La casa de las cubas 27. Hola
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27. Hola

VEINTISIETE

Hola

Vidal ató la cuerda a la cintura de Julián con los mismos nudos que había aprendido cuarenta años atrás para amarrar carros de vendimia.

—No es por si se cae —dijo, sin levantar la vista, tirando con las dos manos hasta que el cabo mordió la tela de la camisa—. Es por si se queda.

Julián asintió. Estaba sentado en el suelo del patio, en el borde exacto del empedrado hundido, con las piernas cruzadas y las manos sobre los muslos, como un niño obediente en una clase de meditación.

Delante de él, a un metro escaso, el óvalo de agua sucia devolvía el cielo de la tarde, un cielo alto y anaranjado, con dos nubes bajas que la luz teñía de un rosa casi indecente.

Hacía un silencio de campo, de septiembre, de insectos cansados.

Diez noches, pensó. Faltaban diez noches.

Detrás de él, en el otro extremo de la cuerda, esperaban Pau y Joaquim, con los pies bien plantados y las manos cerradas sobre el cabo.

Pau tenía la cara descompuesta. Joaquim no decía nada, pero se había puesto en el sitio más incómodo, el de más tirón, sin que nadie se lo pidiera.

A un lado, sentada en una silla de cocina que alguien había sacado al patio, con la foto sobre las rodillas y las manos entrelazadas encima, estaba Carme.

—Si notamos algo —dijo Vidal—, tiramos. No preguntamos. No esperamos a que grite. ¿Está claro?

—Está claro.

—Y no beba. Ni toque el agua con la mano. Ni diga su nombre.

—¿El de quién?

Vidal se lo quedó mirando. Tenía los ojos rojos, el rostro hundido de quien lleva dos noches sin dormir, y en el bolsillo de la chaqueta un cuaderno con tapas de hule que no había soltado desde la mañana.

Ahí anotaba, con un lápiz corto, cada cosa que le volvía a la cabeza: un olor, una canción, el color de un pañuelo.

Pequeños trozos de la vida que le habían robado.

Cuando terminó de atar el nudo, pasó una mano callosa por el hombro de Julián, un gesto torpe, casi paternal.

—El de nadie —dijo—. No diga ningún nombre. Bajo esa agua todos los nombres son suyos.

*   *   *

Julián respiró hondo.

Había pasado el día entero intentando recordar por su cuenta.

Había mirado la foto una docena de veces, hasta que la cara del niño se le deshacía en manchas de color.

Se había sentado con su madre en el sofá de la cocina, mientras ella le contaba con paciencia infinita lo que le habían contado a ella: «Naciste un martes.

Llovía. Te pusimos Julián por mi abuelo».

Todo lo que le decían era correcto, era su historia, y no le servía de nada. Lo que necesitaba estaba en otro sitio.

En el sabor.

Desde que había mordido el pan de Vidal, algo se le había abierto en la lengua.

Un hilo, un pequeño canal por el que entraban a ratos sensaciones que no eran suyas: vainilla, leche fría, una textura arenosa que se le deshacía en el paladar.

Un helado de cucurucho que se le derretía por el brazo.

El sol de un día de fiesta. Y detrás del sabor, cada vez más cerca, algo que su cabeza había tapiado con todas las fuerzas de una madre desesperada.

—Empieza cuando quieras, cariño —dijo Carme.

Julián cerró los ojos.

Se concentró en el helado. Vainilla. Frío. Dulce. Dulce hasta doler.

Y entonces el patio desapareció.

*   *   *

Hay mucho ruido.

Es el primer domingo de octubre y toda la familia ha venido a la finca para la fiesta.

Hay mesas puestas bajo el emparrado, con manteles de cuadros y jarras de vino, y niños corriendo entre las piernas de los mayores, y un hombre con una gaita desafinada, y un olor delicioso a butifarra a la brasa.

Julián tiene siete años, una camiseta de rayas y las rodillas sucias.

Lleva media hora escondido detrás de una columna del porche, comiendo a escondidas un helado que le ha comprado su tía Empar a un señor con un carrito que ha venido desde el pueblo.

No debería estar allí. Su madre le ha dicho que no se separe del grupo, que no se acerque al patio, que se quede en el emparrado con los primos. Pero el helado se le derrite deprisa y el emparrado está lleno de moscas, y a él le gusta mirar el agua.

Porque en el patio hay un charco. Un charco perfecto, redondo, como un ojo, en medio de unas piedras que se han hundido un poquito, y Julián lleva desde que llegó pensando que es el charco más raro que ha visto en su vida.

No se seca nunca. Ni con sol, ni con viento.

Ha preguntado a tres primos y ninguno sabe por qué.

Se sienta a su lado, en el suelo, con el helado en la mano y las piernas cruzadas. Se lame el dedo pringoso. Se queda mirándose en el agua, la cara redonda, el flequillo pegado, y al cabo de un rato tiene la sensación —clarísima, pequeñísima— de que alguien lo está mirando desde el otro lado.

—Hola —dice una voz.

Es muy fina. Muy aguda. Sale del agua, o de debajo del agua, sin ninguna prisa, con el timbre suave de un niño que no quiere asustar a otro niño.

Julián no se asusta. A los siete años uno no se asusta de las voces que salen de los sitios raros, porque cree que todo lo raro es normal.

—Hola —contesta.

—¿Qué estás comiendo?

—Helado.

—¿Qué es helado?

Julián se queda de una pieza. Levanta el cucurucho, ya medio derretido, y lo mira con desconfianza, como si acabaran de preguntarle qué es el cielo.

—Es... frío. Y dulce. Es de vainilla.

—¿Qué es vainilla?

—¿No sabes lo que es vainilla?

—No. —La voz se queda callada un momento, y a Julián le parece que el agua tiembla, con un temblor muy pequeño, muy tímido—. Hace mucho que no como nada.

Y Julián, con siete años, el corazón grande y un helado en la mano, hace lo único que se le ocurre. Se inclina sobre el charco, con cuidado de no manchar la camiseta, y deja caer una gota de helado derretido en el centro del agua.

Un plin. Un círculo pequeño, que se abre y se abre y se abre hasta tocar los bordes.

Y del fondo del charco sube un sonido que Julián no ha oído nunca, y que al recordarlo, veintiséis años después, con los ojos cerrados y la cuerda tirándole de la cintura, le rompe el pecho como una piedra lanzada contra un cristal: una risa.

Pequeñísima. Tan sorprendida que no sabe todavía que es una risa.

—Está muy rico —dice la voz—. Está... muy rico. ¡Otra!

*   *   *

Pasan mucho rato así.

Julián le da el helado gota a gota, a cucharadas de dedo, hasta que solo queda el cucurucho.

Le explica lo que es la vainilla, y el frío, y el domingo.

Le cuenta que su madre odia los helados porque dice que dan dolor de barriga, y que a él le gustan igual, y que tiene un primo que se llama Marc que sabe hacer un silbido con dos dedos.

La voz escucha todo con una atención feroz, casi hambrienta, preguntando por cada palabra.

—¿Y tú cómo te llamas? —pregunta Julián, cuando ya se le ha acabado el helado y el sol empieza a bajar.

Silencio.

—No me acuerdo.

—¿Cómo que no te acuerdas?

—Hace mucho que nadie me llama. —La voz se hace más pequeña—. Antes tenía uno. Me lo decía mi madre. Pero ya se me ha olvidado.

Julián lo piensa un momento, muy serio, frunciendo el ceño con la seriedad de quien decide algo importante.

—Pues yo te pongo uno —dice—. Hasta que te acuerdes. A ver... Te pareces...

—¿Julián?

Es una voz de mujer. Muy cerca. Conocida, tensa, con un deje de terror que Julián reconoce sin entender.

Levanta la vista y ve a su madre, en el borde del patio, con la cara blanca, el delantal torcido y la mirada clavada en el charco, y a su espalda, saliendo de la casa con paso rápido, a un hombre de unos cuarenta años, con una jarra en la mano y una expresión que Julián no entiende.

—¿Con quién hablas, hijo? —pregunta ella, y la voz le tiembla.

—Con mi amigo.

Y del charco, muy bajito, casi inaudible, sube otra vez la voz aguda.

—¿Es tu madre? —susurra—. Tiene mucho miedo.

*   *   *

Lo demás llega en fragmentos.

Las manos de su madre agarrándolo por los hombros.

La jarra que se inclina, el vaso de cristal, el líquido espeso y dulce que huele a higos.

Su madre diciéndole «bebe, cariño, bebe un poquito, es zumo», con una sonrisa que no le llega a los ojos.

Un hombre con un delantal de servicio que evita mirarlo, con las manos temblando, y que después de tantos años sigue teniendo las mismas manos.

El vino baja por su garganta. Es dulce. Está caliente. Le da sueño.

Y detrás de todo eso, cada vez más lejos, como una voz oída desde el fondo de un pozo, la vocecita fina que grita, muy asustada:

—¡No te vayas! ¡Julián! ¡Todavía no me has dicho cómo me llamo!

*   *   *

—¡Tira!

El grito de Vidal lo devolvió al patio de golpe.

Julián abrió los ojos. Tenía la garganta arañada, las manos crispadas contra el suelo, la camisa empapada de sudor. Pau y Joaquim tiraban de la cuerda con los pies clavados en el empedrado, y él estaba inclinado hacia delante, con la cara a un palmo del agua, sin saber cuánto tiempo llevaba así.

—¡Suéltenme! —dijo, con la voz rota—. Estoy bien. Estoy bien. Aflojen.

La cuerda cedió un poco. Carme estaba de pie a su lado, con la foto apretada contra el pecho y los ojos desmesuradamente abiertos, y a Julián le bastó mirarla un segundo para saber que ella también lo había visto. No con los ojos. Con el hueco.

—Yo te di el vino —dijo Carme, con un hilo de voz—. Te lo di yo.

—Lo sé, mamá.

—Tenía tanto miedo. Vi cómo te hablaba y pensé...

—Lo sé. —Julián le agarró la mano, húmeda, helada—. Hiciste lo único que sabías. Lo escribiste para no olvidarlo nunca.

Se volvió hacia el charco. Ahora el agua estaba quieta, perfectamente lisa, un espejo oscuro que reflejaba, muy nítido, un trozo de cielo y una cara.

La suya. Cansada, sucia, con las ojeras de tres noches sin dormir.

Y a su espalda, en el reflejo, una figura pequeña que no estaba en el patio: un niño de poco más de siete años, descalzo, con una camisa de lana sin teñir demasiado grande para él, sentado con las piernas cruzadas en el mismo lugar exacto en el que Julián se había sentado.

Sonreía. Era una sonrisa pequeñísima, tímida, casi incrédula, la de alguien que lleva mucho tiempo esperando una cosa y no se atreve a creer que por fin ha llegado.

—Hola —dijo el niño, sin ningún sonido, moviendo solo los labios.

Y el agua, muy despacio, empezó a temblar.

Julián notó que el corazón se le iba a salir por la boca.

Tuvo el impulso de echarse atrás, de gritar que tiraran, de romper la cuerda y correr.

Y al mismo tiempo, contra toda lógica, contra todo lo que le habían enseñado durante tres días, tuvo el impulso contrario: el de inclinarse sobre aquella agua y decir hola.

Porque lo había recordado. Ahora sí. Por fin. Lo que había olvidado durante veintiséis años no era el miedo, ni el charco, ni el helado. Era el niño. La cara redonda y hambrienta de un niño que solo quería una cosa: que alguien le dijera cómo se llamaba.

—Hola —susurró Julián.

Y a sus espaldas, en el otro extremo de la cuerda, Vidal, con los ojos muy abiertos y el cuaderno cayéndosele de las manos, dijo despacio, como quien reconoce por fin la cara de un antiguo amigo:

—Ha estado esperándole todo este tiempo. Solo quería que alguien le dijera cómo se llamaba.