La casa de las cubas 15. La llamada
28%

15. La llamada

QUINCE

La llamada

El teléfono sonó una sola vez.

—Bosch.

Era una voz tranquila, formal, la voz de un hombre acostumbrado a descolgar sabiendo que al otro lado hay un problema.

Julián abrió la boca y no le salió nada.

Tenía la garganta tan seca que el aire le raspaba al entrar, y durante unos segundos lo único que pudo hacer fue respirar contra el auricular, mirando los surtidores sin verlos.

—¿Diga? —insistió el notario.

—Soy Julián. —Fue un graznido. Carraspeó y lo intentó otra vez—. Julián Rovira.

Silencio. Un silencio muy corto, pero Julián lo oyó entero: el de alguien que se incorpora despacio en una silla.

—Señor Rovira. —La voz había cambiado, ya no era formal, era otra cosa, más baja, más cuidadosa—. ¿Dónde está? ¿Está usted bien?

—No lo sé. —Se rió, y la risa le salió con un temblor que no le gustó nada—.

Sí. No. En una gasolinera. No sé el pueblo.

He estado... —La frase se le deshizo en la boca.

¿Cómo se termina esa frase?—. Necesito que me escuche, Ernest. Necesito que me escuche entero y que no me interrumpa, aunque suene a locura. Porque va a sonar a locura.

—Le escucho —dijo el notario.

*   *   *

Se lo contó.

Se lo contó mal, desordenado, saltando de un sitio a otro, volviendo atrás para corregirse, con la mano libre apretada contra la frente como si pudiera sujetarse los pensamientos.

La cuba. El agujero. El calado. La celda con la argolla en la pared y las rayas contadas de cinco en cinco.

Marc. El nombre de Marc dicho en voz alta en aquel teléfono le pareció una blasfemia, algo que no debía salir de allí abajo.

Ernest no lo interrumpió ni una sola vez.

Cuando Julián llegó a lo del pacto, a lo de la tierra y los trescientos años y la marca de nacimiento, se le quebró la voz de verdad, y tuvo que parar y apretar los dientes hasta que se le pasó.

Cuando llegó a Vidal, a los dos hombres jóvenes, al muro, ya hablaba casi en susurros, encogido junto al bordillo, con el empleado de la gasolinera mirándolo de reojo desde la cristalera.

—Y eso es todo —terminó, y le sorprendió lo vacío que se sentía al decirlo, como si al soltarlo entero se hubiera quedado sin nada dentro—.

Sé cómo suena. Si usted me dice que me he dado un golpe en la cabeza, que he tenido una alucinación, lo entiendo.

Yo mismo no dejo de pensarlo. Pero Marc estaba ahí, Ernest. Le agarré del brazo. Notaba los huesos. Y algo se lo llevó.

Al otro lado, el silencio se alargó tanto que Julián llegó a apartarse el teléfono de la oreja para comprobar que la llamada seguía en marcha.

—No tengo ningún motivo para pensar que se ha dado un golpe en la cabeza —dijo por fin el notario.

Julián cerró los ojos. Sintió que algo se le aflojaba en el pecho, algo que llevaba tres días tenso como un cable, y por un momento temió echarse a llorar allí mismo, delante de los surtidores.

—¿Me cree?

—Le voy a contar lo que he hecho yo estos dos días, y luego usted decide qué pensar.

—Ernest tomó aire—. Fui a la finca esta mañana.

Su coche sigue en el patio. Las llaves puestas, la puerta abierta, y en el suelo, la carpeta con las copias de las escrituras que yo mismo le entregué.

Un hombre que se llamaba a sí mismo Vidal me dijo que usted se había marchado anteayer con un familiar, muy alterado.

Sonreía mucho. Mentía muy bien, y aun así mentía.

—Vidal —susurró Julián.

—Después volví al despacho y busqué lo que le mencionaba en mi mensaje.

—Se oyó ruido de papeles, o quizá era solo el nerviosismo de una mano sobre una mesa—.

Había algo en el registro que no me cuadraba y que llevaba semanas queriendo comprobar.

Esta tarde lo he comprobado. Ha pedido usted el certificado del padrón municipal de la finca, ¿verdad?

No. Lo he pedido yo, por mi cuenta. Y hay un empadronado en esa dirección.

Julián dejó de respirar.

—Un solo empadronado, desde hace cinco años y medio.

—Ernest pronunció el nombre despacio, como quien lo deja sobre la mesa—.

Marc Rovira Puig. Nacido hace treinta y dos años.

Vive, según el Ayuntamiento, en la finca, y nunca ha cambiado de domicilio.

No consta ninguna baja por traslado al extranjero.

Ninguna. Su prima, la que según ustedes estudiaba en Alemania, no aparece en ningún registro de residentes fuera del país.

Lleva cinco años y medio empadronado a treinta metros de una casa en la que nadie vive.

Julián notó que se le nublaba la vista. Se agarró al bordillo con la mano libre para no caerse de lado.

—Alguien lo mantuvo en el padrón —murmuró—. Para que constara. Para que si venía alguien a preguntar...

—Para que constara que vive donde debe vivir —terminó Ernest—. Eso me ha parecido a mí. Y eso, señor Rovira, no lo hace nadie que crea que su familiar está en Alemania.

*   *   *

—He llamado a la Guardia Civil —siguió el notario, y ahora hablaba más deprisa, con una urgencia que Julián todavía no le conocía—.

Esta tarde. Les he contado lo que vi, lo del padrón, y me han tomado en serio, lo cual ya es algo.

Han mandado una patrulla a la finca hace un par de horas.

Iban a hacer un reconocimiento. Nada oficial todavía, no tenían orden, pero...

—No. —Julián se puso de pie de golpe, y la calle entera dio una vuelta a su alrededor—. Ernest, no pueden ir. No pueden entrar en esa casa, no de noche, no con... —La palabra que iba a decir era «esa cosa», y no consiguió pronunciarla—. Si baja alguien a la bodega...

—No han bajado a ninguna bodega.

Julián se quedó inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja.

—Me han llamado hace veinte minutos —dijo Ernest, y la voz le había cambiado otra vez, se había vuelto plana, casi sin color, la voz de alguien que repite algo que todavía no ha terminado de creerse—.

Un cabo. Me ha contado que Vidal los recibió en la puerta y les enseñó la casa entera, sin ninguna reticencia, sin pedirles siquiera que esperaran fuera.

Habitación por habitación. El desván. Las cuadras.

Y les ofreció, insistió incluso, en enseñarles la bodega para que se quedaran tranquilos.

—Se la enseñó —susurró Julián.

—La puerta del fondo del pasillo. El arco de piedra.

—Ernest hizo una pausa—. Está tapiado, señor Rovira.

Me lo ha descrito el cabo con todo detalle.

Mampostería vieja, cubierta de moho, con una capa de cal ennegrecida por la humedad.

Dice que ese muro lleva ahí décadas. Décadas.

Dice que Vidal le comentó, con mucho pesar, que la familia lo cerró hace mucho por seguridad, después de un accidente en tiempos de sus abuelos.

Julián no dijo nada. No podía. Se le había ido todo el aire.

Había empujado esa puerta con el hombro.

Había oído el gemido metálico subir del fondo de la casa.

Había visto el arco medio tapiado con una obra tan chapucera que parecía hecha con prisa, o con miedo.

Ahora, en el tiempo que había pasado él vagando entre barrancos, alguien había levantado un muro entero.

O algo había hecho que hubiera estado siempre allí.

—Ernest —consiguió decir, con una voz que no reconoció—. No estoy loco.

—No creo que lo esté. —Y por primera vez, Julián detectó en el notario, bajo la corrección de treinta y un años de oficio, el temblor de un hombre asustado de verdad—.

Pero si le digo lo que pienso, señor Rovira, le va a parecer que estoy tan mal como usted.

Creo que esa familia lleva mucho tiempo entrenada para que, cuando alguien de fuera pregunte, no haya nada que ver.

Y creo que el cabo que me ha llamado, sin darse cuenta, ha dejado de recordar esta conversación mientras me la contaba.

*   *   *

Quedaron en que Ernest iría a buscarlo. Una hora y media de coche, dijo. Que no se moviera de allí, que se quedara cerca del empleado, a la vista, en un sitio con luz. Que no llamara a nadie de la familia. A nadie.

—Ni a mi madre —dijo Julián.

—Sobre todo a su madre —contestó Ernest, y colgó sin despedirse.

Julián se quedó un rato con el móvil en la mano, viendo cómo la pantalla se apagaba sola.

El cielo se había puesto de ese color violeta sucio del final de la tarde.

Alguien había encendido las luces de la gasolinera.

Los insectos empezaban a chocar contra los fluorescentes, con ese golpeteo seco y constante que en cualquier otro momento de su vida le habría pasado desapercibido.

Tap. Tap. Tap.

Se sacudió el polvo de los pantalones con un gesto automático, la cabeza todavía en otra parte, y fue entonces cuando notó algo raro en la muñeca izquierda.

Se subió la manga rota de la camisa. Al principio pensó que era una simple rozadura, una de tantas de esas dos noches de caídas y arañazos.

Pero no lo era. Rodeándole la muñeca, limpia, regular, tan exacta que parecía dibujada con un compás, había una marca roja, hundida en la piel, del ancho de un dedo.

Como la que deja durante mucho tiempo algo estrecho y pesado que se ha llevado siempre en el mismo sitio.

Julián se la quedó mirando.

No se la había hecho él. No recordaba nada, ni una cuerda, ni un golpe, ni una rama, ni un alambre.

Y mientras la miraba, sin ningún motivo, de nuevo en el fondo de la cabeza, le llegó aquella sensación que ya había tenido una vez, treinta metros bajo tierra, con la llama del mechero temblándole en la mano: el peso frío y exacto de una cadena, cerrada con cuidado, en un brazo que aún no sabía que le pertenecía.

Y muy despacio, como si alguien le hubiera susurrado la respuesta al oído, Julián comprendió que Marc no le había dicho toda la verdad. O que se la había dicho al revés.

Que el trato no había esperado a que él decidiera nada.