La casa de las cubas 10. Vidal
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10. Vidal

DIEZ

Vidal

—Llega tarde —dijo el hombre de la puerta.

No lo dijo como un reproche. Lo dijo con la misma naturalidad con la que se comenta que ha empezado a llover, la voz de alguien que lleva toda la vida acostumbrado a que las cosas ocurran exactamente cuando tienen que ocurrir, ni un minuto antes ni un minuto después.

Julián, todavía tumbado en la ladera, con la tierra fría calándole la espalda de la camisa rota, no consiguió moverse.

El miedo de la bodega, el miedo físico y animal de la huida, se había transformado en algo distinto ahora que tenía delante a otro ser humano: un miedo más frío, más lúcido, el de quien empieza a entender que el peligro no se había terminado al cruzar la verja. Solo había cambiado de forma.

—¿Quién es usted? —consiguió decir, incorporándose a medias, con las piernas todavía temblando demasiado como para fiarse de ponerse de pie del todo.

—Alguien que lleva más tiempo cuidando de esta casa que su familia entera junta, señor Rovira.

—El hombre dio un paso hacia él, saliendo del umbral, y la poca luz que quedaba —una luna ya alta, blanquecina, indiferente— le dibujó una cara que a Julián no le sonaba de ninguna foto, de ninguna comida familiar, de ningún sitio.

Sesenta años, quizás setenta, correoso, con las manos grandes de alguien que ha trabajado la tierra toda la vida—.

Puede llamarme Vidal. Es el nombre que uso con la gente de fuera.

—¿La gente de fuera? —repitió Julián, y notó, con un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche, cómo esas dos palabras lo colocaban a él, de golpe, del lado equivocado de algo.

—Usted es de la familia —dijo Vidal, como si eso lo explicara todo, como si en esa sola frase cupiera toda una vida de servicio, de guardia, de algo que Julián todavía no era capaz de nombrar del todo—.

La gente de fuera es todo lo demás. Los que vienen a arreglar tejados.

Los que preguntan por linderos. —Hizo una pausa, y sus ojos, pequeños y muy oscuros, se posaron en la camisa desgarrada de Julián, en el hombro que todavía le sangraba despacio, en la tierra y el polvo de piedra que le cubrían de la cabeza a los pies—. Los notarios.

*   *   *

—Ha estado ahí abajo —dijo Vidal. No era una pregunta.

Julián no contestó. No hacía falta. La respuesta estaba escrita en cada centímetro de él, en el temblor que no conseguía controlar, en la forma en que sus ojos no dejaban de moverse hacia la puerta de la casa, hacia la seguridad —falsa, sabía ya que era falsa, pero seguridad al fin y al cabo— de un mundo con luz eléctrica y paredes que no escondían nada debajo.

—Ha conocido a Marc —continuó Vidal, y por primera vez algo se movió en su voz, algo que a Julián le costó identificar y que, cuando por fin lo hizo, le pareció la cosa más espantosa que había oído en toda la tarde.

No era crueldad. Era ternura. Una ternura vieja, cansada, la de alguien que quiere de verdad a la persona de la que está hablando y que, precisamente por eso, ha aprendido a no dejar que ese cariño le estorbe—.

Buen chico, Marc. Siempre lo fue. Se portó mejor que ninguno de los que le tocó cuidar antes.

—¿Qué le ha pasado? —La voz de Julián salió rota, mucho más pequeña de lo que pretendía—. Se lo ha llevado algo. Yo lo tenía agarrado y algo se lo ha llevado, y usted... usted lo sabe. Usted sabe exactamente qué es.

Vidal ladeó la cabeza, con un gesto casi paternal, el gesto de un maestro escuchando a un alumno que ha llegado, por fin, a la pregunta correcta pero demasiado tarde para que le sirva de algo.

—Marc ha vuelto a su sitio —dijo—. Es lo único que pasa, señor Rovira.

Nunca pasa nada más. Bajan, hacen su tiempo, y cuando el tiempo se acaba, vuelven a su sitio.

—Sonrió, y la sonrisa no le llegó a los ojos, exactamente igual que la de Marc no le había llegado antes—.

Usted debería saberlo mejor que nadie. Al fin y al cabo, iba a ser su sitio.

*   *   *

Julián se puso de pie de golpe, tambaleándose, con el instinto puro y animal de poner distancia entre él y aquel hombre.

—Voy a llamar a la policía —dijo, retrocediendo hacia donde había dejado el coche, aparcado en el patio delantero hacía lo que le parecían mil años—. Voy a contarles todo. Lo de la bodega, lo de Marc, lo del... del trato ese, la locura esa que...

—No tiene cobertura aquí, señor Rovira. —Vidal no se movió. No hizo ademán de perseguirlo, lo cual, de algún modo retorcido, resultaba todavía más terrorífico que si lo hubiera hecho—. Nunca la ha habido. Es una de las cosas buenas de esta finca, si me permite decirlo. Mucha intimidad.

Julián sacó el móvil del bolsillo de todas formas, con dedos torpes, y la pantalla —milagrosamente resucitada en algún momento, quizás por el simple roce, quizás por pura tozudez de la batería— le devolvió, en efecto, un rotundo SIN SERVICIO en la esquina superior. Lo intentó de nuevo. Nada.

—El coche —dijo, más para sí mismo que para Vidal, empezando a correr ya hacia el patio delantero—. Cojo el coche y salgo de aquí, y en el pueblo hay cobertura, hay gente, hay...

—Señor Rovira.

Algo en el tono de Vidal, tranquilo, paciente, absolutamente seguro de sí mismo, hizo que Julián se detuviera en seco a mitad de zancada, con el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía el pecho.

—Antes de que se vaya —dijo Vidal, sin alzar la voz, sin necesidad de alzarla—, debería saber una cosa. Por su propio bien, y por el de quien venga detrás de usted, porque siempre viene alguien detrás.

Julián no se giró del todo. Pero tampoco siguió corriendo.

—El trato no se rompe porque usted salga corriendo esta noche —dijo Vidal—.

Eso ya se lo habrá explicado Marc, imagino, con esa sensibilidad tan suya.

Lo que no creo que le haya explicado, porque él mismo tardó años en entenderlo del todo, es lo que pasa cuando el que tiene la marca decide no bajar.

—No me importa —dijo Julián, con la voz quebrada, sin volverse—. No pienso quedarme aquí para averiguarlo.

—No le estoy pidiendo que se quede —dijo Vidal, y por primera vez en toda la conversación, algo en su voz sonó genuinamente, terriblemente triste—. Nadie le va a obligar a bajar, señor Rovira. Eso tampoco funciona así. Nunca ha funcionado así, en trescientos años.

Hizo una pausa, y en el silencio que siguió, Julián pudo oír, muy lejos, en algún punto entre la casa y la ladera, el motor de otro coche acercándose por el camino de tierra, con las luces largas barriendo la oscuridad como dos cuchillos amarillos.

—Lo que pasa —dijo Vidal, muy despacio, mientras las luces del coche que se acercaba iluminaban por fin su cara entera, y Julián vio en ella algo que hasta entonces la penumbra le había ocultado: una expresión de disculpa genuina, la de alguien a punto de hacer algo que detesta pero que lleva toda la vida sabiendo que tendría que hacer— es que la tierra, entonces, elige por su cuenta.

Y la tierra, señor Rovira, no es tan paciente como yo.