30. La nana
TREINTA
La nana
Fue Carme quien se movió primero.
No lo decidió. Ni siquiera lo sintió como una decisión.
Un momento estaba sentada en la silla de la cocina, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la vista clavada en la puerta abierta, viendo cómo Ernest tapaba la boca de su hijo con una mano y cómo todos los demás se quedaban congelados, como una fotografía; y al siguiente estaba de pie, y las piernas la llevaban hacia el umbral sin pedirle permiso, con el paso tranquilo de quien cruza una habitación para atender a un niño que llora.
—Carme —dijo alguien, en voz baja—. Espera.
—Es un niño —contestó ella, sin volverse.
Sacó una manta del respaldo del sofá. Era de lana gruesa, de rayas marrones, un poco apolillada. La sostuvo contra el pecho, y al llegar a la puerta se detuvo en la piedra del umbral, ancha y gastada por siglos de pisadas, y miró hacia el patio.
Había luna. Una luna casi llena, blanca, que dibujaba sobre el empedrado unas sombras muy nítidas: el abrevadero, la silueta de la higuera, el óvalo de agua oscura en el centro, quieto como un ojo cerrado.
Y en el borde de ese óvalo, justo donde acababa la luz de la cocina y empezaba la de la luna, había una figura pequeña.
Descalza. Con una camisa de lana sin teñir demasiado grande para ella, y los brazos cruzados sobre el pecho, como quien tiene frío.
No se le veía la cara. Solo el pelo, revuelto, oscuro.
Y aquella manera de quedarse quieto, encogido, con los hombros muy altos, de un niño que ha oído gritar en la casa de al lado y no sabe si es hora de volver.
Carme se sentó en el umbral. Se puso la manta en las rodillas, como si fuera una más de las noches de verano en las que salía a tomar el fresco.
Y no dijo nada durante un buen rato. No hacía falta.
Había aprendido en algún momento de su vida —no sabía cuándo, no sabía dónde— que hay silencios que hablan mucho mejor que las palabras.
—Hola —dijo por fin.
El niño levantó la cabeza.
* * *
—Tú eres la mamá de Julián —dijo la vocecita.
Carme sonrió.
—Eso dicen.
—Me diste vino. Hace mucho. —Una pausa muy pequeña—. Estaba bueno, pero se me pasó el sueño y no pude irme a dormir.
—Lo siento. —Carme le sostuvo la mirada, o el sitio donde suponía que estaba la mirada—. Tenía miedo. Y era lo único que sabía hacer.
—Ya lo sé. —El niño dio un pequeño paso hacia el umbral y se detuvo, como si hubiera chocado contra una pared invisible—. Yo también tengo miedo. Todo el tiempo. Pero no me sirve de nada.
Detrás de Carme, en la cocina, nadie respiraba. Ella lo notaba en la nuca, en el peso de las miradas. Pero no se volvió. Miraba al niño, y él, desde el otro lado de la piedra gastada, tan cerca y tan lejos, la miraba a ella.
—No sabemos cómo te llamas —dijo Carme, con la voz más suave que pudo—. Todavía no. No quiero que pienses que lo sabemos y no te lo decimos. Sería mentira. Pero estamos buscando. Todos. Ese señor de las gafas ha pasado todo el día leyendo papeles antiguos, y ha encontrado a tu familia.
El niño no se movió.
—¿Mi familia?
—Tu padre se llamaba Joan. Tu madre, Maria. —Carme fue diciéndolo despacio, como quien coloca una a una las piezas de un rompecabezas delante de alguien que no se atreve a mirarlas—. Tenías una hermana pequeña, Eulàlia. Y otro hermano más pequeño todavía, Rafel. Y un burro llamado Xerrac.
Y el niño, con una exclamación diminuta, ahogada, se llevó las dos manos a la boca.
* * *
—¡Lali! —dijo, con una voz que ya no era la de un espectro, ni la de una cosa que hablara desde el fondo de un pozo, sino la de un crío de siete años al que acaban de devolver algo que había perdido—. ¡Lali! ¡Yo la llamaba Lali! ¡Ella no sabía decir «Eulàlia» y se ponía a llorar!
—¿Y ella cómo te llamaba a ti?
El niño se quedó parado.
—No sé. —Se le apagó el entusiasmo, como una vela a la que quitan el aire—. Me lo decía mucho... pero no me acuerdo. Era corto. Como cuando se dice algo rápido, con la boca casi cerrada. —Se encogió—. Ya no me viene.
—No pasa nada.
—Cada vez que estoy a punto de cogerlo, se me va.
—Lo sé. —Carme alargó la mano, sin cruzar el umbral, con la palma hacia arriba—. Yo también he perdido cosas, ¿sabes? Muchas. A mi hijo, por ejemplo. Y no sé cuándo voy a recuperarlo. Pero cada día que pasa noto que se me acerca un poquito.
El niño miró la mano. Después miró a Carme. Y por primera vez, muy despacio, con una timidez casi dolorosa, empezó a tararear.
* * *
Al principio fue solo un hilo. Una melodía muy tenue, sin palabras, medio ahogada, que salía de los labios del niño como el vaho en una mañana fría.
Cuatro compases. Cinco. Una frase sencilla que subía, se detenía y bajaba, con la cadencia paciente y monótona de las canciones que solo sirven para hacer dormir.
Carme se quedó quieta.
—Yo conozco esa canción —dijo, muy bajo.
Notó que alguien se removía a su espalda. Marc, seguramente. Pero no se volvió. Tenía todo el cuerpo concentrado en aquel sonido, en aquel hilo de música que le recordaba a algo tan antiguo que ni siquiera cabía en el hueco que le habían dejado.
—Mi abuela me la cantaba —murmuró—. En la cama. Con la luz apagada.
Cerró los ojos. Y sin saber cómo, sin haber pensado en ello, sin que nadie se lo pidiera, abrió los labios y empezó a cantar.
—«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga...»
Tenía una voz baja, algo ronca, desafinada en el primer verso y firme en el segundo. La misma con la que habría cantado, hacía veintiséis años, a un crío de siete años que se resistía a dormir.
—«...que el vent no et trobi, que la lluna et guardi.»
El niño la miraba, quieto, con las manos todavía apretadas contra la boca.
—«Dorm, dorm... —Se le quebró la voz—. Dorm, dorm... que la mare et cuida.»
Y entonces, entre los dos, sin ponerse de acuerdo, empezaron a cantar a la vez.
La voz cascada de la mujer de pelo blanco y la vocecita aguda del niño que llevaba trescientos años en el fondo de un pozo, entrelazadas, sosteniéndose una a otra, como dos personas que caminan juntas por un puente muy estrecho.
En la cocina, Marc lloraba sin ruido. Ernest se había quitado las gafas. Pau estaba de rodillas junto a la puerta, con la cabeza gacha. Y Julián, con los puños apretados contra los ojos, murmuraba, sin saber que lo hacía, la letra que él tampoco había olvidado nunca del todo.
* * *
Al terminar, se quedaron callados.
—Falta una estrofa —dijo Carme, con un hilo de voz—. Mi abuela decía que había una tercera, más larga. Con un nombre. Pero ella nunca la cantaba. Decía que en la familia se había perdido. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos—. Ahora sé por qué.
El niño no contestó. Miraba fijamente la piedra del umbral, con una expresión que ninguno de los presentes habría sabido definir.
—¿Os quedaréis? —preguntó, muy bajito.
—¿Cómo?
—Esta noche. Todas las noches. —Levantó los ojos, enormes y oscuros—. ¿Prometéis que no me dejaréis solo otra vez?
Ernest se puso de pie tan deprisa que la silla cayó al suelo.
—¡Carme! —dijo, con una voz tan aguda que a él mismo le sorprendió—. Por favor. No prometa nada. No así. Una promesa hecha a esa cosa es un contrato verbal, con causa, objeto y consentimiento, y en este caso, con testigos, y yo...
—Ernest. —Ella no se volvió—. Es un niño.
—Es un... es una parte... es...
—Es un niño que quiere que le prometan que no se quedará solo. —Carme miró al pequeño, y sonrió, y esa sonrisa le iluminó la cara entera—. No voy a decirle a un niño que no.
Ernest abrió la boca, la cerró, y por fin se llevó una mano a la frente con un gesto de derrota.
—Que sea preciso, al menos.
—Lo seré. —Carme se inclinó hacia delante—.
Escúchame bien, cariño. No te prometo que te vayas ni que te quedes.
No sé qué es lo mejor para ti, y no quiero mentirte.
Te prometo una sola cosa: que mientras yo esté viva y en esta casa, no volverás a pasar ninguna noche sin que alguien te haya cantado.
El niño la miró.
—¿Eso es un trato?
—Es una promesa.
—¿Y es lo mismo?
Carme se echó a reír. Una risa cansada y verdadera, la primera en todo el día.
—Con este notario, cariño, casi seguro.
Y el niño, por primera vez, se rió también.
* * *
No duró.
Fue Marc quien lo notó primero. Un cambio en el aire, casi imperceptible, un descenso de la temperatura tan pequeño que solo alguien que había pasado cinco años en la oscuridad podía reconocerlo.
Se levantó de golpe, con los ojos muy abiertos, y en el mismo instante en que él abría la boca para avisar, el niño se encogió y dijo, con una vocecita minúscula:
—Vienen.
Desapareció sin ruido, como se apaga una lámpara. Y el óvalo de agua del patio, que hasta entonces había reflejado la luna tranquilo, empezó a temblar.
Debajo de las losas, muy hondo, sonó un murmullo.
Al principio pareció el eco de una gran sala vacía.
Después, poco a poco, se fue concretando en algo que todos en la cocina, sin excepción, reconocieron al instante, porque acababan de oírlo cantar.
La misma melodía. Los mismos compases. Pero entonada ahora por cientos de voces a la vez, graves y húmedas, con una perfección tan absoluta y una dulzura tan falsa que a Pau se le doblaron las piernas.
—«Dorm, dorm, petit, que la nit és llarga...»
—Es la nana —susurró Vidal, con los labios blancos.
—«...que el vent no et trobi, que la lluna et guardi...»
Y al llegar a la tercera estrofa, la que a Carme nunca le había enseñado su abuela, el coro entero de los mayores, con una sola voz, rebosante de ternura, se lanzó a cantar un nombre.
Ernest lo oyó. Todos lo oyeron. Un nombre de tres sílabas, entonado con tanta claridad, con un timbre tan puro y tan sincero, que por un instante tuvo la certeza física de que era el correcto.
Se le llenó la boca de ganas de repetirlo.
Notó que a su lado Julián daba un paso hacia el patio, con los labios ya entreabiertos.
—¡No! —gritó Ernest, y le agarró del brazo con las dos manos—. ¡No lo digáis! ¡Es una trampa! ¡Quieren que lo repitamos!
Marc, en cambio, no se había movido. Estaba de pie en mitad de la cocina, con la cabeza ladeada y una expresión concentradísima, como quien intenta distinguir una sola voz en una multitud.
—Hay otra —dijo, en voz baja.
—¿Qué?
—Otra voz. Debajo. Casi no se oye. —Cerró los ojos—. Todos cantan lo mismo. Pero hay una que canta otra cosa. Muy pequeña. Muy aguda. —Se le abrió la boca—. Es Lali.
El coro subió de volumen. La luz del porche parpadeó. Las bombillas de la cocina zumbaron. Y bajo la melodía monolítica de los mayores, apenas un filamento de sonido, como un hilo de seda entre dos cuerdas de acero, una vocecita de niña cantaba con toda su alma una sola sílaba distinta.
Marc dio un paso hacia el patio, con la mano extendida, como quien intenta atrapar algo que se le escapa.
—Espera —murmuró—. Espera. Casi lo tengo.