La casa de las cubas 29. Xerrac
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29. Xerrac

VEINTINUEVE

Xerrac

Al cabo de seis horas, Ernest Bosch había leído ciento cuarenta y un testamentos de la peste de mil seiscientos cincuenta, y empezaba a sospechar que todos los muertos de Cataluña habían dejado, en el último momento, el mismo burro a la misma iglesia.

—«Item, llego a mi hijo mayor la mula, el arado y la tierra de la Serra» —leyó en voz alta, sin levantar la vista del pergamino—.

«Item, dejo a mi mujer las gallinas.» Es lo de siempre, señor Rovira.

Bienes, hijos, deudas, misas. Cada hoja es una vida entera puesta en orden en un cuarto de hora, con la casa ya llena de enfermos.

—Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Y la mitad están firmados con una cruz.

Marc, sentado enfrente, tampoco levantó la cabeza.

Llevaba todo el día inclinado sobre la lista del anexo de Antoni Bosch, con un lápiz en la mano y una hoja de papel a su lado en la que había ido anotando, con letra menuda y cuidadosa, las relaciones entre los nombres.

Por familias. Por edades. Por oficios. No se lo había pedido nadie: se había puesto a hacerlo en cuanto Montse le trajo el papel, como quien retoma una tarea que lleva mucho tiempo aplazando.

El sótano de la notaría, a esa hora, era un lugar extrañamente acogedor.

Las estanterías metálicas, cargadas de siglos, proyectaban sombras largas bajo las bombillas desnudas; el olor a papel viejo, a cuero, a polvo, se había hecho tan familiar que Ernest ya no lo notaba.

Sobre la mesa de consulta, entre montones de protocolos abiertos, quedaban los restos de dos bocadillos de jamón y una botella de agua a la mitad.

Montse había bajado cada hora a comprobar que seguían vivos, con una bandeja o con un par de carpetas, sin decir una palabra de más.

En treinta y un años de oficio, Ernest nunca había agradecido tanto un gesto tan pequeño.

—Cuéntamelo otra vez —dijo, dejando el pergamino a un lado—. La niña.

Marc dejó el lápiz.

—Eulàlia. La que hace de segunda voz en la mesa.

—Buscó las palabras despacio—. Yo la oía mucho, más que a ninguna de las otras.

Siempre por lo bajo. Preguntaba si había un poco de pan.

Si había alguien despierto. Tenía una manera de decir «¿hay alguien?

» que... —Se pasó la mano por la cara—. Yo creía que era una de esas cosas que me imaginaba.

Pero ahora que la veo en la lista, con su edad y todo...

seis años. La niña más pequeña de la mesa, con una vocecita de seis años que nunca se cansaba.

—Y estaba siempre con la voz aguda.

—Con el niño. Sí. —Marc levantó los ojos—. Como un hermano mayor y su hermana pequeña. Él le decía «no tengas miedo», y ella se callaba.

Ernest asintió despacio. Cogió la lista, buscó con el dedo, y se detuvo en la línea que llevaba doce horas leyendo sin darse cuenta.

—«Joan Pujol, pagès, 41 anys.» —Volvió a leer—. «Maria Pujol, sa muller. Eulàlia, filla, 6 anys. Rafel, fill, 2 anys.» Cuatro personas de una misma casa. Y Marc, si el hermano mayor de Eulàlia hubiera muerto con ellos, tendría que figurar aquí, con su edad, su nombre, y el apellido Pujol.

—No está.

—No. Porque es el 342. El que no dijo cómo se llamaba.

Los dos se miraron por encima de la mesa.

—Tenemos su familia —dijo Marc, muy bajo—. Ya tenemos su familia, Ernest.

*   *   *

Encontraron el testamento a las nueve y cuarto de la noche.

Lo encontró Ernest, y no lo reconoció a la primera, porque llevaba tanto tiempo buscando algo concreto que ya se le había olvidado que un documento puede, simplemente, aparecer.

Estaba en el tomo de los meses de junio y julio, en la hoja setenta y ocho, con la tinta comida por la humedad y una mancha oscura en el margen inferior.

Un testamento breve, de apenas veinte líneas, redactado con la prisa desesperada de un notario que sabe que no va a tener tiempo de terminar todos los que le esperan.

«Testament de Joan Pujol, pagès, del mas de la Serra, malalt de la pesta.»

Ernest contuvo el aliento. Empezó a leer, y a medida que lo hacía, la sala se le fue quedando muy quieta alrededor.

—«Item, deixo a la meva muller Maria les terres de la Serra i el que hi hagi en la casa.

Item, a la meva filla Eulàlia, dos vestits i el llit.

Item, a mon fill Rafel, res, per ser petit, que el tingui cura sa mare...

» —Se detuvo—. Es una fórmula bastante tierna.

Cuida de cada hijo. Y aquí, al final, la cláusula que me interesa. «Item, deixo al meu fill major...»

Se le apagó la voz.

—¿Qué? —dijo Marc, poniéndose en pie—. ¿Qué pasa?

Ernest se quedó mirando el margen del pergamino.

La mancha oscura, que él había tomado por una gota de tinta o por moho, cubría exactamente el hueco en el que debía leerse el nombre.

Una mancha redonda, del tamaño de una moneda, a la altura de la palabra «major», que se había comido la tinta hasta dejar solo el papel desnudo, rugoso, con la textura de una quemadura antigua.

—Se ha perdido —dijo, con un hilo de voz—. El nombre de su hijo mayor. Alguien... —Levantó el pergamino a contraluz—. Alguien lo ha borrado. No es humedad. Es un ácido. Un ácido, o algo peor, aplicado con mucho cuidado, justo sobre ese sitio.

Marc se dejó caer en la silla.

—Los mayores —susurró.

—¿Cómo?

—Los adultos de la mesa. Los que no quieren que se sepa. —Tenía la voz áspera de quien intuye algo terrible—. Han tenido trescientos años para borrar todos los nombres. Y la única manera de que el niño no lo recordara nunca era que no quedara nadie en el mundo que lo tuviera escrito.

—Los muertos no tienen llave de mi sótano —dijo Ernest despacio.

Se miraron. Marc tardó un segundo en entenderlo.

—Los guardas —dijo.

—Pero aquí lo hay. —Ernest apoyó el dedo, con infinito cuidado, en una línea muy fina, casi invisible, en el borde de la mancha, donde la tinta no había llegado a desaparecer del todo—. Una letra. Dos. «B». «E».

—«B, e, r...»

—«Ber.» —Ernest cerró los ojos—. Una letra más, quizás, pero ya no se ve. «Ber...»

*   *   *

Volvieron a la finca de noche.

Marc no habló durante el trayecto. Iba con la cara pegada a la ventanilla, mirando cómo pasaban, uno tras otro, los pueblos apagados, las gasolineras, los polígonos, todo ese mundo corriente que a él le parecía un milagro.

Solo cuando cruzaron por segunda vez el mismo puente, a punto ya de entrar en la pista de tierra, murmuró sin apartar la vista:

—¿Y si es «Bernat»?

—Puede ser.

—¿O «Bertomeu»? ¿«Berenguer»?

—Puede ser cualquiera. —Ernest apretó el volante—. No lo sabemos. Y esa es la cuestión, señor Rovira. Nadie debe decir un nombre en voz alta hasta que lo sepamos con seguridad.

—¿Por qué?

—Porque en un contrato, un nombre equivocado obliga tanto como uno correcto. —Le brillaron los ojos en la oscuridad del coche—. Si le llamamos «Bernat» y no es Bernat, quedará atado a un nombre que no es suyo. Para siempre. Y los mayores lo sabrán. Estarán esperando a que alguien se equivoque.

Marc no contestó. Pero se llevó despacio la mano a la boca, como quien se sella los labios.

*   *   *

La casa tenía todas las luces encendidas cuando entraron en el patio.

Fue lo primero que vio Ernest: las ventanas iluminadas, la puerta de servicio abierta de par en par, las sombras yendo y viniendo tras los cristales.

Junto al abrevadero, sentado en el suelo con la cabeza entre las manos, estaba Pau.

Y en el centro del empedrado, con una cuerda enrollada en el brazo y el cuaderno de hule apretado contra el pecho, Vidal.

—Ha pasado algo —dijo Marc, saltando del coche antes de que Ernest terminara de frenar.

Lo que había pasado se lo contaron entre todos, a trompicones, en la cocina, bajo la luz amarilla de las bombillas, con una tarrina de helado medio derretida en el centro de la mesa y las tazas de café frías.

Julián hablaba, y su madre, a su lado, le apretaba la mano, con el pelo blanco y una mirada llena de luz.

Habló de la fiesta, del helado, de una voz que le decía hola desde el charco.

De la cuerda, de las caras, de las palabras de los mayores.

Y cuando llegó a la parte del burro, Ernest levantó una mano.

—Repítalo.

—¿Lo del burro?

—El nombre del animal.

—Xerrac —dijo Julián, sin entender—. Se llamaba Xerrac. Decía que una vez lo tiró al río.

Ernest Bosch, notario, sesenta y tres años, no dijo nada durante casi diez segundos. Después metió la mano en la cartera de cuero que llevaba colgada del hombro, sacó una carpeta gris con una fotocopia y la desplegó sobre la mesa, sin prisa, con ese cuidado con que se colocan las pruebas.

Al pie del testamento de Joan Pujol, entre dos cláusulas sobre gallinas y misas, una línea que Ernest había leído tres veces esa tarde sin darle importancia.

«Item, deixo el meu ase, dit Xerrac, al meu fill major, que ne tingui cura.»

Hubo un silencio.

—Un ase dit Xerrac —tradujo Marc, con la voz rota—. Un burro llamado Xerrac.

—Se llamaba Joan Pujol —dijo Ernest—. Tenía una mujer, Maria.

Una hija de seis años, Eulàlia. Un hijo de dos, Rafel.

Y un hijo mayor, de siete u ocho, cuyo nombre alguien borró del testamento con un ácido, hace mucho, para que nadie lo pudiera recuperar.

—Se quitó las gafas—. Pero quedan tres letras.

Carme se llevó la mano a la boca. Julián se había puesto de pie sin darse cuenta.

—¿Cuáles?

—«B». «E». «R».

Julián abrió la boca. Ernest lo vio, lo vio con toda claridad, ese gesto instintivo de quien ya sabe lo que va a decir y no puede esperar ni un segundo más para decirlo: los labios que empezaban a formar la sílaba, el pecho que se hinchaba, los ojos brillantes y decididos de un hombre que acaba de encontrar la pieza que le faltaba.

—Ber... —empezó.

—¡No! —Ernest le tapó la boca con la mano.

Fue un gesto brusco, absurdo, impropio de un notario, y en la cocina se hizo un silencio incrédulo. Julián lo miraba con los ojos muy abiertos, y Ernest, jadeando, sin retirar la mano, dijo con la voz más firme que le quedaba:

—No lo diga. Todavía no. Ni una sílaba. Si se equivoca, se lo llevan.

Fuera, en el patio, algo se movió. Un roce muy suave sobre la piedra, como el paso de un niño descalzo. Y por la puerta abierta de la cocina, desde el fondo de la noche, subió una voz muy pequeña, tímida, esperanzada, que preguntaba con una inocencia que a todos les rompió algo por dentro:

—¿Ya lo sabéis?