37. La mano
TREINTA Y SIETE
La mano
Vidal sacó la sierra.
Era una sierra de arco, pequeña, de dientes finos, de las que se usan para podar sarmientos, y la sostenía con las dos manos como quien sostiene un arma que no quiere usar.
Estaba de pie en la galería, con la espalda pegada a los troncos de apuntalamiento y la cara iluminada desde abajo por la lámpara.
A su lado, Joaquim; más atrás, Ernest, con las gafas llenas de polvo y una expresión grave.
Y en el suelo, sentado con los brazos alrededor de las rodillas, mirando fijamente la raíz negra que se enroscaba sobre la boca de la campana, Julián.
—Una raíz de este grosor —dijo Vidal— se puede cortar sin matar la cepa. Las viejas soportan mucho. Un tercio de las raíces, incluso la mitad, si se hace bien y se cura con pasta de cera. —Tragó saliva—. Pero esta no es una raíz cualquiera. Nadie sabe lo que hay dentro de esta.
—Entonces no la cortamos —dijo Julián.
—Hijo. —Joaquim se agachó a su lado, con un gesto pesado—. Hay que leer ese nombre. Es lo único que...
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué...?
—Dejadme un rato. —Julián no levantó la vista—. Solo un rato. A solas con ella.
Ernest fue el primero en entender. Puso una mano en el hombro de Vidal, le hizo bajar la sierra, y los tres retrocedieron por la galería con pasos torpes, arrastrando las lámparas, hasta que la luz se fue apagando por el túnel y a Julián le quedó solo el resplandor amarillo de su propia linterna frontal, temblando sobre el bronce ennegrecido.
* * *
Se quedó mucho rato mirando la raíz.
Era gruesa, negra, con la corteza áspera y el brillo húmedo de las cosas vivas.
Bajaba por el techo de la galería, recorría un metro de tierra, se enroscaba sobre el borde de la campana y se hundía en el bronce por dos puntos, exactamente sobre la inscripción.
A la luz de la linterna se veía perfectamente el lugar donde la madera cubría las letras: una superficie estrecha y alargada, de unos veinte centímetros, con una forma extraña que a Julián le llevó un buen rato identificar.
Se acercó más. Movió despacio la lámpara.
Y entonces lo vio.
No era una raíz. O no era solo una raíz.
En el extremo, donde debía terminar, se abría en cinco raicillas finas, cortas, ligeramente curvadas, que descansaban sobre el bronce con una precisión que nada tenía de casual.
Cuatro largas. Una más corta, apartada, algo separada de las demás.
Las yemas, blanquecinas, tenían pequeñas hendiduras como uñas.
Cinco dedos.
Julián se quedó sin aire. Un pulgar, un índice, un corazón, un anular, un meñique.
Extendidos, tensos, apretados contra la palabra que rodeaba la campana, exactamente como se tapa con la palma de la mano algo que uno no quiere que nadie lea.
Como se cubre la boca un niño al que acaban de pillar diciendo lo que no debía.
—Ah —dijo, con un hilo de voz—. Eres tú.
* * *
No cortó nada. Se sentó a su lado, con la espalda contra la pared de tierra y las piernas cruzadas, y se puso a hablar.
Al principio no supo qué decir. Se sintió ridículo, allí, en un agujero bajo un árbol, hablando con unas raíces.
Pero a los dos minutos recordó lo que había pasado en el patio, junto al charco, y lo que le había dicho el niño: «Yo solo quería que vinieras a jugar».
Y se le ocurrió que probablemente esa era la manera.
Que no había ningún ritual, ninguna fórmula, ningún truco de notario. Solo sentarse, esperar y decir hola.
—Hola —susurró.
Nada.
—Soy Julián. El del helado. —Se pasó la lengua por los labios secos—. Ya sé que te has enfadado con nosotros. Que nos has ocultado el nombre. Que primero nos lo cantaste, y luego lo hiciste olvidar. Y lo entiendo.
La raíz se movió.
Fue un temblor mínimo, casi imperceptible, un estremecimiento a lo largo de la madera, como el de un animal que despierta. Los cinco dedos se apretaron un poco más contra el bronce.
—No es por nosotros —dijo Julián, más bajo, casi para sí mismo—. Es que tienes miedo. ¿Verdad?
Y entonces la voz se le metió en la cabeza.
No en los oídos. Dentro, en algún lugar detrás de los ojos, con la nitidez de un pensamiento propio, aunque sabía perfectamente que no lo era.
Era la voz del niño. La misma vocecita fina, esperanzada, asustada.
Pero más cerca, más desnuda, sin la distancia del agua ni de la piedra.
Una voz que hablaba desde dentro de la madera.
«Cuando lo dije, me eligieron.»
Julián se quedó helado.
«Vinieron con farolillos. Eran muchos. Todos con la cara sucia. Miraban a los que estábamos en el pozo y preguntaban quién hablaba. Y yo... Yo era el único que estaba vivo todavía. Y dije mi nombre. Para que me sacaran. Y me... —La voz se quebró—. Me dijeron: “Este”. Y me bajaron más.»
Julián notó que le caían lágrimas por las mejillas, sin saber cuándo habían empezado.
«Por eso no lo digo. Porque la última vez que lo dije, me metieron en la tierra. Y desde entonces, cada vez que lo oigo, me duele. Y los mayores me lo cantan, y me duele. Y tú...»
—Yo no te voy a hacer daño —dijo Julián.
«Tú también quieres que lo diga.»
—Yo quiero que lo digas si tú quieres. —Se secó la cara con la manga—.
Y quiero que sepas una cosa. Ese nombre ya no es un nombre de elegido.
No es un nombre que sirva para que te bajen.
Ya hay un elegido, ¿sabes? Soy yo. Llevo la marca.
Me he pasado la vida sin saberlo. Y esa gente que te eligió a ti hace tres siglos ya no tiene ningún poder sobre ti.
Porque tu nombre, ahora, es tuyo. Solo tuyo.
Y nadie más lo va a usar para llevarte a ninguna parte.
Silencio.
—Tu hermana lo canta —añadió Julián, muy bajito—. Lali. Lo ha cantado toda la noche. Con una voz muy pequeña, debajo de todas las demás. No para que te bajen. Para que no te olvides.
«¿Lali?»
—Está esperándote. Con tu madre. Y con Rafel. —Julián sonrió, temblando—. Están cantando la nana. Yo he oído una parte.
Se hizo un silencio muy largo. Tan largo que Julián llegó a pensar que el niño se había ido, que había cometido algún error irreparable.
Después notó que algo cambiaba en la galería: un roce leve, casi un suspiro, un crujido de madera que se aflojaba.
La raíz se estremeció. Y muy despacio, con una timidez infinita, los cinco dedos se despegaron del bronce.
* * *
Primero el pulgar. Luego el índice. Después los otros tres, uno a uno, levantándose del metal con la lentitud con que se retira una mano de una herida.
Bajo la raíz, sobre el bronce ennegrecido, aparecieron las letras.
Julián se acercó con la linterna. Lo leyó.
Lo leyó una vez. Una sola vez, sin tocarlo, sin mover los labios, con los ojos muy abiertos. Era un nombre sencillo, antiguo, de una belleza extraña. Un nombre que a él, en aquel momento, le pareció el sonido más natural del mundo, como si lo hubiera sabido siempre.
Y sintió cómo se le escapaba.
No con violencia. Con suavidad. Como se escurre el agua entre los dedos de una mano abierta. Sintió la sílaba final deshacerse en su cabeza, y la sílaba de en medio, y la primera, hasta que solo le quedó la sensación de haber tenido algo hermoso entre las manos y haberlo dejado caer.
—¡Ernest! —gritó, con la voz rota—. ¡Ernest, ahora! ¡Ahora, deprisa, antes de que se me vaya!
* * *
El notario llegó arrastrándose por la galería con la cara desencajada, seguido de Vidal y Joaquim.
Traía en la mano una libreta y una pluma estilográfica, las que llevaba siempre, las mismas con las que había firmado tres mil escrituras.
Se dejó caer de rodillas junto a Julián, arrancó la tapa de la pluma con los dientes, y apoyó la libreta sobre la rodilla.
—Dígalo —susurró.
—No... —Julián se llevó las manos a las sienes—. No me acuerdo. Se me ha ido. Estaba ahí, lo he tenido...
—Léalo otra vez. Ahí, en el bronce.
—No puedo. —Le temblaba todo el cuerpo—. Vuelve a estar tapado.
Era verdad. Los cinco dedos habían vuelto a posarse sobre la inscripción, muy quietos, como si nada hubiera ocurrido.
Pero Ernest ya no miraba la raíz. Miraba a Julián.
Y en sus ojos, tras las gafas empañadas de polvo, se encendió de pronto una luz muy clara, la de un profesional que acaba de ver el hueco por el que puede colarse.
—Perfecto —dijo—. No hace falta que se acuerde.
—¿Cómo...?
—Escúcheme bien. Hay una cosa que en derecho se llama «prueba de referencia».
Usted ha leído el nombre, y aunque lo haya olvidado, lo ha visto un testigo.
—Señaló a Vidal, que se había quedado inmóvil en la boca de la galería con la vara de avellano en la mano—.
Y ese testigo no lo ha leído. Pero ha visto la inscripción. Y hay algo más.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta un sobre grande, de papel verjurado, con las iniciales «F.B.» y un lacre rojo roto en la solapa. La carta de su padre. Vació el sobre, guardó las hojas, y con dedos temblorosos escribió algo en el dorso con la pluma, en letras grandes, muy claras.
—«Diligencia de hallazgo» —leyó, en voz alta, mientras escribía—.
«En la fecha y lugar de la presente, don Julián Rovira Ferrer ha leído en presencia de tres testigos una inscripción que contiene el nombre del que no lo dijo, sin poder retenerlo en la memoria.
Doy fe de que dicho nombre se halla en el borde inferior de la campana, bajo la mano de...
» —Se detuvo, con la pluma en el aire—. Bajo la mano de él.
—Pero no sabemos cuál es —dijo Joaquim.
—No. Y eso es lo que importa. —Ernest levantó la cabeza—.
No hace falta que lo sepamos. Hace falta que conste dónde está.
Y que la última noche, en el sitio del primero, con los testigos delante, la mano se retire y el notario de la casa Bosch lo lea.
Por escrito o en voz alta. Como manda la cláusula.
Y sonrió, por primera vez en dos días, con una sonrisa tímida y feroz.
—Mi padre lo dejó dicho. Para eso estamos los Bosch.
* * *
Fue entonces cuando el techo empezó a caer.
No hubo aviso. Un temblor sordo, profundo, recorrió la galería de punta a punta, y de los troncos de apuntalamiento se desprendió una lluvia fina de polvo. Después, un chasquido seco, como el de un hueso al romperse. Vidal gritó algo. Ernest levantó la vista, con el sobre en la mano.
Y sobre sus cabezas, en el corazón de las raíces, sonó un coro de voces que Julián había oído ya: graves, húmedas, multiplicadas por trescientas gargantas, aullando de rabia y de miedo a la vez.
—¡FUERA! —gritó Vidal—. ¡Todos fuera, ahora!
Se arrastraron hacia la salida, pisándose las manos, arañando la tierra, con las lámparas balanceándose. Julián fue el último. Notó que algo le agarraba el tobillo, un dedo grueso y áspero de raíz, y tiró con toda su fuerza, y el techo cedió a su izquierda en una avalancha de tierra y piedras.
Un brazo lo agarró por la cintura.
Era Joaquim. Había vuelto sobre sus pasos.
Se había metido de nuevo en la galería que se hundía, con la cara desencajada y los ojos muy abiertos, y agarraba a su sobrino con las dos manos, tirando de él hacia la luz con un rugido animal.
Julián notó que salía disparado, arrastrado por la fuerza de aquel hombre ancho, que apretaba los dientes y no soltaba.
Oyó el estruendo a su espalda. Oyó gritar a Joaquim.
Después, la noche. El aire fresco. La luna. La hierba pegándosele a la cara.
* * *
Se quedó tumbado boca arriba, con la boca llena de tierra y el corazón desbocado, mirando las estrellas.
A su lado, Joaquim gemía. Tenía la pierna izquierda doblada en un ángulo imposible, con un hueso blanco asomando a través del pantalón, y la cara gris de dolor.
Vidal se arrodillaba junto a él, con las manos temblorosas.
Ernest, de pie, con la chaqueta rota y el sobre apretado contra el pecho, miraba fijamente el agujero por el que acababan de salir.
La galería se había hundido. Solo quedaba una depresión oscura en el suelo, y sobre ella, intacta, la cepa madre, con sus brazos negros apoyados en los postes.
Julián la miró. Y le pareció, aunque quizá fuera solo la luz de la luna, que las hojas, esas hojas amarillentas y mustias de la mañana, tenían ahora un verde un poco más vivo.
—Joaquim —dijo, con la voz rota—. Tío...
—Calla. —Joaquim abrió los ojos, jadeando, y una sonrisa temblorosa le cruzó la cara sudada—. Por fin. Por fin hago algo. —Se le nubló la mirada—. Treinta años, Julián. Y por fin.
Julián le cogió la mano. Estaba fría, callosa, enorme. Y allí, tumbados los dos sobre la hierba, bajo el árbol más viejo de Cataluña, Julián comprendió que aquel hombre al que había querido odiar acababa de saldar una parte de su deuda.
Detrás de ellos, en la noche, una voz muy pequeña, tímida, cantó tres notas de una nana. Después nada.
Seis noches.