador estaba al fondo del pasillo principal, tras una puerta de madera oscura que Ernest no abría casi nunca.
Lo había dejado tal cual desde la muerte de su padre: el escritorio de nogal con su tapa de cuero verde, la lámpara de bronce con pantalla de cristal, las estanterías con los tratados de derecho civil catalán, los diplomas enmarcados, la butaca de cuero rojo con el asiento hundido por cuarenta años de uso.
Montse mandaba limpiarlo una vez por semana. Nadie se sentaba en él.
Se detuvo en el umbral.
—¿Quiere que le acompañe? —preguntó Montse, a su espalda, con el tono de quien ya conoce la respuesta.
—No. —Ernest respiró hondo—. Pero quédese cerca.
Cruzó el despacho con pasos cortos, como quien entra en una iglesia.
Se sentó frente al escritorio, en la silla de visitas, no en la de su padre, por una especie de reverencia que no habría sabido explicar.
Miró el primer cajón de la derecha. Tenía un tirador de latón, redondo, desgastado por el roce de un dedo pulgar que llevaba treinta años sin tocarlo.
Lo abrió.
Dentro había pocas cosas. Un abrecartas de plata.
Un sello de lacre con las iniciales «F.B.
». Un cuaderno de notas con las tapas de hule.
Y, en el fondo, colocado con el cuidado de quien no quiere que se arrugue, un sobre grande, de papel verjurado, cerrado con un lacre rojo y con tres palabras escritas con tinta negra, con la letra pulcra e inclinada de su padre:
«Al meu fill Ernest.»
* * *
Rompió el lacre con el abrecartas.
Eran cuatro hojas escritas por las dos caras, con la misma pluma estilográfica que su padre usaba para firmar las escrituras. Ernest las desdobló despacio. Empezó a leer en voz baja, casi sin darse cuenta, como leía siempre, como leía todo desde los veintitrés años, moviendo los labios.
«Fill meu: Si lees esto es que ha llegado el día, y yo no estoy. Perdóname por no habértelo dicho. Ahora entenderás por qué.»
La carta empezaba así, sin más preámbulo, y de ahí en adelante todo iba cayendo con una precisión seca, jurídica, a la manera de su padre, que había necesitado toda la vida disfrazar de método lo que le dolía. Ernest fue leyendo, con los ojos cada vez más brillantes, lo que ya intuía y lo que no.
Que su abuelo le había contado la verdad a los treinta años, una noche de mil novecientos cincuenta y siete, en este mismo despacho.
Que la notaría Bosch llevaba trescientos años sosteniendo, sin saberlo del todo, la trama legal de aquella deuda, porque los muertos necesitaban fedatarios y los Rovira, notarios.
Que cada primogénito Bosch, al heredar el despacho, heredaba también un conocimiento que no podía usar y una responsabilidad que no podía ejercer, hasta que llegara la hora.
«Lo intenté, fill. Una vez. En mil novecientos setenta y tres, cuando tú tenías diez años, escribí una carta al obispado y otra a la Audiencia. Denuncié, sin decir nombres, lo que sabía. No llegué a enviarlas. Aquella misma semana tu madre enfermó.»
Ernest dejó de leer.
Su madre había muerto en mil novecientos setenta y seis.
Una enfermedad rara, de la sangre, que se la había llevado en tres años y de la que nadie había sabido decirles el origen.
Tenía cuarenta y dos años. Él, trece. Recordaba las visitas al hospital, los pasillos blancos, el olor a desinfectante, y a su padre sentado a la cabecera, con las manos cruzadas, sin hablar, sin llorar.
«No sé si fue casualidad. Nunca lo sabré.
Pero el día que rompí aquellas cartas, tu madre dejó de empeorar durante un mes.
Y cuando volví a escribir la siguiente, empeoró otra vez.
—La letra se apretaba en esa frase, como si la pluma hubiera estado a punto de romperse—.
No tuve valor, Ernest. Ni siquiera con lo que estaba en juego.
Y después, cuando ella murió, ya no quedaba nada que proteger.
Solo tú. Y creí que lo mejor que podía hacer era dejarte fuera. »
Ernest tuvo que apartar la hoja un momento. Tenía la vista nublada. Detrás de él, en el umbral, oyó los pasos discretos de Montse acercándose y deteniéndose a un par de metros. No dijo nada. Le puso una mano en el hombro y se la dejó ahí.
* * *
La segunda hoja era más técnica. Su padre, lo notó enseguida, había cambiado de tono: escribía ahora como escribía en las escrituras, con esa neutralidad limpia que servía de barandilla en los sitios donde la emoción resbalaba. Ernest respiró y siguió.
Explicaba la hora.
«El contrato de mil seiscientos noventa y ocho es una rabassa morta con una cláusula de liquidación.
La que la copia de la finca no recoge, porque nadie de la familia Rovira se ha molestado nunca en pedir el original.
Dice así: a la última noche de la vendimia, en el lugar donde se sentó el primero, el notario de la casa Bosch, o quien lo represente, deberá leer en voz alta la relación completa de los que reposan, decir el nombre del que no lo dijo, y declarar extinguida la deuda con el testimonio de tres vivos. »
«Todo esto lo he sabido siempre. Lo que no he sabido nunca es el nombre.
Mi padre me dijo que se había perdido antes de que él naciera.
Es posible que fuera cierto. Es posible que el guarda de entonces lo borrara.
Cuando Vidal vino a visitarme, hace unos años, yo ya sabía a lo que venía.
Lo vi en sus ojos, esa mirada de quien no se pertenece.
Y le dejé hacer, hasta que no pude más. Pero hice una cosa que espero que sirva. »
Ernest se detuvo. Volvió a leer la frase.
—«Antes de que Vidal terminara —murmuró—, comprendí que el nombre no estaba sólo en el pergamino. Alguien lo había escrito en otro sitio, hace mucho, para que se conservara.»
* * *
La tercera hoja era la más corta.
«En 1651, un año después de la peste, el párroco de la capilla de la finca bautizó una campana.
Es tradición en Cataluña: las campanas tienen nombre, se bautizan como las personas, y se graba el nombre en el bronce, en el borde inferior, junto a la fecha y el nombre del padrino.
La capilla de la finca dejó de usarse en mil novecientos treinta y seis, cuando la guerra; y la campana...
—La letra se había vuelto más lenta—. La campana, según cuenta la tradición de nuestra casa, se bautizó con el nombre del primer niño enterrado en la fosa.
Del primero en morir. Del que nunca dijo su nombre porque nadie se lo preguntó a tiempo. »
Ernest sintió que se le erizaba el vello de los brazos.
«El guarda de aquel tiempo la hizo arrancar del campanario para que nadie leyera el nombre. Pero no se atrevió a fundirla, porque está prohibido fundir una campana bautizada. La enterró. Y la enterró, Ernest, en el único sitio de la finca donde estaba seguro de que nadie cavaría jamás.»
Ernest cerró los ojos. Ya sabía lo que iba a leer antes de leerlo.
«Bajo la cepa madre.»
* * *
No lloró.
Lo pensó después, sentado todavía en la silla de visitas, con las cuatro hojas sobre las rodillas y la mano de Montse en el hombro.
Esperaba llorar. Había esperado llorar desde el momento en que vio el sobre.
Pero lo que le vino, en cambio, fue una serenidad extraña, un silencio interior de gran profundidad, como el que se hace en una sala de juicios justo antes de que el juez lea la sentencia.
Porque comprendió, de golpe, cómo estaba construido aquel horror.
Cada pieza había sido colocada por alguien distinto, en un siglo distinto, con una sola intención común: que ninguna de ellas pudiera usarse sin destruir otra.
El nombre estaba bajo la cepa. La cepa madre sostenía el contrato.
Si se arrancaba la cepa, se extinguía la rabassa y la finca revertía, con todo lo que había vivo, a los señores de abajo. Y si no se arrancaba, no había nombre.
Y el nombre era lo único que podía liberar al niño.
La última hoja, la cuarta, era solo un párrafo. La letra de su padre se había vuelto casi ilegible, torcida, como escrita con la mano izquierda.
«Ernest: no sé lo que harás. Me da igual.
Si lees esto y decides no hacer nada, te perdono, porque yo tampoco hice nada.
Pero si decides hacerlo, que sepas dos cosas.
La primera es que yo estaré contigo, de la manera que se pueda.
La segunda es que tu madre también lo habría hecho.
Tu madre, que se llamaba Núria Vila, sí habría bajado esa noche a leer los nombres. »
Y debajo, en una letra aún más pequeña, con una tinta más clara, como escrito con prisa en el último momento antes de cerrar el sobre:
«Perdóname por haberte dejado creer que eras un cobarde como yo. Eres el mejor notario que ha tenido esta casa.»
* * *
Salió del despacho con las cuatro hojas plegadas dentro de la chaqueta y la cara todavía húmeda.
Montse le abrió la puerta principal sin decir palabra, con el bolso ya en la mano, y por primera vez en veintiocho años, Ernest, mientras bajaba las escaleras del edificio, hizo algo que no había hecho nunca: se detuvo en el rellano, se volvió y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, Montse.
—Váyase —dijo ella, sonrojándose—. Y vuelva vivo. Que tengo la agenda llena de entierros.
Ya en la calle, mientras buscaba las llaves del coche, sonó su teléfono.
Número desconocido. Ernest se lo quedó mirando un rato, con el pulgar sobre la pantalla, sintiendo un cosquilleo helado en la nuca. Después descolgó, sin decir nada.
—Ernest —dijo una voz al otro lado.
Era una voz grave, pausada, cansada, con un ligero acento de Barcelona y una manera de acortar las vocales que él conocía desde niño. Era la voz de su padre. Exacta, hasta el timbre y el ritmo. Tuvo que agarrarse a la puerta del coche.
—Ernest, fill meu —siguió la voz, con infinita ternura—. No hagas lo que vas a hacer. Te lo pido por tu madre. Vuelve a casa. Quema esa carta. Yo me equivoqué, hijo. No tenía que habértela dejado. Vuelve a casa y todo se arreglará.
Ernest cerró los ojos. Le temblaban los labios. Durante un largo instante, con todo el peso de sus treinta y tres años de silencio, estuvo a punto de decir que sí.
Después abrió los ojos, y dijo con una voz muy baja, muy firme, la voz que reservaba para los firmantes que intentaban engañarle:
—Mi padre no me llamó Ernest en toda su vida.
La línea se quedó muda.
—Me llamaba Ernestet. Hasta el día que murió. —Sintió que una sonrisa temblorosa le levantaba la comisura de la boca—. Usted no lo sabía. Nadie lo sabía, fuera de casa. Y por eso, por primera vez en trescientos años, tengo la seguridad de que me equivoco menos que ustedes.
Colgó. Apagó el teléfono. Se quedó un momento quieto en la acera, con la cara hacia el sol, respirando hondo.
Y después, muy despacio, subió al coche, arrancó y salió hacia la finca, con cuatro hojas de papel en el bolsillo y ocho noches por delante.