23. Doy fe
VEINTITRÉS
Doy fe
En treinta y un años de notaría, Ernest Bosch había visto a mucha gente firmar cosas que no entendía.
Viudas que rubricaban hipotecas con una sonrisa de gratitud.
Hermanos que se repartían una herencia con los ojos brillantes de rencor.
Ancianos que cedían una casa entera a un sobrino simpático que les traía pasteles los domingos.
Aprendió pronto a reconocer ese momento exacto, un segundo antes de que la pluma tocara el papel, en que el rostro de una persona se vaciaba de todo salvo de una obediencia cansada.
Un consentimiento con el fondo hueco. Le había dado siempre escalofríos, y siempre había hecho lo mismo: se quitaba las gafas, respiraba hondo, y preguntaba una vez más si estaba absolutamente seguro.
Julián Rovira tenía esa cara ahora.
Ernest lo vio desde el coche, apoyado en la puerta abierta, con las piernas convertidas en gelatina y el corazón golpeándole en la garganta.
Vio cómo Vidal le tendía el mendrugo. Vio cómo el chico lo mordía.
Y vio, con la precisión helada de quien lleva toda la vida leyendo caras, cómo algo se apagaba en los ojos de su cliente y lo sustituía otra cosa, plana, tranquila, dulcemente ausente.
Y detrás de Julián, en el centro exacto del empedrado hundido, el charco empezó a moverse.
* * *
Al principio Ernest pensó que era una ilusión óptica.
El óvalo de agua sucia, ese ojo turbio que el patio llevaba mirando al cielo desde que él llegó a la finca por primera vez, se había estremecido con un temblor circular, como si una gota invisible hubiera caído en el centro.
Después otro. Después el agua entera se inclinó hacia un lado, de forma lenta y deliberada, y empezó a fluir hacia un punto del empedrado con el gorgoteo grave de un desagüe abierto.
No se filtraba por ninguna rendija. Se hundía.
Y al retirarse, dejaba al descubierto, una a una, con el crujir de piedras antiguas que llevaran siglos esperando ese gesto, las losas del suelo.
Losas que giraban sobre sí mismas, se deslizaban, se acomodaban, formando un hueco negro y cada vez más ancho, y en el borde de ese hueco, nítido como una firma sobre un papel, el primer peldaño de una escalera.
Ernest sintió que se le aflojaban las rodillas.
—«Ligeros hundimientos» —susurró, con una risa que no le salió—. Ligeros hundimientos en el patio principal. Yo mismo lo puse en el informe.
Julián echó a andar.
* * *
Caminaba despacio, con los brazos colgando y el rostro girado hacia la escalera, como un sonámbulo. La muñeca izquierda, la que llevaba la marca rosada de la noche anterior, tenía otra vez ese brillo plateado entre la piel, más intenso ahora, casi luminoso a la luz de la mañana.
—¡Julián! —gritó Ernest, y le sorprendió la fuerza de su propia voz—. ¡Señor Rovira!
Ni se giró. Vidal, a su lado, parecía llorar. Le corrían lágrimas por las mejillas surcadas de arrugas, y tenía los ojos desorbitados, suplicantes, fijos en Ernest como los de un animal en una trampa. Pero su boca, esa boca que se abría con una calma sobrenatural, seguía sonriendo.
—No se preocupe, notario —dijo, con una voz que no era la suya. Era la de una persona muy amable, muy vieja, muy paciente—. Usted ya cumplió. Hace cinco años y medio, en su despacho, con su sello y su firma. Tuvo un papel excelente. No hace falta que se quede a ver el resto.
A Ernest se le heló la sangre.
—Yo no sabía... —empezó.
—Nadie sabe nunca. Ese es el encanto de las escrituras.
La cosa que llevaba la boca de Vidal sonrió todavía más.
Ernest sintió, con una nitidez espantosa, cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, y comprendió que no eran de miedo, ni de rabia, ni de culpa.
Eran de vergüenza. La misma que había sentido a los veintitrés años, recién licenciado, cuando su primer cliente le pidió que le leyera en voz alta un documento y él, con la voz temblando, descubrió que no era capaz.
Y al recordar eso, algo se le encendió por dentro.
* * *
Un notario no hace justicia. Eso se lo repetía siempre a los becarios el primer día.
Un notario no pregunta quién tiene razón, ni si el negocio es justo, ni si el hijo trata bien a su madre.
Un notario hace una sola cosa: da fe. Certifica que lo que se ha dicho se ha dicho, que quien ha firmado es quien dice ser, y que lo ha hecho de forma libre, consciente, sin engaño ni coacción.
Es un oficio pequeño y minucioso, sostenido por unas pocas reglas antiguas que la gente considera aburridas.
Pero las reglas, pensó Ernest de pronto, con el pulso desbocado, son lo único que tiene forma en un mundo que no la tiene.
Se apartó del coche. Dio tres pasos hacia el centro del patio, se plantó a un par de metros de Julián, y se quitó las gafas.
Las plegó despacio. Se las guardó en el bolsillo del jersey. Respiró hondo.
—Yo, Ernest Bosch Vila —dijo, con la voz alta, clara, grave, la voz de treinta y un años de escrituras leídas en voz alta ante gente que no sabía escuchar—, notario del Ilustre Colegio, con residencia en esta demarcación, en pleno uso de mis facultades, doy fe.
Julián se detuvo.
El movimiento fue mínimo, un frenazo en la inercia de su paso, pero Ernest lo notó como se nota que se detiene un reloj. En el hueco del patio, la escalera dejó de crecer. Las losas cesaron de moverse.
—Doy fe —continuó Ernest— de que don Julián Rovira Ferrer ha ingerido hace un momento un alimento que le fue ofrecido por el señor presente, bajo la apariencia de una costumbre familiar, sin advertirle de sus consecuencias ni de su carácter.
—Tragó saliva. Le temblaban las manos, pero la voz no—.
Y que dicho consentimiento, de haberlo habido, fue obtenido mediante dolo. Es decir, con engaño. Es decir...
Dejó una pausa, la pausa dramática que tantas veces había hecho ante clientes distraídos, y que había perfeccionado con los años hasta convertirla en un arma.
—Es decir, nulo. De pleno derecho.
* * *
El silencio que siguió fue de una naturaleza nueva.
No se oía nada. Ni el viento, ni la hiedra, ni el murmullo del agua desaguada. Vidal se había quedado con la boca abierta y la sonrisa a medias, como un fotograma congelado, y por primera vez desde que había pronunciado la última frase, la cosa que lo habitaba pareció dudar.
—Eso —dijo, muy despacio, con una entonación que a Ernest le recordó, absurdamente, a la de un inspector de Hacienda al que se le ha señalado una errata en su propio informe—. Eso es cierto.
—Claro que es cierto —dijo Ernest.
—Se acordó en mil ochocientos doce. Sin cadenas ni engaño. —Ahora sí había algo parecido a una contrariedad en aquella voz—. Las cláusulas se respetan. Siempre se han respetado.
—Pues entonces —dijo Ernest— tendrá que respetarla.
Se oyeron pasos a su espalda, y el ruido de la puerta de la casa al abrirse de golpe.
Ernest no se giró. No podía. Notó a alguien situándose a su derecha, junto a su hombro: un hombre delgadísimo, descalzo, envuelto en una manta, con el pelo largo y apelmazado y unos ojos enormes, hundidos, que reconoció al instante.
Marc Rovira Puig. Treinta y dos años. Cinco y medio de ausencia.
—Yo lo he visto todo —dijo Marc, con una voz ronca, quebrada, pero firme—. Como testigo. Yo llevo cinco años mirándole a la cara. Y confirmo lo que ha dicho el notario.
Detrás de él, uno por uno, salieron los demás. Empar. Joaquim. Pau. Y al final, con el pelo blanco y una fotografía apretada contra el pecho, la madre de Julián, que no dijo nada, pero que se colocó a un metro de su hijo con los brazos abiertos, como si tuviera intención de recogerlo si caía.
—Somos siete testigos —añadió Ernest, y contó mentalmente: la familia, él, el viejo—. Más de los que la ley exige.
El hueco del patio, con su escalera de piedra, se cerró.
* * *
Fue rápido y silencioso, sin estruendo, con el suave deslizamiento de piedras que regresan a su lugar.
Las losas giraron, se ajustaron, se acomodaron.
El agua turbia brotó de una grieta invisible y se extendió en un óvalo perfecto sobre el empedrado hundido, calmada, oscura, mirando de nuevo al cielo.
Julián se desplomó.
Ernest llegó a él antes de que tocara el suelo, junto con Marc y con la mujer de cabello blanco, y entre los tres lo sostuvieron. Estaba frío, empapado en sudor, con los ojos en blanco, y en la muñeca la marca plateada se extinguía como un fuego que se apaga.
A pocos pasos, Vidal cayó de rodillas.
La boca se le cerró sola. Los ojos, por fin, pudieron cerrarse.
Tosió, dobló la espalda, y empezó a llorar con el llanto entrecortado y desnudo de un hombre al que han devuelto de golpe algo que había perdido hace mucho.
Sus labios formaron una palabra sin sonido, una, otra vez, con una ternura infinita.
—Concepció —susurraba—. Concepció. Se llamaba Concepció.
Nadie supo de quién hablaba. Pero Empar se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro.
* * *
Ernest fue el último en oírlo.
Estaba ayudando a poner de pie a Julián, con un brazo bajo su axila, cuando sintió un cambio de temperatura.
Un frío breve, casi cortés, como un aliento sobre la nuca.
Y de la grieta del patio, del punto exacto por donde había desaparecido el agua, subió una voz, dulce, cansada, de un tono que le recordó, con una precisión que le heló el alma, al de un compañero de despacho que se despide a última hora de un asunto sin importancia.
—Anotado —dijo la voz—. El acto queda subsanado. Lo hará otra vez, y esta vez lo hará bien.
Nadie se movió.
—Hasta la última noche de la vendimia —añadió—. Doce noches. Y ya no habrá pan, ni notario, ni testigos.
Y después, ya sin ninguna cortesía, en un susurro que subió desde las piedras y se extendió por todo el patio como una humedad, casi como una caricia:
—Con o sin engaño, Julián, bajarás. O bajará quien más te duela.