24. Que no se acuerde nunca
VEINTICUATRO
Que no se acuerde nunca
Julián despertó con olor a café.
Fue lo primero que registró, antes que la luz, antes que el dolor de cabeza, antes incluso de saber dónde estaba: un olor espeso, familiar, doméstico, el olor de todas las mañanas de su infancia.
Se quedó unos segundos con los ojos cerrados, respirándolo, dejando que la parte más antigua de su cerebro se convenciera de que aquello era una mañana normal, en una casa normal, con una madre normal preparando el desayuno en la cocina.
Después abrió los ojos y vio el techo.
Vigas de madera ennegrecida. Una mancha de humedad con forma de continente.
Una telaraña en el rincón, con un cadáver de mosca colgando.
Estaba tumbado en el viejo sofá de la cocina grande de la finca, con una manta de lana sobre las piernas, y a su alrededor, en un silencio expectante, había gente.
Mucha gente. Los contó sin moverse. Ernest en una silla junto a la ventana, con el jersey arrugado y las gafas otra vez puestas.
Un chico joven de pie junto a la puerta, con los nudillos en carne viva.
Una mujer de unos sesenta años, sentada en el suelo, que lo miraba con unos ojos hinchados de llorar y unos rasgos que le eran vagamente familiares.
Un hombre mayor, ancho de espaldas, apoyado en la pared con los brazos cruzados y la mirada en el suelo.
Otro, más viejo aún, encogido en una silla en el rincón, con un cuaderno en las rodillas, escribiendo algo a toda prisa con un lápiz corto.
Y sentado en una silla a su lado, con una manta sobre los hombros y una taza entre las manos, un hombre delgadísimo, de piel casi transparente y ojos enormes.
—Hola, primo —dijo Marc.
* * *
Se abrazaron. No supo quién empezó. Un momento estaba tumbado y al siguiente había un cuerpo ligero, sorprendentemente frágil, temblando contra el suyo, y unos brazos que lo apretaban con una fuerza que no debería haber tenido nadie tan flaco.
Julián notó los huesos de la espalda de Marc bajo la manta.
Cada costilla. Cada vértebra. Se quedó con la cara hundida en su hombro, sin decir nada, respirando un olor a tierra y a piedra y a algo más, algo dulce y viejo, que reconoció sin querer y prefirió no reconocer.
—Lo siento —dijo, cuando por fin pudo hablar—. Marc. Lo siento tanto. Yo no sabía...
—Lo sé.
—Era mi sitio. Era mi sitio y tú...
—Lo sé, Julián. —Marc se apartó lo justo para mirarlo. Tenía las mejillas mojadas y una sonrisa pequeña, torcida, sin ningún rencor—. Y yo lo hice de todas formas, así que no vengas ahora a quitarme el mérito.
Julián se rió. Fue un ruido húmedo, lamentable, algo entre un sollozo y una carcajada, y en cuanto salió, notó que la tensión que llevaba tres días clavada entre los hombros aflojaba un centímetro.
Entonces vio a la mujer que se acercaba desde la ventana.
* * *
Llevaba una taza en las manos, y la sostenía con un cuidado exagerado, como quien lleva algo que no le pertenece.
El pelo era blanco. No canoso: blanco, uniforme, de una blancura de sábana.
Tenía la cara de su madre, los mismos pómulos, la misma línea de la boca.
Pero se movía diferente. Con una cautela educada, casi tímida, la de una invitada en una casa que no conoce.
—Te he hecho café —dijo—. No sé cómo lo tomas.
A Julián se le rompió algo por dentro.
—Solo. Con dos de azúcar. —Le salió un hilo de voz—. Siempre lo tomo así, mamá.
—Dos de azúcar. —Ella asintió, repitiéndolo como quien anota un dato en un cuaderno mental—. Vale. Lo recordaré.
Le dio la taza. Sus dedos se rozaron. Julián notó que le temblaban las manos, y no supo si eran las de ella o las suyas.
—Me han contado lo que ha pasado —dijo Carme, sentándose despacio en el borde del sofá, con la espalda muy recta, las manos entrelazadas sobre las rodillas—.
Sé que soy tu madre. Sé que me lo he... que se lo han llevado.
Lo de ti. —Se le quebró la voz por primera vez—.
Perdóname. Me han dicho que tengo fotos, que tengo recuerdos, que hay una vida entera que compartimos, y yo no...
Yo miro tu cara y no hay nada. Solo un hueco.
—Sonrió, con una tristeza desvalida—. Pero es un hueco con tu forma. Te lo prometo. Yo lo noto.
Julián no pudo contenerse. Dejó la taza en el suelo, alargó los brazos y la estrechó con todas sus fuerzas, y ella, tras un instante de sorpresa, le devolvió el abrazo. Olía a jabón barato y a lana. Olía a su madre.
—Yo te lo cuento todo —murmuró contra su pelo blanco—. Todo lo que quieras. Desde el principio. Te lo cuento otra vez, mamá. Todas las veces que haga falta.
* * *
Hubo un rato de llanto, de tazas rellenadas, de miradas que no se atrevían a cruzarse.
Ernest se dedicó a servir agua a todo el mundo con una dignidad forzada.
El chico joven, Pau, se sentó en el suelo con las rodillas contra el pecho y no dijo nada.
Marc bebía su té a sorbitos, con los ojos cerrados, como quien prueba por primera vez algo que ha olvidado que existía.
Fue Julián quien rompió la calma.
—Tío Joaquim.
El hombre ancho de espaldas, que llevaba media hora inmóvil junto a la pared, levantó despacio la cabeza.
—Cuéntame lo que hiciste.
Nadie respiró. Empar, sentada junto a Marc, se agarró el borde de la falda con las dos manos.
—Ya lo sabes —dijo Joaquim.
—Quiero oírlo de ti.
Joaquim cerró los ojos. Tenía la cara hundida, gris, envejecida veinte años en una noche. Cuando habló, lo hizo despacio, con la voz seca de quien recita una confesión que lleva tres décadas ensayando.
—La marca la tenías tú. Todos lo vieron.
Los mayores lo habían dicho ya la noche que naciste, mirándote el hombro.
Yo tenía a mi hijo de once meses, y te tenía a ti, hijo de mi hermano.
—Se pasó una mano por la cara—. Y pensé...
Pensé que a ti te quedaba tu madre, que era fuerte.
Que tú eras más listo. Que Marc, con su carácter, con su...
Que no aguantaría. Que no iba a aguantar.
Y eso, precisamente eso, lo hacía peor, ¿lo entiendes?
Que fuera el débil. Que a él fuera a costarle más. Y aun así lo hice.
Julián se levantó. No lo decidió. Se encontró de pie, con las piernas temblando y la manta caída a sus pies, mirando a aquel hombre ancho de espaldas, aquel hombre de manos grandes que tantas veces, en tantas comidas de Navidad, le había revuelto el pelo con una sonrisa.
—Cinco años y medio —dijo, con la voz baja—. Encadenado. Con veintiséis años. Comiendo en platos de barro.
—Lo sé.
—Yo lo he visto. Yo he visto la celda. —Se le quebró la voz—. ¡He visto las putas rayas en la pared, tío!
—Julián. —Fue Marc, con suavidad, poniéndole una mano sobre el brazo—. No.
—¡Es que no puede...!
—No es él a quien tienes que odiar. —Marc lo miró, con esos ojos de la familia, grandes y tranquilos—.
Lo intenté durante años, ¿sabes? Lo odié cada noche, en esa mesa, mientras la cosa me ofrecía pan con la voz de mi padre.
Y una noche me di cuenta de que odiarlo era darle un motivo más para sentarme allí.
—Sonrió, cansado—. Tiene que acabar. Eso es lo que quiero. No que lo destroces. Que se acabe.
Julián respiró hondo. Una. Dos. Tres veces. Después se dejó caer de nuevo en el sofá, sin apartar la mirada de su tío, que por fin lloraba sin esconderlo, en silencio, con los hombros temblando.
—Esto no se arregla con perdones —dijo Julián.
—No. —Joaquim asintió—. Ya lo sé.
* * *
Fue Carme quien sacó la foto.
La tenía en el bolsillo de la chaqueta. La había llevado toda la noche, apretada contra el pecho, y estaba arrugada, con una esquina rota, con la marca redonda de un dedo pulgar sobre el papel. Se la tendió a Julián sin decir nada.
Un niño de siete años. El pelo revuelto, las rodillas sucias, una camiseta de rayas y un helado de cucurucho derritiéndosele por el antebrazo.
Sonreía a la cámara con los ojos entrecerrados por el sol.
Y detrás de él, desenfocado pero reconocible, había un suelo empedrado y, en el centro exacto del suelo, un óvalo perfecto de agua sucia que devolvía el cielo.
Julián dejó de respirar.
—Esto es aquí —susurró—. Es el patio. Este patio.
—Sí —dijo Ernest, que se había inclinado sobre su hombro—. Ese es el empedrado. Y el pozo de la esquina.
—Nunca he estado aquí. Al menos no de niño. Recuerdo que... —Se le trabó la lengua—. Yo no tengo ningún recuerdo de venir a esta casa a los siete años. Ninguno. Mamá, ¿tú...?
—Yo tampoco. —Carme negó despacio—. No sé qué día fue ni por qué la llevo.
—Y ese helado —dijo Julián, señalando el cucurucho derretido con un dedo que no le obedecía del todo—. Tú odias los helados, mamá. Siempre los has odiado. Nunca me compraste uno en tu vida.
Carme miró la foto. Luego miró a su hijo. Y por primera vez desde el amanecer, algo parecido al miedo, un miedo muy pequeño y muy exacto, le cruzó la cara.
Julián le dio la vuelta a la foto, por instinto, con la vaga idea de encontrar una fecha en el reverso.
Y sí, había algo escrito. Con tinta azul, en una letra apretada y nerviosa que reconoció al instante como la de su madre, la de las notas de la nevera, la de las felicitaciones de cumpleaños. Cuatro palabras y una fecha.
«Julián, siete años. Que no se acuerde nunca.»
Debajo, más pequeño, casi ilegible, como añadido después con la mano temblorosa de quien no quiere que nadie más lo lea:
«Perdóname, hijo. Fue lo único que pude.»
* * *
Nadie dijo nada durante un rato largo.
Julián leyó las dos líneas una y otra vez, y con cada lectura sentía crecer dentro de él, con una lentitud cruel, una certeza que le habría gustado no tener.
Su madre lo había sabido. Lo había sabido desde el principio, veintiséis años antes de aquella mañana, y había hecho algo, en algún momento, en aquel patio, para que él lo olvidara.
Algo tan terrible que ella misma había necesitado dejar una nota, para que nadie, ni siquiera ella, pudiera decir que no había ocurrido.
Se volvió hacia Carme. Ella lo miraba con el ceño fruncido, con la boca entreabierta, con una expresión que Julián conocía muy bien porque era la que ponía cuando intentaba recordar un nombre que tenía en la punta de la lengua.
—Yo escribí esto —dijo—. Es mi letra.
—Sí.
—Yo... —Se llevó la mano a la sien, con una mueca de esfuerzo—. Hay algo. Hay un sabor. Vino. Un vino dulce, muy espeso, como... como de higos.
En el rincón, el viejo del cuaderno levantó la cabeza de golpe. El lápiz se le cayó de las manos.
—Vino de olvido —susurró Vidal, con la voz ronca de quien ha pasado la mañana llorando—.
Lo hacíamos con las últimas uvas de la cepa vieja.
Se le da a los niños que han visto lo que no debían.
Se les da un poco, en un vasito, con azúcar.
—Tragó saliva—. Yo mismo lo serví. Yo lo serví, hace veintiséis años, en este patio. No lo recordaba hasta ahora.
Julián se lo quedó mirando.
—¿Qué vi? —preguntó—. ¿Qué es lo que vi aquel día?
Y Vidal, con las lágrimas resbalándole por la cara y la mano temblorosa aferrando el cuaderno, negó despacio con la cabeza, no porque no quisiera contestar, sino porque, comprendió Julián con un escalofrío, la respuesta se había ido otra vez.