19. La mesa de abajo
DIECINUEVE
La mesa de abajo
Carme contó los escalones porque contar era lo único que se le ocurrió para no pensar.
Setenta y dos. Los contó despacio, con una mano en la pared, sintiendo la piedra fría y húmeda bajo la palma, mientras la luz amarillenta del fondo crecía y el sonido de la vajilla de barro se hacía más nítido.
Setenta y dos escalones, y en algún punto entre el cuarenta y el cincuenta, el eco de sus propios pasos empezó a llegarle con un retraso mínimo, como si alguien bajara detrás de ella pisando en cada huella.
No miró atrás. Vidal le había dicho a Julián, hacía una eternidad, que mirar atrás era firmar una sentencia. Ella no lo sabía, pero lo sintió igual, con la sabiduría animal de quien ya ha tomado la decisión más grande de su vida y no quiere darle a nadie la oportunidad de deshacerla.
En el último escalón se detuvo.
* * *
No era una bodega.
Eso fue lo primero que pensó, y le pareció absurdo pensarlo, porque Julián le había contado por teléfono, a trozos, con la voz rota, lo de la nave de toneles y los raíles oxidados y la bóveda con goteras.
Pero lo que se abría ante ella no tenía nada de aquello.
Era una sala larguísima, excavada en la roca viva y pulida por manos pacientes, con un techo abovedado tan alto que las lámparas de aceite colgadas de las paredes apenas llegaban a iluminarlo.
Y en el centro, ocupándolo todo de punta a punta, una mesa.
Una mesa de roble, de una longitud imposible, con manteles blancos impecables y platos de barro dispuestos con una precisión casi maniática.
Copas. Jarras. Panes redondos, todavía humeantes.
Una fuente de fruta que olía a verano. Y alrededor de la mesa, sentados en sillas de respaldo alto, quietos como figuras de cera, había personas.
Decenas. Quizá cien. Hombres, mujeres, niños, vestidos con las ropas de todas las épocas, desde los sayos de lana burda de hace tres siglos hasta las camisas de cuadros de hace treinta años.
Todos con las manos sobre el mantel. Todos con una cadena fina, plateada, alrededor de la muñeca izquierda, cuyo otro extremo desaparecía bajo la mesa hacia algún lugar que Carme no quiso mirar.
Y todos, sin excepción, con la vista fija en ella.
Ninguno parpadeaba.
Carme retrocedió un paso, y su espalda chocó contra algo que no debería estar allí. Los escalones habían desaparecido. Detrás de ella solo había roca lisa, sin junta ni grieta, como si nunca hubiera existido una escalera.
—Ya no se puede subir hasta que amanezca —dijo una voz de mujer, muy cerca.
* * *
Se giró de golpe, con el corazón en la garganta, y la vio.
Sentada en la silla más próxima a la entrada, con un vestido de lana gris de cuello alto y un pañuelo negro anudado bajo la barbilla, había una mujer mayor.
Setenta años, quizá más, con la piel cubierta de arrugas finas como el papel de seda y unos ojos pequeños, oscuros, de una lucidez que contrastaba con la quietud de todos los demás.
—Siéntate —dijo la mujer—. Rápido, antes de que se dé cuenta de que hablo contigo.
Carme se sentó en la silla vacía que había a su lado, sin saber por qué le obedecía. Notó que la madera estaba tibia, como si alguien acabara de levantarse de ella.
—¿Es usted la Mercè? —susurró.
La anciana sonrió, y esa sonrisa le rejuveneció la cara diez años.
—Hace mucho que nadie me llama así. —Bajó todavía más la voz—.
Escúchame bien, hija, porque no hay tiempo.
Yo bajé por mi Jaume en mil ochocientos doce.
Y bajé mal. Me dijeron que la tierra aceptaría a una madre y no me dijeron lo demás.
Que hay que pasar la noche sentada a esta mesa.
Que hay una sola regla, y que yo la rompí a la segunda hora.
—¿Qué regla?
—No comas. No bebas. No digas su nombre.
—La Mercè le apretó la muñeca con unos dedos helados—.
Ni el del chico, ni el de nadie de arriba.
Si lo dices, la tierra lo coge y lo usa.
Y aguanta hasta que cante el primer gallo, que aquí abajo no se oye, pero se nota.
Se nota como se nota que se acaba una fiebre.
—¿Y si...?
—Yo comí —dijo la anciana, con una tristeza infinita—. Un higo. Uno solo. Estaba tan maduro, olía tan a mi casa... Y lo comí, y por eso estoy aquí todavía. Por eso me quedé.
Carme miró alrededor. A las cien personas inmóviles. A los platos de barro llenos de frutas y pan. A las cadenas plateadas.
—¿Todos ellos...?
—Todos comieron —susurró la Mercè—. Uno, y basta. Todos los que cumplen y se quedan. Todos los que no fueron capaces de resistir un bocado.
* * *
Entonces oyó el ruido de una silla al arrastrarse, al fondo de la sala, y todas las cabezas de la mesa giraron a la vez hacia el mismo punto.
En la cabecera, sentado en una silla más alta que las demás, tallada con motivos de racimos y hojas de vid, había un hombre.
Delgado, de rostro alargado, con los ojos de la familia.
Sonreía con una timidez encantadora, la sonrisa de un niño de trece años enseñando un cómic un domingo cualquiera.
Iba vestido con ropa limpia, planchada, y sobre la mesa, ante él, había un plato vacío.
—Tía Carme —dijo la cosa que tenía la cara de Marc, y su voz era la del muchacho, cálida, ronca, entrañable—. Has venido. No sabes cuánto lo esperaba.
A Carme se le llenaron los ojos de lágrimas, y no supo si de miedo o de un cariño que no le pertenecía. Sentía la mano de la Mercè clavada en su muñeca como una advertencia.
—Siéntate a comer conmigo —dijo la cosa, y con un gesto grácil de la mano señaló un hueco vacío junto a él, un plato lleno de guiso que olía exactamente al de su abuela—. Has hecho un viaje muy largo. Tienes que estar cansada. Tienes que estar hambrienta.
—No —dijo Carme.
Y era la primera vez en toda su vida que lo decía sin temblar.
La sonrisa de la cosa no se movió. Pero algo, muy al fondo de aquellos ojos, se inclinó ligeramente, con el interés paciente de un depredador que acaba de comprobar que la presa tiene pulso.
—Entonces esperaremos —dijo con dulzura—. Tenemos toda la noche.
* * *
La noche duró mucho más que una noche.
Carme no supo nunca cuántas horas, o cuántos días, o cuántas vidas.
Lo único que sabía era que se había sentado con las manos entrelazadas sobre el regazo, la mirada fija en un nudo de la madera de la mesa, y que había decidido, con la testarudez con que había aprendido en cincuenta y ocho años a no pelear nunca por nada, pelear por esto.
Al principio fue fácil. Las voces eran las de gente que no conocía. Hombres y mujeres antiguos, pidiéndole con suavidad que compartiera el pan, que probara el vino, que aliviara la sed. Los ignoró.
Después llegaron los conocidos.
La voz de su madre, muerta hacía doce años, llamándola desde el otro lado del mantel con aquel tono de reproche cariñoso que le partió el pecho.
La de su marido, el que se había ido, diciendo que lo sentía, que siempre lo había sentido, que si comía un poco con él podrían empezar de nuevo.
La de la vecina del segundo. La de Empar.
Todas suaves, todas ansiosas, todas ofreciendo un pedazo de pan.
Y a la mitad de la noche, o de lo que fuera aquello, llegó la última.
—Mamá.
Carme cerró los ojos.
—Mamá, tengo hambre.
Era la voz de un niño de siete años. La voz de su hijo, con el ceceo que tenía entonces, con aquel tono lastimero de cuando volvía del colegio y se quejaba de que la merienda estaba dura. Con su helado derretido en la mano, en el bolsillo de su chaqueta, en una fotografía que no se atrevía a mirar.
—Mamá, no me dejes aquí. Tengo mucho frío. Por favor, ven. Por favor, dame un poco de pan, solo un poco, y me voy contigo a casa.
Carme apretó los dientes hasta que sintió el sabor de la sangre.
Sabía que no era él. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía su propio nombre.
Pero el niño lloraba, con el llanto exacto de su hijo cuando se hacía daño, con los hipidos y los mocos y aquella manera de decir «mamá» que parecía tener seis sílabas, y algo dentro de ella, un animal más viejo que la razón, gritaba que se levantara, que corriera, que lo cogiera en brazos y se lo llevara de allí.
Se le escapó un sollozo. Le temblaba todo el cuerpo. Abrió la boca...
Y una mano fría, de dedos ásperos, se cerró sobre la suya por debajo de la mesa.
No era la de la Mercè.
Carme bajó la vista, muy despacio, sin mover la cabeza, y en el hueco entre los manteles vio otra cara.
Pegada al suelo, medio oculta bajo los pliegues de la tela, había un hombre encadenado, con el pelo largo y apelmazado, con la piel de un blanco enfermizo, con unos ojos que eran los ojos de la familia, y que la miraban con un miedo, una ternura y una lucidez que ningún fantasma podría haber fingido.
Marc movió los labios sin producir ningún sonido.
«No lo digas», articuló. «No dices nada. Casi ha pasado.»
Carme apretó su mano hasta hacerle daño.
Y en la cabecera de la mesa, el niño de siete años dejó de llorar de golpe, y la voz de la cosa, sin ninguna dulzura ya, dijo en un tono muy bajo, casi irritado, casi humano:
—Qué terca es esta familia.
* * *
No hubo campana. No hubo gallo. Solo un cambio en el aire, como el que se nota cuando baja la fiebre, un alivio de presión en los oídos que Carme no supo distinguir de la pura extenuación.
Las lámparas de aceite se fueron apagando una por una. Las figuras de la mesa se disolvieron sin ruido, con la suavidad de un aliento sobre un cristal, y la Mercè, la última en desaparecer, le apretó la mano una vez más y dijo, con la voz cada vez más lejana:
—Dile al chico que no vuelva, hija. Nunca.
Y luego solo quedaron la oscuridad, el olor a vino viejo, y una escalera de piedra, de setenta y dos escalones, que subía hacia una luz gris.
Carme se puso de pie. Le dolían las rodillas, las manos, la espalda, cada hueso de un cuerpo que de pronto parecía tener veinte años más. A su lado, tirado sobre el suelo de piedra, sin ninguna cadena, un hombre delgado como un espectro abrió los ojos y la miró sin creerse lo que veía.
—Tía —susurró Marc.
Carme se agachó, con dificultad, y le pasó un brazo bajo los hombros. Pesaba menos que un niño.
—Vamos, cariño —dijo—. Nos esperan arriba.
* * *
Vidal no había dormido. Nadie lo había hecho.
Estaban todavía en el pasillo, sentados en el suelo, apoyados contra las paredes, cuando el muro se deshizo por segunda vez en la misma noche, con un sonido de ladrillos que se desplomaban hacia dentro y una nube de polvo negro que hizo toser a todos.
Empar fue la primera en ponerse en pie. Y en el umbral abierto, a la luz gris del amanecer que entraba por las ventanas rotas de la casa, vio a su hijo.
Los gritos, los llantos, los brazos, la confusión.
Vidal se quedó apartado, con la maza a los pies, viendo cómo Empar se aferraba a Marc y Joaquim se dejaba caer de rodillas a su lado sin poder pronunciar una sola palabra.
Y viendo, con el corazón encogido, a la mujer que había subido con ellos, de pie en mitad del pasillo, con la chaqueta manchada de tierra, con el pelo blanco.
Blanco por completo. Vidal recordó que aquella misma noche, al bajar, lo tenía castaño.
Se acercó a ella despacio.
—Carme.
Ella lo miró. Tenía los ojos limpios, tranquilos, muy cansados. Buscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó una fotografía arrugada: un niño de siete años, con el pelo revuelto y un helado derretido corriéndole por el brazo.
—Vidal —dijo, con una educación exquisita, señalando la foto—. Perdóname. Sé que debería saberlo. ¿Quién es este niño?
Y en el libro de tapas de cuero negro, sobre la mesa de la cocina, la tinta terminó de formar la palabra:
«Cumplió.»