12. El altar
DOCE
El altar
Corrió hasta que las piernas dejaron de ser piernas y se convirtieron en dos máquinas torpes que obedecían por pura inercia, sin que la cabeza tuviera ya mucho que ver en el asunto.
El terreno, al otro lado del muro, no perdonaba nada.
Matorral bajo que le arañaba los tobillos a cada paso, piedras sueltas que rodaban bajo sus zapatillas empapadas de sangre y sudor, la pendiente de la ladera cambiando de inclinación sin avisar, de forma que más de una vez Julián se encontró de pronto corriendo cuesta abajo sin haberlo decidido, arrastrado por su propio peso, incapaz de frenar hasta que un matorral más espeso que los demás le paraba en seco con un latigazo de dolor en los brazos.
No miraba atrás. Se había prometido a sí mismo, en algún punto que ya no recordaba con exactitud, que mirar atrás era firmar una sentencia, aunque no habría sabido explicar muy bien de qué sentencia se trataba. Solo corría. Solo eso.
* * *
La luna, alta y blanca, le daba luz suficiente para no partirse el cuello en cada paso, pero no la suficiente como para distinguir de verdad el terreno que pisaba, así que Julián avanzaba en ese estado extraño de la carrera nocturna en el que el cuerpo va medio segundo por delante de los ojos, reaccionando a obstáculos que apenas llega a ver antes de estar ya encima de ellos.
Perdió la noción del tiempo casi enseguida.
Podían haber sido veinte minutos. Podía haber sido una hora entera.
El dolor del hombro, el del muslo abierto por los cristales del muro, se habían fundido en una sola quemazón continua que ya no distinguía por partes, solo como un ruido de fondo constante al que el resto de su cuerpo había decidido, sencillamente, dejar de prestarle atención.
En algún momento empezó a hablar solo. No se dio cuenta hasta que llevaba un rato haciéndolo.
—Sigue andando, sigue andando, no pares, no pares, vas a estar bien, vas a llegar a algún sitio, tiene que haber algo, una carretera, una luz, lo que sea, no pares...
Sonaba a la voz de otra persona. Sonaba, pensó con un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío nocturno, muy parecida a la voz que Marc debía de haberse dicho a sí mismo durante cinco años, sentado en la oscuridad, contando días en una pared de piedra.
* * *
El primer sonido raro llegó cuando ya no sabía calcular cuánto llevaba corriendo.
Fue un crujido, a su derecha, entre la maleza, demasiado grande para ser un conejo o un zorro, demasiado sincronizado con sus propios pasos como para ser casualidad. Julián se detuvo en seco, jadeando, con el corazón queriéndose salir por la boca, y escuchó.
Nada.
Echó a andar otra vez, más despacio, más atento, y el crujido volvió, esta vez a su izquierda. Siempre un poco por detrás. Siempre justo fuera del alcance de lo que podía ver con claridad entre las sombras cambiantes de los matorrales bajo la luna.
«Son ellos», pensó. «Vidal, o los otros dos, siguiéndome sin prisa, esperando a que me caiga solo, esperando a que me pierda.» Era la explicación razonable. La única que su cabeza, agotada y aterrada a partes iguales, conseguía sostener con algo de firmeza.
Pero había otra posibilidad, y Julián la sintió instalarse en su pecho con un peso frío que no lo abandonó ya durante el resto de la noche: que lo que fuera que lo seguía no llevaba zapatos.
Que el sonido, más que pasos, era el de algo arrastrándose despacio entre la maleza, con una paciencia que no tenía nada de humano.
Apretó el paso otra vez. Y el crujido, fuera lo que fuera, apretó el paso con él.
* * *
Llegó a un barranco sin verlo venir, y solo el instinto puro —un brazo lanzado hacia delante, los dedos cerrándose sobre la rama de una encina achaparrada que crecía en el borde mismo— le salvó de caer al vacío en la oscuridad.
Se quedó ahí, colgado a medias, con el corazón en la garganta, mirando hacia abajo un desnivel que la luna apenas le dejaba adivinar, una caída de varios metros sobre piedras que no perdonarían un tropiezo.
Tardó un minuto entero en conseguir que las piernas volvieran a obedecerle lo suficiente como para apartarse del borde.
Fue entonces, con la respiración todavía entrecortada, con las manos todavía temblando de la cercanía de la caída, cuando vio la luz.
Lejana. Muy lejana, apenas un punto amarillo tembloroso al otro lado del barranco, en lo que parecía la ladera opuesta, pero una luz al fin y al cabo, la primera señal de algo humano y ajeno a aquella finca maldita que Julián había visto desde que había cruzado el muro.
Una ventana, quizás. Una farola. El faro de un coche parado en algún camino que él no podía ver desde ahí.
Sintió que algo en el pecho, algo que llevaba horas encogido hasta casi desaparecer, se estiraba un poco.
—Vale —susurró, con la voz rota—. Vale. Ahí. Voy hacia ahí.
* * *
Bajar al fondo del barranco resultó ser mucho más lento y mucho más doloroso de lo que Julián había calculado desde arriba.
La pendiente estaba cubierta de piedra suelta que se deslizaba bajo cada paso, obligándolo a bajar de lado, agarrándose a cada rama y cada raíz que encontraba a mano, con el hombro herido protestando a cada tirón hasta convertirse en un dolor blanco, cegador, que le hacía morderse el labio para no gritar.
A mitad de bajada, el crujido volvió a sonar.
Esta vez más cerca. Esta vez, por primera vez en toda la persecución, Julián creyó oír, mezclado con el roce de la maleza, algo que sonaba peligrosamente parecido a una respiración.
Lenta. Profunda. Con un deje húmedo al final de cada exhalación que le puso todo el vello del cuerpo de punta.
No se giró a comprobarlo. Ya había aprendido esa lección, y la había aprendido pagando un precio que no pensaba volver a pagar.
Llegó al fondo del barranco con las manos en carne viva y las piernas fallándole a cada paso, y cruzó el lecho seco de lo que en invierno debía de ser un arroyo, guiándose solo por aquella luz lejana que aparecía y desaparecía entre los árboles según cambiaba el ángulo de la ladera.
* * *
Empezó a subir la otra pendiente con lo poco que le quedaba de fuerzas, contando los pasos en voz baja porque contar, descubrió, era lo único que conseguía mantener a raya el pánico lo suficiente como para seguir moviendo las piernas. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
En algún punto de la subida, la luz desapareció.
Julián se detuvo, sin aliento, buscándola desesperadamente entre los árboles, girando la cabeza a un lado y a otro con una desesperación que le arrancó un sollozo seco de la garganta.
Nada. Solo oscuridad, y árboles, y la luna alta e indiferente mirándolo desde arriba con la misma paciencia insultante con la que había mirado todo lo demás aquella noche.
«Un árbol se ha movido con el viento», se dijo. «La tapaba un árbol, eso es todo, más arriba volveré a verla.»
Siguió subiendo, con esa esperanza como único combustible, hasta que llegó a la cima de la ladera y descubrió, con un vacío en el estómago que le costó más soportar que cualquier otra cosa de aquella noche entera, que no había ninguna casa. Ninguna ventana. Ningún faro de coche.
Solo un pequeño altar de piedra, cubierto de musgo, con una vela consumida hasta el pábilo que titilaba sus últimos segundos de llama en el fondo de un farolillo de cristal roto, colocado ahí, en mitad de la nada, por manos que Julián no quería ni empezar a imaginar.
Y justo cuando la última llama de la vela se apagó, dejándolo de nuevo en una oscuridad completa, muy cerca, detrás de él, la respiración —esa respiración lenta, húmeda, paciente— dijo, con una voz que ya no era la de Marc, ni la de Vidal, ni la de nadie que Julián pudiera reconocer:
—Ya casi estás en casa.