La casa de las cubas 21. Setenta y dos
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21. Setenta y dos

VEINTIUNO

Setenta y dos

La cadena se soltó sin ruido.

Julián lo recordaría siempre así, con esa exactitud desproporcionada con que uno recuerda los segundos más importantes de su vida: no hubo un chasquido, ni un tirón final, ni un grito de nadie.

Un momento estaba medio fuera del coche, agarrado con la mano libre al marco de la puerta, con Ernest colgando de su cinturón como un hombre que intenta sujetar una vela al viento, y con el hierro invisible de su muñeca tensándose cada vez más hacia el este.

Y al siguiente, sin transición, el peso desapareció.

Cayó hacia atrás sobre el asiento de cuero con un jadeo, arrastrando al notario con él. Los dos se quedaron así, enredados, sin aliento, mirando a través del parabrisas.

La carretera estaba vacía.

Ni figura, ni cadena, ni sombra estirada bajo la luna.

Solo el asfalto claro, los muros de piedra seca, el rastrojo plateado de los campos, y en mitad de la calzada, a unos treinta metros, una hilera de huellas descalzas y húmedas que se alejaban despacio hacia el este y se iban borrando a medida que el asfalto las bebía.

—Se ha ido —susurró Ernest.

—No. —Julián se miró la muñeca. La hendidura seguía allí, pero ya no brillaba. Era solo una línea rosada, fina, como la marca de un reloj demasiado apretado—. Le han dado de comer.

No supo por qué había dicho eso. Las palabras le salieron solas.

*   *   *

Se quedaron en el coche hasta que amaneció.

Nadie propuso otra cosa. Ernest había girado la llave por pura costumbre y el motor había arrancado a la primera, con ese ronroneo de máquina sana que a los dos les pareció obscenamente normal, y aun así ninguno de los dos quiso arrancar.

Se quedaron con las luces apagadas, escuchando cómo los insectos volvían, uno a uno, a la noche.

Un grillo. Otro. Un búho lejano. Al cabo de un rato, el mundo entero había recuperado el ruido, y el silencio sin insectos de hacía una hora empezó a parecer un mal sueño.

Ernest fue el primero en hablar. Lo hizo mirando al frente, con las manos todavía en el volante, sin ninguna de las formalidades que habían sostenido su voz durante treinta y un años.

—Yo firmé eso.

—¿Qué?

—Lo de Marc. —Tragó saliva—. Cuando lo vi ahí, delante del coche, lo reconocí. No solo la cara. Reconocí cómo me miraba. Vino a mi despacho, señor Rovira. Hace cinco años y medio. Con su padre. Un chico delgado, de veintisiete años, muy callado, que apenas levantaba los ojos del suelo.

Julián se giró despacio.

—Un poder notarial —dijo Ernest—. General y amplio.

A favor de su padre, para administrar todos sus bienes «durante su prolongada estancia en el extranjero».

Me dijeron que se iba a hacer un doctorado a Alemania.

El chico firmó sin decir una palabra. Yo le pregunté si estaba conforme, como manda la ley.

Y él me miró, y me dijo que sí. Me dijo que sí con una voz tan educada, tan tranquila, que no se me pasó por la cabeza dudarlo ni un segundo.

—Era Marc —susurró Julián—. Ya se lo habían llevado a la finca. Le hicieron firmar antes de bajarlo.

—Ya estaba bajado —dijo Ernest, con una voz de una desnudez espantosa—.

Y yo lo notarié. Yo puse mi sello sobre eso.

Le di al padre las herramientas legales para vaciarle la vida a un chico que no iba a ninguna parte.

Y no lo recordaba, Julián. Esta noche, cuando he visto su cara, lo he recordado de golpe.

Hasta ahora no había en mi cabeza nada de aquel día.

Ni el despacho, ni la firma, ni el chico. Nada.

Por primera vez, Ernest Bosch, notario, sesenta y tres años, se echó a llorar.

Julián no supo qué hacer. Puso una mano en el hombro del viejo, y notó cómo temblaba bajo el jersey de lana. Se quedó así un rato largo, mirando por la ventanilla, sintiendo que algo había cambiado dentro de él y sin saber todavía qué era.

*   *   *

La luz llegó por el este.

Una franja gris, primero, sobre la línea negra de las colinas.

Después un naranja sucio, y al final un rosa pálido que pintó los campos de rastrojo de un color casi tierno.

Ernest se había secado la cara con un pañuelo y había recuperado la compostura a medias, con esa dignidad frágil de los hombres que se avergüenzan de haber llorado y han decidido no mencionarlo nunca más.

—Tenemos que volver —dijo Julián.

—Tenemos que ir al cuartel. Ya se lo dije. Con doce hombres armados y una cerradura...

—Mi madre está allí.

Ernest volvió la cabeza.

—No lo sé —dijo Julián, con la vista en algún punto lejano—.

No sé cómo lo sé. Pero cuando se soltó la cadena...

—Se llevó la mano al pecho, sin darse cuenta—.

Fue como cuando alguien te avisa de que se ha muerto una persona y todavía no te han dicho quién.

Un hueco. Estoy seguro de que ha pasado algo con mi madre. Y de que ha pasado por mí.

Ernest tardó un buen rato en contestar. Volvió a mirar hacia delante, hacia la carretera que ya se veía entera, con sus muros de piedra y sus campos tranquilos, tan inocente a la luz del día que costaba creer que unas horas antes hubiera estado a punto de tragarse a un hombre.

—La llamé yo —dijo por fin—. Ayer por la tarde. A su madre. Le dije que usted había desaparecido.

Julián lo miró.

—Y usted me dijo que no la llamara.

—Y yo la llamé. —Ernest esbozó una sonrisa amarga—. Un notario no puede evitarlo, señor Rovira. Cuando hay una familia y un problema, lo primero que hace es informar a la familia. Me dijo que iba a ir a la finca. Le pedí que no lo hiciera. Que esperara. Me dijo: «Ya he esperado bastante».

Julián cerró los ojos.

—Ahí está —murmuró—. Ya lo sabía.

Ernest metió la primera marcha, y esta vez no discutió.

*   *   *

Hicieron el trayecto en silencio. La carretera, a la luz del día, era distinta: ni rastro del cartel oxidado con el nombre escrito a mano, ni ninguna marca en el asfalto.

Solo campos, y un pueblo pequeño con la persiana de la panadería a medio subir, y un tractor solitario que los adelantó con un saludo de la mano.

Julián había dejado de mirar el paisaje. Tenía la vista fija en su muñeca, en aquella línea rosada, y en algún momento, mientras el sol subía por el parabrisas, empezó a notar algo en la boca.

Un sabor.

Frío. Dulce. Con una nota de leche y de vainilla, y una cierta textura arenosa, como de algo que se derrite demasiado deprisa.

Un helado de cucurucho, de los de plaza de pueblo, de los que su madre le compraba los domingos con cincuenta pesetas.

Un helado que se le caía por la mano y le corría por el antebrazo, pegajoso, mientras ella se reía y sacaba un pañuelo del bolso.

Julián nunca había comprado ninguno de esos helados. Nunca había estado en ninguna de esas plazas. Su madre, hasta donde él recordaba, odiaba los helados.

Le dio un vuelco el estómago.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Ernest.

—Sí. —Se pasó la lengua por el paladar. El sabor seguía ahí, dulce y perfecto, tan real que casi le dio ganas de pedir que pararan—. Setenta y dos escalones.

El notario giró la cabeza.

—¿Cómo?

—Nada. —Julián se quedó helado. Había abierto la boca sin darse cuenta—. No sé por qué he dicho eso.

Pero sí lo sabía. Lo sabía con la misma seguridad con que sabía su propio nombre. Había una escalera, de setenta y dos escalones, que bajaba desde un pasillo de una casa hasta una sala larguísima con una mesa de roble, y él nunca la había bajado. Nunca la había visto. No podía saberlo.

No podía saberlo, y sin embargo, con una claridad casi cariñosa, sentía en la punta de la lengua el olor a pan caliente que salía de esa sala.

Ernest no dijo nada. Apretó el volante, y aceleró un poco.

*   *   *

Entraron en el patio a las siete y diez de la mañana.

La finca los recibió como la había descrito Julián la primera vez, hacía una vida entera: con la boca cerrada.

La fachada de piedra arenisca, oscurecida por las vetas de humedad.

Las contraventanas torcidas. La hiedra en la esquina.

Y en el suelo del patio, en el centro exacto del empedrado hundido, el mismo óvalo perfecto de agua sucia, mirando el cielo.

Ernest paró el coche junto al de alquiler de Julián, todavía cubierto de polvo. Apagó el motor. Ninguno de los dos se movió.

—Ahí está la ventana de la cocina —dijo Julián, señalándola con un gesto—. Hay luz.

—Sí.

—Hay alguien.

Se veía una silueta. Detrás de los cristales sucios, de pie, muy quieta, con la cabeza girada hacia el patio.

Julián entrecerró los ojos. Tenía el pelo blanco, todo, como el de una anciana.

Y sin embargo la postura, el ángulo de los hombros, la forma en que sostenía algo pequeño contra el pecho, le era tan familiar que sintió que le fallaban las piernas.

Abrió la puerta del coche. Puso un pie en el suelo. La grava crujió bajo su zapato.

Y en la cocina, la mujer de pelo blanco levantó una mano y la apoyó despacio contra el cristal, con los dedos abiertos, como se saluda a alguien que llega de muy lejos.

Y sonrió.

Fue una sonrisa preciosa, cálida, de una ternura casi insoportable. La sonrisa de su madre.

Pero su madre, pensó Julián, con el pie todavía en el aire, con el sabor del helado en la boca y el corazón a punto de romperle las costillas, nunca en toda su vida había sonreído así de despacio.