La casa de las cubas 11. El muro
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11. El muro

ONCE

El muro

Las luces largas se detuvieron en seco al final del camino, y durante dos segundos que a Julián le parecieron eternos, nada se movió. Ni el coche, ni Vidal, ni el propio Julián, los tres suspendidos en esa quietud tensa que precede a las cosas que ya no se pueden deshacer.

Luego se abrieron dos puertas a la vez.

—No hace falta que sea así, señor Rovira —dijo Vidal, y dio un paso hacia él, con las manos abiertas, en un gesto que en cualquier otra circunstancia habría parecido conciliador y que ahí, en aquel patio, a esas horas, solo consiguió que a Julián se le disparara cada músculo del cuerpo con la orden muda y absoluta de correr—.

Hablemos dentro. Con tranquilidad. Nadie quiere hacerle daño.

Julián no se quedó a comprobar si eso era verdad.

Echó a correr hacia el coche —el suyo, el de alquiler, aparcado torpemente donde lo había dejado horas antes, en otra vida, cuando todavía existía un mundo en el que uno podía preocuparse solo por hectáreas y linderos— con las piernas respondiéndole a trompicones, con el corazón martilleándole tan fuerte que le costaba distinguir sus propios pasos de los latidos.

—¡Cógelo! —La voz de Vidal, por primera vez en toda la noche, perdió aquella calma insoportable. Sonó afilada, urgente, humana de una forma que resultaba casi peor que su tranquilidad anterior—. ¡No dejéis que llegue al coche!

Dos siluetas se separaron del vehículo recién llegado y cruzaron el patio en diagonal, cortándole el paso.

Julián, en el último segundo de lucidez que le quedaba antes de que el pánico puro se hiciera cargo de todo, alcanzó a registrar solo dos cosas de ellas: que eran hombres jóvenes, fuertes, y que ninguno de los dos parecía sorprendido en absoluto de estar haciendo aquello.

Como quien hace un trabajo que ya ha hecho antes.

*   *   *

Julián cambió de dirección en el último instante, esquivando por poco la mano que uno de ellos lanzó hacia su brazo, y se lanzó hacia el lateral de la casa, hacia la oscuridad del huerto abandonado, guiado por nada más que el instinto puro de alejarse de las luces, de los cuerpos, de las voces que ya gritaban detrás de él coordinándose entre sí con una eficiencia que le heló algo por dentro.

—¡Por la izquierda, por la izquierda!

—¡Que no llegue al camino!

Corrió entre los surcos resecos de lo que en su día había sido un huerto, tropezando con raíces, con piedras, con el filo oxidado de lo que podía haber sido un arado abandonado hacía décadas, sintiendo cómo la tela del pantalón se le rasgaba en el muslo, cómo algo le cortaba la piel sin que le diera tiempo a registrar el dolor del todo, porque el dolor, en aquel momento, era un lujo que no podía permitirse.

Detrás de él, las voces se acercaban. No corrían tan deprisa como él —eso, al menos, Julián lo notó con un asomo de esperanza feroz—, pero corrían con la paciencia terrible de quien no necesita ser el más rápido, solo necesita que el terreno se acabe antes de que se acabe la persecución.

Y el terreno, comprendió Julián con un vuelco espantoso en el estómago cuando la luna le mostró lo que tenía delante, se acababa ya.

*   *   *

El muro de piedra que cerraba la finca por el lado norte se alzaba frente a él, más alto de lo que recordaba de la mañana, coronado por una hilera irregular de cristales rotos clavados en el mortero, esa costumbre antigua de disuadir a quien quisiera entrar que ahora, con una ironía que a Julián le habría resultado graciosa en cualquier otra circunstancia, se había convertido en lo único que le impedía salir.

—¡Está atrapado! —gritó una de las voces, mucho más cerca ya, tan cerca que Julián pudo oír la respiración agitada del hombre entremezclada con la suya propia—. ¡No tiene adónde ir!

Julián miró a un lado. Miró al otro. El muro se extendía en ambas direcciones sin ninguna abertura visible, y detrás de él, cerrando el único camino de vuelta, las dos siluetas avanzaban ya a paso firme, sin prisa, con la misma seguridad tranquila que había mostrado Vidal, la seguridad de quien sabe exactamente cómo termina esto porque lo ha visto terminar así muchas veces antes.

Con las manos temblando, con la sangre del muslo empapándole ya la pierna del pantalón, Julián hizo la única cosa que se le ocurrió: saltó hacia una vieja higuera medio muerta que crecía pegada al muro, con las ramas más gruesas rozando la parte de arriba, por encima de los cristales.

—¡Que no suba! —La voz ya no sonaba paciente en absoluto.

Julián trepó con una desesperación que le arrancó todo el aire de los pulmones, sintiendo cómo la madera podrida de la higuera crujía bajo su peso con la misma advertencia exacta que había oído en la bodega, horas antes, justo antes del derrumbe.

No le importó. Siguió subiendo, arañándose las manos, notando cómo una mano —una mano real, humana, con dedos que se cerraron a un centímetro de su tobillo— le rozaba la pierna por debajo antes de fallar el agarre por muy poco.

Llegó a la rama más alta, a la altura del muro, y sin pensarlo, sin calcular la caída, sin nada más que el terror puro empujándolo hacia delante, saltó al otro lado.

*   *   *

El golpe contra el suelo le sacó todo el aire del cuerpo por segunda vez en una sola tarde, y por un instante, tumbado boca arriba entre matorrales que no reconocía, en un terreno que ya no era de la finca, Julián solo pudo quedarse ahí, jadeando, esperando a que sus pulmones decidieran volver a funcionar.

Al otro lado del muro, las voces se habían detenido.

—Déjalo —dijo una de ellas, con una calma que resultaba casi más espantosa que la persecución misma—. No hace falta perseguirlo más. No tiene coche, no tiene cobertura, y el pueblo está a quince kilómetros campo a través, de noche, sin saber el camino. Se cansará. O se perderá. O las dos cosas.

—¿Y si llega? —preguntó la otra voz, más joven, con un deje de duda que a Julián, tumbado en la oscuridad al otro lado del muro, le pareció la primera grieta de humanidad que había oído en toda la noche.

Hubo un silencio. Y luego, la voz de Vidal, que debía de haber llegado también hasta el muro sin que Julián lo hubiera oído acercarse, respondió con una tranquilidad que le heló hasta la última gota de esperanza que le quedaba.

—Si llega —dijo Vidal—, entonces tendremos que confiar en que la familia sepa hacer lo que siempre ha sabido hacer. Convencer a la gente de fuera de que aquí no ha pasado nada.

Julián se puso de pie, tambaleándose, con el sabor de la sangre y la tierra en la boca, y echó a correr hacia la oscuridad del campo abierto, hacia ninguna dirección concreta salvo lejos, lo más lejos posible, sin saber todavía que la noche, para él, no había hecho más que empezar de verdad.