26. El sótano
VEINTISÉIS
El sótano
Marc bajó la ventanilla en cuanto salieron de la pista de tierra y ya no volvió a subirla.
Ernest lo miró de reojo mientras conducía.
Iba con la cabeza fuera, como un perro, con el pelo apelmazado ondeándole sobre la cara y los ojos entrecerrados contra el aire, y sonreía.
Una sonrisa enorme, boba, que no parecía pertenecer a la misma persona que la noche anterior había explicado con voz ronca lo que era sentarse cada noche frente a algo que no tenía cara.
Le corrían lágrimas por las mejillas y no se las secaba.
—Huele a gasoil —dijo, sin volverse.
—Estamos en una nacional.
—Huele a gasoil y a hierba cortada y a... —Aspiró hondo—. ¿Eso es una panadería?
—Es una gasolinera con panadería industrial.
—Es la cosa más bonita que he olido en mi vida.
Ernest no dijo nada. Se limitó a apretar el volante y a mirar fijamente la carretera, con un nudo en la garganta que llevaba varias horas intentando ignorar. Treinta y un años de notaría le habían enseñado a no interrumpir a la gente cuando se emocionaba, y no pensaba empezar ahora.
* * *
Pararon en la primera gasolinera con cafetería.
Marc entró con la manta todavía sobre los hombros, mirando las neveras de refrescos, las hileras de patatas fritas, la pantalla de televisión colgada sobre la barra con el volumen bajo, como quien entra en un templo de otra religión.
Pidió lo que pidió Ernest sin mirar la carta: un café con leche y un bocadillo de tortilla.
Se lo comió despacio. Muy despacio. Cada bocado lo masticaba durante casi medio minuto, con los ojos cerrados, sin decir nada, y cuando terminó se quedó unos segundos inmóvil, con el papel de aluminio arrugado entre los dedos.
—Sabía a algo —dijo por fin, con la voz muy baja.
—Es tortilla de patata, señor Rovira. Sabe a tortilla de patata.
—No. Quiero decir... —Abrió los ojos, húmedos—. Cinco años sin que nada sepa a nada, Ernest. Ni el agua. Ni el pan de los platos. Todo lo que me traían era como masticar papel. Yo creía que ya estaba... que se me había roto algo.
Ernest se quedó mirándolo. En la barra, el camarero, un chico joven con auriculares, secaba vasos sin prestar atención. Fuera, un camión frenó con un suspiro neumático. La vida seguía, ruidosa, corriente, ajena a todo, y por eso mismo era un milagro.
Le compró un jersey azul marino en la tienda de la gasolinera, sin preguntar, y esperó fuera mientras Marc se cambiaba en el baño. Cuando salió, con el pelo mojado y peinado hacia atrás y el jersey demasiado grande colgándole de los hombros, parecía casi una persona normal.
Casi.
* * *
La Notaría Bosch ocupaba desde mil novecientos veintidós la planta noble de un edificio modernista del Eixample, con la fachada de piedra clara, balcones de hierro forjado y una puerta doble de madera tallada que Ernest llevaba treinta años abriendo con la misma llave.
Aparcó en doble fila, con las luces de emergencia, y subió con Marc por la escalera, porque el ascensor, dijo, hacía mucho ruido.
Marc se agarraba a la barandilla con las dos manos.
—Cuesta —murmuró—. Tanta gente.
Se habían cruzado con cuatro personas en el portal y en el rellano. Cuatro. Ernest comprendió con un pinchazo de culpa que para Marc era una multitud, y que cada mirada de aquellos desconocidos, cada saludo mecánico de vecino, le llegaba con un peso que a él le pasaba desapercibido.
—Sólo un poco más —dijo—. Es aquí.
Montserrat Ribas levantó la vista de su pantalla en cuanto abrió la puerta, y por un momento se quedó con las manos en el teclado, con las gafas colgadas de una cadenita y la boca ligeramente abierta.
Llevaba veintiocho años de secretaria en la notaría, tenía la peluquería perfecta de las mujeres que han decidido que el pelo gris no es una derrota, y jamás en todo ese tiempo Ernest la había visto sin palabras.
—Don Ernest —dijo, al fin—. Ha llamado la Guardia Civil tres veces. La última hace media hora, un sargento, muy correcto. Y le espera el juzgado, y la señora del testamento de Sarrià, y...
—Montse.
—...y usted lleva el mismo jersey desde hace...
—Montse. —Ernest levantó una mano. Le tembló un poco—. Necesito que cancele todo lo de hoy. Y mañana. Y necesito las llaves del archivo histórico.
La mujer lo miró. Miró a Marc, que había entrado detrás de él con los hombros encogidos y la vista fija en el suelo.
Y en su cara se sucedieron, en cuestión de segundos, tres cosas: sorpresa, reconocimiento, y algo que Ernest sólo había visto en ella una vez, cuando su marido murió, algo entre la resignación y la ternura.
—Es el chico de los Rovira —dijo, en voz baja—. El del poder. Lo recuerdo. Yo misma cerré el sobre.
Ernest sintió que se le aflojaban las piernas.
—¿Usted... lo recuerda?
—Ayer no. —Montse se levantó, sacó del cajón de su mesa un llavero enorme, de hierro, y se lo tendió con manos firmes—.
Ayer por la mañana, hasta las siete y media, no.
Pero a esa hora me vino todo de golpe, mientras esperaba el ascensor.
La cara. La pluma que le dio usted. Cómo miraba por la ventana durante toda la firma.
—Tragó saliva—. Llevo desde entonces sin poder comer.
Ernest tomó las llaves.
—Es un buen comienzo —dijo, y no supo si hablaba con ella o consigo mismo.
* * *
La escalera del sótano tenía setenta y dos peldaños.
Ernest los contó, uno por uno, aunque sabía perfectamente cuántos eran.
Los había contado de niño, con su padre, la primera vez que lo llevó a ver el archivo, y su padre le había dicho con una sonrisa que era una tradición de la casa, una superstición de notarios: que nadie sabía por qué los constructores originales habían insistido en aquella cifra exacta, pero que nunca se había modificado ni un solo escalón.
Él había pensado que era una curiosidad.
Ahora, con la mano crispada en la barandilla y la linterna temblándole en la otra, comprendió que era una firma.
—Setenta y dos —susurró Marc, detrás de él.
—Sí.
—Como abajo.
—Sí.
Se detuvieron un momento ante la puerta de hierro del archivo.
Ernest metió la llave, que giró con un chasquido seco, y empujó.
El aire que salió era frío y quieto, con un olor intenso a papel viejo, a cuero, a polvo, a siglos.
Encendió la luz. Filas y filas de estanterías metálicas, atestadas de volúmenes encuadernados en pergamino, con lomos etiquetados a mano en una caligrafía uniforme que iba cambiando, generación tras generación, de una época a otra.
Le llevó cuarenta minutos encontrar lo que buscaba.
* * *
Estaba en el fondo de la sala, en una vitrina cerrada con dos candados, al lado de una hilera de volúmenes más recientes.
Un manual de tamaño folio, encuadernado en pergamino oscurecido, con una etiqueta descolorida: «1698.
Antoni Bosch. Notari.» Ernest lo sacó con las dos manos, con una reverencia que no había sentido ni siquiera con su propio título, y lo depositó sobre la mesa de consulta.
Lo abrió por la mitad. Después buscó, con dedos torpes, la fecha exacta.
Encontró el acta en la página ciento doce. Idéntica, hasta la última coma, a la primera hoja del libro de tapas negras de la finca, con sus estipulaciones y sus cláusulas y la firma de Antoni Bosch al pie. Pero en el manual original, a diferencia de la copia, el acta no terminaba ahí.
Seguía una hoja más.
Y después otra. Y otra. Un anexo de seis páginas, escrito con una tinta más pálida y una letra más pequeña, encabezado por una línea que Ernest leyó dos veces antes de atreverse a traducirla en voz alta.
—«Relació dels qui reposen sota la bodega, per tal que no se n'oblidi cap.»
—«Relación de los que reposan bajo la bodega» —repitió Marc—. «Para que no se olvide a ninguno.»
Ernest pasó la hoja.
Nombres. Cientos de nombres, en columnas apretadas, con una caligrafía cuidadosa, casi reverente.
«Joan Pujol, pagès, 41 anys. Maria Pujol, sa muller.
Eulàlia, filla, 6 anys. Rafel, fill, 2 anys.
» Familias enteras. Apellidos de la comarca.
Oficios, edades, parentescos, sumados con la contabilidad seca de quien levanta un acta de defunción colectiva.
—La peste —susurró Marc.
—La peste de mil seiscientos cincuenta. —Ernest se pasó la mano por la cara—. En Cataluña murió media población de algunas comarcas. Se enterraba a la gente en fosas comunes, sin nombre, sin misa, con la cal por encima, para que no se extendiera. —Su voz se quebró—. Y en esta comarca, esta fosa...
Al pie de la página, en una letra distinta, más pausada, había una nota firmada por el propio Antoni.
Una carta, más bien. Escrita en primera persona, dirigida no a las partes ni a los testigos, sino a quien la leyera.
Ernest la recorrió con los ojos, tragando saliva a cada frase, y cuando terminó tuvo que sentarse.
—Léela —dijo Marc.
—«Al notari que ho llegeixi. —Ernest tradujo despacio, con la voz áspera—.
Yo puse mi sello sobre este acta porque me lo pidió Pere Rovira, que era buen hombre y estaba asustado.
Sus viñas daban fruto porque estaban plantadas sobre la fosa de los muertos de la peste, que nadie había querido bendecir, y los muertos no callaban.
Pere no sabía cómo hacerlos callar. Yo le aconsejé lo único que sabía aconsejar un notario: que los reconociera por escrito. Que les diera herederos.»
Marc no se movió.
—«Pero los muertos no querían un papel. Querían compañía.
Y Pere, que tenía miedo, les ofreció lo único que se le ocurrió: un vivo cada generación, que se sentara con ellos a la mesa.
Para que no estuvieran solos. Para que se los recordara.
» —Ernest se detuvo, con la vista nublada—.
«Yo lo escribí como lo dijeron. Pero no me dejé engañar, y lo digo aquí para el que venga: no es un pacto.
Es una deuda. Los Rovira heredaron la tierra sin heredar la memoria.
Y los muertos cobran lo que se les debe. »
Silencio. Muy lejos, en algún punto del edificio, una cañería gorgoteó.
—Entonces no es un monstruo —dijo Marc, con una voz que Ernest no le había oído nunca—. No es una cosa. Son ellos. Trescientos cuarenta y uno... —Contó con el dedo, lentamente—. Trescientos cuarenta y uno de ellos. Y tenían hambre porque nadie los enterró.
—Y les daban comida —murmuró Ernest—. En lugar de nombres.
Se quedaron un rato callados. Marc tenía los ojos fijos en la lista, y a Ernest le pareció que le temblaban los labios, como si estuviera leyendo cada nombre en silencio, uno por uno, con la boca.
* * *
Fue Marc quien vio el hueco.
Ernest lo notó por el cambio de su respiración, por la forma en que se le inclinó el cuerpo sobre la última columna, con el dedo detenido sobre un espacio del papel.
Al final de la lista, después del último nombre, había una línea.
Una sola línea, escrita con la misma pulcritud que las demás, con su numeral —«342»— y su margen, y al lado del numeral, en lugar de un nombre, una raya.
Una raya larga y limpia, trazada con cuidado, como una firma dejada en blanco.
Y debajo, una nota mínima, de la mano de Antoni:
«El de la primera veu. Nunca no va dir el seu nom. Que el trobi qui vingui.»
—«El de la primera voz» —tradujo Ernest, con un hilo de voz—. «Nunca dijo su nombre. Que lo encuentre quien venga.»
Marc se echó hacia atrás, muy despacio, sin apartar la vista del papel. Se había quedado pálido, más aún que antes. Con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, tenía el aire de alguien que acaba de comprender algo que llevaba cinco años delante de sus narices.
—Marc —dijo Ernest—. ¿Qué pasa?
—Ha habido una voz. Debajo de todas. —Se pasó la lengua por los labios—.
Siempre te lo he dicho mal. Yo pensaba que era una sola voz, muy grande.
La de la cosa. Pero no. Era la que sostenía las demás.
La que empezaba cuando las otras callaban, a última hora de la noche, cuando ya había luz por las grietas. Una voz muy pequeña. Muy aguda.
Ernest sintió que se le erizaba la piel de los brazos.
—Un niño —susurró Marc—. Es un niño, Ernest. Al que los demás siempre dejaban hablar el último.
Y que cantaba por lo bajo, cuando creía que yo dormía, una canción sin palabras...
—Se llevó la mano a la boca—. Yo creía que era la voz de la cosa.
Pero era él. El que pone la cara de todos.
El que necesita tanto que lo quieran que se pone la cara de quien lo quiso.
Se hizo un silencio muy largo.
—No es hambre —dijo Marc, con una calma horrible—. Nunca fue hambre. Es miedo. Lleva trescientos años con miedo. Y todavía no sabe cómo se llama.