La casa de las cubas 16. La mesa
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16. La mesa

DIECISÉIS

La mesa

Vidal llevaba cuarenta y un años cerrando aquella puerta y nunca había conseguido acostumbrarse.

No al trabajo en sí. El trabajo era fácil: mortero, cal, ladrillo viejo colocado de cierta manera, un poco de hollín para envejecerlo.

Cualquier albañil habría sabido hacerlo en una tarde.

Lo que no se aprendía nunca era lo otro, lo que venía después, cuando el último ladrillo quedaba en su sitio y el pasillo de la planta baja volvía a ser un pasillo sin ningún arco a medias, sin ninguna puerta baja de roble, sin nada que mereciera una segunda mirada.

Era en ese momento cuando algo se le apretaba en el estómago, siempre en el mismo sitio, como un puño pequeño y frío.

Se limpió las manos en un trapo y miró lo que había hecho. El muro brillaba de humedad, ennegrecido, con esa pátina de décadas que a los dos guardias civiles no les había parecido ni remotamente reciente. Nunca lo parecía. Esa era la parte que menos le gustaba pensar.

—Ya están todos —dijo una voz a su espalda.

Era Pau, el mayor de los dos chicos que habían ido a buscar a Julián.

Veintipocos años, buen chaval, hijo de un primo lejano de la familia al que Vidal había conocido de niño.

Se le notaba en la cara que no había pegado ojo.

Habían corrido tras un hombre por el campo la noche anterior, y la mirada de Pau, esa mañana, tenía algo que Vidal había visto muchas veces en los que participaban por primera vez: no era culpa, todavía.

Era el aviso de que algún día iba a serlo.

—Voy —dijo Vidal.

*   *   *

Se reunían en la cocina grande, la única habitación de la casa que seguía siendo habitable, con su mesa de roble de diez metros y sus lámparas de aceite convertidas hacía tiempo en bombillas amarillentas.

Vidal cruzó el umbral y contó las sillas con un vistazo, como hacía siempre, sin necesidad de contarlas.

Ocho. Tan pocos ya. En su juventud eran veintitantos, familias enteras venidas de toda la comarca, niños dormidos en los bancos de la entrada, un cordero asado sobre las brasas del patio, voces y música hasta el amanecer, en un ambiente casi de fiesta.

Había que reconocerle algo a la familia de entonces: sabían llevar el peso con dignidad.

Ahora quedaban los que quedaban, y todos tenían la misma cara, la de quien lleva tiempo sin dormir.

Joaquim presidía la mesa, como le correspondía.

Sesenta y siete años, ancho de espaldas, con las manos grandes de los Rovira y los ojos hundidos de quien lleva cinco años sin mirar a nadie de frente.

A su izquierda, Empar, su mujer, no había probado el vino.

Sostenía la copa con las dos manos, sin llevársela a los labios, y miraba el fondo del líquido como si fuera un pozo.

Y al otro extremo, sola, muy erguida, con la chaqueta todavía puesta y el bolso sobre las rodillas, estaba la madre de Julián.

Carme había llegado esa misma tarde, en tren y en taxi, sin avisar a nadie de que venía. Vidal la conocía desde que era una muchacha y siempre la había querido bien. Era una mujer buena, y eso hacía que ver su cara en aquella mesa fuera todavía peor.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó. Ni siquiera esperó a que Vidal se sentara.

—No lo sabemos, Carme.

—¿No lo sabéis? —Tenía la voz firme, pero le temblaban los nudillos sobre el asa del bolso—.

Me han llamado del notario. Un tal Bosch.

Me ha dicho que Julián ha desaparecido, que el coche está aquí, que hay un hombre, un tal Vidal, que cuenta cosas que no encajan.

—Levantó la barbilla—. Un tal Vidal. Te conozco desde hace treinta años, Vidal. Dime qué ha pasado.

Nadie dijo nada. La bombilla de encima de la mesa zumbaba muy bajo. Vidal se sentó despacio, apoyó las manos en el borde de la mesa y comprendió que llevaba semanas ensayando aquel momento sin saberlo, y que de todo lo que había preparado no le servía una sola palabra.

—Bajó, Carme —dijo por fin—. Bajó a la bodega. Y se encontró con Marc.

*   *   *

Para explicar lo que vino después, Vidal habría tenido que explicar la casa entera, y la casa no se explicaba con palabras. Se explicaba con hechos. Con cosas que se hacían, en cierto orden, a ciertas horas, mientras quienes las hacían intentaban no mirarse.

Empar fue la primera en levantarse. Sacó del aparador el libro, un volumen de tapas de cuero negro, más ancho que largo, con las esquinas rotas de tanto abrirse. Lo llevó a la mesa y lo dejó frente a Carme sin decir nada, con la delicadeza cruel con que se entrega un diagnóstico.

—Léelo —dijo Joaquim.

Carme lo abrió por la primera página. Era una hoja amarillenta cubierta de una caligrafía apretada, de tinta parda, tan antigua que las s parecían efes.

Nombres, uno bajo otro. Fechas. Al lado de cada nombre, una anotación breve, casi siempre la misma palabra: «bajó».

Y más a la derecha, en una segunda columna, otra palabra más breve todavía, y más terrible: «cumplió».

Carme fue pasando las páginas. Cuatro, cinco.

Los nombres se hacían más modernos. Las tintas se volvían azules, después negras.

En algún punto de la segunda mitad del libro, una mano había dejado de escribir «cumplió» y había empezado a escribir «volvió al sitio», y Vidal, que había escrito esa segunda expresión con su propia mano en tres ocasiones, tuvo que apartar la vista.

—Aquí no hay ningún Julián —dijo Carme al llegar al final.

—Vuelve una página —dijo Empar.

Carme retrocedió. La última línea escrita era la de Marc, con la letra torcida de su padre: la fecha de hace cinco años y medio, «bajó», y a la derecha, la segunda columna en blanco.

Pero encima de esa línea, a una distancia de treinta años, había otra anotación a medio borrar, tachada con una raya tan gruesa que el papel se había roto.

Y debajo de la raya, en una letra pequeña y apretada que Vidal no reconoció hasta que Carme dejó escapar un ruido ahogado, había un nombre.

Julián Rovira Ferrer.

—Esa es mi letra —susurró Carme, y se llevó una mano a la boca—. Yo lo escribí. Yo lo escribí cuando nació. Yo... —No pudo seguir.

Joaquim cerró los ojos.

—Lo escribiste porque tenía que escribirse —dijo con la voz muy baja—. Tenía la marca. Todos lo vimos. Y yo... Yo no pude, Carme. Tenía un hijo de once meses. Tenía a Marc. Convencí a los mayores de que estaban equivocados. Lo tachamos. Escribimos el nombre de mi hijo debajo.

—Y eso —dijo Vidal, con una voz tan suave que él mismo se sorprendió— es lo que la tierra no ha perdonado nunca.

*   *   *

Nadie se movió durante casi un minuto.

Fue Pau quien rompió el silencio, desde la puerta, con un hilo de voz que le salió sin permiso.

—Entonces... ¿todo lo que ha pasado estos años? ¿La nave que se quemó? ¿La abuela? ¿Eso no era mala suerte?

—Era la tierra cobrando —dijo Vidal—. A plazos. Un cambio no es un pago. Se puede aguantar un tiempo con un cambio, con un niño que ocupa el sitio de otro niño, como se puede aguantar un tiempo con un cheque sin fondos. Pero la deuda sigue ahí. La tierra no se olvida de quién tenía que bajar.

—Y ahora Julián ha bajado —murmuró Empar—. Por su propio pie. Ha llegado hasta Marc. Ha oído la verdad.

—Y ha salido —dijo Vidal—. Que es lo que no debía pasar. Nadie sale de esa bodega sin cumplir.

—¿Entonces qué? —Carme se había puesto de pie, con las manos apoyadas en la mesa, y el bolso había resbalado al suelo. Tenía la cara descompuesta, pero los ojos, por primera vez, ardían—. ¿Qué queréis hacer con mi hijo?

Vidal la miró de frente. Cuarenta y un años. Nunca había dicho la siguiente frase en voz alta. Solo la había leído, subrayada, en el último capítulo del libro.

—Nada. No podemos hacer nada. No es a nosotros a quien le corresponde. —Respiró hondo—. Si él vuelve a bajar por su voluntad, la tierra lo acepta y devuelve a Marc. Nunca ha fallado, Carme, en trescientos años, cuando el elegido baja solo. Pero si no baja...

Dejó la frase colgada. Empar terminó por él, en un susurro que hizo temblar la llama de la vela que alguien había encendido sobre la mesa.

—Si no baja, la tierra elige otro. Cualquiera de la sangre. Al que le toque, o al que más pueda dolerle a quien ha huido.

*   *   *

El ruido llegó justo entonces, mientras Carme todavía intentaba hablar y nadie la escuchaba, mientras Pau se quedaba blanco en el umbral y Joaquim se agarraba con las dos manos a la mesa.

Tres golpes.

Secos. Regulares. No venían de la puerta ni de las ventanas.

Venían del pasillo, del fondo, de un sitio concreto que todos en aquella cocina conocían aunque ya no hubiera nada allí que mereciera ser conocido.

Tres golpes de nudillos, dados con cuidado desde el otro lado de un muro recién levantado, con la paciencia terrible de quien ha aprendido que llamar despacio es a veces la única forma de que le abran.

Vidal se levantó. Le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla. Nunca, en cuarenta y un años, habían llamado desde dentro.

—Es Marc —dijo Empar, con una esperanza tan desnuda que a Vidal se le encogió el corazón—. Es mi hijo, Vidal, ha vuelto...

—No —dijo Vidal.

Tres golpes más.

Y luego, muy suave, muy cerca, atravesando el muro y el pasillo y la puerta de la cocina, llegó una voz que a todos los presentes les puso el vello de punta.

Era la voz de Marc, sin duda alguna, con su timbre ronco y cansado.

Pero había algo debajo, una segunda voz montada sobre la primera como una máscara sobre una cara, más grande, más lenta, con un poso húmedo y antiguo en cada sílaba.

—Empar —dijo la voz—. Madre. Abre.

Empar dio un paso hacia el pasillo. Joaquim la agarró del brazo y ella se soltó con una fuerza que nadie le había visto nunca.

—Es mi hijo. Es mi hijo.

—Empar —dijo Vidal, y ya no tenía ninguna calma—. Escúchame. Escúchame bien. Marc no llama nunca así. Marc nunca ha pedido que le abran. Nunca. En cinco años.

La voz esperó a que terminara. Y entonces, con una ternura que a Vidal le heló la sangre en las venas, la cosa que hablaba con la voz del muchacho dijo, muy despacio:

—Decidle a Julián que le estoy esperando. Y que hoy no me hace falta que baje. Hoy puedo ir yo a buscarlo.