La casa de las cubas 25. Rabassa morta
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25. Rabassa morta

VEINTICINCO

Rabassa morta

A la una y diez de la madrugada, Ernest Bosch descubrió que llevaba tres horas leyendo el mismo párrafo.

No porque no lo entendiera. Lo entendía perfectamente.

Era el resto del mundo lo que se negaba a colocarse en su sitio cuando levantaba la vista del papel: la cocina de la finca con su mesa de roble de diez metros, la lámpara de aceite convertida en bombilla amarillenta, las sombras alargadas de las vigas, y en la silla de enfrente, envuelto en una manta, sorbiendo un té que se le enfriaba entre los dedos, un hombre que llevaba cinco años y medio dado por desaparecido en el extranjero.

—¿Otra vez el mismo? —preguntó Marc, sin levantar la cabeza.

—Otra vez el mismo.

—Ernest, es una hoja.

—Es la primera. —Ernest se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz—.

La primera hoja de un protocolo, señor Rovira, es como la cimentación de un edificio.

Si está mal, lo demás se cae. Y esta... —Golpeó suavemente el papel amarillento con la yema del dedo—. Esta no está mal. Está impecable.

Marc levantó por fin los ojos. Era una cosa que Ernest todavía no había conseguido asimilar: aquella manera de mirar, tranquila y lenta, la de quien lleva tanto tiempo sin recibir visitas que ha aprendido a prestarles toda la atención del mundo.

Le recordaba a los viejos que él visitaba de joven, en las residencias, cuando iba a tomarles declaración para un testamento.

Hombres que sonreían con los ojos y que te miraban como si fueras lo único que quedaba de la realidad.

—Léemelo —dijo Marc—. En voz alta. Quizá lo oigo distinto.

*   *   *

El libro estaba abierto entre los dos, con su encuadernación de cuero negro y sus esquinas rotas.

Ernest lo había leído por la mañana a toda prisa, tratando de captar el sentido general, la lógica de las columnas, esa doble contabilidad de los que bajaban y los que cumplían.

Ahora, sin embargo, por primera vez, lo miraba como lo que era: un documento.

Un documento notarial de finales del siglo diecisiete, escrito a mano por alguien con formación jurídica, en catalán con giros latinos, y compuesto con esa arquitectura inconfundible que Ernest había reconocido al instante, con un vuelco en el estómago, la primera vez que la vio.

—Empieza así —dijo, con la voz que reservaba para las lecturas importantes—.

«Sia manifest a tots que en l'any de la Nativitat del Senyor de mil sis-cents noranta-vuit...

» Es la fórmula clásica. La fecha, el lugar, las partes.

Después vienen los comparecientes. —Recorrió la línea con el dedo—.

«Pere Rovira, pagès, senyor del mas anomenat... i els senyors de baix, dits també...»

Se detuvo.

—¿Los señores de abajo? —dijo Marc.

—Así consta. Como parte contratante, en pie de igualdad.

—Ernest tragó saliva—. Es una manera formal de nombrar a quien no se quiere nombrar.

Se hacía en los contratos con... con los que no tenían nombre.

En documentos de aquella época hay contratos con «los de fuera» o «los que viven en el monte».

Sirve para atarlos sin decir quiénes son.

—Sigue.

Ernest siguió. Le costó, porque a medida que avanzaba en el texto iba reconociendo, bajo el ropaje arcaico, algo que le resultaba dolorosamente familiar.

No un pacto. No un ritual. Un contrato de cesión en toda regla, con su parte expositiva, sus estipulaciones y su cláusula de duración, redactado con esa precisión seca y sin adornos que los notarios de la época heredaban de sus maestros.

—«Els senyors de baix cedeixen en rabassa a Pere Rovira, i als seus successors...» —Levantó la vista—. Rabassa. ¿Le suena, señor Rovira?

—Claro. Rabassa morta. Mi abuelo la mencionaba. —Marc frunció el ceño—. Es un contrato antiguo de viñas, ¿no? De los que se hacían aquí, en el Penedès y por toda la zona.

—Exacto. Uno de los contratos más típicos de la agricultura catalana.

—Ernest se recostó en la silla, con los ojos brillantes de esa excitación tensa que solo sentía ante un problema técnico difícil—.

El propietario de un terreno lo cede a un campesino para plantar vides, a cambio de una parte de la cosecha.

Y lo importante, lo que lo distinguía de cualquier arrendamiento normal, es la duración.

La rabassa no se pacta por años. Se pacta...

Dejó la frase en el aire. Bajó la vista al texto, y sus labios se movieron mientras traducía en silencio la última línea del primer párrafo, la que llevaba tres horas leyendo sin atreverse a decirla en voz alta.

—«Mentre visqui la cepa mare.»

Marc dejó la taza sobre la mesa muy despacio.

—Mientras viva la cepa madre —tradujo Ernest, aunque ya lo sabía—. Eso es la rabassa morta, señor Rovira. Un contrato que dura lo que dura la vid. Cuando mueren las dos terceras partes de las cepas plantadas, se extingue.

*   *   *

—Hay una cepa vieja en la ladera —dijo Marc.

Lo dijo tan bajo que Ernest tuvo que inclinarse para oírlo.

—Detrás del altar de piedra. ¿Sabes cuál te digo?

—El altar donde Julián encontró la vela.

—Sí. —Marc miraba fijamente la mesa, con los dedos entrelazados—.

Es un sitio al que mi padre me llevaba de niño.

Nunca me explicó por qué. Decía que había que dejar una vela por las buenas cosechas, y que la cepa había que respetarla porque era «la de antes de todo».

Tiene un tronco tan grueso como un hombre, retorcido, negro, tan viejo que parece de piedra.

Y da unas uvas blanquísimas que no se parecen a ninguna que yo haya visto.

—Las del vino de olvido.

—Con esas se hace, sí. Vidal las recoge cada septiembre. Solo él. —Marc alzó los ojos—. Julián debió pasar justo al lado esa noche, ¿sabes? Con lo oscuro que estaba, con las prisas... Pasó a dos metros del tronco y no se enteró.

Ernest sintió un escalofrío. Bajó la vista al libro, buscando otra vez el párrafo.

Después pasó dos, tres, cuatro páginas, con una rapidez torpe que no tenía nada que ver con su método habitual, hasta encontrar lo que buscaba: una cláusula un poco más adelante, en la letra menuda del final de la hoja.

—Aquí. «Si arrancaren la cepa mare, o la deixaren morir...» —Leyó despacio, comprobando cada palabra—. «...s'extingirà el present contracte, i les terres tornaran als senyors de baix amb tot allò que hi hagi plantat, edificat o viu.»

—¿«Con todo lo que haya plantado, edificado o vivo»? —repitió Marc.

—Cláusula de reversión. La finca y todo lo que hay en ella pasaría a manos de la otra parte. —Ernest cerró los ojos un segundo—. Si la cepa muere, el contrato se acaba. Y la casa, las tierras, la bodega... y quien esté dentro, es de ellos.

Marc no dijo nada durante un rato.

—Entonces es una trampa.

—Es un contrato —dijo Ernest, con la voz de quien ha visto cientos y sabe distinguir uno bueno de uno malo—. Un contrato bien redactado. Las trampas son otra cosa: se le ocultan a una de las partes. Esto está a la vista de cualquiera que sepa leer.

—Pero la familia no sabía leerlo.

—No. Solo lo copiaron, generación tras generación, como una liturgia. —Ernest cerró el libro con una mano suave—. Nadie se leyó nunca las cláusulas. Nadie pensó en preguntar qué pasaba si la cepa moría. Preguntar es lo primero que hace un notario, señor Rovira. Y lo último que hace la gente.

*   *   *

Encontró la firma a las dos y cuarto.

Estaba en la última página de la parte antigua, al pie del documento, escrita con una tinta más oscura y una mano más pausada que las demás.

Ernest la había visto por la mañana, de pasada, y no le había prestado atención, porque las firmas al pie de un acta antigua se parecen todas: un garabato con rúbrica, un nombre apenas legible, una fórmula ritual.

Esta vez la leyó entera.

«Ego, Antonius Bosch, notarius publicus...»

Se quedó quieto.

—¿Ernest? —dijo Marc—. ¿Qué pasa?

Ernest Bosch Vila, notario, sesenta y tres años, hijo de notario y nieto de notario, sintió que se le enfriaban las manos.

Conocía ese nombre. Lo había visto tallado sobre la puerta de su propio despacho, en la placa de latón desgastada que su padre había hecho restaurar cuando él heredó la notaría. «Notaría Bosch. Fundada en 1671.»

—Mi antepasado —dijo, con la voz hueca—. Antoni Bosch. Fue el primero de la saga. El que abrió el despacho. —Se pasó la lengua por los labios—. Es él quien autorizó esto. Es él quien dio fe.

Marc lo miró con una expresión extraña, casi de lástima, como quien contempla a alguien que acaba de descubrir la enfermedad que lleva escondida en la sangre.

—Esto explica por qué te llamaron a ti —murmuró.

—No me llamaron a mí. —Ernest soltó una risa seca, sin alegría—.

Siempre han sido nuestros. Los Rovira han venido a nuestra notaría durante trescientos años.

Mi padre les hizo los testamentos. Mi abuelo, las particiones.

Y yo, cuando vino usted con su padre, pensé que era un cliente más.

—Se le quebró la voz—. Nos ha necesitado siempre, ¿lo entiende?

Para dar fe. Para que todo tuviera la forma correcta.

Iba a decir algo más, pero se detuvo. Había visto otra cosa.

Bajo la firma de Antoni Bosch, casi pegada al borde del papel, había una anotación más pequeña. Otra letra. Otra tinta, más reciente, de un negro distinto, con la caligrafía apretada y menuda de quien escribe pensando que nadie más va a leer.

Una nota al margen, en catalán. Con la forma de una advertencia dejada por alguien a alguien.

—«Els Bosch hi som per donar fe» —leyó Ernest en voz muy baja—. «I per obrir la porta quan sigui l'hora.»

Marc tenía los ojos muy abiertos.

—¿Qué hora?

—No lo sé. —Ernest pasó el dedo por la anotación, con los ojos empañados—. No lo sé, Marc. Pero quien escribió esto sabía que algún día alguien de mi familia estaría sentado en esta cocina, leyéndolo. Y que tendría que hacer algo.

*   *   *

Fue entonces cuando el libro se movió.

No lo hizo de golpe. Fue una brisa sutil, imposible de explicar en una cocina cerrada: las páginas se levantaron un centímetro, temblaron, y empezaron a pasar solas, una tras otra, con un susurro de papel viejo, hasta detenerse en la última hoja escrita, la de Carme. La tinta todavía parecía húmeda.

Debajo de la línea de la mujer, en la tercera columna, la estrecha, la pegada al lomo donde durante tres siglos una sola mano había firmado con nombres distintos, apareció una palabra nueva.

Después otra. La caligrafía era apretada, cordial, paciente.

La de alguien que escribe una nota de cortesía a un vecino.

«Once noches.»

Y debajo, en una letra más pequeña, con un deje casi divertido:

«Buenas noches, notario.»

Ernest cerró el libro de golpe. Se puso de pie tan deprisa que la silla cayó hacia atrás y resonó en el suelo de baldosas como un disparo. Le temblaban tanto las manos que tuvo que apoyarlas en la mesa.

—Amanecerá dentro de cuatro horas —dijo, con la voz más firme que pudo reunir—.

En cuanto salga el sol voy a Barcelona. Los manuales de los primeros protocolos siguen en el sótano de mi despacho, catalogados y sellados.

Nadie los ha abierto desde mil novecientos treinta y seis.

—Miró a Marc—. Si el original de esa acta sigue ahí, con las cláusulas completas, sabremos exactamente qué hay que hacer. Y a qué hora.

Marc tardó un momento en contestar. Se puso de pie despacio, sujetándose la manta sobre los hombros, y en sus ojos, por primera vez desde que había salido de la celda, Ernest vio algo distinto del miedo.

—Voy contigo —dijo.

—Señor Rovira, usted acaba de...

—Llevo cinco años y medio sin salir de aquí, Ernest. —Sonrió, con esa sonrisa pequeña y torcida—. Si me quedo un día más mirando esa ventana, me voy a volver loco.