18. Carme
DIECIOCHO
Carme
Carme Ferrer había pasado la vida entera evitando las decisiones difíciles.
No se enorgullecía de ello. Lo sabía desde hacía años, con la lucidez tranquila de quien ha perdido ya la costumbre de mentirse.
Cuando su marido se fue, había esperado a que las cosas se arreglaran solas.
Cuando Julián dejó la carrera a medias, había esperado.
Cuando la familia la llamaba para las comidas de Navidad y ella sentía aquella incomodidad extraña y sin nombre, aquel deseo urgente de irse antes del postre, había esperado.
Esperar era su manera de vivir. Ahora, sentada en la cocina de la finca con las manos temblándole sobre la mesa, comprendió que llevaba cincuenta y ocho años preparándose sin saberlo para un único momento, y que ese momento había llegado.
—No vais a abrir ese muro —dijo Vidal.
Lo repitió por tercera vez, con la voz ronca, sin levantarse, sin mirar a nadie.
Los tres golpes habían cesado hacía casi diez minutos.
La voz de Marc, o lo que hablaba con ella, se había apagado con aquella última frase, y desde entonces la cocina entera parecía contener el aliento.
Nadie había vuelto a tocar el vino. Pau, en el umbral, se mordía los nudillos hasta hacerse sangre sin darse cuenta.
—Es mi hijo —dijo Empar.
—No lo es.
—Es mi hijo, Vidal. Lo he oído. Ha dicho «madre».
—Ha dicho lo que tú querías oír. —Vidal levantó por fin la cabeza, y Carme vio en su cara algo que no le había visto nunca, ni siquiera cuando de joven lo conoció ayudando en la vendimia: miedo, sencillo y desnudo, sin ninguna capa encima—.
Llevo cuarenta y un años oyendo cosas ahí abajo, Empar.
Sé cómo habla. Sabe imitar. Aprende de quien lleva tiempo allí, de quien se le acerca, de quien se queda callado el tiempo suficiente. Ha aprendido a Marc durante cinco años.
—Entonces Marc está muerto —dijo Empar, con una calma que era peor que cualquier grito.
Nadie contestó. Vidal cerró los ojos.
* * *
Fue Joaquim quien rompió el silencio, y lo hizo con una voz que ninguno le conocía.
—Hay otra manera —dijo.
Se había puesto de pie despacio, apoyándose en la mesa como si pesara el doble que cuando llegó.
Sesenta y siete años, las manos grandes de los Rovira, los ojos hundidos.
Llevaba cinco años sin mirar a nadie de frente y esa noche miraba a su mujer, a su cuñada, al viejo Vidal, uno por uno, como si quisiera memorizarlos.
—Joaquim —dijo Vidal, en un tono de advertencia.
—La última página. —Joaquim no le hizo caso—. La que nadie lee. La que los mayores nos hicieron jurar que no mencionaríamos. Trae el libro.
Empar lo trajo. Nadie se lo había pedido, pero lo hizo, con las manos convertidas en dos garras, y lo abrió por el final sin necesidad de buscar, como si llevara semanas conociendo el sitio exacto.
Las últimas hojas estaban en blanco, salvo la de más atrás, cubierta de una letra minúscula, muy antigua, que Carme no habría sido capaz de descifrar sola.
Joaquim se inclinó sobre ella y leyó despacio, con un dedo tembloroso bajo cada línea.
—«Si el elegido no baja, y la sangre no quiere dar a otro, puede bajar en su lugar quien lo engendró o lo parió, por su propia voluntad, sin cadenas ni engaño, y la tierra lo aceptará una sola vez por linaje.» —Levantó la vista—. Una sola vez, Vidal. Y nunca se ha hecho más que...
—Una —dijo Vidal, con la boca seca—. En mil ochocientos doce. La Mercè Rovira bajó por su hijo, que tenía quince años y no quería. La tierra aceptó. El chico vivió hasta los ochenta. Y en la columna de ella, en el libro, no pone «cumplió». Pone «cumplió y se quedó».
—¿Qué significa eso? —preguntó Carme.
Nadie quiso contestarle. Y en aquel silencio, Carme Ferrer, que llevaba toda la vida esperando a que las cosas se arreglaran solas, se dio cuenta de que ya sabía la respuesta.
* * *
—Yo lo parí —dijo.
Lo dijo en voz baja, casi como una constatación, y sin embargo la frase quedó flotando en la cocina como una moneda lanzada al aire.
—Carme, no —dijo Empar, y su voz se quebró de una manera que dolía, porque Carme comprendió de golpe que aquella mujer, que acababa de perder al hijo y quería con desesperación que alguien lo devolviera, estaba dispuesta a renunciar a esa posibilidad antes que ver a otra madre hacer lo mismo—.
No, no puedes. No sabes lo que es. Yo he oído lo que hay ahí abajo, he oído...
Yo he tenido a mi hijo cinco años en esa oscuridad y nunca me atreví...
—Tú no sabías que podías —dijo Carme—. Yo sí. Ahora lo sé.
—Es una locura. —Joaquim tenía los ojos llenos de lágrimas y la barbilla temblándole como un niño—. Es una locura y es culpa mía. Yo tenía que haber bajado hace treinta años. Yo tenía que haberlo pagado. Tenía que ser yo, Carme, no tu hijo, no el mío...
—Sí —dijo Carme, y le sorprendió que no hubiera ni una gota de rencor en su voz—. Tenías que haber sido tú. Pero ya no importa.
Se levantó. Las piernas la sostuvieron mejor de lo que esperaba.
Cogió el bolso del suelo, lo miró un momento con cierta perplejidad, y lo dejó otra vez sobre la silla.
Dentro llevaba las llaves de su piso, un paquete de pañuelos, una foto de Julián a los siete años con un helado derretido en la mano.
La foto la sacó. Se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—Abridme el muro, Vidal.
El viejo negó con la cabeza. Lo hizo despacio, con una tristeza tan honda que Carme sintió el impulso absurdo de consolarlo.
—Nadie ha vuelto de ahí nunca, Carme.
—Mi hijo ha vuelto.
—Y mira cómo lo trae la tierra. —Vidal se pasó la mano por la cara—. No me pidas esto. He visto a demasiada gente cruzar ese arco.
—Entonces mírame a mí —dijo Carme, y por primera vez en su vida, no esperó a que alguien decidiera por ella—. Mírame. Porque voy a cruzarlo de todas formas. Solo puedes decidir si lo hago a martillazos o con tu ayuda.
* * *
Fue Pau quien trajo la maza, sin que nadie se lo pidiera.
Un chaval de veintitantos años, blanco como el papel, que dejó la herramienta a los pies de Vidal y retrocedió hasta la pared con las manos en la cabeza.
El viejo la miró un largo rato, y después, con la lentitud de un hombre que cede a algo que lleva años sabiendo que acabaría ocurriendo, la levantó.
Se acercaron todos al pasillo. Ocho personas en fila, con las linternas y las velas, con el eco de sus pasos sobre las baldosas rotas.
Al final, iluminado por las luces temblorosas, el muro que Vidal había levantado esa misma tarde.
La cal ennegrecida. El moho de décadas. Ni un rastro de que aquello, unas horas antes, hubiera sido una puerta.
Hacía frío. No el frío de una casa vieja en una noche de septiembre, sino aquel otro, seco y constante, sin corrientes, que Julián le había descrito a medias por teléfono desde algún lugar que ella no había sido capaz de imaginar.
Carme puso la palma de la mano contra el muro.
Estaba helado. Y bajo la piedra, muy lejos, muy abajo, algo la reconoció.
Lo notó como se nota que alguien se gira dentro de una habitación a oscuras: un cambio ínfimo en la calidad del silencio.
Y una voz, la de su hijo, la de Marc, la de ninguno de los dos, susurró tan cerca de su oído que le erizó la nuca:
—Ya era hora, tía.
—Adelante —dijo Carme.
Vidal alzó la maza. El primer golpe resonó por toda la casa como un trueno.
El segundo abrió una grieta. Al tercero, la mampostería vieja, que no parecía tener ningún motivo para ceder, se deshizo sola, como si nunca hubiera estado sujeta con nada, en una lluvia de polvo negro y ladrillos que caían hacia dentro, hacia una oscuridad que ya no era la de un pasillo.
Detrás del muro había escalones. Y al fondo de los escalones, muy abajo, una luz tenue y amarillenta, como la de una lámpara de aceite. Se oía el tintineo lejano de una vajilla de barro. Se olía a vino viejo. Se oía, con una claridad que le retorció el corazón, algo parecido a una risa de niño.
Carme se giró una sola vez.
Miró a cada uno de ellos. A Empar, que lloraba sin hacer ruido. A Joaquim, que había caído de rodillas. A Vidal, que sostenía la maza con las dos manos y no había apartado los ojos de ella. A Pau, a los demás.
—Decidle a mi hijo —dijo— que no se le ocurra volver.
Cruzó el umbral.
Los ladrillos que habían caído empezaron a alzarse solos, uno a uno, con un sonido seco, como piezas de un rompecabezas encajando en su sitio.
El polvo negro subió desde el suelo. El moho regresó a la cal.
En cuestión de segundos el muro estaba de nuevo entero, frío, ennegrecido, con su patina de décadas, y en el pasillo solo quedaba el eco de unos pasos que bajaban, cada vez más lejos.
* * *
A ochenta kilómetros de allí, en una carretera de tierra bajo la luna, una cadena que llevaba media hora tirando de la muñeca de un hombre dejó de tirar.
Y en la cocina de la finca, sobre la mesa de roble, el libro de tapas de cuero negro se abrió solo por la última página escrita. Vidal se acercó con la vela y leyó, con los labios blancos, lo que una mano invisible acababa de anotar con tinta todavía húmeda:
«Carme Ferrer. Bajó.»
Y a la derecha, en la segunda columna, la de las palabras terribles, todavía en blanco, la tinta empezaba a formar una letra.