28. La tarrina
VEINTIOCHO
La tarrina
Pau tardó cuarenta minutos en volver del pueblo, y cuando bajó del coche llevaba en la mano una bolsa isotérmica que sostenía con las dos manos, como si dentro llevara una bomba.
—Vainilla —dijo, jadeando—. Tarrina de un litro. La única que tenían. —Miró a Julián con una mezcla de vergüenza y orgullo—. El de la gasolinera me ha preguntado si era para una fiesta.
—¿Y qué le has dicho?
—Que sí.
Nadie se rió. Pero algo se aflojó en el aire del patio, una tensión de horas que se deshacía muy despacio, como un nudo que alguien ha decidido por fin dejar de apretar.
Vidal, sentado en el borde de un abrevadero con el cuaderno de hule sobre las rodillas, apuntó algo con su lápiz corto.
Joaquim, todavía sujetando la cuerda con las dos manos, soltó el aire por la nariz.
Y Carme, arrodillada junto a la silla de cocina, cogió la bolsa de las manos de Pau con una delicadeza casi litúrgica y la puso sobre las rodillas de su hijo.
—Hazlo tú —dijo.
* * *
Julián abrió la tarrina con el pulgar. Dentro, blanca, cremosa, con esa superficie ligeramente rugosa de los helados industriales que llevan demasiado tiempo en el congelador, se veía la vainilla.
Olía a vainilla de verdad, a leche, a domingo.
Cogió una cucharilla de plástico. La hundió en el helado.
—Con cuidado —susurró Vidal, desde su rincón—. Solo lo que le quepa en la cuchara. Y sin acercar la mano al agua.
—Ya lo sé.
El charco seguía quieto. Un espejo oscuro y liso en el que el cielo empezaba a apagarse, tiñéndose de un violeta profundo.
Ya no se veía al niño. Solo el propio reflejo de Julián y, muy lejos, las primeras estrellas.
Pero él había aprendido en un par de horas lo que se aprende de todas las cosas nuevas: que lo importante no estaba en lo que se veía, sino en la calidad del silencio.
Y el silencio de aquel charco, ahora, esperaba.
Julián inclinó la cuchara. Dejó caer la primera gota de helado derretido en el centro del agua.
Plin.
El círculo se abrió, despacio. Llegó a los bordes. Y en algún punto debajo de la superficie, muy cerca y muy lejos a la vez, sonó una exclamación de sorpresa tan pura, tan mínima, que a Pau se le escapó un sollozo.
—¡Es la misma! —dijo la voz aguda, sin ninguna cautela, con un asombro que hizo temblar el agua entera—. ¡Es la misma vainilla! ¡Sabía que volverías!
* * *
Hablaron durante casi dos horas.
Al principio Julián no sabía muy bien cómo.
Había preparado, durante toda la tarde, una lista de preguntas, con la ayuda de Vidal y de los apuntes de Ernest: qué quería, quién era, cómo se relacionaba con los otros, cuánto sabía de la tradición.
Pero en cuanto la voz empezó a hablar, todas las preguntas se le borraron de la cabeza.
Porque no era una entidad. No era un espíritu, ni una cosa, ni un misterio. Era un niño.
Un niño con unas ganas inmensas de hablar.
—¿Cuántas ruedas tiene un coche? —preguntó, después de que Julián le describiera, con muchos gestos torpes, la carretera y los camiones.
—Cuatro.
—¿Y cómo se paran?
—Con un pedal. Pisas y se paran.
—¿Y si no pisas?
—Pues... sigue.
—¡Qué peligro! —Un silencio pensativo, y luego, con una vocecita traviesa—. Yo tenía un burro que no paraba nunca. Se llamaba Xerrac. Una vez me tiró al río.
Carme se llevó una mano a la boca. Vidal escribió a toda prisa: «Xerrac. El burro.» Y al lado, con letra temblorosa: «Tenía un burro.»
Porque cada cosa que el niño decía, aunque pareciera una tontería, era un tesoro.
Un pedazo de vida. Sabía cómo se llamaba el río del pueblo, aunque ya no existía.
Sabía que su madre hacía un pan con anís que a él le gustaba mojar en leche.
Sabía que había una campana, en la iglesia, que sonaba distinta según quién hubiera muerto.
Pero cuando Julián le preguntaba cómo se llamaba él, cómo lo llamaba su madre, la voz se apagaba, y el agua se estremecía con un gesto de desamparo tan real que a nadie en el patio le quedaban ganas de insistir.
—Se me ha ido —decía—. Lo tenía justo aquí, en la punta de la lengua. Pero cada vez que voy a cogerlo, se aleja.
* * *
Era ya noche cerrada cuando Julián se atrevió a preguntar por los otros.
—¿Los de la mesa? —La voz dudó—. Ellos... son los mayores.
—¿Qué quieren?
—No lo sé. Que los recuerden. Que no se acabe.
Tienen frío. Y hambre. —Se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar lo hizo en un susurro, como si temiera que alguien lo oyera—.
Yo no tengo hambre, Julián. Yo solo tengo frío.
Pero no puedo decirles que no. Son muchos. Y hablan más fuerte que yo.
—¿Fuiste tú el que puso la silla?
—¿Qué silla?
—La que tiene mi nombre.
—Ah. —La voz se iluminó—. Esa la hice yo. Cuando era pequeñito. Cuando ya llevaba mucho tiempo aquí. Me hacían sitio en la mesa, pero yo quería una silla para un amigo. Y me acordaba de que vendría uno. Uno que me hablaría. Uno que brillaba.
—¿Que brillaba?
—Con una luz aquí. —El agua tembló, y a Julián le pareció sentir un roce leve, casi cariñoso, sobre el hombro izquierdo—. Todos los que bajan tienen una luz. Pero la tuya es la más clara. Yo la vi desde que naciste. Desde muy lejos. Te la vi antes de que te llamaras Julián.
Detrás de él, alguien contuvo la respiración.
Fue Vidal. Pau se había puesto la mano en la boca.
Y Julián comprendió, con un vértigo lento que le subía por la espalda, algo que la familia llevaba trescientos años sin entender: que la marca no era una sentencia.
No era una señal para elegir a quién había que dar de comer.
Era otra cosa. Era el lugar donde el niño, desde el fondo de su miedo, había clavado la mirada.
—Nunca quise que te comieran —dijo la voz, y en ella temblaba una angustia infinita—. Yo solo quería que vinieras a jugar.
* * *
Fue entonces cuando el agua se oscureció.
No de golpe. Se fue apagando desde el borde, como si alguien vertiera tinta en el centro, y con el color cambió la temperatura.
Un frío seco, mineral, que a Julián le subió por los brazos hasta los hombros.
La luz de las bombillas del porche parpadeó.
Los grillos callaron. Y en el reflejo del charco, donde antes había habido cielo y estrellas, empezaron a aparecer, una a una, caras.
Muchas. Decenas. Rostros de hombres, de mujeres, de ancianos, de adolescentes, pálidos, con las bocas cerradas y los ojos fijos en Julián. Asomaban por detrás de una figura pequeña que se encogía, encogía, con la cabeza gacha y las manos sobre las orejas, como quien espera un golpe.
—Basta —dijo una voz.
No era una sola. Eran muchas, hablando a la vez, con esa resonancia grave y húmeda que Julián había oído la noche del muro. Una sola palabra pronunciada por trescientas gargantas.
—Basta de juegos.
—¡Tirad! —gritó Vidal.
La cuerda se tensó de golpe. Julián notó que le arrancaban de la cintura, y se agarró con las dos manos al borde del empedrado, con los dientes apretados, mientras la marca de su muñeca se encendía con un fuego blanco.
El niño chillaba. Un chillido muy agudo, muy corto, desde el fondo de un pozo, y el agua se agitó y se partió en mil ondas negras que borraron todas las caras a la vez.
—Cuidado con lo que le das, Julián —dijo la voz de las voces, con una dulzura terrible, mientras Joaquim, Pau y Vidal tiraban con todas sus fuerzas y él se resistía, sin entender por qué, con los ojos clavados en el punto donde el niño acababa de desaparecer—. Quien da de comer, se queda.
Y a sus espaldas, casi al oído, en un susurro tan cercano que le erizó el vello de la nuca:
—Nosotros sí sabemos cómo se llama. Y él no lo va a saber nunca.
* * *
Julián cayó de espaldas sobre el empedrado.
Notó las manos de su madre, su cara descompuesta, el olor a lana y a jabón barato.
Oyó a Pau vomitando junto al abrevadero, a Joaquim maldiciendo entre dientes, a Vidal escribiendo, con la mano temblorosa, algo en su cuaderno.
El charco había vuelto a ser un charco. Un espejo de agua oscura y quieta, sin caras, sin voces, sin nada.
—¿Estás bien? —repetía Carme—. Hijo, ¿estás bien?
—Sí. —Le salió una risa rota, sin aire—. Sí, mamá. Estoy bien.
Se incorporó despacio, con las manos temblando.
Se miró la muñeca izquierda. La marca seguía allí, una línea rosada y limpia, con un pulso débil bajo la piel.
A su lado, Vidal cerró el cuaderno, se lo guardó en el bolsillo, y lo miró con una expresión que Julián no le había visto nunca: la de un hombre que acaba de descubrir que le queda algo por lo que pelear.
—Lo saben —dijo Vidal, en voz baja—. Los mayores conocen su nombre. Lo han conocido siempre. Y lo callan.
—¿Por qué?
El viejo tardó un poco en contestar.
—Porque si el niño recuerda cómo se llama —dijo—, se irá. Y sin él, los demás se quedan solos.
Julián miró el charco. Encima de él, en el cielo oscuro del patio, las estrellas habían vuelto a salir, indiferentes.
—Entonces —dijo— tengo que averiguarlo yo.
Y en algún lugar profundo, debajo de las losas, con una voz que no era la de nadie y era la de todos, alguien contestó con una sola palabra, en un susurro que subió por las grietas del patio y se perdió entre los grillos, otra vez dueños de la noche:
—Nueve.