14. Dos días
CATORCE
Dos días
Julián no se giró.
Después de todo lo que había aprendido esa noche, después del muro, después del barranco, después de aquella respiración que llevaba horas pegada a sus talones sin dejarse ver nunca del todo, algo en él sabía, con la misma certeza absoluta con la que había sabido lo de la huella en la escalera, que girarse en ese momento, frente a aquel altar apagado, sería lo último que hiciera con los ojos abiertos.
Así que corrió otra vez. Sin fuerzas, sin plan, sin nada más que el terror puro tirando de unas piernas que ya no le pertenecían del todo, ladera abajo, entre árboles que aparecían de la nada justo a tiempo para que los esquivara por puro reflejo, con la voz —«ya casi estás en casa»— repitiéndose dentro de su cabeza con un eco que no terminaba de apagarse.
* * *
Lo que vino después se le quedó grabado en la memoria de una forma extraña, deshilachada, como esas pesadillas que uno recuerda solo a trozos sueltos al despertar: un tramo larguísimo de carrera a ciegas.
Una caída que le abrió la ceja y le llenó la boca de sabor a cobre.
El cielo, en algún momento, empezando a aclararse por el este con ese gris sucio que precede al amanecer, y Julián llorando de puro alivio al verlo, porque la luz, cualquier luz, le pareció en ese instante lo único capaz de detener lo que fuera que lo perseguía.
Y luego, sin transición, sin que su memoria consiguiera reconstruir cómo había llegado hasta ahí, el patio.
El mismo patio. La misma casa. El mismo empedrado hundido en el centro, con el mismo charco de la última lluvia formando el mismo óvalo oscuro, como un ojo que llevaba toda la noche esperando a que volviera.
Julián se quedó parado en mitad del patio, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo desbocado, mirando la fachada oscurecida de humedad, las contraventanas torcidas, la hiedra en la esquina, y tardó varios segundos larguísimos en comprender lo que su cuerpo agotado tardaba en aceptar: había corrido en línea recta, alejándose, durante horas.
Había bajado barrancos. Había subido laderas.
Y sin embargo estaba otra vez ahí. En el mismo sitio exacto del que había salido huyendo.
—No —susurró, girando sobre sí mismo, buscando alguna prueba de que se equivocaba, de que aquello era otro patio parecido, otra casa parecida—. No, no puede ser, he corrido... he corrido kilómetros, he...
Su propio coche seguía ahí. Exactamente donde lo había dejado. Cubierto ya del polvo fino de la noche.
* * *
Algo en Julián, alguna parte fría y práctica que había sobrevivido milagrosamente intacta bajo todo el pánico acumulado, decidió no pararse a entender el cómo.
Se lanzó hacia el coche con las últimas fuerzas que le quedaban, tiró de la puerta —sin cerrar, exactamente como la había dejado— y se dejó caer en el asiento del conductor con un sollozo seco que le sacudió todo el cuerpo.
Las llaves seguían puestas.
Le temblaban tanto las manos que necesitó tres intentos para hacerlas girar.
El motor no respondió. Un clic seco, apagado, el sonido inconfundible de una batería que se ha quedado sin una sola gota de vida, y después nada.
Silencio. Julián lo intentó otra vez, y otra, golpeando el volante, sollozando ya sin ningún disimulo, hasta que la carpeta con las escrituras, que había dejado en el asiento del copiloto dos días antes con la ingenua idea de que aquella tarde acabaría siendo una tarde cualquiera, resbaló al suelo del coche sin que él se molestara en recogerla.
—Vamos, vamos, vamos —susurró, girando la llave una vez más, como si la insistencia pudiera resucitar algo que llevaba muerto desde antes de que él volviera a tocarlo.
Nada.
Y entonces, en el espejo retrovisor, vio la figura de pie en mitad del patio, justo detrás del coche, exactamente donde un segundo antes no había habido nadie.
No era Vidal. No era ninguno de los dos hombres de la noche anterior. Era algo más pequeño, más delgado, con una forma que a Julián, en el segundo escaso que tardó en apartar los ojos del espejo, le pareció terriblemente, imposiblemente familiar.
No se quedó a comprobarlo. Salió del coche por el lado contrario, dejando la puerta abierta, las llaves puestas, la carpeta con las escrituras tirada en el suelo tal como quedaría durante los dos días siguientes, y echó a correr otra vez, esta vez a pie, hacia la pista de tierra, hacia cualquier dirección que se alejara de aquel patio.
* * *
Lo que vino después ya no fue una noche. Fueron dos días.
Julián los recordaría después —cuando por fin consiguiera recordarlos con algo de orden— como un solo bloque borroso de sed, de sol quemándole la piel a través de la camisa rota, de noches escondido entre matorrales sin atreverse a dormir del todo, de un miedo tan constante que en algún momento dejó de sentirse como miedo y empezó a sentirse, simplemente, como el estado normal de las cosas.
Caminó campo a través, evitando cualquier camino que pudiera llevar de vuelta a la finca, guiándose por el sol durante el día y por la certeza, cada vez más frágil, de que en algún punto tenía que haber una carretera de verdad.
La encontró al atardecer del segundo día.
Un camión de reparto lo recogió al borde del asfalto, con el conductor mirándolo con una mezcla de lástima y alarma que Julián ya ni siquiera tuvo fuerzas para explicar, y lo dejó en una gasolinera de carretera, a las afueras de un pueblo cuyo nombre ni siquiera se molestó en registrar.
* * *
Se sentó en el bordillo, junto a los surtidores, temblando de un frío que ya no tenía nada que ver con la temperatura, mirándose las manos —arañadas, con costras de sangre seca, con tierra metida bajo las uñas de una forma que ningún lavado conseguiría quitar del todo— y comprendió, con una claridad fría y devastadora, que no tenía ni idea de qué iba a decirle a nadie.
Ni a la policía. Ni al notario. Ni a su propia madre, si es que se atrevía a llamarla.
¿Cómo se le cuenta a alguien que un familiar al que todos daban por desaparecido en el extranjero lleva cinco años encadenado bajo una bodega?
¿Cómo se explica un pacto de trescientos años, una tierra que exige sangre propia a cambio de cosechas, un hombre llamado Vidal que habla con la calma exacta de quien ha visto pasar generaciones enteras por el mismo ritual?
No se lo iban a creer. Y peor todavía: una parte de Julián, la parte más fría y más cansada de todas, empezaba a preguntarse si él mismo se lo creía del todo, o si aquellas dos noches no habían sido más que el producto de un golpe en la cabeza que no recordaba haberse dado, sumado al pánico, sumado a la deshidratación, sumado a todo lo que un cerebro agotado es capaz de fabricar cuando lo dejas solo demasiado tiempo con muy poca luz.
Un empleado de la gasolinera, alarmado por su aspecto, le prestó un cargador.
Julián encendió el móvil por primera vez en dos días y descubrió, con un alivio que le supo amargo, una sola raya de cobertura y una notificación con fecha de dos días atrás: un mensaje del despacho de un notario llamado Ernest Bosch.
«Señor Rovira, le he llamado varias veces sin éxito. Espero que todo vaya bien. Llámeme en cuanto pueda, por favor. Hay algo que deberíamos hablar sobre el registro de la propiedad antes de seguir adelante con la venta.»
Julián marcó el número con dedos que todavía no habían dejado de temblar del todo, sin saber muy bien qué iba a decir cuando alguien descolgara al otro lado, solo sabiendo, con una certeza que no le dejaba ningún resquicio de duda, que fuera lo que fuera lo que iba a contarle, tenía que empezar a hacerlo ya.