La casa de las cubas 20. Lo que vi abajo
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20. Lo que vi abajo

VEINTE

Lo que vi abajo

Me dieron una manta, un vaso de agua y una silla junto a la ventana, y lo primero que hice fue quedarme mirando el sol.

Sé que suena tonto. Cinco años y medio sin verlo, y cuando por fin lo tienes delante, entrando en diagonal por los cristales sucios de la cocina de tu propia familia, resulta que no es ni la mitad de bonito de lo que recordabas.

Es un sol normal. Amarillo, algo cansado, con motas de polvo bailando dentro.

Y sin embargo no pude apartar la vista de él durante un buen rato. Me dolían los ojos y me dio igual.

Mi madre no se separaba de mí. Se había sentado en el suelo, pegada a mi silla, con la cabeza apoyada en mis rodillas y una mano agarrada a mi tobillo, como si temiera que alguien fuera a llevárseme otra vez mientras parpadeaba.

Mi padre estaba de pie junto a la puerta, con la espalda contra la pared, incapaz de acercarse.

Lo miré una sola vez. Bajó los ojos. No hizo falta decir nada más.

Vidal y Pau, en un rincón. Y en el otro extremo de la mesa, con un pañuelo de papel doblado en las manos y la fotografía de un niño colocada delante de ella, apoyada contra el salero, la tía Carme.

Tenía el pelo blanco. Ni una hebra de otro color. Y me miraba con una cortesía tranquila, casi de visita, con la misma expresión con que se mira a alguien que acaba de contar una historia larga y todavía no ha llegado al final.

—Cuéntanos —dijo Vidal, muy bajo—. Cuando puedas.

Bebí un sorbo de agua. Me tembló tanto la mano que se me derramó por la barbilla, y mi madre me la secó con la manga.

—Voy a empezar por el principio —dije—. Porque si os lo cuento al revés, no lo vais a entender.

*   *   *

Lo primero que tenéis que saber es que la celda no era el sitio.

Cuando me bajaron, con veintiséis años, con la linterna de pilas y el bocadillo que mi madre me había preparado llorando, pensé que aquello era todo.

Un cuartucho de piedra, una argolla, un jergón.

Pensé que lo malo era eso. Lo de la cadena, lo de la oscuridad, lo de estar solo.

Creí que podía aguantarlo, porque incluso a los veintiséis uno cree que puede aguantar cualquier cosa si le dicen que es por el bien de la familia.

Pero la celda es solo la sala de espera.

Lo descubrí la segunda noche. Me desperté con el sonido de una vajilla, un tintineo lejano, como el de una casa donde alguien está poniendo la mesa, y con un olor a pan caliente que me hizo llorar de puro hambre.

Seguí el ruido. Había un tramo de pared, en el fondo de la celda, que de día era roca lisa y de noche se abría en una escalera.

No me preguntéis cómo. Yo tampoco lo sé.

Bajé setenta y dos escalones, y al final había una mesa.

Carme lo sabe. Ella la ha visto.

Miré hacia el extremo de la cocina y ella asintió, cortés, sin saber muy bien a qué.

Pero yo llevaba cinco años sentándome a esa mesa todas las noches, y necesito que entendáis lo que significa eso. Todas las noches. Sin excepción. Desde el primer día.

—¿Y comías? —preguntó Pau, con un hilo de voz.

—Nunca. —Sonreí, y me pareció que la cara me crujía—.

Ni un mendrugo. Ni una gota. No porque fuera valiente, no os equivoquéis.

Fue por la Mercè. La primera noche se sentó a mi lado y me contó las reglas, y me dijo que si comía me quedaría para siempre.

Me dijo: «Todavía eres joven, hijo, y todavía puedes salir».

Yo no la creí. Pero tenía tanto miedo que no comí por si acaso.

Vidal se pasó una mano por la cara.

—Cinco años —murmuró—. Nadie ha aguantado tanto. Los que bajan suelen...

—Comer. Lo sé. He visto sus caras. —Tragué saliva—. A la segunda semana ya no me quedaba ninguna esperanza. A los seis meses me daba igual todo. Pero me había prometido no comer, y llevaba tanto tiempo prometiéndomelo que se había convertido en lo único mío que me quedaba.

*   *   *

Me preguntaréis qué es.

Lo estáis pensando todos, y la respuesta es que no lo sé. Cinco años y medio frente a ello y no lo sé. Puedo deciros lo que vi y lo que noté, y que lo entendáis vosotros.

No tiene cara. Eso es lo primero. Cuando digo que se sienta a la cabecera de la mesa, no quiero decir que haya un ser sentado ahí.

Lo que hay es una silla más alta que las otras y una sensación en el aire, como cuando alguien te mira desde detrás sin que puedas girarte.

Y luego, según lo que quiera de ti, se pone una cara.

La primera noche fue la de mi padre. Después fue la de mi madre, la de mi abuela, la de un compañero del colegio que se murió a los diez años.

Siempre alguien que me quería. Siempre alguien a quien yo no podía negarle nada.

Mi madre me apretó el tobillo. Me di cuenta de que estaba llorando sin ruido.

—Pero no es solo eso. Hay una cosa que entendí muy tarde.

Cuando habla, no es una voz. Son muchas.

Debajo de la voz de mi madre, o de la mía, o de la que sea, hay otras.

Cientos. Se oyen si escuchas con mucho cuidado, como cuando hay gente hablando en la habitación de al lado. Y al final entendí de dónde salen.

Hice una pausa. Me daba miedo terminar la frase.

—Son los que comieron. Los que se quedaron. Todos los que han bajado en trescientos años y no aguantaron la noche. No están sentados a la mesa como invitados. Son la mesa. Son lo que habla. Cada uno que come se convierte en un trozo más de eso. Y cuantos más hay, más fuerte es, y más hambre tiene.

Nadie dijo nada. Fuera cantó un pájaro, muy despreocupado, y todos lo oímos como quien oye una risa en un funeral.

*   *   *

—Entonces el trato —dijo mi padre, con la voz ronca—. Las cosechas. La familia...

—No hubo ningún trato, papá.

Lo dije sin rencor. Se me había acabado el rencor en algún momento del tercer año. Lo miré de frente, y por primera vez en cinco años y medio, él levantó la cabeza.

—Eso es lo que se cuenta. Es lo que os contaron a vosotros. Pero yo lo he visto sentarse a esa mesa mil ochocientas noches, y lo que vi es otra cosa. La tierra no da nada a cambio de nada. Lo que da es lo que sobra. Nosotros no le llevamos una ofrenda. Le damos de comer para que no suba.

Vidal cerró los ojos.

—Un cordero cada tantos años. Una persona cada generación.

Con eso se sacia lo suficiente para dormir.

Las cosechas, la buena suerte, todo lo que la familia ha tenido, es solo lo que gotea cuando algo tan grande come y no lo digiere entero.

—Me pasé la lengua por los labios secos—.

Nunca fue un pacto. Es un cebo. Y lleváis trescientos años dándoselo, creyendo que os debían algo.

—¿Y si dejamos de dar? —preguntó Pau.

—Sube —dije—. Sube, y come lo que encuentra.

*   *   *

—Y a ti, Marc. —Fue mi madre, con la mejilla contra mi rodilla, sin levantar la vista—. ¿Cómo... cómo lograste...? ¿Cómo no comiste?

Tardé un poco en contestar.

—Porque había una silla vacía.

Se hizo un silencio distinto.

—A la derecha de la cabecera, junto a la de la cosa.

Una silla de respaldo alto, más limpia que las demás, con la madera sin gastar.

Al principio pensé que era la mía. Que la habían reservado para mí, ¿sabéis?

, para cuando me rindiera. Pero un día, hace tres años, me acerqué y miré el respaldo.

Tenía un nombre tallado. Viejo. Muy viejo, con la madera ya oscurecida por el tiempo.

Me callé. Vidal se había puesto de pie despacio, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué nombre?

—Julián.

Mi padre soltó un ruido ahogado.

—Tallado antes de que él naciera —continué—.

La silla llevaba ahí decenas de años. No la habían hecho para mí.

Yo nunca fui el elegido, ni siquiera para ellos.

Me dejaban sentarme cerca porque me tenían mientras esperaban al de verdad.

—Cerré los ojos—. Todos esos años yo era el suplente, papá.

Pero el titular no había bajado. Y lo que se come cuando no come el titular es siempre...

poco. Poco y sin gusto. Por eso pude aguantar.

Por eso aguanté cinco años. Porque yo nunca fui lo que estaba esperando.

*   *   *

Hubo un silencio largo. Empar, mi madre, lloraba abiertamente ahora, con la cara escondida en mis piernas. Mi padre se había deslizado por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con las manos colgando entre las rodillas.

—Hay una cosa más —dije.

Miré a la tía Carme. Ella me devolvió la mirada con una sonrisa amable, dispuesta a escuchar lo que viniera.

—Cuando amaneció, y la mesa se deshizo, y ella y yo nos levantamos... La cosa todavía estaba en la cabecera. Ya no era una cara. Era solo una silla vacía y un plato, un plato de barro pequeño, con algo dentro. Yo pasé cerca al subir. No quería mirar, pero miré.

Se me quebró la voz.

—Era un helado. Derretido. Como el de la foto.

Carme dejó de sonreír, muy despacio, sin entender por qué.

—Se lo quedó, tía. Lo que le sacó a usted de la cabeza. Lo tiene guardado en ese plato, entero, como quien guarda una cosa que le ha gustado. Y mientras subía la escalera, oí que decía algo. No fue una voz de nadie. Fue de todos. Como si hablaran todos a la vez, muy bajo.

—¿Qué dijo? —preguntó Vidal, con los labios blancos.

—Dijo: «La deuda de esta noche está pagada. La otra, no.» —Levanté los ojos hacia él—. Y luego, dijo: «Dile a los de arriba que ya sabemos cómo es su cara.»

*   *   *

Fue Pau quien miró primero por la ventana.

Un ruido de motor, cada vez más cercano, que ninguno de nosotros había registrado hasta ese momento.

Grava crujiendo bajo unos neumáticos. Un par de faros barriendo la fachada de la casa, desvaídos ya por la luz del día, deslizándose sobre los cristales rotos de la cocina hasta detenerse en el patio.

—Es un coche —dijo Pau—. Grande. Gris.

Nadie se movió. Mi madre me apretó las piernas. Vidal se acercó a la ventana y se quedó mirando por el hueco entre las contraventanas, con la maza en la mano, sin darse cuenta de que todavía la llevaba.

—Es el notario —dijo por fin, y en su voz había una mezcla de alivio y horror que me erizó la nuca—. Y hay alguien con él.

Se abrió una puerta del coche.

Y en la cocina, a mi espalda, con una voz que ya no era cortés ni amable ni tranquila, la tía Carme se puso de pie muy despacio, con la foto del niño apretada contra el pecho, y dijo, mirando hacia la ventana con los ojos de alguien que ha empezado a recordar sin saber qué:

—Ese hombre que baja del coche. Lo conozco. Es mi hijo.