13. El notario
TRECE
El notario
El notario llevaba dos días sin noticias de Julián Rovira cuando decidió, contra su costumbre y contra el sentido común que le habían inculcado cuarenta años de profesión, coger el coche y acercarse él mismo a la finca.
No era su trabajo. Ernest Bosch llevaba treinta y un años redactando escrituras y tramitando herencias, y en todo ese tiempo jamás se le había ocurrido presentarse en la puerta de un cliente porque no le hubiera devuelto una llamada.
La gente se despistaba. La gente se iba de vacaciones sin avisar, o cambiaba de opinión sobre una venta, o simplemente dejaba de contestar al teléfono durante una temporada mientras decidía qué hacer con su vida. No era asunto suyo perseguirlos.
Pero había algo en el silencio de Julián Rovira que no terminaba de encajarle.
El chico —porque a Ernest, a sus sesenta y tres años, cualquiera por debajo de los cuarenta le seguía pareciendo un chico— tenía prisa por vender.
Necesitaba el dinero, se le notaba en cada gesto nervioso de las reuniones, en la forma en que repasaba los plazos una y otra vez como quien cuenta las horas que le quedan de algo.
Un hombre así no dejaba de contestar al teléfono dos días seguidos, justo después de que le hubieran advertido de que tenía que bajar a la bodega.
Ernest se dijo que era una tontería. Se dijo que seguramente Julián habría bajado, habría encontrado las escrituras, y se habría ido directo al pueblo más cercano a buscar cobertura sin pasar por el despacho.
Se lo dijo tres veces mientras conducía por la pista de tierra, y las tres veces le sonó igual de poco convincente.
* * *
El coche de Julián seguía en el patio.
Eso fue lo primero que a Ernest le encogió el estómago, antes incluso de bajarse del suyo: el pequeño utilitario de alquiler, cubierto ya de una fina capa de polvo dorado, exactamente en el mismo sitio donde Julián debía de haberlo dejado dos días atrás.
Ningún coche se queda así, intacto, olvidado, si su dueño se ha ido a ninguna parte por su propio pie.
Llamó a la puerta principal. Nadie contestó.
Rodeó la casa hasta la entrada de servicio, la misma que Julián le había descrito por encima en su última visita al despacho —«hay que entrar por detrás, la principal está atrancada», le había dicho, con esa media sonrisa nerviosa de quien intenta hacer una broma sobre algo que en realidad le preocupa— y se encontró la puerta entreabierta, meciéndose despacio con una corriente de aire que a Ernest, sesenta y tres años, treinta y uno de profesión, jamás habría reconocido en voz alta como inquietante, y que sin embargo le puso la piel de gallina de un modo que no supo explicarse.
—¿Hola? —llamó, desde el umbral—. ¿Señor Rovira?
Nada.
* * *
Fue entonces cuando el hombre apareció.
Salió de detrás de la casa con tanta naturalidad, con un paso tan tranquilo y tan poco sorprendido de encontrarse a un desconocido en la puerta, que Ernest tardó un segundo en darse cuenta de que no llevaba ni un minuto ahí de casualidad.
Sesenta y tantos años, correoso, con las manos grandes de quien ha trabajado la tierra toda la vida.
—Buenos días —dijo el hombre—. ¿Le puedo ayudar en algo?
—Soy el notario de la familia —dijo Ernest, tendiéndole una mano que el otro estrechó con una firmeza que le pareció, sin saber muy bien por qué, deliberadamente calculada—.
Ernest Bosch. Estoy buscando al señor Rovira.
Julián. Heredó esta finca hace unas semanas y tenía que venir a revisar unos documentos.
—Ah, sí. —El hombre asintió, con una calma que encajaba mal con el hecho de que hubiera un coche abandonado en el patio y una puerta abierta de par en par—.
El señor Rovira estuvo aquí, en efecto. Se marchó anteayer por la tarde, bastante alterado, si le soy sincero.
Dijo algo de que la casa le traía malos recuerdos.
Cosas de familia, ya sabe usted cómo son estas herencias.
—¿Se marchó? —Ernest señaló hacia el patio, hacia el coche cubierto de polvo—. Su coche sigue ahí.
Por primera vez, algo cruzó la cara del hombre.
Fue tan breve que Ernest, si no llevara treinta y un años leyendo expresiones en las caras de gente que intentaba ocultarle algo en una firma de escritura, no lo habría notado en absoluto: un parpadeo de más, una pausa de una fracción de segundo antes de que la sonrisa volviera a su sitio.
—Vino a buscarlo un familiar —dijo el hombre—. Se fueron juntos. Imagino que tendrá pensado volver a por el coche cuando se le pase el disgusto.
* * *
Ernest asintió despacio, con la sonrisa profesional que llevaba treinta y un años perfeccionando para reuniones incómodas, mientras por dentro cada instinto que le quedaba —y a esas alturas de la vida, se dijo, no le quedaban muchos, pero los pocos que le quedaban habían demostrado ser fiables— le decía a gritos que algo en aquella respuesta no encajaba en absoluto.
—¿Y usted es...? —preguntó, con el tono más neutro que consiguió reunir.
—Vidal. Trabajo para la familia. Mantenimiento de la finca, sobre todo, aunque llevo aquí más años de los que a veces me gustaría admitir.
—Sonrió otra vez, y esa sonrisa, pensó Ernest, tenía algo raro, algo que no terminaba de subirle del todo a los ojos—.
Si quiere dejarme su tarjeta, le digo al señor Rovira que le llame en cuanto tengamos noticias suyas.
Ernest le dio la tarjeta. No porque confiara en aquel hombre —ya no confiaba, no del todo, y la desconfianza le llevaba clavada en el pecho como una astilla desde el momento en que había visto el parpadeo—, sino porque no se le ocurrió ninguna razón legítima para negarse, ninguna forma de decir «no me creo ni una palabra de lo que me está contando» que no sonara, en aquel patio soleado y tranquilo, completamente ridícula.
* * *
De camino al coche, Ernest se detuvo un momento junto al vehículo de alquiler de Julián, fingiendo comprobar algo en su propio teléfono mientras en realidad echaba un vistazo rápido al interior a través de la ventanilla.
Las llaves estaban puestas en el contacto.
Sobre el asiento del copiloto, medio caída al suelo, había una carpeta con el membrete del propio despacho de Ernest: las copias de las escrituras que él mismo le había entregado a Julián dos días antes, la misma tarde en que se habían despedido con un apretón de manos y la promesa de que Julián le llamaría en cuanto tuviera algo que consultar sobre los linderos.
Nadie se marcha voluntariamente, disgustado o no, dejando el coche abierto, las llaves puestas y los documentos más importantes de toda la herencia tirados en el asiento.
Ernest volvió a su propio coche, arrancó, y condujo los primeros kilómetros de vuelta al pueblo sin decidir todavía qué iba a hacer con lo que acababa de ver, aunque una cosa sí tenía clara, con una certeza que le sorprendió por lo sólida que era, viniendo de un hombre que llevaba toda la vida fiándose solo de lo que estaba escrito y firmado: en cuanto llegara a cobertura, no iba a llamar a la familia.
Iba a llamar a la Guardia Civil.