La casa de las cubas 17. La cadena
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17. La cadena

DIECISIETE

La cadena

Ernest Bosch llegó a la gasolinera a las nueve y cuarto, y Julián estuvo a punto de no reconocerlo.

Lo recordaba de traje, de corbata, con las gafas en la mano y aquel gesto de quitárselas antes de decir algo feo.

El hombre que bajó del coche llevaba un jersey de lana gris, unos pantalones de pana y una expresión de alguien que ha tomado una decisión importante en el último minuto y todavía no está seguro de que fuera buena idea.

Tenía sesenta y tres años, y esa noche los aparentaba todos.

—Suba —dijo, sin más preámbulos, abriendo la puerta del copiloto—. Rápido.

Julián no discutió. Se dejó caer en el asiento de cuero, notando cómo el cuerpo entero le agradecía la calefacción con un estremecimiento largo, casi doloroso.

Ernest le puso en las manos una botella de agua y un paquete de galletas, y Julián se dio cuenta de que llevaba casi dos días sin comer nada que no fueran bayas de arbusto y agua de un abrevadero.

—Despacio —dijo Ernest, mientras arrancaba—. Si se atraganta, no me sirve de nada.

Julián se rio. Fue una risa corta, quebrada, y en cuanto se le escapó, notó que los ojos se le llenaban de lágrimas sin ninguna razón concreta. Ernest no dijo nada. Se limitó a mirar al frente y a apretar un poco más el volante.

*   *   *

Había pasado hora y media esperando junto al bordillo, y de esa hora y media Julián había guardado tres recuerdos que no le gustaba tocar.

El primero era el empleado de la gasolinera.

El chico que le había prestado el cargador, un muchacho de veintipocos años con el pelo teñido de un rubio desvaído, había salido a los diez minutos a preguntarle si necesitaba algo.

Julián le había dado las gracias, le había dicho que esperaba a un amigo.

Y a la media hora, cuando salió a fumar un cigarrillo, el chico pasó junto a él sin mirarlo, sin ningún gesto, como si el bordillo estuviera vacío.

—Perdona —le había dicho Julián—. Soy el del cargador.

El chico se había girado. Lo había mirado directamente a la cara. Y en sus ojos, durante un instante muy breve, no había habido nada. Ni reconocimiento, ni extrañeza. Solo esa mirada plana y educada con la que se mira a un desconocido que ha hablado sin motivo.

—¿Necesita algo?

Julián había murmurado que no. Y el chico había vuelto adentro con su cigarrillo sin encender.

El segundo recuerdo era el móvil. A las ocho y diez, un mensaje. De Mamá.

«Hijo, no vuelvas. Pase lo que pase, no vuelvas.»

Y treinta segundos después, del mismo número, otro mensaje. Sin ninguna falta de ortografía. Sin ninguna coma fuera de sitio. Tan bien puesto que Julián, mirándolo, notó que el vello de los brazos se le erizaba antes de comprender por qué.

«Ven, cariño. Estamos todos aquí. Marc también.»

Su madre no escribía así. Su madre escribía con los dedos gordos, con mayúsculas fuera de sitio, con emojis inexplicables. Julián no había respondido. Había apagado el teléfono. Y el tercer recuerdo, el que menos quería tocar, era el que había venido justo después de apagarlo.

Los insectos habían dejado de golpear los fluorescentes.

Todos a la vez. En el mismo segundo. Un momento el aire vibraba con aquel golpeteo seco y constante, y al siguiente no quedaba ni un solo ruido.

Ni grillos, ni mariposas nocturnas, ni el zumbido eléctrico de la luz.

Solo un silencio tan espeso que Julián lo notó apretándole los tímpanos, y en mitad de ese silencio, muy lejos, en la carretera que se perdía hacia el este, un sonido metálico y rítmico, como de algo pesado arrastrándose despacio por el asfalto.

Ernest había llegado cinco minutos después.

*   *   *

—¿A dónde vamos? —preguntó Julián, cuando dejaron atrás las luces de la gasolinera.

—Al cuartel de la Guardia Civil de Vilassar.

Tengo un conocido allí, un capitán, de los de antes.

—Ernest no apartaba los ojos de la carretera—.

No le voy a contar todo. Pero le voy a contar lo suficiente para que usted pase la noche con doce hombres armados alrededor, y con una puerta con cerradura.

—Eso no servirá de nada.

—Ya lo sé. —Ernest tragó saliva—. Pero es lo único que se me ocurre, y llevo dos días sin que se me ocurra otra cosa.

Circularon en silencio durante unos kilómetros.

La carretera era estrecha, sin arcén, flanqueada por muros bajos de piedra seca y por campos de rastrojo que la luna teñía de plata.

No pasaba ningún coche. No había ninguna luz en kilómetros.

Julián, con la cabeza contra el cristal, empezó a sentir que el sueño lo arrastraba, y se obligó a abrir los ojos con un sobresalto.

—Ernest.

—Dígame.

—Esta carretera no va a Vilassar.

El notario frunció el ceño y miró por el retrovisor, por los espejos laterales, por la ventanilla. Julián vio cómo se le tensaba la mandíbula.

—Sí que va —dijo—. Llevo treinta años haciendo este trayecto. Voy por la...

Se interrumpió. En el borde de la carretera, iluminado un segundo por los faros, había un cartel indicador de chapa oxidada, y en el cartel, en letras negras desgastadas que Julián reconoció al instante, se leía el nombre de la finca.

Solo eso. Sin kilómetros, sin flecha. Una sola línea de texto pintada a mano, con la caligrafía apretada de un libro de tapas de cuero negro.

—No —murmuró Ernest—. Ese cartel no estaba ahí. Esta mañana no estaba.

Frenó. El coche derrapó un poco sobre la grava y se detuvo con un chirrido. Y en el silencio que vino después, el silencio sin insectos y sin viento, Julián notó otra cosa.

La muñeca izquierda le ardía.

*   *   *

Se subió la manga con dedos torpes. La marca, la línea roja que le rodeaba la muñeca, ya no era una marca.

Se había hundido. Había una hendidura en la piel, limpia y precisa, y en el fondo de esa hendidura, muy despacio, algo brillaba con una tenue luz plateada, como el filo de un metal recién pulido.

Y tiraba.

No con fuerza. Con la suave y paciente insistencia con la que se tira de un animal atado a una cuerda, seguro de que acabará viniendo por su propio pie. Un tirón hacia delante, hacia la oscuridad de la carretera, hacia el este.

—Ernest. —Julián apenas reconoció su propia voz—. Da la vuelta. Da la vuelta ahora mismo.

Ernest lo miró, y en sus ojos Julián vio que ya lo sabía. Metió marcha atrás con una mano que temblaba y giró el volante todo lo que pudo, pero el motor tosió, una vez, dos, y se apagó de golpe, con ese clic seco y definitivo que Julián ya había oído en otro coche, en otro patio, hacía dos días.

—No —susurró el notario, girando la llave—. No, no, no...

Nada. Ni un ruido. Los faros parpadearon una vez y se apagaron, dejándolos a los dos en una oscuridad plateada, apenas rota por la luz de la luna.

Y entonces, delante de ellos, en mitad de la carretera, a unos treinta metros, algo apareció.

No llegó. No vino andando desde ninguna parte.

Estaba ahí, sencillamente, como si siempre hubiera estado y los faros, al apagarse, hubieran dejado por fin de ocultarlo.

Una figura delgada, de pie, con los brazos colgando a los costados.

Demasiado quieta. Con los pies descalzos sobre el asfalto y una sombra que, bajo la luna, se estiraba hacia ellos con una longitud que no le correspondía.

Tenía la cara de Marc.

Julián lo vio perfectamente. Los mismos ojos de la familia.

La misma sonrisa tímida y torcida que había visto en la rampa, bajo la luz agonizante del mechero.

Y sin embargo, cada rasgo estaba un poco mal, un poco más largo de lo que debía, como una fotografía revelada con la película demasiado tiempo en el agua.

De la muñeca de aquella cosa colgaba una cadena, larguísima, que se perdía hacia la oscuridad de la carretera, hacia el este, hacia la finca.

Y del otro extremo de esa cadena, Julián lo supo con un vuelco en el estómago, colgaba su propia muñeca.

—Ernest —dijo—. No mires. No mires a su cara.

Pero Ernest ya estaba mirando. Tenía la boca entreabierta y las manos aferradas al volante, blancas como la cera, y de sus ojos había desaparecido toda la formalidad de treinta y un años de oficio.

Solo quedaba un hombre de sesenta y tres años ante algo para lo que ningún libro le había enseñado nada.

—Es... —susurró—. Esa cara es... yo lo conocí. Yo conocí a ese chico. Vino a mi despacho, hace... hace años... con su padre... a firmar...

La figura levantó la mano. Despacio. Con el gesto exacto de quien saluda a un viejo conocido desde el otro lado de la calle.

Y la cadena, en la muñeca de Julián, tiró.

Esta vez con fuerza.

Julián salió despedido hacia delante y se golpeó el pecho contra el salpicadero.

La puerta del copiloto, que había dejado de estar cerrada, se abrió sola de par en par.

Sintió cómo su cuerpo era arrastrado hacia el exterior, hacia el asfalto, con una fuerza que no tenía nada que ver con la de ningún brazo humano, y se agarró con la mano libre al marco de la puerta, al asiento, a lo que fuera.

—¡ERNEST!

Notó las manos del notario cerrándose en su brazo, en su hombro, en el cinturón, tirando de él hacia dentro con la fuerza desesperada de un hombre que no tenía ninguna posibilidad de ganar y que tiraba de todos modos.

Oyó su propia respiración, la de Ernest, el rechinar de la cadena sobre el asfalto, y por encima de todo eso, tan cerca que parecía salir del interior del propio coche, una voz que era la de Marc y la de algo mucho más viejo, diciendo con una dulzura insoportable:

—No luches, Julián. Ya casi estás en casa.